Posibilidades

Verrath



Descargo legal: Lo habéis adivinado, los personajes de Xena, Gabrielle y Argo pertenecen a quienes ya sabéis (MCA/Universal y Renaissance Pictures, por si no lo sabéis). No se ha pretendido infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
El relato, sin embargo, es MÍO y todos los derechos legales son míos. Este relato no se puede vender ni usar en modo alguno para obtener un beneficio económico. Se pueden hacer copias del relato únicamente para uso privado y deben incluir todas las renuncias y advertencias.
Advertencia de sexo, drogas y violencia: Subtexto, sí, sexo, no. Estoy a favor de la idea de que estas dos mujeres están enamoradas la una de la otra y eso se ve en lo que escribo. Sin embargo, no me va el tema del sexo a las claras.
También hay violencia y sus consecuencias. No esperaréis que la Princesa Guerrera se dedique a pasear recogiendo flores, ¿verdad? ¿Quién querría leer ESO?
Drogas, nada. A menos que tengáis en cuenta una taza de infusión de hierbas. Ojalá supiera qué pone Xena en ese brebaje...
Si algo de esto os molesta, tal vez deberías ir a ver la serie de los Walton o Lassie o algo así.
Ah, y una cosa más...
Debería advertiros de que cuando escribí este relato estaba de un humor muy raro. Estaba trabajando en otra historia al mismo tiempo, pero ésta empezó espontáneamente en un trozo de papel y no paró de darme la lata hasta que me rendí y la terminé. Así que éste no es el primer fanfic que escribo, pero probablemente será el primero que publique, gracias a las retorcidas maquinaciones de las Parcas.
No hay mucha acción. Si tuviera que asignarlo a una categoría, sería "¿Qué pasaría si...?"
Decidme lo que os parece. Estoy en verrath@gmx.de

Título original: Possibilities. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Como siempre, Gabrielle prefería caminar, mientras que la silenciosa guerrera iba montada a caballo a su lado. Xena llevaba unos días de un humor especialmente pésimo. Gabrielle no se lo podía echar en cara, dado que la semana pasada había sido una sucesión interminable de "llegamos tarde". Era como si nunca hubieran conseguido llegar a tiempo para prestar ayuda de verdad, ayuda que habría sido muy necesaria en varias ocasiones.

En primer lugar, al entrar en una aldea justo después de que una banda de saqueadores la hubiera arrasado, sólo pudieron ayudar a apagar los incendios que aún continuaban y enterrar a los muertos. Por supuesto, las dos amigas siguieron el rastro de la banda, pero no lograron darle alcance. Una fuerte lluvia había borrado las huellas, y entonces hubo otro contratiempo cuando Argo perdió una herradura y tuvieron que perder medio día de viaje para solucionar eso. La siguiente aldea que se había cruzado en el camino de los saqueadores estaba prácticamente igual que la primera, aunque, afortunadamente, esta vez no hubo muertos. Cuando Xena, muy irritada, y Gabrielle, agotada, dieron por fin con la banda, las descubrieron demasiado pronto —culpa de Gabrielle por hacer demasiado ruido, según reconoció, mortificada— y cayeron en una emboscada. En el combate que se sucedió, la guerrera y la bardo lograron descargar parte de su frustración dando una soberana paliza a aquellos tipos. Para cuando obtuvieron la victoria, la banda ya se había dispersado, sin rastro de su líder, sin duda para reagruparse en algún lugar donde hubiera mujeres menos peligrosas. Una vez más, demasiado tarde.

A continuación, más lluvia, ropa mojada, viento cortante, todo lo cual no hizo sino contribuir a su baja moral.

De modo que acordaron pasar la noche bajo techo por una vez, en alguna posada, y llegaron a la siguiente ciudad justo cuando acababan de cerrar las puertas por esa noche. Demasiado tarde, otra vez. Los golpes irritados de Xena en la puerta no sirvieron de nada, y Gabrielle consiguió convencerla a duras penas para que no destrozara el lugar.

Pero lo peor había ocurrido esa mañana, cuando Xena se lanzó a un río embravecido, desbordado por las lluvias, para salvar a un niño que se estaba ahogando. Luchó como una leona para alcanzarlo, pero al final sólo pudo ofrecer un cuerpecito inerte y muerto a los llorosos padres. Demasiado tarde, de nuevo.

De modo que Gabrielle también se sentía muy mal, pero sabía que tenía que ser peor para su amiga guerrera, que tendía a cargar con toda la culpa. Aunque hubiera hecho todo lo humanamente posible e incluso más.

Había intentado ofrecerle palabras de consuelo, pero Xena, con su típica actitud de "soy fuerte así que déjame en mi caparazón", la hizo callar con un gesto brusco. Gabrielle estaba segura de que un buen abrazo o algo parecido le habría venido de perlas a la guerrera —a ella también, reconoció en silencio— pero eso, por supuesto, era imposible. De modo que se limitó a seguir malhumorada junto a su amiga, después de haber intentado levantar los ánimos una o dos veces con alguna historia tonta y haber fracasado miserablemente.

Y la lluvia seguía cayendo incesante.

Era en momentos como éste en los que la joven bardo se preguntaba por qué seguía aguantando a la hosca ex señora de la guerra. Xena era susceptible e introvertida en el mejor de los casos, pasando a directamente hostil y fría en el peor. Era entonces cuando Gabrielle no parecía capaz de hacer nada a derechas, a juicio de esta mujer. En tales ocasiones, Xena tenía una forma de hacer que se sintiera fuera de lugar e incompetente que hería profundamente a Gabrielle. Y la guerrera ni siquiera parecía darse cuenta.

Y sin embargo, hubo una ocasión en que dejó a Xena, para volver a casa con su familia y reconstruir allí su vida. Incluso ahora, la inesperada punzada de dolor que había sentido con la separación seguía sorprendiéndola. ¿Y no había aparecido Xena de la nada, como un ángel de la guarda, justo cuando la necesitaba desesperadamente? Como si la guerrera hubiera sabido que Gabrielle iba a tener problemas. La alegría que sintió al volver a ver a Xena tenía muy poco que ver con el hecho de que le hubiera salvado la vida. Justo a tiempo. Una vez más.

No, tenía que reconocer que sus sentimientos por la atormentada guerrera eran muy profundos. Y Xena le había demostrado en más de una ocasión que la quería. Aunque la alta guerrera se habría mordido la lengua antes que reconocerlo. De eso, Gabrielle estaba segura.

Había, por supuesto, facetas más alegres de la guerrera, aún más preciosas por lo poco frecuentes que eran. Últimamente, a Gabrielle se le había permitido ver a la persona que había debajo de ese caparazón impenetrable, aunque sólo fuera a retazos fugaces. Tenía la sospecha de que había una mujer compasiva, divertida y maravillosa oculta tras esa actitud de guerrera más dura que nadie, y estaba dispuesta sacarla a la luz como fuera.

Sintiendo una súbita necesidad de estar físicamente cerca de la silenciosa guerrera, Gabrielle alzó la mirada hacia Xena.

—¿Te importa si monto contigo un rato?

