Un hilo del tiempo

TZ



Descargos generales
Los personajes y el trasfondo de Xena, la Princesa Guerrera son propiedad de Renaissance/MCA/Studios USA.  Este relato no pretende infringir sus derechos. Este relato no se ha escrito con intención de obtener beneficio económico. Cualquier cosa que no pertenezca a las partes arriba mencionadas me pertenece a mí. Si queréis guardar o establecer un enlace con este relato, haced el favor de poneros en contacto conmigo.
Advertencias sobre el contenido
Este relato es para mayores de 16 años por presentar situaciones sexuales.
Este relato contiene temas y descripciones de una relación amorosa y sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Este relato va dirigido a un público maduro de mentalidad abierta. Si para vosotros es ilegal leer este relato por cualquier tipo de razón, cerrad esta página y buscad algo que podáis leer legalmente.
Nota de la autora
El concepto del tiempo es curioso. Desde Star Trek hasta Don Quijote, siempre me ha intrigado. Si se piensa demasiado en ello, se puede acabar con migraña, pero es interesante. Los hilos del tiempo, los universos paralelos, los cuentos populares de cuevas encantadas donde el tiempo es distinto... todo ello modifica y juega con nuestra limitada comprensión... y está todo en nuestra cabeza. Este relato forma parte de la serie Sacrificio por amor.
Episodios desvelados:
Sacrificio
Se pueden enviar comentarios a ztami@hotmail.com.

Título original: One Thread in Time. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


El hilo no tenía nada de espectacular como para quedarse mirándolo, salvo el color. En una época, había sido de un blanco puro como la nieve recién caída sobre la cumbre de las montañas. Pero con el paso de los años, con las experiencias alegres y tristes, el hilo se había vuelto dorado y, a veces, casi oscuro.

Pero un instante en el tiempo, un segundo de pensamiento, un acto no planeado, había hecho que la tonalidad del hilo se aclarara, que adquiriera un poco de rosa, azul y gris. El color resultante no era en realidad tan agradable como interesante. Cuánta sabiduría, cuánto amor y experiencia para tratarse de alguien que había vivido tan poco.

El hilo había estado tejido con muchos otros. Algunos se habían acabado de golpe, otros habían continuado y también ellos se habían aclarado. Otros se habían entretejido con fuerza con ese hilo, pero ninguno con tanta fuerza como el azul, el que también había empezado de color blanco, pero se había vuelto casi negro y luego, poco a poco, había ido adquiriendo las tonalidades cambiantes del cielo al atardecer. Los dos hilos se aferraban el uno al otro, desafiando a dioses y mortales a que los separaran.

Y había estado a punto de ocurrir. Ellas, las que se suponía que conocían el destino de todos, habían subestimado al dios de la guerra, a la ambiciosa semilla de Zeus. No habían visto sus maquinaciones. La humanidad entera habría dejado de existir si no se hubieran doblegado a las amenazas que se habían blandido contra ellas. Su poderes del destino les habrían sido arrebatados, sus telares, tijeras y ruecas habrían quedado en posesión de alguien que no se habría mostrado impasible.

Y así, cuando el hilo tenía que llegar a su fin, ser cortado del tapiz infinito del tiempo, las Parcas dudaron. Pasó un instante hasta que dejaron de percibir la presencia de Dahak, y asintieron con reconocimiento, solemnes en su propósito. En una ocasión le habían dado a otra persona una segunda oportunidad para cambiar el destino. Ahora volverían a hacerlo. Aunque los demás dioses no hicieran caso de la deuda que tenían con quienes habían salvado su mundo, Cloto, Láquesis y Átropos comprendían el auténtico regalo que había recibido la humanidad.

Cerrando los ojos a la vez, sin apartar las manos de su tarea ni por un instante, las tres diosas se concentraron en el hilo que vibraba repleto de vitalidad y virtud. Con unos poderes que hasta el rey de los dioses temía, afirmaron el hilo con más fuerza aún, uniéndolo para siempre al hilo fuerte y oscuro que las había ayudado no hacía tanto tiempo.


