Tras el regreso

Marion D. Tuttle



Descargos: Esto ya os lo sabéis tan bien como yo... Xena, Gabrielle, Hércules y cualquiera de los dioses mencionados en este relato no son de mi propiedad. Sin embargo, el relato y la idea sí son míos. Se hace mención a varios acontecimientos ocurridos en diversos episodios de la tercera temporada, de modo que, para entender algunas de las cosas que ocurren aquí, no os vendría mal haber visto dichos espisodios.
Advertencia sexual: Sí, se describe una relación amorosa entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo y sí, a veces es gráfica. Así que si eso os molesta, os recomiendo que leáis otra cosa, si no, que disfrutéis.
Como siempre, aprecio enormemente cualquier comentario que tengáis. Podéis escribirme a: mariontuttle@hotmail.com

Título original: After the Return. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El sueño parecía eludir a la joven que se agitaba y daba vueltas en su petate. Llevaba sin poder dormir desde que había regresado del otro lado, bueno, del otro lado en realidad no, porque nunca había llegado a estar muerta de verdad, sino en estado de animación suspendida.

Cuando se interpuso corriendo entre Xena y Esperanza, cayendo con su maligna hija en el pozo de fuego, estaba convencida de que iba a morir. El pesar no se adueñó de su corazón hasta que sus ojos se encontraron con la mirada azul transparente de su amiga. El dolor que vio reflejado en esos bellos ojos fue como si le hubieran clavado un puñal en el pecho.

Se le rompió el corazón en ese momento en que sus ojos se encontraron justo antes de que ella cayera hacia atrás, gritando el nombre de Xena. En el momento en que sus pies resbalaban en las piedras, vio que el corazón de su amiga se hacía pedazos ante sus ojos y supo que jamás se perdonaría por todo lo que había hecho.

Se levantó y miró a la mujer dormida que era su mejor amiga y se le ocurrió una idea irónica. Es curioso, normalmente es Xena la que sufre pesadillas de su pasado mientras yo duermo como un tronco. Es casi como si hubiéramos cambiado los papeles. Y siguió pensando: Xena puede haber hecho cosas malvadas en el pasado, pero he sido yo la que ha traído el mal absoluto a este mundo.

Seguía perpleja por los acontecimientos de los últimos días. Todo lo que había sucedido antes de su "muerte" estaba claro. Pero lo que había ocurrido desde entonces seguía sin tener mucho sentido para ella.

Justo antes de que el fuego se apoderara de ella, notó que Esperanza se soltaba de sus brazos y algo la apartó de las llamas devoradoras mientras su hija caía a la muerte. Al principio creyó que era un intento por parte de Dahak de salvar a la hija maligna que habían creado. Su confusión fue en aumento cuando se volvió y vio a Zeus en persona ante ella. Cuando se disponía a preguntar qué estaba pasando, vio que Ares aparecía junto a su padre. La rabia que sentía hacia el dios de la guerra por todo el dolor que había causado su intervención la empujó a entrar en acción. Se abalanzó contra él, sin importarle ya si vivía o moría. No estaba segura del todo de no estar ya muerta y en el Tártaro para pagar por todas las decisiones equivocadas que había tomado.

—¡Ares, traidor! Tendría que...

Zeus se interpuso entre los dos.

—Gabrielle, las cosas no siempre son lo que parecen. Escúchame.

La joven bardo no tenía la menor gana de oír excusas, pero algo le dijo que no estaba en condiciones de discutir en esos momentos. Dio un paso atrás y asintió con la cabeza.

—Tú no lo sabes, pero le debes la vida a mi hijo.

Esto fue demasiado para los sentidos agotados de Gabrielle.

—¿¡Qué!? Se unió al plan de Dahak y Esperanza para derrocarte a ti, que eres su propio padre, y a todos los demás dioses del Olimpo y dominar el mundo. ¿Es que no lo sabes?

El rey de los dioses respiró hondo para calmarse. Normalmente no habría tolerado que nadie lo pusiera en entredicho con semejante insolencia y mucho menos una mortal. Pero estas dos mujeres tenían algo que lo intrigaba. La bardo estaba plantada ante él demostrándole su valor y la guerrera estaba arriba, llorando lo que creía que era la pérdida de su mejor amiga. Las dos se habían jugado la vida en más de una ocasión para ayudar a su hijo Hércules, por lo que estaba dispuesto a permitirles ciertas libertades.

—Ares no es el traidor que crees que es. Aunque es cierto que mi hijo mayor no siempre se ha comportado de una forma que me parece adecuada... —Posó la mirada en el dios de la guerra, que, sorprendentemente, tenía la cabeza gacha—. En este caso, lo que ha hecho ha respetado plenamente mis deseos.

