Por Gabrielle

TZ



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Avisos sobre el contenido
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Este relato contiene temas y descripciones de una relación amorosa y sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Este relato entra en bastante detalle. Este relato está dirigido a un público maduro de mente abierta. Si para vosotros es ilegal leer este relato por cualquier tipo de razón, haced el favor de cerrar esta página web y buscar algo que podáis leer legalmente.
Cronología/Episodios tratados
Diversos episodios a lo largo de las cuatro primeras temporadas.
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Título original: For Gabrielle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Me ha pedido que escriba esto y, como siempre, no puedo negarle nada. Le he dicho que sus historias son suficiente, que la gente conocerá el amor que sentimos la una por la otra si las lee. Me ha dicho que quiere que la gente vea las cosas desde otro punto de vista. Le dije hace muchísimo tiempo, en Trípoli, si no recuerdo mal, que le concedería su última petición cuando fuésemos viejas y decrépitas, y aquí estamos. Somos viejas y decrépitas, y ésta es su última petición.

Antes de conocernos, antes de que conociéramos las crueldades de la vida, seguramente éramos muy parecidas. Hasta que cumplí los ocho inviernos de edad, yo era la típica niña de pueblo, hija de una tabernera. Ella era hija de un granjero. Éramos de origen humilde, pero acabamos siendo mucho más.

Maldigo el día en que Cortese cambió mi vida para siempre, pero ella me dice que debía de estar escrito, que si no nunca nos habríamos conocido. En cualquier caso, me convertí en señora de la guerra, mientras que ella siguió siendo la joven y bella hija de un granjero, aunque aspiraba a algo más que esa clase de vida. Y así, mientras yo asolaba la tierra desde el Peloponeso hasta Macedonia, ella siguió creciendo y ansiando aquello que sólo conocía por los bardos ambulantes.

No voy a entrar en detalle sobre mis fechorías del pasado. Son demasiado numerosas y todavía me dan vergüenza, aunque el amor de Gabrielle ha calmado incluso ese dolor, hasta cierto punto. Pero sí os voy a decir que el día en que conocí al hijo de Zeus, volví a encontrarme a mí misma. Conseguí emprender el camino honorable que me llevaría a expiar mi violencia.

Nuestro comienzo:

Recuerdo el dolor desesperado que sentía, atrapado en mi interior, cuando tomé la decisión de enterrar mis armas y, por lo tanto, mi pasado. Hércules me había mostrado un camino distinto, pero el viaje era más difícil de lo que me había imaginado. Me veía bombardeada constantemente por los recuerdos del mal que había causado a la gente, a la tierra con la que había entrado en contacto durante mi reinado de terror como Destructora de Naciones. No podía soportarlo más. Fuerza física tenía, pero me faltaba ánimo y voluntad para seguir enfrentándome a mi oscuro pasado.

Y entonces, como un regalo de los dioses a los que despreciaba con tanto fervor, encontré a mi Gabrielle. No fue en las mejores circunstancias. Tanto ella como varias mujeres de su aldea habían sido atacadas por tratantes de esclavos, que se las llevaban a Draco. Pero ella, la que se iba a convertir en mi fuerza interior, mi fuente, les plantó cara, se enfrentó a los que querían doblegar su espíritu. Admiré su valor, aunque en ese momento pensé que tal vez era una tontería que intentara luchar contra ellos. Era tan joven e inocente entonces. No pude evitar ayudarla.

Ese momento en que nos vimos fue como un chispazo conocido, una premonición del incendio que iba a arder y continúa ardiendo entre nosotras. Su pelo rubio como la miel y sus ojos de un verde variable, redondos de admiración y sorpresa, me dejaron paralizada en medio del combate. No fue hasta más adelante, cuando ya estábamos más cómodas la una con la otra, cuando le eché la culpa, totalmente en broma, por el chichón que me hicieron.