Unos ojos azules como el hielo la miraron algo extrañados ante la petición, pero Xena alargó el brazo derecho sin decir palabra para levantar a la mujer más menuda y colocarla detrás de ella. Gabrielle se volvió a quedar maravillada por la fuerza pura de esos musculosos brazos y la airosa facilidad con que la usaban. Intentó encontrar un lugar cómodo sobre el lomo de Argo entre el respaldo de la silla y la manta enrollada y rodeó la cintura de Xena con los brazos, juntando las manos sobre la tripa de la otra mujer. Necesitaba agarrarse a algo, por supuesto. Como se esperaba, notó que Xena se ponía algo rígida con el contacto y luego se relajaba de nuevo para volver a su habitual estado de máxima tensión. Se agarró un poco más fuerte y, sorprendentemente, notó que Xena se relajaba un poco más. Vaya, ¿qué te parece? Por fin estoy penetrando tus defensas, ¿verdad, amiga mía?

—Si sigues apretándome, no voy a poder respirar, sabes.

Uuy. No me había dado cuenta de que estaba haciendo eso. El tono de Xena parecía más tranquilo y sereno de lo que lo había estado en días y con un algo... ¿qué? ¿Divertido? Sin duda. Y algo más que Gabrielle no lograba identificar. Se puso colorada como un tomate y aflojó los brazos. Un poco.

—Mm. Perdón.

Notó que la guerrera se reía en silencio. Bueno, al menos se ha relajado un poco. ¡Pero espero que no capte el calor que despide mi cara!

Xena se puso alerta de repente y detuvo a Argo. Cinco hombres fornidos de aspecto mugriento salieron de un salto de detrás de unos arbustos, armados con varias espadas, varas y mazas. Xena suspiró y con un ágil movimiento bajó del caballo, con la espada desenvainada y los ojos ardientes.

—Quédate ahí —dijo por encima del hombro y se colocó entre Gabrielle y los rufianes.

Cinco contra una, pensó Gabrielle. Y si... qué va, con esto no va a necesitar mi ayuda.

El que al parecer era el líder les echó una sonrisa desdentada.

—Vaya, vaya, ¿qué hacen dos señoras viajando tan solas? Esta comarca es peligrosa para gente como vosotras.

Para nada, le contestó Gabrielle en silencio, dirigiendo una mirada cariñosa a su compañera.

—No queremos problemas. Así que si os echáis a un lado, nadie resultará herido —dijo Xena con tono apacible. Gabrielle pensó por un instante que, poco tiempo atrás, su amiga ni se habría molestado en avisarlos. Pero daba la impresión de que éste no era un grupo muy despierto de bandoleros. Estaba claro que a estos patanes les esperaba una paliza. Gabrielle se quedó un poco escandalizada consigo misma por estar deseando ver el espectáculo. Pero no lo podía evitar. La mayoría de los bandoleros eran gente sucia y desastrada, pero estos tipos daban directamente asco. La inconfundible sonrisa lasciva de algunos de ellos le dio escalofríos. Y luego estaba, claro, la emoción de poder observar ese cuerpo de guerrera ágil y musculoso mientras hacía su trabajo...

—Ah, pero, ojitos azules, ¿quién ha dicho nada de molestar? Sólo queremos divertirnos un poco.

Gabrielle casi se echó a reír en voz alta. ¡Cómo se le ocurría llamarle eso a Xena! Les esperaba una buena "diversión".

Se hicieron gestos con la cabeza y como un solo hombre avanzaron hacia la Princesa Guerrera, que soltó ese grito de guerra ululante que helaba la sangre en las venas y pasó a la acción. Gabrielle se quedó mirando bastante fascinada mientras Xena giraba, paraba y contraatacaba, manteniendo a raya a los cinco con aparente facilidad, sin abandonar ni por un instante su firme posición entre Gabrielle y los adversarios. Estos luchaban mejor de lo habitual, tuvo que reconocer Gabrielle al cabo de un rato, y atacaban a Xena en equipo, intentando coordinar sus movimientos. Vio que Xena se quedaba rígida por un instante y volvía la cabeza para mirar detrás de la bardo, con ojos alarmados.

—¡Gabrielle, cuidado! —Luego el combate que tenía delante volvió a reclamar su atención.

Gabrielle sabía lo que tenía que hacer. Aterrizó en el suelo al instante —aunque no tan deprisa ni con la agilidad de su amiga— con la vara preparada, de cara al punto donde había mirado Xena. Tres hombres más habían intentado sorprenderlas sigilosamente por detrás. Gabrielle soltó un taco entre dientes que normalmente le ponía las orejas coloradas cuando se lo oía a su amiga guerrera. Tres hombres altos y musculosos, armados con varas y un hacha de guerra de aspecto mortífero, que emanaban sed de sangre. La joven bardo supo de inmediato que la superaban con creces. Y su amiga estaba a más de diez pasos de distancia, incapaz por el momento de apartarse de los otros cinco. De repente recordó las palabras de Xena:

"Si la situación parece desesperada, intenta no pensar en tus limitaciones. Concéntrate en lo que sabes. Es increíble todo lo que puedes lograr cuando te niegas a reconocer lo que no puedes hacer".

Y ella debería saberlo. ¡Jo, vaya si lo sabía! Bueno, va a ser divertido. Vamos allá. Se lanzó contra ellos a toda velocidad y los obligó a retroceder un par de pasos y hasta alcanzó a alguien en la nariz antes de que se recuperaran de la sorpresa. Blandiendo la vara con los movimientos que le había enseñado la guerrera con pasmosa paciencia, Gabrielle se quedó asombrada de ver que por el momento parecía estar aguantando. Si pudiera seguir así hasta que Xena...

Un destello de movimiento a su lado fue el único aviso que tuvo. Algo entró en contacto con su cabeza con un fuerte chasquido, hubo un rayo deslumbrante de dolor y el grito de Xena, a lo lejos, angustiado.

—¡Gabrielle!

Y luego, oscuridad. Nada.

—¿Xena? Xena, ¿estás ahí?

Una mano cogió la suya con delicadeza.

—Aquí estoy, Gabrielle.

—Oh, dioses, está todo oscuro. No veo nada. ¿Qué ha pasado?

Hubo un largo silencio y luego la Princesa Guerrera contestó.

—Nos han matado. Tardé demasiado en llegar a tu lado. Y cuando te vi caer, me... bueno, me fallaron las defensas. Así que aquí estoy, contigo.

—¿Pero dónde...?

—Estamos en el limbo, por ahora.

—¿Estamos muertas? Pero...

—Es cierto, Gabrielle. Lo siento. Te he fallado. Demasiado tarde, otra vez.

—¿Pero por qué estamos aquí, en el limbo? Es decir, deberíamos ir... a alguna parte. ¿Cómo...? —Se interrumpió al caer en la cuenta—. Oh, dioses, Xena... ¡No, por favor!

De nuevo, un largo silencio.

—Sí. Lo siento. No vamos al mismo sitio. Esto es la despedida.

—No. Ni hablar. Yo voy donde vayas tú.

—No, Gabrielle —fue la amable respuesta—. Saber que estás en el Tártaro sería la peor tortura de todas. Y tú sabes que no es posible.

—Pero hay tantas cosas que quería decirte...

—Gabrielle, no tienes que decir nada.

Gabrielle sintió que la mano negra de la desesperación le aferraba la garganta.

—Pero estar en los Campos Elíseos sin ti es una tortura peor para que cualquier cosa que se le pudiera ocurrir al propio Hades. Te necesito, Xena. Te... ¿Qué ocurre?

La mano que tenía en la suya parecía de repente más desvaída y más fría.