Gabrielle se sintió aún más confusa.

—Deja que te lo explique, Gabrielle —intervino Ares por primera vez desde que había aparecido—. Esperanza tenía que morir o si no, el mundo habría sido presa de Dahak. Xena, por mucho que lo deseara, no podía matar a Esperanza. Su deseo de librar al mundo de tu hija estaba ensombrecido por una emoción aún más fuerte. Su odio hacia Dahak y Esperanza por lo que te habían hecho a ti, su pequeña e inocente bardo. —Casi escupió estas últimas palabras—. En resumen, Esperanza se alimentaba del odio. Cuanto más la odiaba Xena, más fuerte se hacía ella. Si Xena la hubiera matado, el odio habría dado la victoria final a Esperanza, porque habría destruido a Xena y habría traído a Dahak al mundo, donde habría sido imparable.

A Gabrielle se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas. Una vez más había luchado por evitar que Xena volviera a sucumbir a la oscuridad y un ser de su propia carne y su propia sangre había estado a punto de acabar con la guerrera.

Zeus siguió con el hilo de la historia.

—Esperanza sólo podía ser destruida por alguien que la quisiera y ésa eras tú. Por eso Ares exigió que pagaras la deuda que tenías con él. No podíamos permitir que Xena intentara matar a Esperanza, eso nos habría destruido a todos.

Las piezas empezaban a encajar, pero en la mente de Gabrielle todavía quedaba una pregunta sin respuesta. Se volvió de nuevo hacia Ares.

—Comprendo que quieras salvar tu propio pellejo, pero ¿por qué querrías hacer algo que pudiera ayudar a Xena? Tú mismo has hecho grandes esfuerzos para intentar destruirla.

—Para destruirla no, Gabrielle, para intentar que se una a mí. Eso es distinto.

—Según tú. —Se volvió hacia Zeus—. ¿Y ahora qué ocurre?

Él no pudo disimular la sonrisa fugaz que se le posó en los labios. No se podía negar que esta chiquilla tenía fuego. Dahak la había querido por su inocencia, pero no había contado con su fuerza interna. Le puso la mano con delicadeza en el hombro.

—Pues eso depende de ti. Aunque los mortales rara vez pueden elegir de este modo, esto es algo que te debemos.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Qué quiere decir eso?

—Puedo enviarte a los Campos Elíseos, si es lo que deseas. O puedo devolverte a la vida y a Xena. —Ya sabía cuál iba a ser su respuesta, pero esperó a que se la diera. No tuvo que esperar mucho a que ella preguntara:

—¿Lo dices en serio? ¿Puedo recuperar la vida?

—No tienes más que pedirlo.

Ella asintió, diciendo:

—Sí, quiero volver.

Antes de saber qué había ocurrido, se encontró de vuelta en el templo. La escena que la recibió le destrozó el corazón. Xena estaba de pie ante el cuerpo sin vida de Calisto, con la sangre de la diosa muerta en las manos y una mirada vacía en los ojos. El dolor que sentía parecía emanar de ella... con vida propia. Por los dioses, lo siento muchísimo, Xena, fue lo primero que se le pasó por la cabeza. Sabía que tenía que llegar a su amiga antes de que se rindiera al dolor y a la oscuridad que intentaba apoderarse de ella.

Llamó a Xena. Al principio no hubo respuesta. O Xena no la había oído o creía que su mente le estaba jugando malas pasadas. Esta vez la volvió a llamar y salió de entre las sombras. La primera reacción de Xena fue el sobresalto, rápidamente transformado en alivio al estrechar a Gabrielle en un fuerte abrazo. Las preguntas brotaron sin parar mientras Gabrielle intentaba explicar todo lo que había ocurrido. Las dos seguían abrazadas, embargas por oleadas de diversas emociones. La principal era la alegría de volver a estar juntas...

Eso había ocurrido hacía una semana y aunque Xena no le había dicho nada a Gabrielle, la bardo notaba que su amiga sabía que algo iba mal. Gabrielle sabía que Xena estaba siendo paciente y esperando a que Gabrielle le contara lo que le preocupaba. Pero el problema era que ella misma no sabía muy bien qué le pasaba.

Esos eran los pensamientos que se le cruzaban ahora por la mente mientras miraba a la guerrera dormida. Su mente buscaba respuestas. En los últimos tiempos habían pasado por muchas cosas, todas las emociones surgidas tras descubrir que Gabrielle había mentido en Britania al decir que había matado a Esperanza, la reaparición de ésta para acabar causando la muerte a Solan, el intento por parte de Xena de matar a Gabrielle, su viaje a Ilusia y por fin el hecho de haber conseguido volver la una con la otra. Cuánto dolor y cuánta traición por ambas partes.

