Infiel

Xenickz



Descargos: Xena, Gabrielle, etc. son propiedad de MCA/Universal y no se pretende infringir ningún derecho de autor al utilizar estos personajes. Es decir, que no son míos y que volveré a dejarlos en su sitio cuando termine. Lo prometo.
En esto hay bastante angustia, así que si lo que os apetece es un rayo de sol, os conviene leer otra cosa. Como siempre, podéis enviar dinero, chocolate y coches a xenickz@hotmail.com.

Título original: Unfaithful. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Su lado de la cama está vacío.

No es nada nuevo: pasamos por esto de vez en cuando.

Me pregunto si lo planea con antelación o si es algo totalmente impulsivo. ¿Hay algo que lo provoque? ¿O es que de repente piensa, “Hace ya tiempo, ¿qué tal esta noche?”?

Me pregunto por qué siente la necesidad de ceder, por qué siente esa necesidad.

Comprendo la tentación. Es tan, tan guapa. La gente gravita hacia ella, embelesada por la paradoja de su seguridad y su vulnerabilidad.

Una vez me dijo que nuestro destino era estar juntas, que cada minuto de nuestra vida había sido parte de una complicada estratagema para juntarnos. Me dijo que como lo que sentíamos la una por la otra era tan profundo, le parecía que la palabra amor era inadecuada. Me dijo que estaba buscando una palabra nueva.

Me la imagino en brazos de otra persona. La mera idea me pone físicamente enferma.

Te quiere, me recuerdo a mí misma para combatir los celos abrumadores.

Lo sé sin la menor sombra de duda, y por eso no logro comprender cómo puede arriesgarlo todo por unas pocas horas de placer físico. No comprendo cómo puede arriesgarlo todo una y otra vez. No comprendo por qué querría hacerlo.

Me pregunto si ésta es su retorcida forma de decirme que hemos terminado. Al intante, sin embargo, desecho esa idea. Cuando vuelve a mí —y siempre lo hace— está tan triste, tan arrepentida, que esa idea no me parece posible. Además, es demasiado franca para ese tipo de juegos.

Entonces, ¿por qué?

Creo que ni ella misma es capaz de responder esa pregunta. Tal vez se sienta arrastrada por algo que no logra identificar, igual que sus conquistas anónimas.

Una vez soñé que la perdía. Era como si me hubieran incrustado un peso en el pecho: me dolía tanto que no podía ni llorar. Cuando me desperté y oí el sonido de su respiración, me sentí tan agradecida, tan increíblemente aliviada, que me quedé despierta el resto de la noche, sin atreverme a moverme ni medio centímetro.

Ahora me parece que la estoy perdiendo poquito a poco. Un día me despertaré con esa pena aplastante y no oiré nada.

Oigo sus pasos. Me relajo.

Esta parte del baile la tenemos ensayada a la perfección. Ella se meterá en la cama y apoyará la cabeza en mi hombro. Yo fingiré que estoy medio dormida. Me besará, al principio suavemente, luego con insistencia, casi frenética. Yo la besaré a mi vez.

Haremos el amor.

Algunas noches es delicado. Otras noches tiene algo de la rabia ciega que me esfuerzo tanto por controlar.

Susurrará mi nombre, susurrará que lo siente. No sé si se da cuenta siquiera de que lo dice en voz alta. Después, llorará en silencio y yo fingiré que no me doy cuenta hasta que no pueda soportarlo más y le pregunte qué le pasa.

Nada, dirá.

Vivo con la esperanza de que un día me lo diga. Tal vez ese día yo vuelva a ser suficiente para ella.

A veces la odio por ponerme en una situación en la que me veo obligada a perdonarla una y otra vez. A veces no quiero perdonarla. Pero no puedo remediarlo: la quiero.

La puerta se abre ligeramente y una luz amarilla clara se cuela en la habitación. Entra, cierra la puerta, se mete en la cama.

Huele a sudor y a otra persona. Por lo general se molesta en lavarse, en librarse de las pruebas. Apoya la cabeza en mi hombro. Cuando me toca, dejo que mi brazo le cubra los riñones.

El corazón le late muy deprisa.

Me acaricia la mejilla con el dedo.

—¿Estás dormida?

—Mmmm —murmuro.

Me besa. La beso a mi vez con fuerza. Hacemos el amor con una desesperación agridulce. Me pierdo en ella, en el olor de su piel, en la sensación de sus labios pegados a mi oreja. Cuando llega al orgasmo, aspira con fuerza, casi como si agonizara.

—Lo siento —exclama, cerrando los ojos con fuerza. Después, se echa a llorar con unos sollozos inaudibles y desgarradores que le sacuden el cuerpo entero.

Su lágrimas caen, calientes, sobre mi piel.

Esta vez, ya no puedo soportarlo más. No hago caso de nuestro guión de costumbre.

—¿Qué te pasa? —pregunto, con el corazón en un puño, alcanzando su mano en la oscuridad.

—Nada, Xena —dice, soltándose para secarse los ojos—. Nada.


FIN


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