Gabrielle abrió los ojos y gimió por el sol de media tarde que brillaba con una intensidad cegadora que le desencadenó un tremendo dolor de cabeza. Colocándose boca abajo, aspiró con fuerza el aroma de la tierra caliente y el agua fresca que le recordaba a mil campamentos. Cuando el dolor se fue calmando hasta convertirse en una presión incómoda, se levantó y vio el lago junto al que se había despertado.

El agua le supo a gloria y le acarició la garganta reseca. Mientras se mojaba la cara y el cuello, se preguntó distraída dónde estaba. Su mente divagaba y unos retazos de una canción se apoderaron de sus labios, por lo que se puso a tararear mientras el sol la bañaba en su calidez. De repente, frunció el ceño con aire confuso. Estaba sola. Tomando aire estremecida, se puso en pie y recorrió con la mirada la alta hierba que enmarcaba la belleza reluciente del lago.

Sabía, sin saberlo, que había alguien que tendría que haber estado con ella. La ausencia de su acompañante era lo único que podría haber explicado la sensación de pérdida que tenía en el corazón, en el alma. Se sentó en una roca, meditando sobre esta pérdida olvidada, y entonces sus oídos captaron un leve ruido. El susto instantáneo se vio sustituido por el júbilo al recordar el nombre del animal.

—¡Argo!

El caballo de guerra, al reconocer la voz de la bardo, la saludó con un relincho de alegría y trotó hasta la orilla, donde acarició con el hocico el cuello de la mujer rubia. No había olvidado su olor durante el tiempo que había estado ausente. Una vez intercambiados los saludos, la yegua se acercó al lago, donde se puso a beber satisfecha.

Gabrielle observó a la yegua, que llevaba los arreos completos, y se preguntó quién podría ser su dueño. Seguro que, si la presencia de la yegua le había despertado un recuerdo, la persona que era su dueña también lo haría. Sus meditaciones quedaron interrumpidas por el roce de una espada al salir de su vaina.

—No sé quién eres, pero como vuelvas a tocar a mi caballo, te aseguro que lo vas a lamentar.

La bardo sintió un estremecimiento por todo el cuerpo. Sin saber si era de emoción o de miedo, al oír la voz que le acariciaba los bordes de la consciencia, levantó las manos para mostrar que no llevaba armas y se volvió despacio para ver a la mujer que iba con el caballo.

Era una guerrera, cosa evidente por el cuero, la armadura y las diversas armas visibles en su persona. La bardo arrugó el entrecejo pensativa cuando sus ojos recorrieron el cuerpo de la guerrera desde las botas hacia arriba y se detuvieron al llegar a los diseños en remolino de su armadura. Como necesitaba ver el rostro de la guerrera, Gabrielle se armó de valor para alzar los ojos curiosos.

Xena se quedó sin aliento durante largos instantes y luego los latidos atronadores de su corazón la obligaron a tomar aire con algo parecido al dolor. Retrocedió tambaleándose hasta la roca donde había estado sentada la mujer antes de que Argo la encontrara. Los dedos largos y esbeltos de la guerrera se posaron sobre su garganta, que se estremecía de incredulidad y angustia.

A Gabrielle se le pusieron los ojos como platos al reconocerla. Aunque con algunos años más, como demostraban las canas que poblaban los cabellos negros de la guerrera, los ojos azules que se clavaban en los suyos con una intensidad abrasadora hicieron que le ardiera la sangre y que su mundo se oscureciera.

—¡Gabrielle! —Xena salió de su estupor cuando vio que la joven se desplomaba inconsciente. Aunque la mente de la racional guerrera le aseguraba que esta mujer menuda de pelo como la miel y ojos verdes vestida de amazona no podía ser su compañera muerta hacía tanto tiempo, su corazón se rebelaba, al percibir la apacible comodidad que siempre había sentido en presencia de su bardo.

La bardo abrió los ojos parpadeando e hizo una mueca de dolor.

—Lo siento, Gabrielle —susurró la guerrera—. No he reaccionado a tiempo. No he podido alcanzarte antes de que te golpearas la cabeza. ¿Estás bien?

Gabrielle se incorporó con esfuerzo y miró a la guerrera.

—¿Xena? ¿Qué te ha pasado? ¿Y qué hacemos aquí?