La bardo no comprendía por qué se sentía tan inquieta. Todo lo que habían pasado había sido agotador, pero lo cierto era que lo habían superado y gracias a ello eran más fuertes. Se lo habían perdonado todo mutuamente. Incluso el sentimiento de culpa que todavía tenía Gabrielle por haber traicionado a Xena en Chin había quedado superado con la ayuda de Mnemosine, la diosa de la memoria.

Algo le decía que lo que sentía ahora no tenía su origen en los hechos del pasado. Todo eso lo habían resuelto, así que ¿por qué estaba tan nerviosa? Siguió mirando a la guerrera mientras ésta dormía, pensando: Por los dioses, qué bella es. En cuanto se dio cuenta del cariz que habían tomado sus pensamientos, se quedó de piedra. ¿En serio acabo de pensar eso?

Parecía que llevaba ya un tiempo pensando de esa forma en su mejor amiga. Antes de todo lo que había ocurrido con Esperanza, Gabrielle se había convencido a sí misma de que podía hacer frente a estos sentimientos sin que Xena lo supiera nunca. Pero desde su regreso, todo parecía haberse hecho más intenso, incluidos sus sentimientos.

Su mente volvía una y otra vez a lo que le había dicho Xena antes de entrar en el templo para enfrentarse por última vez a Esperanza.

—Incluso con todo lo que ha ocurrido en este último año, quiero que sepas que sigo pensando que eres lo mejor que me ha pasado nunca.

Por supuesto, hablaba de su amistad, ¿verdad?

Xena se movió dormida y Gabrielle apartó la mirada. Lo que le faltaba era que la guerrera se despertara y pillara a la bardo mirándola.

Gabrielle se encontró con los claros ojos azules de su amiga cuando Xena la llamó. Qué ojos, pensó. Por muchas veces que los mirara, nunca se acostumbraba al efecto que tenían en ella.

—Buenos días, Gabrielle. Me sorprende verte despierta. —Xena intentaba hablar con un tono ligeramente guasón. Normalmente no lo habría hecho. Pero había percibido una tensión poco habitual en su amiga desde que se habían reunido de nuevo y quería dar un toque alegre a las cosas.

—Buenos días. Pensé que querrías partir temprano.

Xena se descubrió buscando una manera de llegar a su amiga. Las palabras nunca habían sido su fuerte y la verdad era que la comunicación nunca le había importado gran cosa hasta que conoció a Gabrielle. Pero ahora daría lo que fuera por conseguir llegar a la bardo. Sentía que Gabrielle se estaba apartando de ella y no sabía cómo impedirlo.

Hacía mucho tiempo que la guerrera había reconocido que se había enamorado de Gabrielle, aunque el miedo al rechazo le hacía ocultar sus sentimientos. Cuando Gabrielle volvió a ella, estuvo a punto de mandar a paseo la precaución y confesar sus sentimientos. Pero el distanciamiento que percibía en la bardo la obligaba a guardar silencio.

—¿Te apetece pescado para desayunar? —preguntó Xena, intentando todavía hablar con tono despreocupado.

—Sí, me parece bien. Voy a preparar el fuego.

Sin saber qué más decir, Xena se dirigió al arroyo, dando vueltas en la cabeza a un modo de atravesar las barreras que Gabrielle parecía estar levantando a su alrededor. Mira qué cambio, pensó Xena. Por lo general, es Gabrielle la que intenta llegar a mí.

Sus reflexiones fueron interrumpidas por un destello de luz que le llamó la atención.

—Zeus, ¿a qué debo el honor de una visita del mismísimo rey de los dioses?

Él tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una sonrisa. Nunca había conocido a una mortal como ésta. Siempre había sentido debilidad por los mortales, pero ésta destacaba por encima de los demás. Comprendía por qué Ares estaba tan obsesionado. No temía a los dioses ni sus poderes. En privado, admiraba su valor, aunque jamás lo reconocería.

—Xena, he venido por dos motivos. En primer lugar, has sido una buena amiga para mi hijo Hércules. En segundo lugar, pero esto es lo más importante, todos los dioses, yo incluido, tenemos una gran deuda con Gabrielle y contigo.

Ella observó su rostro, buscando alguna indicación de que esto pudiera ser una especie de truco para arrastrarla a otro capricho de los dioses.