—Nos estamos desvaneciendo hacia nuestros destinos. No te desesperes, Gabrielle. ¡Por favor!

—¡Xena!

—Gabrielle, te llevaré siempre en el corazón. Y cuando el tormento sea duro, sólo con pensar en ti me será más llevadero, sabiendo que estás... donde vas a estar. Dicen que la memoria de los muertos dura mucho y yo nunca te olvidaré. Te amo, Gabrielle. Desde hace mucho tiempo.

—Xena, yo...

La mano de Xena no era ya más que una ligera niebla que acariciaba la suya.

—Sí, dilo, Gabrielle. —Hasta la voz era indistinta.

—No te vayas. Te necesito. —Había un leve resplandor de luz que salía de alguna parte.

—Por favor, Gabrielle, di lo que sientes. —El tono de Xena era suplicante. La luz se hizo más brillante, avanzando hacia Gabrielle.

Gabrielle gritó las palabras.

—Te amo, Xena.

Destello

Gabrielle se despertó de la pesadilla gritando. Recordaba poco, salvo que tenía algo que ver con Xena y que de algún modo habían quedado separadas la una de la otra. Le había dejado un regusto que todavía le dolía. Se levantó para ocuparse del fuego y se quedó paralizada. Estaba sola. No había campamento, sólo un camino de tierra del bosque y una pequeña zanja cavada al lado, donde había estado durmiendo. La cabeza le dio vueltas y ante sus ojos pasaron vertiginosas imágenes de una lucha. Alguien le daba un golpe en la cabeza con una vara o algo así. La boca le sabía mal y tragó saliva varias veces para aclarársela.

¿Dónde estaba Xena? Aunque a veces era brusca y susceptible, a la hora de la verdad Xena siempre había sido una amiga leal. No la habría dejado aquí sola, indefensa. ¿O sí? Mortificada, tuvo que reconocerse a sí misma que todavía estaba esa parte inmensa y oscura de su amiga que no entendía, motivaciones que sencillamente no comprendía y que probablemente no comprendería jamás. Pero a pesar de eso, no conseguía creer que Xena la hubiera abandonado sin más.

Examinó el camino atentamente y, efectivamente, ahí estaban las huellas de los cascos de Argo, fáciles de reconocer por la herradura nueva de la pezuña trasera izquierda.

—Vaya, qué orgullosa estaría de mí —dijo Gabrielle en voz alta—. No está mal, en un camino duro por el que ha pasado tanta gente. —Sonrió para sí misma—. Nada mal para una pequeña y candorosa aspirante a bardo. Ya lo creo. —Echó a andar muy decidida en la dirección que indicaban las huellas, intentando disimular su repentina sensación de soledad cantando suavemente para sí misma y obligándose a caminar con alegría.

Al borde del campo, se detuvo horrorizada. Aquí había habido una batalla, hacía poco. El suelo estaba todo levantado, había hombres y caballos muertos por todas partes y por encima de todo ello flotaba el leve olor a cobre de la sangre. Gabrielle controló con fuerza la creciente acometida de náuseas. Ahora no tenía tiempo para eso y no tenía una amiga guerrera que le pusiera una mano tranquilizadora en el hombro, que le construyera ese escudo emocional que tanto la ayudaba a soportar estas experiencias. Porque, dado lo que hacía Xena, estas cosas solían ocurrir. Y Gabrielle estaba segura de que su amiga nunca se había dado cuenta de cuánto más fácil le resultaba enfrentarse a ellas gracias a esos pequeños gestos de apoyo.

Las huellas de Argo iban derechas al campo de batalla, pero a Gabrielle ni se le pasó por la mente la idea de buscar a su amiga entre los muertos. En cambio intentó interpretar los rastros que quedaban para descubrir dónde había estado el centro de la batalla. Y entonces advirtió una roca enorme que había allí, a varias docenas de pasos de distancia, con una curiosa muesca en ella, hacia la altura de la cabeza, como la marca de un objeto afilado que hubiera hecho un corte horizontal.

—Chakram.

El sonido de su voz le resultó espeluznante en medio del silencio mortal del campo de batalla, y decidió dejar de hablar sola por el momento. Se acercó a la roca. ¡Menudo combate tenía que haber ocurrido aquí! La superficie estaba totalmente ensangrentada y había unas dos docenas de soldados que yacían muertos en un pulcro semicírculo. Un cadáver estaba sentado al pie, aferrando aún con ambas manos una espada, pero sin cabeza. A Gabrielle se le cortó la respiración al ver el cuerpo, porque no conocía a muchas personas que pudieran mantener a raya a la mitad siquiera de ese número de atacantes. Hasta que se dio cuenta de que el cadáver era el de un hombre y que la cabeza había sido limpiamente cortada con un objeto afilado. Gabrielle se dio cuenta con cierta aprensión de que no hacía falta ser muy inteligente para adivinar de qué objeto se trataba. ¿De qué lado había estado Xena? Y además, ¿quiénes habían sido los buenos? En cualquier caso, Xena había estado aquí y ese cadáver decapitado tenía que ser obra suya. Gabrielle se estremeció. Siempre se sentía algo más que intranquila cuando este lado oscuro de la Princesa Guerrera hacía acto de presencia.

—¿Buscas a alguien?

Gabrielle se giró en redondo al oír esa voz familiar, aunque algo extraña, regañándose mentalmente por no estar alerta. Pero, con todo, se alegraba de oír esa voz.

—¡Xena! Te he estado buscando. Me desperté junto al camino y te habías ido. ¿Qué ha pasado... aquí? —Algo se agitaba en el fondo de su mente. Algo...

—Ya, bueno, es que tuve que tomar una decisión. Decidí echar una mano a los chicos. —No había nada de humano en esos ojos azules. Gabrielle se estremeció—. Ha estado bien. —La señora de la guerra dio unas palmaditas a un saco que llevaba colgado del hombro. En él había un objeto redondo más bien grande y la parte inferior del saco se había teñido de una humedad roja—. Con esto voy a conseguir una buena recompensa.

Su risa malévola hizo que a la bardo le corriera un escalofrío por la espalda, al darse cuenta de lo que debía de ser lo que había en el saco. Le entró un desvanecimiento. ¡No podía ser! Ésta no era su Xena. ¡Era un monstruo! Pensó en escapar, en correr hasta que le fallaran los pulmones, hasta que se desplomara muerta. Esto era algo que veía en sus peores pesadillas, el regreso de la Xena de antaño, de la terrible señora de la guerra que había conquistado media Grecia. Se tambaleó unos pasos, muy débil de repente, y notó una mano fuerte que la agarraba del brazo con brusquedad.

—Ahora no, chica. Bueno, como de todas formas ya estás aquí, será mejor que vengas conmigo. El campamento está por ahí. —Silbó y Argo no tardó en acercarse a ella al trote. Agradecida al ver la conocida figura, Gabrielle dio unas palmaditas en el suave hocico de la yegua. Le dio la clara impresión de que el caballo parecía pedirle disculpas.

—Arriba —dijo Xena, levantándola sin esfuerzo, y luego saltó detrás de ella, azuzando al animal con las rodillas hasta alcanzar un galope ligero.