Al oír la angustia en las preguntas de su amiga, la guerrera se apresuró a reconfortar a la joven rodeándole los hombros con un brazo, cosa que ella aceptó sin planteárselo.

—¿Es que no recuerdas nada? —Cuando la cabeza rubia apoyada en su hombro hizo un gesto negativo, la guerrera se mordisqueó el labio inferior—. Gabrielle, moriste.

—Claro que morí —respondió la bardo soltando un leve resoplido—. En Tesalia, pero tú me trajiste de vuelta.

—No —rectificó la guerrera—, esa vez regresaste tú sola. Pero no me refiero a eso.

Apartándose del reconfortante abrazo, la joven se quedó mirando los rasgos envejecidos de su amiga en busca de respuestas para las preguntas que se le agolpaban en la boca.

—¿A qué te refieres?

Xena suspiró y se pasó una mano temblorosa por el flequillo. Cuando la bardo cogió esa mano entre las suyas, la guerrera recuperó la voz.

—Gabrielle, moriste, hace casi quince años, cuando tiraste a Esperanza al abismo.

La bardo abrió los ojos de par en par, sin dar crédito. Suponiendo que Xena fuese... Xena, y que ésta fuese su propia época, eso quería decir que había perdido quince años de su vida. Los fuertes brazos de la guerrera la consolaron cuando su pequeño cuerpo se hizo un ovillo y se echó a llorar.

—Sshhh... tranquila, Gabrielle. Ese día salvaste al mundo —le dijo Xena con una sonrisa triste—. Gracias a ti, Dahak nunca vino al mundo.

Gabrielle se irguió y con una mano tocó los rasgos ajados de su amiga.

—¿Pero y tú, Xena? ¿Qué ha sido de ti?

La guerrera le agarró la mano y cedió al impulso de depositar un tierno beso en la palma.

—Jamás te he olvidado, ni las lecciones que tanto te esforzaste por inculcarme. No me di cuenta de lo bien que las había aprendido hasta que sobreviví a mi primer año sin ti. Superé una de las épocas más negras de mi vida, y lo hice sin romper la promesa que te había hecho. —La guerrera enarcó una ceja con aire interrogante—. ¿Qué pasa?

La risita se transformó en una carcajada que resonó por el claro siguiendo la orilla del lago.

—¿Qué pasa?

—Ay, Xena. No recuerdo haberte oído nunca hablar tanto de una sola vez. ¿Estás segura de que eres quien yo creo que eres?

Sonriendo levemente, la guerrera se rió por lo bajo.

—Ya, bueno, sin ti, alguien tenía que mantener la conversación.

El humor se volvió serio cuando la bardo cayó en la cuenta de todo el tiempo que había estado lejos de la guerrera.

—No lo entiendo, Xena. No recuerdo caer y morir. De hecho, lo último que recuerdo es haber salvado de Bailius a esas sacerdotisas de Hestia. —Tomó aliento y cerró los ojos, intentando recordar cualquier otra cosa—. ¿Dices que han pasado casi quince años?

—Sí. —Xena estaba perdiendo una batalla encarnizada contra el llanto que amenazaba con estallar.

Gabrielle alzó la cabeza al oír el tono ahogado de la respuesta de su amiga y sonrió apenada. Con mano tierna, secó las lágrimas de la guerrera y dejó que la mujer de más edad cayera en sus brazos cálidos.

—No entiendo qué es lo que ha pasado —empezó Xena cuando recuperó el control de la voz—, pero no voy a poner en duda el razonamiento de las Parcas —terminó, al tiempo que hundía la cara en el cuello de Gabrielle—. Pero sí voy a decir algo que tendría que haberte dicho hace mucho tiempo —susurró, y luego tomó aire con fuerza para armarse de valor—. Te quiero, Gabrielle. Te he querido durante lo que para mí ha sido toda mi vida. Después de perderte... lo único que me hacía superar las noches era pensar en ti. Y cada mañana, cuando me despertaba sola, el dolor que sentía dentro crecía un poco más. No tenía recuerdos de despertarme en tus brazos, de despertarte con un beso de buenos días... —Xena pegó un respingo al notar un dedo titubeante bajo la barbilla.