—Te lo pregunto de nuevo, ¿por qué has venido? Ya pagaste tu deuda, en lo que a mí respecta, al devolver a Gabrielle a... la vida. —Se dio cuenta de que había estado a punto de decir "a mí".

Zeus asintió. No se lo iba a poner fácil.

—La verdad es que me parece que todavía se puede hacer más. Normalmente dejo este tipo de cosas en manos de mi hija Afrodita, pero en este caso, quería ocuparme personalmente. ¿Has notado que Gabrielle está cada vez más retraída? —Esperó su respuesta. Cuando no la hubo, continuó—. Da igual, no hace falta que respondas. Por tu expresión, ya veo que sí. He venido para ayudarte a comprender que puedes vencer la culpabilidad y el dolor que mantienen a Gabrielle apartada de ti.

—¡Yo no me siento culpable, Zeus!

—Tú no, pero Gabrielle sí.

Este comentario dejó pasmada a la guerrera.

—¿Por qué se va a sentir culpable Gabrielle? ¡No ha hecho nada malo!

—Eso lo sé yo y lo sabes tú, pero Gabrielle no lo sabe. Todavía cree que de no haber sido por ella, Esperanza nunca habría nacido y nada de esto habría sucedido jamás.

Xena se quedó algo alarmada por lo que le decía Zeus.

—¿Incluso después de todo lo que nos ha pasado? ¿Cómo puede seguir pensando que yo la culpo?

—Sabe que la has perdonado, igual que ella te ha perdonado a ti... pero sus sentimientos de culpa surgen de los sentimientos que tiene por ti. Sentimientos que tiene desde hace mucho tiempo, pero que se han hecho mucho más fuertes desde su regreso y no sabe qué hacer con ellos.

—¿A qué te refieres? Soy su amiga, ella lo sabe... —Xena tenía una idea de lo que intentaba decir Zeus, pero la rechazó. No se atrevía a albergar la esperanza de que Gabrielle sintiera lo mismo que ella. ¿Y si acudía a Gabrielle y ésta no sentía lo mismo? En su opinión, eso echaría a perder su amistad sin remedio y no estaba dispuesta a correr ese riesgo.

—Xena, ¿es posible que no sepas lo que siente Gabrielle? —la instó Zeus.

La guerrera levantó la vista hacia el cielo y luego la bajó hasta el suelo, mirando a cualquier parte para evitar mirar a los ojos de Zeus.

—¿Qué es esto? ¿La poderosa princesa guerrera tiene miedo de mirarme a los ojos?

Esto provocó una rápida reacción en Xena.

—¡Sabes que no temo a ningún dios, Zeus!

Éste probó una estrategia más sutil.

—Ya lo sé, Xena, tú no temes a ninguna fuerza externa. Pero lo que llevas en el corazón te produce un miedo mortal. —Se acercó más a ella, al ver que la tensión de sus músculos empezaba a ceder—. Tienes miedo de revelar lo que hay en tu corazón, pero yo te digo, Xena, que el retraimiento que percibes en Gabrielle se debe al miedo y la culpabilidad. Miedo a que lo que siente por ti nunca sea correspondido. Y culpabilidad porque no cree que tenga derecho a sentir esto después de todo lo que ha ocurrido.

Xena miró a los borrascosos ojos grises que tanto se parecían a los de su hijo Hércules. Recordó la época en que Hércules la ayudó a entrar en el camino de la redención. Tuvieron una breve relación íntima, pero Xena sentía que tenía muchas cosas que expiar por la vida que había llevado y que necesitaba hacerlo sola. Él la había dejado marchar y hacer lo que pensaba que tenía que hacer, pero habían conservado su amistad y él le había dicho que algún día encontraría a la persona que la completaría. La persona que la ayudaría a reparar todo el daño que habían sufrido su corazón y su alma. Había encontrado a esa persona en Gabrielle y estaba aterrorizada de decir nada.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la fuerte voz de Zeus.

—Ve con ella, Xena, dile lo que sientes. Las dos habéis sufrido demasiado para dejar que ahora os detenga algo tan insignificante como la incertidumbre.

Antes de que Xena pudiera responderle, desapareció. Dirigió la vista al lugar donde había estado y vio dos grandes truchas en el suelo. El viento trajo una voz hasta ella.

—Un regalo de despedida... ahora ve con ella.

Cogió el pescado y regresó al campamento.

Al entrar en el claro, Xena advirtió que Gabrielle tenía cara de desesperación. Se sintió desgarrada al pensar que ella podía ser la causa de esa expresión.

Sentándose al lado de su amiga, Xena dejó los dos peces en el suelo. Por los movimientos de Gabrielle, se dio cuenta de que intentaba esquivar su mirada.