Después, cuando ya las había acompañado a ella y a las demás mujeres de vuelta a Potedaia, me rogó que la dejara acompañarme. Me negué simplemente porque no podía permitir que una inocente sufriera las consecuencias del mundo violento que era mi vida. Por mucho que lo quisiera, que necesitara su espíritu como guía, no estaba dispuesta a sucumbir a mi propio egoísmo. Hasta que no acudió a mi rescate, no me di cuenta de que me estaba engañando a mí misma. Era fuerte a pesar de su falta de experiencia. Su corazón no conocía otro modo de hacer las cosas.

Cómo he bromeado con ella a cuenta de esa ocasión en la taberna de mi madre en que me salvó la vida, el alma. Le dije que yo era la heroína y ella era la ayudante, que lo de los rescates era tarea mía. Todavía me clava un codo en las costillas por eso, pero compensa el leve dolor con besos tiernos y juguetones. Sabe, porque se lo he dicho innumerables veces, que me ha salvado más veces de las que puedo recordar.

Pero me he desviado del tema (cosa que tiendo a hacer después de pasar una vida entera con una bardo). Después de luchar con Draco por mi pueblo, por su seguridad, me siguió. Me hice la señora de la guerra malhumorada todo lo que pude, pero se negó a apartarse de mi lado. Buscaba aventuras, reunir las historias que la convertirían en una gran bardo. A mí me daba miedo dejar que nadie se me acercara tanto como para ver mi auténtica debilidad, mi necesidad de otra persona. Estaba muy sola desde hacía mucho tiempo y ella era alguien que yo ansiaba ser, alguien que yo quería que me moderara. Inocente, pura, confiada, pero era tan joven.

Cuando por fin me rendí a sus insistentes ruegos, me di cuenta de que tenía un gran poder sobre mí. Era dueña de mi corazón. Quería meterme dentro de ella y librarme del hedor, de la inmundicia de la sangre que me cubría las manos. Poco a poco, hizo eso por mí. Me ayudó a enfrentarme a mi pasado. Estuvo a mi lado cuando me embarqué en mi búsqueda de la redención, animándome cuando me parecía inútil, reprendiéndome cuando caía en la autocompasión.

Nuestro amor:

Hasta que no recibió el derecho de sucesión de la amazona caída Terreis no me di cuenta de cómo estaba empezando a madurar en el curso de sus viajes conmigo. Había estado dispuesta a sacrificar su vida por una desconocida. Fue entonces cuando supe que la deseaba. Lo disimulé bien, o eso creía. Las amazonas lo sabían. Y creo que ella lo sabía en el fondo de su corazón. Pero seguimos adelante, como si nada hubiera cambiado entre nosotras.

Tesalia. Ése fue el punto de inflexión para mí. Fue entonces cuando me di cuenta de lo importante que era para mí, de que no podía seguir adelante sin ella. Murió y regresó. Dejó los Campos por mí, para seguir viajando conmigo. Pero a pesar de eso, ninguna de las dos expresó lo que llevaba en el corazón. Tal vez fuese miedo, incertidumbre. Fuera lo que fuese lo que entonces nos nubló la mente, nos llevó a cometer más de un error.

Entonces morí yo. La verdad es que ha acabado por ser una especie de broma privada entre las dos (y tal vez Hades) el número de veces que hemos cruzado al otro lado y hemos vuelto. No voy a explicar lo que sucedió mientras sufría en el Tártaro, pero sí os diré que oí los pensamientos de Gabrielle. Incluso mientras mi cuerpo yacía en su sarcófago, ella siguió apoyándome, dándome un motivo para regresar.

Cuando le oí decir a Iolaus que me quería, supe que había renunciado a mi vida con demasiada facilidad. Ese momento en el que nos encontramos entre la vida y la muerte, cuando despejé sus temores y sus dudas con un beso, fue un momento que guardaré como un tesoro para siempre. Y por eso, con ayuda de algunos amigos, regresé. Pero así y todo, incluso con sus declaraciones y mis actos, seguíamos teniendo miedo de expresar lo que sentíamos.