A Gabrielle se le pasaban miles de ideas por la cabeza. Ésta era una total desconocida. La Xena que conocía era hosca, distante, tal vez hasta fría, pero nunca así de... inhumana. Esta mujer era como un golem, una figura animada hecha de materia muerta. Gabrielle buscó en vano la sensación de cálido bienestar que le entraba siempre que estaba así de pegada a Xena. ¿Qué estaba pasando? Una vez más, esa agitación en el fondo de su mente, fuera de su alcance.

El "campamento" estaba montado en una pequeña aldea amurallada, donde los aldeanos se escabullían al verlas pasar. Había soldados por todas partes, hombres de aspecto rudo que saludaban a Xena con respeto, arreglaban armaduras, se ocupaban de los caballos, bebían. También se corrían muchas apuestas, y varias muchachas de la aldea se habían visto obligadas a prestar unos servicios que en absoluto querían realizar. Gabrielle se quedó horrorizada.

—Xena, ¿qué crees que estás haciendo aquí? —Esperó a que la señora de la guerra desmontara y le ofreciera una mano para ayudarla a bajar. La mano no llegó, de modo que bajó de un salto por sus propios medios, clavando la mirada en Xena, mirada que la Princesa Guerrera le devolvió con frío humor—. ¡Esta pobre gente te tiene miedo! ¿Pero cómo...? Has cambiado, has dado la espalda a todo esto, ¿no? Éste no es tu camino —continuó en voz más baja—. No es lo que veo en ti.

La señora de la guerra enarcó una ceja.

—¿Y qué es lo que ves en mí, niña?

Gabrielle la miró intensamente. Miró lo más hondo que pudo a esos ojos gélidos y no encontró en ellos el menor rastro de emoción. Le escocieron los ojos, pero se negó a derramar las lágrimas. No cuando esta... bestia... estaba ahí para verlo.

—No veo nada... ya no —dijo con tono apagado—. En otro tiempo, veía a una mujer que había pasado momentos muy duros, años de oscuridad, una terrible señora de la guerra que por fin había reconocido el mal en lo que hacía. Y dejar de hacerlo, intentar empezar de nuevo, fue lo más valiente y lo más maravilloso que he visto hacer a nadie. Y te he admirado y querido por ello. Puede que no haya sido gran cosa, pero estaba dispuesta a ayudarte a librar esa batalla como me fuera posible. Pero parece que en eso he fracasado... que te he fallado. Tal vez esto era inevitable. Tal vez llegué demasiado tarde.

—Demasiado tarde —dijo Xena pensativa. Miraba a través de Gabrielle, con el ceño fruncido. Gabrielle no se había dado cuenta de lo marcadas que eran las líneas que tenía alrededor de la boca y los ojos. La señora de la guerra parecía ajada, gastada, agotada. A pesar de todo, Gabrielle volvió a apiadarse de ella. Habría fallado a Xena, pero no iba a abandonarla. Iba a quedarse al lado de su amiga, fuera cual fuese el resultado. Le daba igual que a Xena no le importase o que no quisiera que lo hiciera. Era posible que la señora de la guerra no lo supiera, pero de repente Gabrielle tuvo la sensación de que ella era una clave fundamental para la salvación de Xena y no podía, no estaba dispuesta a negársela, aunque su amiga estuviera... como estaba ahora.

—Demasiado tarde, otra vez —repetía Xena—, demasiado tarde, otra vez. —Como un mantra para protegerse de... algo.

Una vez más, esa extraña sensación de algo que se agitaba al borde de su consciencia. Había algo que estaba leve pero terriblemente desfasado.

—Xena —dijo impulsivamente—, ¿qué ves en ?

Los ojos de la guerrera se fijaron en ella, la examinaron a conciencia y la penetraron hasta el alma. Xena curvó los labios en una triste parodia de sonrisa.

—Una joven bardo muy prometedora. Una inocente. Una mujer bella. Una necia, por seguir a mi lado. Alguien a quien querría llamar amiga. —Su boca formó la palabra con dificultad, como si la pronunciara por primera vez. Entonces se le cruzó por la cara una expresión de sorpresa y maravilla, al tiempo que movía los labios pronunciando sin voz otra palabra. Amante.

La mente de Gabrielle gritó. Miró entristecida a la señora de la guerra. Se sintió abrumada por una oleada de culpa. Amor mío, ¿en qué te has convertido? Yo tendría que haber evitado esto. De algún modo. Bueno, todavía estoy aquí. Puedo seguir intentándolo. Y lo haré. Porque me necesitas. Porque te amo.

Destello

Gabrielle abrió despacio los ojos, parpadeando contra la luz brillante que le atravesó la cabeza con una puñalada de dolor. Se le escapó un quejido y se obligó a abrir los ojos del todo. Miró directamente a un par de glaciales ojos azules que la miraban con cierta preocupación y una buena dosis de alivio. Los ojos, según advirtió, parecían tristes y enrojecidos.

—Hola —graznó Gabrielle—. ¿Cúanto tiempo he estado fuera de combate?

Oh, Xena, perdóname. Te he dejado... ¿De dónde salía esa idea?

—Un par de días. ¿Cómo te encuentras?

—Me duele. Mucho.

—No me cabe duda. Te han dado un golpe muy fuerte. Te pondrás bien dentro de poco.

Gabrielle consiguió asentir levemente.

—Bueno, parece que te vuelvo a tener de una sola pieza. —Xena sonrió—. Me alegro. Jamás me habría perdonado a mí misma de haber sido de otro modo. Demasiado tarde, otra vez, para evitar que te hagan daño. —La sonrisa desapareció—. Por un momento, pensé que te iba a perder. Estabas delirando. Debe de haber sido toda una pesadilla.

—Y tú que lo digas —dijo Gabrielle débilmente, e intentó incorporarse—. Xena, yo...

Xena volvió a tumbarla suavemente.

—No, Gabrielle, no digas nada. —Xena le puso un dedo ligero en la boca, dibujándole delicadamente los labios—. De verdad creía que te... No soportaba la idea de no volver a mirarte a los ojos. Y lo único que conseguía pensar todo el tiempo era en lo mal que te he estado tratando. Y en que no iba a poder decirte cuánto te quiero. Y cuánto lo lamento.

—Eso ya lo sé, Xena. No tienes que decírmelo.

—Gabrielle, no lo entiendes. Lo que quiero decirte es que...

—Xena, sí que lo entiendo. Créeme. —Levantó la mano hacia la cara de la guerrera, quien la cogió y se la puso en la mejilla, sonriendo.

—Me parece que sí lo entiendes.

—Te pones preciosa cuando sonríes, ¿lo sabes?

Xena besó la palma de la mano de la bardo, con los ojos repentinamente llenos de lágrimas.

—No sé qué habría hecho si tú... Oh, dioses, cómo me alegro de que estés aquí. —Se agachó y, con infinita ternura, rozó los labios de la bardo con los suyos.

—Te amo, Gabrielle. Desde hace mucho tiempo.

Gabrielle sujetó la cabeza de la guerrera en el sitio y le devolvió el beso.

—Te amo, Xena.

Destello

Se agarraba con todas sus fuerzas, colgando de un puente de cuerdas medio cortado, con un abismo de roca fundida y fuego abrasador debajo de ella. Sabía que no iba a poder seguir sujetándose mucho más. Se le estaban entumeciendo los dedos y una mano ya se le había resbalado peligrosamente.

—¡Xena! —gritó a pleno pulmón—. ¡Ayúdame!

