Su capítulo final

TwinkerHell



Descargo: Xena, Gabrielle, Eva... bla bla bla, ya sabéis cómo va la cosa.
No escribo subtexto. Escribo a las claras. Si eso os molesta, mis relatos no son algo que deberíais leer.
¡¡¡ESTE RELATO NO ES LITERATURA LIGERA!!!
Se podría considerar el acompañamiento de algo que escribí titulado Treinta segundos.
Xena lleva muerta diez años cuando ocurre esto.
Sólo sé lo que otras personas opinan sobre mi obra si me lo dicen. Mi dirección es subtextficfiend@gmail.com.

Título original: Her Final Chapter. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Duerme ahora, a la espera de la llegada inminente de Celesta.

En silencio, cierro los ojos y una vez más ruego a Eli que se la lleve y acabe con el doloroso vacío que sé que siente desde hace diez veranos. Por fin ha llegado el día que estaba esperando, y su pesadilla pronto habrá acabado. Aunque perderla me causará una gran pena, verla seguir adelante sin mi madre me causa un dolor insoportable que espero no volver a sentir nunca.

Supe en el momento en que me llegó la noticia que tenía que volver a Grecia inmediatamente, pues mi reina había resultado herida hacía poco en combate, y se negaba a recibir tratamiento médico más allá de lo que fuese necesario para mantenerla con vida hasta que yo llegara a su lado. Aunque agradezco que me esperara para que pudiera despedirme, también me entristece que estuviera dispuesta a soportar el dolor tanto tiempo con tal de verme una última vez.

Y ahora, una semana después, aquí estoy sentada, con la esperanza de que Celesta venga a llamarla antes de que vuelva a salir el sol.

Una levísima caricia en la mano me obliga a levantar la vista alarmada, y unos ojos verdes como la hierba cubierta de rocío me miran fijamente unos momentos, hasta que una mano indica un armario cercano.

Sin dudar, me levanto y recojo el objeto que sé que quiere. Saco la bolsita de cuero y los ojos se me llenan de lágrimas cuando el recuerdo súbito de la anterior dueña de la bolsa me inunda la mente. La abro y vierto el contenido, y me quedo petrificada al ver que me caen dos monedas en la mano, en lugar de una sola, como me esperaba.

Vuelvo a su lado sonriendo con sorna, y veo un breve destello de picardía en los cansados ojos verdes.

—Lo hiciste a propósito, ¿a que sí? No puede cruzar al otro lado sin pagar a Caronte —le digo riendo.

Si tuviera fuerzas para hacerlo, contestaría. Pero no tiene. Le pongo con delicadeza las monedas en la mano ajada y cierro su puño con cuidado alrededor de ellas.

—Ve. Ya sabes lo impaciente que es. Dile que la quiero y que estaré siempre pensando en las dos —susurro.

Sus ojos se posan en los armarios cercanos donde están guardados sus pergaminos. Los pergaminos que relatan la crónica de su vida y la de mi madre.

—Cumpliré mis promesas, las dos —murmuro.

Cuando llegué me entregaron dos pergaminos, ambos de su puño y letra. En uno decía cuál era su última voluntad con respecto a sus cenizas. Aunque yo sabía que la ley de las amazonas establecía que debían descansar en la tumba, también sabía que en el fondo de su corazón, no era éste el lugar que a ella le parecía que le correspondía. Y sin embargo, yo no quería que ninguna de las dos se quedara en Anfípolis, donde sabía que prácticamente cualquiera tendría acceso a ellas.

Así que me apresuré a hacer planes para crear un lugar para ellas, en una cueva no muy lejos de aquí y que sabía que era un santuario para las dos. Sus urnas, las armas de mi madre y sus pergaminos también descansarían allí. Cuando había decidido que nadie sabría que había trasladado todo a este lugar, para que descansaran siempre en paz, una vieja amiga vino a hablar conmigo.

—Hicieron tanto por mí que quiero hacer algo por ellas. Así que ponlo todo ahí, cielito, y me aseguraré de que tu familia sea la única que pueda tener acceso a ellas para toda la eternidad —dijo Afrodita.

Otra caricia en la cabeza, levanto la mirada y sé que es la hora. Me quedo sentada en silencio, observando, escuchando, mientras su respiración se va haciendo cada vez más lenta, hasta que en su arrugado rostro se dibuja una sonrisa y sus ojos se cierran por última vez. Me quedo ahí un ratito, contemplando su cuerpo inmóvil. Respiro hondo y me echo a llorar en silencio. Sé que ahora está en paz, por fin. Y dondequiera que estén mi madre y ella, sé que están juntas de nuevo, y que las dos son felices.

Mañana arderá su pira, y luego, siguiendo las instrucciones de Afrodita, sus urnas, las armas de mi madre y los pergaminos de Gabrielle serán trasladados a la cueva. Quedará entonces sellada, y su historia se irá transmitiendo en nuestra familia, de madres a hijas, de una generación a otra, hasta que llegue el momento en que su legado se pueda contar y aceptar como lo que de verdad fue y siempre será.

La mayor historia jamás contada.


FIN


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