—Xena, mírame —la instó la bardo, cuyas propias emociones amenazaban con embargarle la voz—. Ahora mismo no quiero pensar en eso. Lo único que sé es que, al despertarme aquí, me sentí sola, y no sabía por qué. Cuando vi a Argo, algo encajó en mi interior, y luego te vi a ti. Supe en ese preciso instante que tú eras lo que me faltaba, la razón de que me sintiera incompleta. —Gabrielle sonrió al tiempo que su mano acariciaba el rostro de la guerrera y se enredaba en su pelo canoso—. Lo que no ocurrió en el pasado fue una lástima, para las dos —afirmó con vehemencia—. Pero eso fue entonces —ronroneó, y se detuvo cuando sus labios encontraron los de la guerrera—, y esto es ahora.

Tras casi quince años de separación, de cargar con la culpa y el amor no correspondido ni hecho realidad en su interior, Xena se fundió con el beso de la bardo con una desesperación que alimentó el fuego que ambas llevaban dentro. Su aliento se mezcló y su pasión prendió entre ellas al tiempo que se ponían de rodillas para desnudarse.

—He esperado tanto —gimió la guerrera cuando los labios de la bardo se pegaron a la piel que cubría su pulso acelerado.

—Y yo te he amado tanto —susurró Gabrielle al tiempo que sus caricias se hacían más osadas, hasta que acabó tumbada encima de su amiga.

Y así, sin la comodidad de unos petates y sin la luz de una hoguera, las dos hicieron el amor mientras el día se iba desvaneciendo. La bardo se regodeaba en el hecho de que, aunque era más madura, la guerrera había conservado su cuerpo fuerte y musculoso, y Gabrielle agradecía el éxtasis que encontraba en el abrazo amoroso de la guerrera. Xena, abrumada por esta reunión inesperada e inexplicable, simplemente se sumergió en las sensaciones táctiles de la piel suave de la bardo bajo sus manos y los gritos incoherentes de la joven al llegar al orgasmo. Cuando el agotamiento las obligó a cesar sus actividades, se acurrucaron la una en el calor de la otra y se quedaron dormidas, cada una consciente sólo de la presencia de la otra.


Xena se despertó como siempre antes de que los primeros rayos del sol hubieran superado el horizonte. Un cuerpo cálido a su lado le hizo soltar un taco por lo bajo, pues no recordaba haberse ligado a nadie en la última taberna que había visitado. Pero cuando la joven pegó sus labios al pecho de la guerrera y murmuró palabras tiernas de amor, Xena sonrió alegremente y abrazó a la mujer más menuda con exuberante entusiasmo.

Gabrielle abrió los ojos soñolientos y aguantó el zarandeo de la alegre Princesa Guerrera. Se le escapó el aire de los pulmones en varias ocasiones, pero el cuerpo suave pegado al suyo hacía el dolor más que soportable. Por fin, tuvo oportunidad de mirar a Xena con cautela cuando el abrazo se aflojó un poco.

La alegría de la guerrera se fue calmando hasta convertirse en una risa satisfecha.

—Perdona, Gabrielle, pero es que no me lo podía creer. Después de tanto tiempo sin ti deseando que hubiera ocurrido esto, me he despertado y he descubierto que sí ha ocurrido.

—Oh, Xena, a veces eres tan romántica.

Sintiéndose más llena de vida que desde antes de la muerte de Gabrielle, la guerrera se levantó y miró a su alrededor un momento para orientarse.

—¿Desayunamos?

El estómago de la bardo contestó antes de que pudiera hacerlo su boca, y Xena levantó a la mujer más menuda estrechándola con un rápido abrazo.

—Dioses, cómo te quiero, mujer.

Gabrielle se sonrojó y correspondió al apasionado beso de buenos días.

—Escucha, yo voy a pescar algo para el desayuno y tú recoges leña para el fuego. ¿De acuerdo?

Sin dudar ni un momento del plan, Xena se dio la vuelta y echó a correr hacia el lago, gritando alegremente cuando su salto perfecto la hizo volar por el fresco aire matutino. Gabrielle meneó la cabeza y emprendió la rutina que había quedado establecida entre ellas tanto tiempo atrás.