Xena apareció en lo alto del abismo, con los ojos desorbitados de espanto. La guerrera avanzó a rastras, alargando una mano hacia ella. El calor empezaba a ser insoportable. Gabrielle se sentía mareada. La mano de Xena estaba a unos centímetros por encima de la suya.

—Cógeme la mano, Gabrielle.

—¡No puedo! Si me suelto, me caeré. No tengo fuerzas para... ¡Por favor, Xena!

—Vamos, no dejaré que caigas. ¡Tienes que soltarte!

—No puedo. —Se le estaban resbalando los dedos. Xena la miraba horrorizada. Demasiado tarde, otra vez. Entonces, mediante uno de sus trucos increíbles, logró agarrar el brazo de Gabrielle justo cuando la bardo perdía su asidero y tiró de ella hasta el borde rocoso, poniéndola a salvo. Pero el movimiento le había costado a ella misma su precario equilibrio sobre los trozos colgantes de madera y se precipitó. Gabrielle, todavía conmocionada, sólo pudo mirar impotente mientras su amiga desaparecía en el pozo de lava.

—No, esto no puede ser cierto —susurró. Algo se agitó en las profundidades de su mente. Estoy soñando. Tengo que estar soñando. Miró a su amiga, que caía y la miraba a su vez con cara de apacible resignación. Esto tenía que ser un sueño. Esto tenía que ser... Avanzó un paso más hacia el borde. Sólo un paso más...

No te dejaré...

—Te amo, Xena.

Destello

¿Era esto lo que se sentía al morir? ¿Sentirse increíblemente ligera y encontrarse flotando en un colchón de vacío? O tal vez esto era un estado mental, otro nivel de consciencia. Fuera lo que fuese, era maravilloso. Cobró conciencia de lo que la rodeaba. Ahí estaba su propio cuerpo, que yacía muy pálido, inmóvil y magullado como a un brazo de distancia por debajo de ella, con el pelo dorado rojizo lleno de sangre y un paño húmedo alrededor de la cabeza. Todavía sentía su conexión con él, como un hilo muy delgado que sujetaba su forma etérea, una extensión de su alma. Lo único que haría falta para volver era aspirar una bocanada de aire, y sabía que tenía el poder de hacerlo. Lo único que hacía falta para cortar su última sujeción era un levísimo tirón. Y eso, como sabía, también tenía el poder de hacerlo.

La figura alta y oscura de Xena estaba sentada a su lado, con un aire de absoluto desamparo que a Gabrielle le desgarraba el corazón. La mitad de los bandidos yacía muerta a cierta distancia y los pájaros ya estaban picoteando sus restos. Otro parecía vivo y relativamente ileso, aunque inconsciente. También él yacía olvidado por el momento. Los demás se habían ido. La mujer morena no se había ocupado de limpiar el campo de batalla. La guerrera sujetaba una de las manos inertes de la bardo con la suya, apretada con fuerza contra su mejilla. Incluso desde donde estaba, Gabrielle notaba la humedad salada de las lágrimas vertidas por Xena en su mano, olía el leve aroma que era Xena, mezclado con el cuero y el ungüento curativo de hierbas que siempre se ponía en los cortes y las contusiones. Era como si todos sus sentidos estuvieran aumentados. Gabrielle notaba el ligerísimo roce del viento en su cuerpo, veía las arrugas de la túnica de cuero de Xena y cada imperfección y abolladura de la armadura de la guerrera, hasta los sedosos pelos de sus brazos. Y la oía respirar y el fuerte palpitar de su corazón. Y el débil y agudo silbido que era esa misma brisa ligera al pasar por ese pelo largo y oscuro.

—Oh, Gabrielle, Gabrielle, por favor, no me dejes —susurraba Xena—. Sabes muy bien que te necesito aquí. De no haber sido por ti, ¿dónde estaría? Ya me había rendido, antes de que entraras en mi vida. Había tanta oscuridad en mi interior y llegaste tú y abriste los postigos y dejaste entrar la luz. Eso no sólo cambió mi dirección... volvió mi universo entero del revés. Y todavía me estoy adaptando, Gabrielle. Tienes que ayudarme con esto. Te necesito. —Besó la mano que tenía en la mejilla con infinita ternura y tomó aliento temblorosamente. Gabrielle estaba hipnotizada. Intentó obligar a su mano a moverse, a tocar a la guerrera, a decirle que estaba ahí y que jamás la dejaría, pero su cuerpo no respondió.

—No sé si puedes oírme, Gabrielle, pero si me oyes, yo... —Cerró los ojos un momento, al quedarse sin voz—. No sé si podré sobrevivir si nunca más puedo volver a mirarte a los ojos. Espero que sepas lo importante que eres para mí, mi queridísima bardo. Porque nunca te lo he dicho. Te quiero más que a nada. Si tú... si esto te mata, yo... ¡¡¡Dioses!!! Oh, si alguno de vosotros está escuchando, sé que esto me lo merezco con creces, pero por favor, ¡no lo paguéis con ella! Si tenéis que tomar una vida, tomad la mía. Cien eternidades en el Tártaro no son un precio excesivo si ella vive.

Gabrielle notaba que algo tiraba de ella, tensando ese frágil vínculo que tenía con su cuerpo. Era una sensación maravillosa. Lo único que tenía que hacer era apartarse. Pero deseaba desesperadamente poder hacer que el dolor que había en esos ojos azules desapareciera. Con una mezcla de maravilla jubilosa y pena insoportable, Gabrielle se dio cuenta de que la causa de ese dolor no era otra más que ella misma. Y podía devolver el orgullo a esos hombros hundidos o depositar en ellos una carga que esta guerrera valiente como nadie no estaba preparada para soportar. En algún rincón de su mente una vocecita no paraba de decirle que se soltara de una vez y se liberara. La necesidad de apartarse de esta cáscara mortal que todavía la ataba se hizo casi insoportable. Un deseo ardiente se abría en su interior como un capullo al florecer.

Xena se había quedado muy quieta de repente, observando atentamente el pecho de su compañera, que hasta hacía un momento se había estado moviendo ligerísimamente. Frenética, buscó el pulso en la muñeca de Gabrielle, luego puso la mano en la garganta de la bardo, explorando, mientras el pánico la hacía jadear penosamente.

—¡No te atrevas a morirte, Gabrielle! —gritó, cerrando el puño y descargándolo contra el esternón de la bardo, una y otra vez. Cubrió la pequeña boca con la suya y metió aire en los pulmones de Gabrielle—. ¡Respira, maldita sea, respira! —Estremecida por los sollozos, siguió golpeando el cuerpo sin vida de Gabrielle y metiéndole aire.

Oh, dioses, quiero ver lo que hay ahí arriba. Esta sensación es tan... ¡bella! El vínculo con su cuerpo se tensó, a punto de romperse. Pero nunca sin ella. Nunca. No estoy preparada para irme. Porque ella no lo está. Y pase lo que pase, donde ella vaya, después, iré yo. Ni siquiera los dioses pueden detener... el amor.

—¡He dicho que respires! ¡Por una vez en tu vida, haz lo que se te dice, maldita seas! —En su estado de consciencia aumentada, Gabrielle vio que los ojos de Xena se ponían vidriosos de ira, notó que perdía su último contacto con la cordura. Si esa ira se apoderaba de ella, la Xena de los tiempos oscuros volvería multiplicada por diez. Gabrielle intentó transmitirle la voluntad de aferrarse al poco control que le quedaba y gritó por dentro ante su incapacidad de hacer más.

Aún no es tu hora, dijo una voz en su mente que no era la suya. Te habríamos dado la bienvenida, pero has elegido. Ahora vuelve y cumple tu destino.

—¡Yo confiaba en ti! ¡Te quería y confiaba en ti! —El cuerpo de Xena temblaba sin parar mientras volvía a golpear el pecho de Gabrielle—. Y como todos los demás, ¡me traicionas! —Se derrumbó, sollozando, sobre el pecho de Gabrielle—. Por amor de los dioses, Gabrielle, ¡¡¡¡RESPIRA!!!!

Por amor de los dioses no, Xena. Por ti y por mí. Por nuestra salvación y nuestro amor.

Gabrielle respiró.

Estaban caminando por un claro tranquilo de un bosque húmedo. Xena se había cambiado la armadura por una túnica de color crema y la propia Gabrielle llevaba una de color verde claro que destacaba su pelo y sus ojos de una forma muy bonita. Llevaban allí... ¿cuánto tiempo? ¿Unos días? ¿Semanas? No se acordaba. Pero eso no importaba. Xena era lo que importaba.

Tú diste tu vida por mí... y después yo te fallé. Hay algo...

—¿Qué ocurre, amor? Pareces preocupada —La voz de Xena era ligera, casi infantil. Gabrielle sintió un leve sobresalto al oír esa palabra cariñosa. Miró a su amiga. Xena tenía el ceño fruncido y los ojos preocupados. Gabrielle intentó sonreírle con aire tranquilizador, convencida de que no iba a engañar a su aguda amiga ni por un segundo. Ya estaba viendo la ceja enarcada de la guerrera, esa mirada penetrante que la atravesaba hasta el alma y ese ligero encogimiento de hombros que le decía a Gabrielle que no se lo creía, pero que no iba a seguir indagando. Por ahora.

Dejó que una leve brisa le acariciara la cara y que el sol le besara los párpados cerrados antes de hablar.

—Oh, estoy bien. Es que he estado pensando. —Hacía un día precioso. No quería que su mal humor irracional lo echara a perder. El sol brillaba a través del dosel de hojas que tenían encima, creando dibujos cambiantes de luz dorada y sombra verde en el suelo musgoso.

Xena rodeó a Gabrielle con el brazo con un gesto familiar que volvió a sorprender un poco a la bardo. Sonrió a Gabrielle algo vacilante. Había ahora más emociones encontradas en esos ojos azules de las que Gabrielle recordaba haber visto nunca en el rostro de la mujer morena, durante todo el tiempo que habían viajado juntas.

—¿Es que nuestra... relación te incomoda? En realidad nunca hablamos de ello, cuando yo todavía era... bueno, ya sabes. Y después... parece que las dos simplemente decidimos que está bien. ¿Lo está? —Se quedó contemplando el suelo, incapaz de mirar a Gabrielle, a todas luces muy necesitada de oír la respuesta.

Gabrielle tenía un lío en la mente. Frenética, intentaba encontrar las piezas perdidas de su memoria, al tiempo que hacía todo lo posible para evitar que su lucha se le notara en la cara. Y parecía estar consiguiéndolo, cosa que la dejaba consternada. Le pareció recordar... un ritual, en el que intervinieron un par de dioses, un sacrificio de amor por su parte y otro por parte de Xena... sí. La Purificación. Lo fue recordando despacio, borrosamente.

Afrodita y Hades, eliminando ritualmente toda la oscuridad del alma atormentada de Xena. Había costado mucho hacer ese trato con ellos. Xena tenía serias dudas, pero por fin accedió. De modo que eliminaron a la bestia y dejaron que la bella se quedara sola. La pureza, la luz y la gloriosa presencia de su recién creada amante habían dejado a Gabrielle sin aliento. Cuando Gabrielle habló después con la diosa del amor sobre el tema de los sacrificios, Afrodita se limitó a decirle con una expresión imposible de interpretar:

—Ya están hechos, chatita. El de Xena a Hades y el tuyo, pichoncita, a mí. —Una repentina sonrisa irónica—. ¡Uuuff, y menudo sacrificio ha sido! Me largo. Chao. —Y con eso, desapareció.

Al principio, fue glorioso. Al darse cuenta de que Xena estaba por fin libre de sus pecados se sumió en un trance de felicidad y pasaron mucho tiempo celebrándolo y haciéndose promesas de amor eterno.

Pero luego, de algún modo, las cosas cambiaron. Xena le había abierto su alma por completo, pero Gabrielle se quedó sorprendida por la falta de profundidad de su carácter. Descubrió que echaba en falta la determinación y la integridad de la mujer a la que creía conocer tan bien. Y le molestaba que ahora Xena hiciera partícipe de sus confidencias a prácticamente cualquier persona. Eso hacía que lo que tenían entre ellas fuera mucho menos precioso.

Por la noche, mientras Xena dormía como un bebé a su lado, Gabrielle se quedaba despierta reflexionando. Y cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que había cometido un terrible error.

Xena simplemente no era Xena sin su enorme experiencia, sus habilidades y esa forma única de ver las cosas que sus largos años de oscuridad le habían dado. Tenía en su interior una voluntad de hierro y una fuerza innata que habían nacido de las penalidades y la lucha. Y no había que olvidar sus instintos de animal y sus reflejos rápidos como el rayo, esa faceta suya más salvaje e indómita que agitaba algo en las profundidades de Gabrielle cada vez que la veía salir a la superficie. Purificarla de su lado oscuro era como eliminar una parte esencial de su personalidad. Esto fue una gran sorpresa para la bardo, pero esa oscuridad insondable y la consiguiente complejidad de su carácter formaban gran parte del atractivo de Xena para ella. Esa valerosa lucha que libraba día tras día y que nadie salvo Gabrielle sospechaba siquiera, la estoica aceptación del odio y el prejuicio a los que todavía tenía que enfrentarse y la asombrosa capacidad de redirigir y canalizar las fuerzas oscuras que seguían activas en su interior para usarlas en nombre del bien. Todo eso, unido a su aspecto impresionante y su irresistible personalidad, era lo que a Gabrielle tanto la había atraído desde el principio. Y si la guerrera tenía un corazón bondadoso y un agudo ingenio ocultos en alguna parte para equilibrarlo todo... ¡tanto mejor!

Gabrielle dejó que su mirada se posara en la mujer que tenía delante. Era... incompleta, superficial. Aburrida. Gabrielle no sentía nada más que lástima y remordimientos. ¿Yo he sido responsable de eso? Oh, dioses, he destruido lo que es. Tiene que avanzar hacia la luz a través de su propia oscuridad para que sea auténtico. No debería haberlos obligado a hacerle esto. Creía que así podría ponérselo más fácil, ya no soportaba seguir viendo esa lucha eterna. Y sin embargo, a ella nunca parecía angustiarla tanto como me angustiaba a mí. Así que, ¿ha sido cosa mía, mi propio egoísmo? Bueno, bardo, aquí tienes tu recompensa. Pero ahora parece feliz. Eso es lo único que cuenta, ¿verdad? Tal vez haya sido lo mejor, a fin de cuentas. Y si es así, ¿por qué no consigo alegrarme? ¿Por qué tengo esta sensación de que le he mutilado el espíritu? No tenía derecho. Le he fallado... a causa de mi amor egoísta por ella. Y ahora... Y poco a poco, fue cayendo en la cuenta. No la amo... Mi sacrificio a Afrodita. ¿Renuncié a... ESO???? Oh, dioses, ¿qué he hecho? Y eso quería decir que Hades había conseguido a Xena después de todo. Pues sin duda ése debía de ser el segundo sacrificio: se había quedado con su oscuridad y, de ese modo, con una dimensión de su alma, dejando atrás este cascarón soso y vacío.

