Treinta segundos

TwinkerHell



Descargos: Esto es un relato post-FIN, más o menos. Es un simple vistazo a cómo habría vivido sus últimos “treinta segundos”, si hubiera conseguido vivirlos como le dijo a Gabrielle que quería hacerlo. No es violento, no es sanguinario, y la verdad es que no es muy largo. No es más que un poco de blandenguería. Más o menos.
Sólo sé lo que otras personas opinan sobre mi obra si me lo dicen. Os podéis poner en contacto conmigo en subtextficfiend@gmail.com.

Título original: Thirty Seconds. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


La cabaña estaba en silencio y había dos miembros de la Guardia Real ante la puerta, impidiendo el paso a todo el mundo salvo a la hija o a las dos nietas de la reina. Desde su cómoda posición reclinada en la gran cama, dos ojos azules observaban tras un rostro arrugado. Era una guerrera, hasta lo más profundo de su alma. Y sin embargo, al final, prefería esto a morir en un frío campo de batalla. Contempló el rostro sombrío que había a los pies de la cama. Y aunque no podía demostrárselo físicamente, por dentro no podía estar más orgullosa. Su hija había madurado y había viajado por el mundo, igual que ella, y luego envió un mensaje a su madre diciéndole que en realidad no había cosa que deseara más que regresar a Grecia y estar con ellas.

Y eso fue lo que ocurrió. Eva volvió a casa y, con gran sorpresa y placer, descubrió que las dos se habían instalado en una de las aldeas amazonas. Le emocionó aún más descubrir que había logrado llegar justo a tiempo para presenciar su ceremonia de unión. Así fue como Eva decidió formar un hogar y hacer su vida en la aldea de su madre. Con los años, a medida que pasaba el tiempo, las historias de la Princesa Guerrera y la Bardo Batalladora siguieron creciendo, hasta que se convirtieron en leyenda, y sin embargo, nadie sospechaba que la pequeña y rubia reina de las amazonas y su consorte llamada Xena eran las mismas personas.

La cama se movió y volvió la cabeza para ver cómo su mujer se acomodaba a su lado. La guerrera sabía que el tiempo les había pasado factura a las dos. Pero estaba contenta. No le importó nada descubrirse las primeras arrugas y las canas ocasionales, que ahora le cubrían la mayor parte de la cabeza.

Llevaba en cama los tres últimos días, pues su cuerpo se iba rindiendo poco a poco. Su nieta mayor, Scout, que por un milagro de los dioses era su vivo retrato, se había estado sometiendo a los ritos para pasar de la infancia a la edad adulta dentro de la nación amazona, y según la reina, el alma vieja y terca de la guerrera era demasiado testaruda para ceder ante el tiempo, hasta estar segura de que Scout lo había conseguido. Era como si estuviera esperando a que la niña terminara, para llevarse ese recuerdo consigo, cuando llegara el momento.

La niña había venido a verla antes y la tuvieron que enviar de vuelta a su cabaña cuando estalló en lágrimas al enterarse de que lo más probable era que ésa fuese la última vez que la iba a ver. A la pequeña, Teigra, no le habían dejado verla, pues Xena temía que la niña se quedara emocionalmente afectada y quería que el último recuerdo que tuviera la niña de ella no fuese el de verla yaciendo en su lecho de muerte.

Haciendo acopio de la fuerza que ya casi ni tenía, se puso a hablar, apenas en un susurro.

—Estoy orgullosa de ti, Eva. Muy orgullosa —dijo roncamente.

Un ataque de tos sacudió su largo cuerpo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recuperar el aliento. Después se quedó callada un rato, mientras con los ojos medio cerrados contemplaba el rostro de su hija, grabándoselo como último recuerdo.

Con sus últimos vestigios de fuerza, la guerrera susurró tan bajito que apenas se la oyó:

—Treinta segundos, Bri.

Gabrielle sonrió, se movió hasta situarse sentada delante de su compañera y estrechó las grandes manos entre las suyas. Los ojos azules se clavaron en los verdes y la reina y su campeona se convirtieron en el centro del mundo la una para la otra. La respiración se fue haciendo cada vez más lenta, cada inspiración más superficial que la anterior.

—Vete ya, amor, tranquila. Sé que estarás esperándome al otro lado —susurró Gabrielle dulcemente.

Un gesto casi imperceptible de asentimiento fue la respuesta, al tiempo que se oía una última inspiración y expiración y los ojos azules se cerraron por última vez.

Durante unos instante, lo único que se oyó fue la respiración de Gabrielle y de Eva. Por las mejillas de la bardo caían lágrimas silenciosas mientras besaba la palma de una de las manos de su amada. Eva, con el rostro bañado en lágrimas, fue a la puerta, la abrió y la cerró al salir.

—Que no entre nadie y que nadie toque el cuerpo de mi madre hasta el amanecer. Debemos dejar que la reina llore en privado —le dijo Eva a una de las guardias.

Sabía que lo que acababa de decir era cierto. Gabrielle se merecía estar a solas para llorar a la persona que había sido su amiga, su campeona y su amante durante más de treinta años. Pero había otro motivo por el que había dado esa orden. Aunque la idea la horrorizaba, sabía que la reina tenía el corazón destrozado. Estaba segura de que, al amanecer, tendrían que encender dos piras mientras ella aceptaba la máscara de la reina. Nada podría separar a su madre de su reina.

Ni siquiera la muerte.


FIN


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