Para cuando Xena regresó con dos grandes peces que sin duda podrían satisfacer hasta el hambre voraz de su bardo, Gabrielle ya había desensillado a Argo y había montado un campamento bastante cómodo. Una alegre fogata la recibió, y sonrió mientras avanzaba sigilosamente hacia la bardo, que estaba hurgando en el zurrón de pergaminos que Xena había conservado a lo largo de los años.

—¡Aaajj! ¡Xena! —Gabrielle se volvió en redondo para mirar enfadada a su amante, pero se quedó pasmada.

—¿Qué pasa? —La guerrera se estaba alarmando por el silencio de la mujer, normalmente tan parlanchina—. Gabrielle, ¿qué ocurre?

—Eres tú —contestó la bardo con un leve tono de reverencia—. Fíjate —susurró al tiempo que pasaba una mano curiosa por el brazo desnudo de la guerrera—. ¿Qué te ha pasado?

Xena estrechó los ojos confusa hasta que Gabrielle levantó la mano para que la guerrera pudiera volver la cabeza y ver lo que había llamado la atención a la bardo. Tardó un momento en comprender. Su pelo ya no estaba marcado por los dedos del tiempo. Había recuperado el color negro lustroso y, sofocando una exclamación, se dio cuenta de que ya no se veían las finas arrugas que habían empezado a aparecer varios años antes en sus manos marcadas de cicatrices. Con dedos temblorosos, las dos tocaron la suavidad lisa del rostro de la guerrera.

Los ojos de Gabrielle relucían de lágrimas contenidas al ver la imagen de la guerrera que tan bien recordaba.

—Por los dioses, Xena.

La guerrera no podía apartar los ojos de su propio cuerpo, una vez más rebosante de juventud. Personalmente, estaba convencida de que el amor de Gabrielle tenía algo que ver con el cambio, pero no lograba encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía.

Cuando los ojos pasmados de Xena se encontraron con los suyos, Gabrielle soltó un gritito y se lanzó sobre la mujer que una vez más era joven y fuerte, sin los pequeños achaques de la edad.

—No lo entiendo, Xena. Pero como tú misma has dicho, no vamos a poner en duda el razonamiento de las Parcas, ¿verdad?

Xena sólo pudo asentir sin decir nada, y Gabrielle la abrazó de nuevo y luego se echó hacia atrás.

—Me encantaría ver cómo has cambiado... por todas partes, Xena —insinuó con tono seductor—, pero tengo mucha hambre. No recuerdo cuándo comí por última vez.

Xena dio unas palmaditas en el esbelto estómago de la bardo al volver al presente y su curiosa realidad.

—Créeme, bardo mía, yo diría que fue hace mucho tiempo, incluso para mí, pero ahora, no estoy tan segura —dijo riendo al tiempo que agachaba la cabeza para darle un beso rápido.

Las protestas de Gabrielle se acallaron un momento antes de que su amante se apartara.

—Vale —dijo sin aliento—, primero el desayuno, luego un baño y luego... una exploración más detallada de lo que nos ha ocurrido.

—Mucho más detallada y a la luz del día —prometió la guerrera con tono solemne.

Las dos sonrieron por las ideas placenteras que se les pasaban por la mente. Había pasado demasiado tiempo para ellas y no tenían la menor intención de dejar que la vergüenza o el miedo las apartaran de lo que su corazón deseaba.


Mientras observaban cómo el hilo, el ancla de tantos otros, se enrollaba con fuerza alrededor del azul, las Parcas sonrieron por la tonalidad rosácea que ambos iban adquiriendo. Se les había ocurrido después, lo de devolver el hilo azul a una época anterior dentro de ese punto del tapiz. Había sido una decisión que evidentemente fue recibida con gran alegría por las dos mujeres, que siguieron redescubriéndose la una a la otra a lo largo de varios días mortales. La propias Parcas habían olvidado lo deprisa que pasaba el tiempo para aquellos sobre los que ejercían su jurisdicción. Para los dioses inmortales, sólo había sido un abrir y cerrar de ojos, pero para la guerrera había sido una vida. Asintiendo sobriamente, Cloto, Láquesis y Átropos acordaron en silencio que su deuda estaba saldada. Y como con eso terminaba su implicación personal en el asunto, reanudaron su tarea de tejer el Gran Tapiz de la Vida.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades