La última espada de Ares

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He recibido con tristeza la noticia del fallecimiento de Kevin Smith el 16 de febrero de 2002. He dejado todos los relatos en los que estaba trabajando y he decidido escribir uno para él como Ares, dios de la guerra. Te echaremos de menos.
Descargos: Pido disculpas a todos los que posean los derechos de Xena, la Princesa Guerrera y sus personajes. Pero esto es mi tributo a Kevin y espero que os guste el relato.
Violencia: Sí. Pero nada gráfico. Se trata de Xena.
Contenido sexual: Sí. Se menciona. Nada gráfico. Hablamos de Xena y Gabrielle.

Título original: Ares' Last Sword. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


La furia de Zeus estremeció el cielo. Su hijo, Ares, lo había defraudado por última vez.

—Hijo mío, no voy a seguir tolerando tu desobediencia. Me quedo con tu espada. Disfruta de tu corta vida como mortal.

Ares agachó la cabeza avergonzado. Su arrogancia le había costado la divinidad definitivamente. Moriría como mortal. Su familia lo había repudiado. Incluso su amada hermana Afrodita. Estaba solo de verdad. ¿O no?


Dos viajeras solitarias a lomos de un caballo dorado avanzaban por el camino riendo y charlando apaciblemente.

—Cuánto me alegro de volver a la aldea amazona —afirmó Gabrielle, muy sonriente.

—Sí —replicó Xena—. Me apetece ver si Eponin ha terminado esa nueva arma en la que estaba trabajando.

—Y también va a ser la primera vez que, como reina, voy a unir a dos amazonas como compañeras de vida. —Gabrielle sonrió, pensando en la ceremonia de unión que habían tenido Xena y ella misma.

Xena se puso rígida. Tiró rápidamente de las riendas de Argo.

—Tenemos compañía —susurró—. Compañía sin invitación.

—Ésa siempre es la peor —suspiró Gabrielle.

—Sal, Ares. Te huelo. —Xena clavó una mirada furibunda en el bosque. El dios de la guerra, muy desastrado, apareció caminando ante ella.

—¿Qué Tártaro te ha pasado? —Gabrielle no daba crédito a lo que veían sus ojos.

—Papá se ha enfadado de verdad conmigo esta vez —dijo Ares, muy disgustado—. Me ha quitado la espada para siempre. Me han expulsado del Olimpo para vivir como mortal.

Ambas mujeres se bajaron de Argo. Xena se acercó a Ares y lo miró con los brazos en jarras y cara de asco.

—Ares, ¿por qué cada vez que te metes en un lío, vienes a buscarnos? —Ares agachó la cabeza—. Te sacamos del lío y tú nos apuñalas por la espalda.

—¡Es cierto! —Gabrielle intervino en la conversación—. Casi conseguiste que nos mataran la última vez que te echamos una mano. Por cierto —inquirió—. ¿Dónde está aquel perrito?

—Lo he dejado en el Monte Olimpo. Pensé que ahí estaría más seguro —replicó Ares.

—Bueno. —Xena hizo una pausa para pensar—. Nosotras vamos de camino a la aldea amazona. Gabrielle va a oficiar una ceremonia de unión.

—Pero Xena —protestó la reina—. Ya sabes que no se permite la entrada a los hombres en la aldea.

Xena sonrió.

—Si es una típica ceremonia de unión, estoy segura de que alguien lo usará como semental.

Gabrielle se puso coloradísima y se echó a reír. Ares sonrió.

—Esto de ser mortal puede que no esté tan mal, después de todo.


El cálido recibimiento que Ephiny solía hacer a la reina y su consorte no tardó en nublarse con enérgicas protestas y un recordatorio de las leyes amazonas:

—¡Gabrielle, no se puede quedar aquí y punto!

—Ya lo sé, Ephiny. Xena y yo teníamos la esperanza de poder usar la cueva de los suministros para él. Hay agua corriente, camas de sobra. Estará cómodo.

—¿Y la comida? —preguntó Ephiny.

Gabrielle miró a su regente con sus bonitos y dulces ojos verdes.

—Esperaba que le permitierais unirse a las partidas de caza.

Ephiny suspiró, sabiéndose derrotada.

—Las cosas que acabo haciendo por ti.

—¡Estupendo! —Gabrielle sonrió, abrazando a su amiga—. Venga, vamos a repasar los preparativos para esta noche.


La ceremonia de unión fue muy bonita. Las dos jóvenes amazonas iban vestidas con su mejor atuendo. Unas bandas de cuero suave y unas plumas de colores adornaban su pelo y sus brazos. La chica más menuda, que se llamaba Nania, llevaba flores. Gabrielle, vestida con su atuendo completo de reina amazona, estaba preciosa. El corazón de Xena ansiaba en ese momento poder estrechar entre sus brazos a su compañera. Mientras Gabrielle pronunciaba las palabras de la ceremonia, Xena iba recordando su unión, realizada lunas atrás. Ephiny las había unido. La luna brillaba tanto que sólo hubo que encender la mitad de las antorchas. Artemisa las había iluminado a las dos con su luz. Xena iba vestida con su armadura completa. Estar unida a la reina quería decir que ahora Xena también era amazona. Pero, al ser su campeona, su espada y su chakram protegerían ahora a la reina de acuerdo con la ley amazona. Y nadie iba a meterse con Xena.

Gabrielle iba vestida con pieles de ciervo de color claro y plumas de color verde, a juego con sus ojos. Sujetaba en los brazos la mascara oscura de la reina. Por tradición, la reina habría tenido que llevar puesta la máscara, pero Xena le había pedido que no lo hiciera.

—Quiero verte la cara cuando nos unamos —le había rogado Xena con esos ojazos azules y haciendo un puchero.

Gabrielle asintió con una sonrisa muy pícara.

—Me vas a ver algo más que la cara, después de nuestra unión.

Entonces le tocó a Xena sonrojarse.

Ares contemplaba el acontecimiento de la velada encaramado en lo alto de su cueva.

—Al menos me podrían haber invitado —dijo sin dirigirse a nadie en concreto.

De repente tuvo una sensación extraña. Se puso en pie y observó la nube de polvo que se acercaba. A un día de distancia, calculó. ¿Soldados? ¿Un señor de la guerra con su ejército? No lo sabía. Pero sí sabía una cosa: se dirigían al territorio de las amazonas sin haber sido invitados.

—Será mejor que busque a Xena.


Xena, Ares, Eponin y un pequeño grupo de amazonas habían salido de exploración en busca del ejército que se aproximaba.

—El ejército de Methous —dijo Ares con desprecio.

Trescientos soldados bien armados contra cien amazonas, la reina Gabrielle, un ex dios de la guerra y la Princesa Guerrera. La cosa pinta a favor nuestro, pensó Eponin.

Xena se dirigió a una de las exploradoras amazonas:

—Vuelve a la aldea. Diles a Ephiny y a Gabrielle que hagan preparativos para el combate.

Ares intervino:

—No os molestéis con el hospital, no dejan a nadie con vida.

Xena le espetó a Ares:

—Uno de los tuyos, sin duda.

—Sí —fue la respuesta.

El pequeño grupo había trabajado deprisa para montar barreras que hicieran más lento el avance del ejército. Esa noche, una serie de ataques relámpago por parte del pequeño grupo dejó al ejército con varios soldados menos.

Por la mañana ambos bandos estaban preparados para la batalla. Esa tarde el olor de la sangre inundaba el aire. Volaban las flechas, resonaban las espadas. Por todas partes se oían gritos de guerra y alaridos de agonía. Gabrielle luchaba a la izquierda de Xena, Ares a su derecha. Los dos guerreros no perdonaban ni una vida. Tenían las espadas y la ropa cubiertas de sangre. La vara de Gabrielle rompía hasta los huesos más duros. Nania y su compañera se aseguraban de que ninguna de las víctimas de su reina pudiera levantarse de nuevo.

La encarnizada batalla se prolongó hasta el anochecer. Al caer el sol, ambos bandos se retiraron, dándose tiempo para recoger a sus muertos. Las pérdidas en ambos lados eran graves, pero menores para las amazonas. Una vez más, una serie de ataques relámpago dirigidos por Xena garantizaron que hubiera menos soldados de Methous por la mañana.

Al amanecer, el ejército de Methous atacó de nuevo. Estaba decidido a hacerse con el control del territorio de las amazonas. Sólo que no había contado con que se presentaran Xena y Gabrielle. ¿Y quién era ese hombre que luchaba con ellas? Le sonaba de algo, pero Methous no lograba saber de qué.

—Da igual —dijo ceñudo—. Estará muerto para cuando acabe el día.

Mientras la lucha continuaba, Methous aprovechó para atacar a Gabrielle. Ésta se había apartado del lado de Xena para ayudar a una amazona herida. Methous la golpeó por detrás con la empuñadura de la espada. Cayó aturdida al suelo. Ephiny gritó su nombre y Xena se volvió a tiempo de ver cómo la espada de Methous se dirigía al pecho de Gabrielle. Ni siquiera su chakram iba a conseguir detener a Methous a tiempo. De repente, salido de la nada, Ares se abalanzó y recibió la estocada de la espada. Xena lanzó el chakram y le cortó la cabeza a Methous de un golpe limpio. Al ver la cabeza de su líder rodando por el suelo, lo que quedaba del ejército dejó de luchar y se retiró.

Ares estaba gravemente herido. Xena, Gabrielle, Ephiny y Eponin trasladaron su cuerpo a la aldea. Xena era una hábil sanadora, pero no había nada que pudiera hacer para ayudar a Ares. Gabrielle le pidió a Artemisa que hablara con Zeus, pues ni siquiera Atenea podía salvarle la vida a su hermano sin permiso de Zeus.

Ares no iba a vivir para ver la siguiente luna. Xena y Gabrielle estaban sentadas en silencio con él.

—Oye —dijo suavemente—, ni siquiera ha habido tiempo para ese servicio como semental que me habíais prometido. No voy a tener herederos.

Las dos mujeres se miraron y asintieron con un gesto de aceptación. Pasaron varias horas. Xena sostenía la cabeza de Ares en su regazo.

—Gracias por salvar a Gabrielle. Jamás olvidaré ese único y último acto de bondad.

Gabrielle le enjugó la frente a Ares por última vez, le cerró los ojos y le dio un beso en la frente. Fue enterrado con los honores de una guerrera amazona. La primera vez en la historia que ocurría esto con un hombre. Su nombre quedó registrado en los libros de historia de las amazonas como “su dios de la guerra”.


Nueve meses después, en esa misma aldea amazona, nacieron dos bebés. Uno de ellos, hijo de la Princesa Guerrera. El bebé tenía el pelo negro y rizado y profundos ojos azules. El otro, una princesa amazona, hija de Gabrielle, de pelo rubio y ojos verdes como su madre. Xena por fin le había concedido a Ares su único deseo: un heredero. En cuanto a Gabrielle, fue su modo de darle las gracias por haber entregado su vida a cambio de la de ella.

Zeus contempló a sus dos nietos recién nacidos. Tenía el corazón lleno de tristeza, al saber que había perdido a su hijo. Pero Ares estaba en los Campos Elíseos, sonriendo a su familia.


FIN


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