El último episodio de Xena,
la Princesa Guerrera: escena final

Trisha Von Doss (Xenamour)



Descargos estándar: Estos personajes son propiedad absoluta de las Altas Instancias de Renaissance Pictures, Universal MCA, y sus diversos asociados y afiliados. No se pretende infringir en modo alguno los derechos de los propietarios de estos personajes. Mi único deseo es compartir, a través de mi humilde esfuerzo, mis esperanzas, sueños y fantasías sobre los Seres Increíbles tan amorosamente creados por el equipo de Dotados Individuos de Renaissance Pictures. Gracias, Altas Instancias, por el préstamo.
Subtexto: Ésta es sin duda una de las historias de amor más grandes de todos los tiempos. Mi convicción personal es que la integridad emocional de ese amor se debe mantener a toda costa, con independencia de cómo se entienda el aspecto físico o la falta del mismo en esta relación. Así que si tenéis algo en contra del amor... este relato no es para vosotros.
Contenido emocional: Hombre, pues espero que sí.
Siempre se agradecen comentarios positivos y críticas constructivas. Escribidme a Xenamour@cs.com

Título original: The Last Ever Episode of Xena, Warrior Princess: Final Scene. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Las briznas de hierba recién nacida acariciadas por la suave brisa de primavera se mecen como si saludaran al mundo. El sol invernal, antes de ceder su vigilancia a su hermano más cálido, permanece unas marcas más en el cielo de la tarde. Las aves canoras que acaban de regresar, como si notaran el ocaso que se avecina, van frenando sus fervorosos trinos de alegría por el renacimiento de la tierra y sólo emiten algún que otro arrullo.

De pie en lo alto de una loma cubierta de hierba, a la sombra de un floreciente y antiguo roble, dos mujeres observan en silencio... recordando otro momento en este mismo lugar... cuando una joven e impertinente niña-mujer se ofreció a unos tratantes de esclavos para salvar a su hermana y sus amigas… y apareció una guerrera solitaria, como de leyenda, que luchó contra los tratantes y las salvó a todas.

La más alta de las dos, una mujer elegantemente musculosa de pelo negro e intensos ojos azules, se mordisquea distraída la comisura del labio inferior y clava la mirada en la distancia, la única muestra externa de su estómago encogido. Su compañera, una rubia menuda y fuerte, está con la espalda apoyada en el viejo roble, con la cabeza vuelta hacia donde mira su amiga, con los brazos cruzados, como para protegerse, sobre el corazón. Sus ojos verdes reflejan una profunda tristeza. Incapaz de seguir aguantando el silencio, sabiendo que aquí, en el mundo de las palabras, es ella quien debe mostrarse valiente, la rubia empieza a hablar.

—Xena... ¿Cuánto tiempo ha pasado? Sin contar el vacío, quiero decir. ¿Seis años? ¡Por los dioses! Hace seis años y una vida entera. Han cambiado tantas cosas. Yo no era más que una niña... Todavía a veces pienso en ello y me pregunto por qué me dejaste venir contigo... Y cómo habría sido mi vida si no lo hubieras hecho.

Silencio.

Despacio, con tono lento y forzado, reflejo del doloroso miedo que acecha tras las palabras...

—Gabrielle... yo... ¿Alguna vez lo lamentas? O sea... Hace mucho tiempo que acepté que era lo que tú querías y que era decisión tuya. Pero todavía hay momentos... —Los ojos azules, entornados, miran un instante a los de su amiga y luego bajan, buscando algo más cómodo donde centrar su atención.

Incapaz de seguir aguantando la distancia emocional o física, la rubia alarga las manos y las entrelaza con las de la mujer de pelo negro, tirando de ella para que se acerque un poco más.

—Xena... Xena, mírame... —Los ojos verdes se encuentran con los azules cuando una mano delicada levanta una barbilla que se resiste—. Tú y yo ya hemos hablado de esto. Tú sabes lo que siento... lo que siempre he sentido. Sí, ha habido momentos durante el viaje en que me he cuestionado el camino que estaba recorriendo contigo... momentos en que he dudado... de mí misma más que de ti o de nuestro vínculo. Supongo... supongo que forma parte de crecer... tenemos que hacer esas preguntas o si no, seguimos ciegamente y nunca tenemos fe en nuestro propio viaje. Pero sabes tan bien como yo cuál ha sido siempre la respuesta a esas preguntas al final. Sí. Sí, esto es bueno para mí. Sí, éste es mi sitio. Sí... tú... esto... nosotras... esto es mi hogar. A la hora de la verdad, nunca ha habido ninguna otra elección posible para mí... lo único que quería mi corazón era a ti. Por eso no logro entender esto... por qué ahora, después de todo lo que hemos vivido juntas... de todo lo que hemos llegado a significar la una para la otra, decides dejarme.

Las lágrimas brotan sin control de los ojos azules y verdes por igual. Incapaz de soportar la idea de que una vez más está haciendo daño a esta mujer, que es su corazón, Xena cubre la distancia que las separa y abraza a Gabrielle con ternura pero con apremio.

—Xena... háblame... por favor... ayúdame a entenderlo... ¿por qué? ¿Qué puedo haber hecho, después de todo lo que hemos soportado, que sea tan horrible que ahora quieres dejarme?

Como en reacción a un golpe recibido, los ojos azules se cierran con fuerza y por un instante la morena apenas consigue mantenerse erguida.

—No... no... Gabrielle... sshhh... sshhh... No llores... por favor, no llores... No has hecho nada malo... soy yo... Siempre he sido yo. ¿No comprendes que... después de todo este tiempo... no sabes... que tú eres mi fuente... mi corazón...?