Xena miró muy preocupada a su amante.

—¿Qué te ocurre, amor mío? Nunca te he visto tan turbada.

Gabrielle no pudo contestar.

—Gabrielle, háblame —suplicó Xena—. Sé que te pasa algo. ¡Por favor, no me bloquees!

Gabrielle intentó encontrar una forma de decirlo que no hiriera a su amiga.

—Oh, Xena... no sé qué me pasa... —Mentirosa—. Pero... —Ya era tarde para volver atrás. Ésta seguía siendo su mejor amiga, su amante. Pero la idea sonaba a hueco.

Se obligó a mirar a esos pozos sin fondo de un azul claro. Incluso ahora estaba bien dispuesta a flotar felizmente en esa mirada para siempre. Pero ahora no había tiempo para eso.

—Xena, yo... necesito dejarte un tiempo. Necesito solucionar una cosa. —Se encogió, temiéndose la respuesta.

Xena sonrió.

—Claro. ¿Pero vendrás para cenar conmigo, más tarde?

¡Dioses, no lo entendía! ¡No lo estaba poniendo nada fácil!

—No, Xena. No me refería a eso. Tengo que marcharme... bastante más tiempo. Lo siento.

—¿Pero por qué? ¿Y dónde vas a ir? ¿Y cuánto tiempo?

Gabrielle se irguió con repentina decisión.

—Alguien me ha quitado una cosa... nos la ha quitado a las dos. Y quiero recuperarla.

O morir en el intento, lo cual es mucho más probable, terminó en silencio. Sí. Ningún problema. Sólo voy a intentar convencer a un par de dioses para que me devuelvan lo que en realidad no querían coger desde el principio, pero por lo que se tomaron un montón de molestias. Y tampoco creo que Xena me lo vaya a agradecer, si resulta que lo consigo.

Xena le dio unas palmaditas en el brazo.

—Eso está muy bien, querida. ¿Pero estás segura de que no necesitas ayuda? Todavía soy muy fuerte. Podría ayudarte.

—No, amor, no me pasará nada. No te preocupes.

Aunque me odie por ello, tengo que intentarlo. Tengo que hacer que vuelva a estar entera. A lo mejor los dioses aceptan mi vida a cambio. No es un precio demasiado alto... por el amor.

Destello

—No me dejes, Gabrielle.

—No te dejaré. Ni en esta vida, ni en la siguiente. Te amo.

Destello

Gabrielle abrió despacio los ojos, parpadeando contra la luz brillante que le atravesó la cabeza con una puñalada de dolor. Se le escapó un quejido y se obligó a abrir los ojos del todo. Miró directamente a un par de glaciales ojos azules que la miraban con cierta preocupación y una buena dosis de alivio. Los ojos, según advirtió, parecían tristes y enrojecidos.

—Hola —graznó Gabrielle—. ¿Cuánto tiempo llevo fuera de combate?

No paro de fallarle. ¿Qué me pasa?

—Un par de días. ¿Cómo te encuentras?

—Me duele. Mucho.

Lo que más me duele es el corazón. ¿Qué será lo próximo que haga para traicionarla?

—No me cabe duda. Te han dado un golpe muy fuerte. ¿Pero estás bien?

Gabrielle consiguió asentir levemente.

—Bueno, parece que te vuelvo a tener de una sola pieza. —Sonrió—. Me alegro. Jamás me habría perdonado a mí misma de haber sido de otro modo. Llegué demasiado tarde, otra vez. —La sonrisa desapareció—. Por un momento, pensé que te iba a perder. Estabas delirando. Debe de haber sido toda una pesadilla.

—Y tú que lo digas —dijo Gabrielle débilmente, e intentó incorporarse—. Xena...

Xena volvió a tumbarla suavemente.

—Ahora no, Gabrielle. Necesitas descansar. Relájate, ¿vale? Ya estás a salvo.

Gabrielle tuvo una momentánea sensación de pánico. Se obligó a calmarse y cerró los ojos por el dolor lacerante.

—¿Estás segura de que estás bien? —dijo Xena, con el ceño fruncido de preocupación—. Tienes la respiración un poco... fatigosa.

—Sí. Es que... no sé. He tenido unos sueños muy raros. ¿Me ayudas a sentarme?

Xena fue a protestar, pero al ver la cara suplicante de la bardo, cedió.

—Claro. —La guerrera pasó con cuidado un brazo por la espalda de Gabrielle y otro por detrás de su cabeza y la levantó despacio. Luego se deslizó detrás de Gabrielle para que la bardo se apoyara en ella.

—¿Así estás bien?

—Muy bien. Gracias.

Se quedaron calladas un rato. Gabrielle era muy consciente del cuerpo de la guerrera pegado a ella, de su cálido aliento y de la amorosa sensación de seguridad que emanaba de la guerrera.

—Gabrielle...

—Xena, yo...

—No, Gabrielle, necesito decir esto ahora. —Xena le puso un dedo ligero en la boca. Gabrielle notó que a la guerrera se le aceleraba la respiración—. De verdad creía que te... No soportaba la idea de no volver a mirarte a los ojos. Y lo único que conseguía pensar todo el tiempo era en lo mal que te he estado tratando. Y en que no iba a poder decirte cuánto te quiero. Y cuánto lo lamento.

Un miedo frío se apoderó de Gabrielle al experimentar una sensación de "déją vu".

—Eso ya lo sé, Xena. No tienes... ¡Oh, dioses, espera un momento!

Esto ya lo he oído, ¿verdad? Ya he dicho esto. ¿Y si le digo otra vez que...?

Unos brazos fuertes la estrecharon, evitando apenas que se desplomara sin fuerzas en el suelo.

—Gabrielle, ¿qué te pasa? Estás blanca como una sábana. Tal vez deberías echarte.

—No. —Gabrielle tomó aliento estremecida—. Es... culpa de los sueños. En uno de ellos, todo era igual... que ahora y entonces tú dijiste una cosa y yo dije otra y de repente volví a estar en una pesadilla... —En la que morías por mí. No pudo continuar.

—Y tienes miedo de que vuelva a ocurrir. —Xena tomó aliento y la abrazó más—. Gabrielle, has vuelto. Estás aquí, yo estoy contigo y no voy a dejar que vayas a ninguna parte, no te preocupes. —Y después de una pausa—: Me has dado un buen susto, ¿sabes? Nunca he podido decirte esto antes, pero me alegro mucho de que hayas sido demasiado terca para dejarme durante todo este tiempo.

—Eso he sido, ¿eh?

—¿Terca? Dioses, sí. Pero siempre me ha gustado eso de ti. —Xena apartó un mechón de pelo de la cara de la bardo y continuó para trazar delicadamente el contorno de la mandíbula de Gabrielle. Ésta notó que se ponía tensa. Otra vez no.

Xena se limitó a seguir acariciándola y Gabrielle se relajó en contra de su voluntad y cedió. ¿Y si esto es real? ¿Podía arriesgarse a no descubrirlo? Volvió la cabeza ligeramente y recibió los hambrientos labios de Xena a la espera con los suyos.