Cuánta gente se interpuso, entonces, entre nosotras y el amor que ansiábamos compartir la una con la otra. Calisto, Pérdicas, Ulises. Mi pasado, su pasado y un estúpido intento de engañarme a mí misma pensando que podía vivir sin su amor. Me dejó dos veces para tratar de hallar su propio camino, para asegurarse de que era independiente de mí. Regresó en ambas ocasiones, más fuerte y más sabia gracias a sus experiencias. Y cuando dejamos atrás esas pesadillas, encontramos el valor.

Fue una noche bendecida por la diosa de la luna. Habíamos acampado a la orilla de un río perezoso, cuyo sonido nos produjo una sensación de comodidad que nos facilitó hablar. Nos confesamos el amor que sentíamos la una por la otra. Su timidez era enternecedora, su sonrojo me encantó. Mi alma se llenó de alegría en el momento en que nuestros labios se juntaron por primera vez en un beso que ratificaba nuestro amor. Mi cuerpo ardió al consumarlo.

Me perdí en ella. Mi mente, tan concentrada hasta entonces, vagaba impotente al contemplar su cuerpo ágil, sus ojos de esmeralda. Descubrí que quería amarla como nadie lo había hecho, permitirme ser amada como nunca hasta entonces lo había necesitado. Y ella respondió. Nuestro amor fue sublime y lo ha seguido siendo hasta el día de hoy, incluso ahora que la edad nos ha convertido en dos ancianas que luchan con los dolores matutinos del mismo modo en que en otro tiempo nos enfrentábamos a los tratantes de esclavos, los bandidos y toda esa calaña.

La ruptura:

Ella lo llama el año que vivimos en el Tártaro dentro del plano mortal. Fue como si las Parcas se hubieran drogado y hubieran creado un lío terrorífico con los hilos de nuestra vida. La venganza engendró el descuido, que a su vez engendró mentiras. Yo quería vengarme de César y Gabrielle perdió la inocencia de sangre y parió a un demonio. Viajé hasta Chin para arreglar un error del pasado y ella, con la ayuda del más manipulador de los dioses, estuvo a punto de conseguir que me mataran. No mucho después de aquello, su hija, a quien yo creía muerta, le arrebató la vida a mi hijo Solan. Y durante todo aquello, hacíamos como que nos queríamos por pura fórmula. Hacia el final, teníamos más probabilidades de matarnos la una a la otra que de hacer el amor la una con la otra.

Estábamos atrapadas sin remedio en las traiciones, las mentiras y los celos. Intenté matarla. Todavía me estremezco al pensarlo. Le he suplicado que me perdone una y otra vez, y el tema, muy de vez en cuando, vuelve a asomar la cabeza. Sólo responde a mis ruegos con una sonrisa tierna y me recuerda que es agua pasada. En esa época, durante aquel año infernal, estábamos consumidas por la rabia ciega. Nos hicimos cosas la una a la otra que tendrían que haber sido imperdonables. Nuestro amor tendría que haber muerto entonces, pero mi hijo, nuestro hijo, consiguió unirnos de nuevo. Sabía que no podríamos sobrevivir la una sin la otra. Nosotras estábamos demasiado ciegas para verlo, tan inmersas estábamos en las emociones que los dioses mezquinos nos habían provocado. Sus lecciones hicieron que tanto nosotras como nuestro amor saliéramos fortalecidos.

El legado:

El resto de nuestra vida en el camino después de Ilusia no fue fácil. Durante ocho inviernos más, combatimos contra ejércitos y dioses, señores de la guerra y tiranos. Nuestro amor fue creciendo y hasta Ares renunció a su deseo de recuperar un corazón que ya no era mío, y mucho menos de él. Pertenecía por completo a la dulce bardo que se había unido a mí cuando más la necesitaba. Lo protegía la mujer que luchaba conmigo y por mí. Todas las dudas quedaron olvidadas cuando nos unimos oficialmente con una ceremonia amazona cinco inviernos después de habernos conocido, casi exactos.