La voz es la agonía hecha carne...

—Entonces, ¿por qué? —Las lágrimas caen sin control y unos puños pequeños descargan su frustración sobre el cuerpo que tienen delante—. ¿Por qué, Xena... por qué, por qué, por qué??

Las manos más grandes agarran las más pequeñas y las detienen en pleno movimiento. Al carecer de palabras para expresar su necesidad, su amor y su dolor, la guerrera se inclina hacia delante, pegando a la mujer más menuda contra el árbol, y agacha la cabeza para posar sus labios, primero con delicadeza, luego cada vez con más ansia, sobre los de su amada.

Calmada pero insatisfecha, la rubia prosigue con su búsqueda de la verdad.

—¿Por qué, Xena? Dime por qué.

Enrojecidos e hinchados por el esfuerzo de controlar más lágrimas, los ojos azules, por fin, sinceros, se encuentran con los verdes. Siempre ha sido así, ¿verdad? Nunca has permitido mis intentos de exiliarme en soledad... mi castigo. Cada vez que lo intento, me lo niegas, me apartas de ese abismo como si fuese el tuyo.

—Gabrielle... yo... yo sé que has querido estar conmigo... sé que es lo que tú has elegido. Por los dioses... cuántas noches luché conmigo misma para apartarte... enviarte a casa... dejarte en algún lugar remotamente seguro. Al final, era mi egoísmo lo que me impedía hacerlo. Te... te necesitaba... necesitaba tu luz... tu equilibrio... tu amor. No veía nada más que oscuridad en mí misma... pero tú... tú veías algo más... algo que yo no lograba ver. Necesitaba poder mirarte a los ojos y ver a esa otra persona... una imagen a la que podía intentar hacer justicia y tal vez, de algún modo, en la que podría acabar convirtiéndome.

Incapaz de interrumpir la expresión voluntaria de sus demonios internos que está realizando su alma gemela, Gabrielle la anima en cambio, acariciando dulcemente las manos de Xena con las suyas.

—Pero ahora... ahora me doy cuenta de lo egoísta que he sido durante tanto tiempo... y me doy cuenta de que si alguna vez vas a tener la oportunidad de llevar otro tipo de vida... o sea, ninguna de las dos va para joven... y si quieres tener hijos... o sea, otros hijos... yo eso no te lo puedo dar... Esta vida no te lo puede dar. Ha habido ocasiones a lo largo del tiempo en que me has pedido que me plantee la idea de echar raíces... Así que no me digas que no es lo que quieres... Porque sé que ha habido ocasiones al menos en que sí lo has querido. Sólo quiero que tengas esa oportunidad.

Una larga pausa.

Los ojos verdes clavan una mirada intensa en los azules.

—Xena... ¿tú quieres dejarme?

—¡Gabrielle, no se trata de lo que yo quiero!

—Xena, contesta la pregunta. ¿Tú quieres dejarme?

Silencio.

—Bueno, pues si no quieres hablar de lo que quieres, vamos a hablar de lo que quiero yo. Es cierto que ha habido veces en que he querido echar raíces... como con Pérdicas... cuando huía de la verdad sobre lo que quería de ti... o con Eva... porque quería que estuviera a salvo y porque la idea de llevar una vida en la que estuviera segura de que las dos personas a las que más quería en el mundo estaban a salvo me resultaba atractiva. Pero puestos a elegir... y he podido elegir, Xena, en más de una ocasión... yo siempre elegiría estar contigo, en cualquier parte, antes que estar sin ti. Y no te corresponde a ti decidir eso... ¿lo comprendes? De hecho, nunca ha sido decisión tuya... ni siquiera al principio, cuando yo no era más que una cría totalmente detestable que se negaba a aceptar un no por respuesta. Y Xena... eso es lo que estoy haciendo ahora también... No voy a permitir que me dejes.

Reafirmándose en su pose erguida y su resolución, la mujer más alta y morena se da la vuelta. Sus ojos se vuelven fríos y duros, rechazando los reproches, obligando al deseo a rendirse gritando y hundirse una vez más en las profundidades. Se aleja con paso decidido de la mujer más menuda, quien, con los ojos clavados en ella y llenos de pánico, lucha por encontrar las palabras que la obliguen a detenerse, que la obliguen a quedarse...

—Xena, no puedes dejarme aquí. He venido hasta aquí para estar contigo. No estoy hecha para esta vida de aldea... Nací para hacer muchas más cosas. He estudiado las estrellas, he hablado con filósofos, tengo el don de la profecía... podría serte muy valiosa... Tienes que llevarme contigo... enséñame todo lo que sabes...

Los pasos pesados se detienen. Los hombros erectos se hunden ligerísimamente.

Un largo silencio. Los ojos verdes observan atentamente el cambio de postura apenas discernible en la figura ahora quieta, queriendo que signifique lo que necesita que sea... la rendición.

—Sabes que donde yo vaya habrá problemas.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué quieres meterte en eso conmigo?

—Es lo que hacen los amigos, se apoyan mutuamente cuando hay problemas.

Los ojos azules, rebosantes de lágrimas, se vuelven hacia los verdes.

—Pues vamos, amiga.

Cogidas del brazo, las dos figuras se adentran en el ocaso. Deteniéndose en una colina lejana, se vuelven la una hacia la otra, recortando sus siluetas contra el sol poniente. Cogiendo la cara más menuda entre sus manos, la figura más alta atrae suavemente los labios de su alma gemela hacia los suyos, depositando en ellos un tierno y perdurable beso.


FIN


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