Y encima, astuta

Wakar



Los personajes de este relato son propiedad de MCA y no se pretende infringir sus derechos.
Este relato ocurre justo después del episodio Las Furias.
wakar@sonic.net.

Título original: Clever Too. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


—Debes de estar cansada. ¿Por qué no te vas a la cama?

—Estoy bien.

—Has hecho mucho esfuerzo. Y esa lucha con Ares...

—Hago mucho esfuerzo todos los días, madre. Estoy acostumbrada.

Cirene suspiró y se terminó el té. Sabía que era inútil discutir con su hija.

Su relación, forjada a lo largo de los dos últimos años, se había hecho a base de pequeños progresos. Tenía la esperanza de que este último tormento no volviera a separarlas. La oportunidad de sentirse orgullosa de su hija, de sentir que tenía una hija, no era algo que quisiera perder. Pero aunque habían estado separadas tantos años, no había tardado en comprender unas cuantas cosas sobre Xena. Y sabía que, aunque las Furias habían abandonado su persecución, su hija seguía atormentada. Esta vez, sin embargo, el tormento procedía de la propia Xena. Cirene miró a la fuerte joven sentada a la mesa delante de ella, con los rasgos suavizados por la luz del fuego y el pelo negro fundido con la oscuridad que las rodeaba. Xena contemplaba su taza y su madre le leyó el pensamiento.

—Xena, quiero que sepas una cosa —dijo suavemente. Xena alzó los ojos y Cirene vio en ellos la esperanza y el miedo. Alargó la mano y la puso sobre la de Xena—. Sé que te traté mal hace dos años, cuando volviste... y lo lamento.

—Madre...

—No. Déjame terminar. Estaba dolida por lo que eras, por tu forma de vivir. En público, con mis amigos, ocultaba que fueses mi hija. Me negaba a reconocerlo. Hice mal.

—Tienes todo el derecho a avergonzarte.

—Yo nunca me he avergonzado, Xena. —Hizo una pausa para asegurarse de que Xena comprendía lo que decía—. Jamás. Estaba dolida y eso hacía que me sintiera furiosa. Pero cuando estaba sola, cuando no tenía que darle explicaciones a nadie, lloraba por ti, te quería, te echaba de menos. Y aunque detestaba ver en lo que te habías convertido, nunca dejé de esperar que encontraras el modo de salir de esa vida. Y ni una sola vez, Xena, jamás he lamentado impedir que tu padre te matara. Incluso ahora, conociendo el curso que ha llevado tu vida, volvería a hacer lo mismo sin dudarlo.

Los dedos de Xena se cerraron alrededor de la mano de su madre. Durante todo el trayecto de vuelta desde el templo de las Furias, se había preguntado si Cirene había pasado los últimos diez años deseando tener a su marido en lugar de a Xena, si había lamentado la decisión de matar a su marido para salvar a su hija. Le había asegurado a su madre que todo iba a ir bien, que lo superarían. Pero así y todo, había dudado.

—Ahora, ¿qué tal si intentas descansar un poco?

—Madre...

—Está bien, está bien. Mira que eres terca.

Ninguna de las dos había dormido mucho la noche anterior, y el viaje de vuelta desde el templo de las Furias había transcurrido en una serie de silencios incómodos que ninguna de las dos habría sabido llenar. Gabrielle, que comprendía su incomodidad, les habló de su viaje para encontrar a Orestes y llenó los momentos más tensos poniendo al día a Cirene de sus últimas aventuras.

Cirene sonrió al recordar cómo hablaba Gabrielle de las hazañas de Xena. Se dio cuenta de que la joven conseguía que Xena no estuviera tan tensa y hasta la había hecho sonreír. Bueno, pensó, si no logro que esta niña se vaya a la cama, a lo mejor puedo seguir el ejemplo de Gabrielle y conseguir al menos que se anime un poco.

—Bueno, hija mía —dijo riendo por lo bajo—, hay mucho trabajo que hacer en esta vieja taberna. ¿Qué estás dispuesta a hacer para que no le cuente a Gabrielle que la llamaste esmirriada?

—¡Madre, no te atrevas!

Cirene se echó a reír.

—No lo haré. Te lo prometo. Xena, yo nunca haría nada que causara problemas entre Gabrielle y tú, ni siquiera en broma.

Xena volvió a relajarse en la silla. Estaba segura de que Gabrielle comprendería que lo había dicho presa de la locura, pero así y todo... sabía que se la iba a cargar por el comentario que le había hecho a Ares sobre el único modo de hacerla callar.

Levantó la mirada, se encontró con la sonrisa de su madre y ella misma se rió un poco.

—Madre, créeme, no tienes ni idea de los problemas que causaría eso.

—Cómo me alegro de que forme parte de tu vida, Xena. Es buena persona, y se ve lo importante que eres para ella.

Xena asintió, pero no dijo nada y bajó la mirada de nuevo para contemplar su taza.

—Me preocupo menos por ti —continuó Cirene—, al saber que ella está ahí. Es inteligente, bondadosa, ferozmente leal a ti...

—¿Xena? —La guerrera se volvió y a vio a Gabrielle que bajaba medio dormida las escaleras—. Me he despertado y no estabas y me... oh, hola, Cirene. No sabía que estabais hablando. No quería interrumpir. —Gabrielle había llegado a la mesa donde estaban sentadas las dos mujeres, pero se volvió para marcharse de nuevo.

—No nos interrumpes, Gabrielle. Estaba intentando, sin éxito, hacer que mi hija se fuera a la cama y descansara un poco.

Gabrielle se quedó mirando a Cirene un momento y luego replicó:

—Bueno, yo antes intentaba hacer lo mismo, pero tampoco me hacía ni caso, así que acabé por dejarlo. —Bostezó de nuevo y se volvió para irse—. Sabes, Xena —dijo mirando hacia atrás cuando se dirigía a las escaleras—, tu madre tiene razón con lo de descansar un poco. A fin de cuentas, ahora estás sola. No tienes lacayos a tu alrededor que luchen por ti si estás demasiado cansada, como cuando eras señora de la guerra.

Xena se quedó boquiabierta y se levantó a toda prisa para seguir a Gabrielle.

—Espera un momento. ¡¿Piensas que obligaba a mis hombres a luchar por mí?!

—Bueno, si estabas cansada, sería lo lógico... —continuó Gabrielle mientras empezaba a subir las escaleras.

—Gabrielle, ¡yo nunca les pediría a mis hombres que lucharan por mí sólo por estar cansada! —Xena alcanzó a la bardo y la siguió de cerca, intentando explicarse.

—Vale, lo que tú digas, Xena.

—¡¿Lo que yo diga?! ¡¿Lo que yo diga?! ¿Te estás poniendo condescendiente conmigo, Gabrielle? Porque si es así, no me parece que...

Cirene sonrió cuando la puerta de su habitación se cerró, cortando la voz algo quejumbrosa de su hija.

—...y encima, astuta.


FIN


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