Durante el último intento del dios de la guerra de llamarme de nuevo a su oscuro servicio, quedó atrapado por el Ojo de Hefestos. Había ido demasiado lejos y había enfurecido a muchos otros dioses con sus maquinaciones. Tanto nosotras como los señores de la guerra contra los que habíamos luchado durante tanto tiempo quedamos por fin libres de su retorcida influencia. Y por ello, descubrimos que podíamos relajarnos y asentarnos. Terminamos nuestro viaje con las amazonas.

El vacío que teníamos en el corazón por la pérdida de nuestro hijo se llenó cuando Gabrielle, con ayuda de Iolaus, completó nuestra vida con gemelos, Liceus y Melia. Eran de pelo rubio y ojos verde azulados, un niño y una niña. Y luego, por empeño de mi mujer (como he dicho, no puedo negarle nada), cedí y di a luz a nuestra segunda hija, Jana. Su padre, a quien nunca volví a ver tras nuestro encuentro anónimo, era un hombre apacible cuyo carácter afable heredó la joven que más adelante se casó con un comerciante y nos dio seis preciosos nietos, tres de los cuales tienen el pelo oscuro y los ojos azules que derriten el corazón de mi bardo.

Tras instalarnos con las amazonas, Gabrielle recuperó la máscara que le entregó Ephiny en una ceremonia tranquila y muy emotiva. Por fin habíamos encontrado nuestro hogar. Liceus vivía con los centauros, que le inculcaron el sentido del deber y el orgullo. Lo visitábamos a menudo y nos quedábamos asombradas por cómo crecía, tanto de cuerpo como de mente. Se marchó al cumplir los dieciocho inviernos en busca de aventuras, como había hecho su madre. Cuando estaba en la Galia, conoció a una chica celta y se trasladó a Britania con su familia. Comprende que no nos apetezca ir de visita, pero nos mantenemos en contacto con algún que otro pergamino, y hace tres inviernos trajo a su familia, a su mujer y sus dos hijas, a Grecia para que nos pudiéramos conocer.

Melia, que ha heredado el don para las palabras y la compasión de su madre, se quedó con nosotras y entró a formar parte de la Nación Amazona durante su ceremonia de nombramiento. Cuando demostró ser una hábil guerrera y diplomática, Gabrielle la nombró heredera de la máscara de la reina. Cuando la edad empezó a pesar sobre Gabrielle, le pasó el gobierno a nuestra hija, que sigue manteniendo el ideal de su madre de una cultura pacífica y próspera de mujeres independientes.

Nuestro legado:

Y así, aquí estamos, viejas y decrépitas. Somos madres y abuelas, hemos asegurado la continuación de nuestro linaje a través de los que llevan nuestra sangre. Me siento al lado de mi amor, mi fuente, que está dormida, perdiendo la batalla contra la enfermedad que asola su cuerpo debilitado. No tiene miedo de morir, pues está segura de que ha tenido una vida bien vivida. Sé que no tardaré en reunirme con ella, pues ella es la única razón de que haya durado tanto. Se llevará mi corazón consigo y con él, mi deseo de vivir.

Estoy convencida de que esto es sólo el principio para nosotras, de que no habrá final. Nuestros corazones, nuestros espíritus, están unidos para siempre jamás. Sólo este plano perderá nuestros cuerpos. Nuestros espíritus pasarán a otro. Le he dicho que la muerte no nos separará, pues ahora somos una.

Mi alma está entrelazada con la suya. Ella es mi amor, mi vida. Es la mujer que me inunda de luz, me muestra el camino y lo recorre entero a mi lado. Y ésta es su última petición. Que los que lean esto comprendan que sin ella, yo jamás habría superado aquel día en un claro a las afueras de Potedaia, jamás habría sobrevivido para escribir estas palabras por Gabrielle.


FIN


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