Silencio

zuke



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Propiedad: Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de Studios USA y con esta obra no se pretende obtener beneficio económico alguno. Por favor, no copiéis ni publiquéis esto sin mi permiso, salvo si es para uso privado.
Alerta de angustia: Este relato es sin duda angustioso. Y es post-FIN. Si no os gustan este tipo de relatos, éste no es para vosotros. No me disgustaré si lo dejáis ahora.
Comentarios: ¡Por favor! Cualquier cosa que se os antoje. Escribidme a zukeb@msn.com

Título original: Silence. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Su espada me cantaba. Es el primer sonido que oí.

No quiero decir que fuera el primer sonido de ese día. Me refiero a que fue el primer sonido de mi vida. A pesar de mis dieciocho veranos, nunca había oído hasta ese día.

He oído cantar a las sirenas. He oído un coro celestial de un millar de ángeles. He escuchado mientras los tonos puros de unos niños llenaban una habitación en la noche del Solsticio. Pero el canto de su espada resonaba más claro, más dulce que todas esas voces. Como las sirenas, su espada garantizaba el éxtasis y la muerte. Como los ángeles, su espada concedía la liberación eterna.

Seguí el canto de su espada.

Me cantaba una nana por las noches, meciéndome en los brazos del sueño. Me despertaba por las mañanas, entonando un saludo al sol. Llegué a distinguir sus distintos tonos y tonalidades. El suspiro al dejar la vaina. El silbido al cortar el aire. El rugido al golpear armadura o escudo o arma. Cuando mataba, gemía, al entrar en el vientre de un hombre justo por debajo de las costillas o al rebanar un cuello, como si el acto del matar le desagradara.

Los sonidos de la espada eran los sonidos de mi existencia. Creía que eran los únicos sonidos que oiría en mi vida. Pero ella me enseñó que no era así. Ella me enseñó a oír mucho más.

Podría hablaros del viento sobre las arenas de Egipto. Podría hablaros del gorgoteo del agua burbujeante de un manantial caliente mientras la nieve cae siseando sobre las rocas recalentadas. Podría soltar una risita tonta como una diosa o reírme como un marinero al que le hubieran contado un chiste verde.

Pero estos no son los sonidos que llegué a amar. No, su voz es lo que anhelaba oír cada mañana al despertarme, cada momento que estábamos separadas. Su gruñido grave de advertencia, que retumbaba a través de mi pecho. Su risa, cálida e intensa como hidromiel. Su gemido de pasión que siempre sonaba en armonía con el mío.

Era capaz de vociferar una orden que se propagaba por un valle como un trueno y a continuación susurrar algo cariñoso que anidaba en mi oído. Su grito de guerra me provocaba estremecimientos. Como una catapulta cargada, era la promesa de la muerte. Me iré a la tumba recordando la sensación que tuve en las entrañas la única vez que me lo dirigió a mí.

Escucha no sólo los sonidos, sino lo que hay detrás de los sonidos.

Fue mi última lección. ¿Me tendría que haber sorprendido? No lo creo. Cuando la conocí, oí por primera vez. Y entonces me enseñó más: a oír el mundo detrás de los sonidos.

¿Debería odiarla por este don que me legó? ¿Sabía ella que iba a ser el último? Reconozco que la he maldecido. Confieso que he gritado su nombre, le he deseado el Hades, he clamado contra su figura fantasmal mientras se desvanecía con el amanecer. Pero mi corazón no puede contener la rabia. Se me escapa como agua por un colador.

Su espada me cantaba. Y ella no tiene la culpa de que con su muerte, el único sonido que oigo sea...

el silencio.


FIN


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