Árboles en invierno

Claire Withercross



Descargo: Los personajes de este relato son propiedad de MCA/Universal.
Los derechos de la letra de la canción son de Charisma/Rondor Music.
Advertencia: Este relato trata de amor, no de sexo.
Gracias: A Ann.
Nota importante: Este relato no es muy largo (es diminuto, en serio), así que leedlo, por favor. Se agradecen comentarios.
clairewithercross@excite.co.uk

Título original: Winter Trees. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


El sol bajo de invierno realza las sombras, haciendo que la escena adquiera una dura belleza. Como árboles sin hojas proyectando sombras descarnadas sobre la tierra.

Me echo a reír.

Y cuando me río, me acuerdo de ella.

Antes de conocerla no sabía cómo reír. Después de que muriera nunca pensé que volvería a reír.

Sólo la conocí durante un año, y han pasado veinte desde que murió. Nunca pensé que una persona pudiera afectarme tanto. Incluso ahora me sorprendo a mí misma pensando, “Esto le gustaría a Gabrielle”, o “Se lo tengo que contar a Gabrielle”.

Todavía noto su cuerpo en mis brazos, lacio como una muñeca de trapo. Sin vida a pesar de mis esfuerzos. Habría dado cualquier cosa por salvarla, hasta mi propia vida.

Durante mucho tiempo después de aquello estuve hundida en una depresión, bebía y a menudo era presa de ataques salvajes de ira. ¿Por qué Gabrielle? ¿Por qué ella? Corría riesgos sin pensar apenas en mi propia seguridad para... ¿para qué? ¿Para unirme a ella en la muerte? ¿Para vengarme del mundo, de los dioses, por arrebatármela?

No tengo ni idea.

Y un día me desperté tras una borrachera brutal, tirada a un lado del camino, junto a un charco de mi propio vómito. No podía caer más bajo.

Quise morirme allí mismo y en ese instante. No habría sido un final digno de una gran guerrera, pero me daba igual.

No sé si fue la resaca del alcohol o una visión auténtica. Pero la vi de pie en el camino. A mi Gabrielle. Tan sólida y real como si estuviera viva.

—Nadie muere de verdad —dijo—. Seguimos vivos en el corazón y la mente de los que dejamos atrás.

Y entonces desapareció.

Me di cuenta de que si yo moría, Gabrielle moriría. Tenía que seguir viva para mantenerla viva a ella.

Ese día terminó mi dolor.

Todavía la echo de menos, incluso hoy. Pero ya no sufro.

He seguido adelante con mi vida, como le ocurre a todo el que ha perdido a alguien. Volví a vivir. Volví a reír.

Y volví a amar.

El amor que siento ahora no es comparable al amor que sentía por Gabrielle. Pero no es menos válido. Llevamos juntas dieciséis años. Dieciséis veces más de lo que estuve con Gabrielle.

Jamás olvidaré a Gabrielle. Jamás dejaré de amarla. Pero amaré a los que me aman hoy.

Mi último día.

—Estás pensando en ella —me dice mi amor.

Su voz es dulce y comprensiva, no amarga ni resentida ni celosa.

Asiento.

—Siempre lo haces cuando te ríes —dice.

—Entonces a lo mejor no tendrías que hacerme reír tan a menudo —le digo.

Ella se echa a reír y menea la cabeza.

Me fijo en las pocas canas que empiezan a mezclarse con su pelo rubio. Pelo como el de Gabrielle, he pensado a menudo. Tal vez por eso me enamoré de ella.

—Te amo —le digo sinceramente.

—Te amo —responde.

Contemplo el campo. El sol está muy bajo, falta poco para que se ponga. Vuelvo la cabeza para mirar a mi amor. Probablemente será la última vez que la vea.

No sobreviviremos a esta noche en la cruz.

Mi amor, Najara, y yo.

“Observa cómo el mundo simplemente sigue adelante
Seguimos viviendo riendo y sin dolor
Nos quedaremos y seremos felices
Con los que nos han amado hoy”
Estonia - Hogarth


FIN


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