—¿Me amas, bardo mía?

Miles de ideas pasaron por la mente de Gabrielle. Ésta es la clave. Hay algo aquí. Casi lo tengo...

—Oh, sí, Xena, te amo.

Destello

¿Acabará aquí?

Destello... Destello... Destello...

Otra vez no. ¿Acabará alguna vez?

—Te amo, Xena.

Destello

¡Oh, por favor!

—Te amo.

Destello

Gabrielle abrió despacio los ojos, parpadeando contra la luz brillante que le atravesó la cabeza con una puñalada de dolor. Se le escapó un quejido y se obligó a abrir los ojos del todo. Miró directamente a un par de glaciales ojos azules que la miraban con cierta preocupación y una buena dosis de alivio. Los ojos, según advirtió, parecían tristes y enrojecidos.

—Hola —graznó Gabrielle—. ¿Cuánto tiempo llevo fuera de combate?

—Un par de días. ¿Cómo te encuentras?

—Me duele. Mucho.

—No me cabe duda. Te han dado un golpe muy fuerte. ¿Pero estás bien? ¿Me ves, me oyes? ¿No tienes los ojos borrosos, no te zumban los oídos?

Gabrielle consiguió asentir levemente. Xena la miró intensamente a los ojos. Hizo sombra con la mano para ver cómo se dilataban las pupilas, luego apartó la mano para ver cómo se contraían con la luz y asintió para sí misma.

—Bien. ¿Notas esto? —Los fuertes dedos de Xena localizaron varios puntos en sus piernas y brazos que presionó ligeramente, esperando cada vez a que Gabrielle le diera la confirmación antes de proseguir con su examen. Por fin se irguió, satisfecha.

Ésta es mi Xena, pensó Gabrielle. Siempre con los pies en la tierra y toda pragmática. Me alegro de haberla recuperado. Y era cierto.

—Bueno, parece que te vuelvo a tener de una sola pieza. No tienes lesiones en el cerebro ni en la columna. —Sonrió—. Me alegro. Jamás me habría perdonado a mí misma de haber sido de otro modo. —La sonrisa desapareció—. Por un momento, pensé que te iba a perder. Estabas delirando. Debe de haber sido toda una pesadilla.

—Y tú que lo digas —dijo Gabrielle débilmente, e intentó incorporarse—. Xena...

Xena volvió a tumbarla suavemente.

—Ahora no, Gabrielle. Necesitas descansar. Venga. Te he hecho una infusión para el dolor. Relájate, ¿vale? Ya estás a salvo. Ahora mismo vuelvo.

Gabrielle tuvo una momentánea sensación de pánico. Se obligó a calmarse y cerró los ojos por el dolor lacerante. Cuando Xena se acercó a ella con la infusión, todavía tenía la respiración un poco agitada.

—¿Estás segura de que estás bien? —dijo Xena, con el ceño fruncido de preocupación.

—Sí. Es que... no sé. He tenido unos sueños muy raros. ¿Me ayudas con eso? —Indicó la taza que tenía Xena—. No creo que pueda bebérmelo si estoy tumbada.

—Claro. —La guerrera pasó con cuidado un brazo por la espalda de Gabrielle y otro por detrás de su cabeza y la levantó despacio. Luego se deslizó detrás de Gabrielle para que la bardo se apoyara en ella.

—¿Así estás bien? —dijo, pasándole la taza, que estaba llena de un líquido humeante y aromático—. Le he puesto un poco de miel. Huele bien, pero sabe a caca de centauro.

—Muy bien. Gracias. —Bebió obedientemente un poco de la infusión e hizo una mueca—. Tienes razón. Sí que sabe a caca de centauro. ¡Me parece que no quiero saber qué le has echado! ¿De dónde sacas todas esas cosas asquerosas?

Xena se rió por lo bajo.

—Bébetelo. Así te encontrarás mejor. —Se movió un poco para ponerse más cómoda—. Bueno. ¿Quieres hablar de esos sueños?

—Lo siento. Pero prefiero no hacerlo. —Gabrielle volvió la cabeza ligeramente para mirar a la guerrera, pidiendo a su amiga en silencio que dejara el tema por ahora.

—No hay problema.

Se quedaron calladas un rato. Gabrielle siguió bebiendo pequeños sorbos de la infusión que tan mal sabía, consciente todo el tiempo del cuerpo de Xena pegado a ella. Se sentía muy cerca de ella, como si Gabrielle hubiera conseguido comprender a su amiga de una forma nueva.

—Gabrielle...

—Xena...

—No, Gabrielle, necesito decir esto ahora. —Xena le puso un dedo ligero en la boca. Gabrielle notó que a la guerrera se le aceleraba la respiración—. De verdad creía que te... No soportaba la idea de no volver a mirarte a los ojos. Y lo único que conseguía pensar todo el tiempo era en lo mal que te he estado tratando. Y en que no iba a poder decirte cuánto te quiero. Y cuánto lo lamento.

Un miedo frío se apoderó de Gabrielle al experimentar una sensación de "déją vu".

—Eso ya lo sé, Xena. No tienes... ¡Oh, dioses, espera un momento!

Esto ya lo he oído, ¿verdad? Ya he dicho esto. ¿Y si le digo otra vez que...?

Unos brazos fuertes la estrecharon, evitando apenas que se desplomara sin fuerzas en el suelo.

—Gabrielle, ¿qué te pasa? Estás blanca como una sábana. Tal vez deberías echarte.

—No. —Gabrielle tomó aliento estremecida—. Es... culpa de los sueños. En uno de ellos, todo era igual... que ahora y entonces tú dijiste una cosa y yo dije otra y de repente volví a estar en una pesadilla... —En la que morías por mí y yo te fallaba una y otra vez. No pudo continuar.

—Y tienes miedo de que vuelva a ocurrir. —Xena tomó aliento y la abrazó más—. Gabrielle, has vuelto. Estás aquí, te tengo y no voy a dejar que vayas a ninguna parte, no te preocupes. —Y después de una pausa—: Me has dado un buen susto, ¿sabes? Nunca he podido decirte esto antes, pero me alegro mucho de que hayas sido demasiado terca para dejarme durante todo este tiempo.

—Eso he sido, ¿eh? —Esto era espeluznante. Gabrielle sintió un escalofrío por la espalda.

—¿Terca? ¡Jo, sí! Lo sigues siendo. Pero siempre me ha gustado eso de ti. —Xena apartó delicadamente un mechón de pelo de la cara de la bardo. Gabrielle se relajó apoyada en ella, adormilada de repente—. Y conociéndote como te conozco, he puesto una cosita en tu infusión para ayudarte.

—¿Has puesto...? Pero qué tramposa... —Se interrumpió, bostezando—. Ya me las pagarás —murmuró sin mucha fuerza, mientras Xena la tumbaba con cuidado en la manta y se sentaba para proteger su sueño. Con su vida.

Mientras se iba quedando dormida poco a poco, a Gabrielle se le ocurrió una cosa.

—Xena, no has llegado demasiado tarde, esta vez —dijo con voz soñolienta—. Debe de ser una buena señal.

Lo último que vio antes de que el sueño reparador se apoderara de ella fue la tierna sonrisa de Xena, y lo último que pensó...

Ah, vaya, aquí hay posibilidades...


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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