—Gabrielle, creo que tenemos que hablar.

La bardo miró por fin a su amiga. Xena quiere hablar, pensó. Ya está. Se ha dado cuenta de lo que he estado pensando y me va a decir que se va y que no quiere verme nunca más. Volviéndose para contemplar las llamas danzarinas, Gabrielle se preparó para oír lo peor.

—¿Qué estás pensando, Xena?

—Pues no sé muy bien por dónde empezar. Últimamente, vengo notando un distanciamiento por tu parte. Parece que cada día te retraes más y no sé qué hacer.

Esto no era lo que esperaba oír Gabrielle. Se esperaba que Xena estuviera molesta con ella, tal vez incluso que la odiara por lo que pensaba y sentía. Pero oír este grado de confusión por parte de la guerrera la pilló por sorpresa.

—¿Qué quieres decir, Xena?

—Lo que quiero decir es que llevas un tiempo muy distante y sé que te pasa algo, pero no comprendo el qué. Me siento impotente y no entiendo por qué, después de todo lo que ha pasado, me mantienes a raya.

Había algo en su voz y en sus ojos que le cortó la respiración a Gabrielle. El dolor que se reflejaba allí era como un puñal clavado en el corazón de la bardo. ¿Acaso Xena pensaba que era culpa suya?

—Xena, lo que siento no tiene nada que ver con Esperanza y Dahak, al menos directamente. Aunque todo lo que ha pasado ha sacado a la luz unos sentimientos que llevaban mucho tiempo ocultos. Es que me daba miedo hablar de ello.

La guerrera tuvo que esforzarse por reprimir las lágrimas.

—¿Tienes miedo de mí?

Gabrielle se apresuró a tranquilizarla.

—No, de ti no... de ti nunca, Xena. Sé que lo que ocurrió en aquel acantilado no volverá a ocurrir jamás. Ésa no eras tú, estabas cegada por la pena. Es que lo que he estado pensando puede ser algo que te lleve a odiarme. —Se tapó los ojos con las manos, incapaz de seguir mirando a Xena.

—Gabrielle, ¿es que a estas alturas no sabes que no hay nada en este mundo que pudiera llevarme a odiarte? —Se acercó para dar un abrazo tranquilizador a la bardo y se quedó sorprendida y bastante dolida cuando Gabrielle se apartó. Intentó controlar la irritación de su voz al decir—: Está bien, ya basta, Gabrielle. Desde que has regresado, tengo la sensación de que hay algo que te preocupa. He intentado ser paciente porque sé que has pasado momentos muy duros. ¡Pero quiero que me digas qué te pasa ahora mismo! —Colocó una mano delicada bajo la barbilla de Gabrielle y le levantó la cara para contemplar unos ojos verdes arrasados de lágrimas. Con un tono más suave, repitió—: Dímelo.

Las lágrimas se derramaron por sus mejillas al mirar a unos ojos que competían en intensidad con el azul del cielo.

—No sé cómo decírtelo.

—Empieza por el principio. ¿Recuerdas lo que nos prometimos en Ilusia? Se acabaron los secretos.

Tragó con dificultad y buscó las palabras adecuadas.

—Xena, hace ya mucho tiempo que siento una cosa. Creía que podría con ello, antes de que ocurriera todo... Pero desde que he vuelto, no puedo seguir como antes.

Xena se descubrió aguantando la respiración. ¿Podía ser cierto lo que había dicho Zeus? ¿Podía atreverse a esperar que Gabrielle sintiera lo mismo que ella?

—¿Qué cosa, Gabrielle?

—Te he dicho que te quiero...

—Yo también te quiero, Gabrielle, eso lo sabes.

—Pero la verdad es que estoy enamorada de ti. Desde hace mucho tiempo. —Volvió a hundir la cabeza entre las manos.

—Gabrielle...

—Sé que seguramente estás asqueada por lo que te acabo de decir, Xena. Recogeré mis cosas y me iré...

Estrechó a Gabrielle en un fuerte abrazo.

—No me vas a dejar, Gabrielle... no vas a ir a ninguna parte.

La bardo se había preparado para varias respuestas, pero ésta no había sido una de ellas. Sintió los brazos de la guerrera a su alrededor y por primera vez desde que se reconoció a sí misma lo que sentía, empezó a albergar la esperanza de que todo pudiera salir bien.

—Xena, ¿qué estás diciendo?

—Lo que estoy diciendo es que te quiero, Gabrielle, y sí, me refiero a que estoy enamorada de ti... Yo siento lo mismo que tú y no soporto la idea de vivir sin ti.

Gabrielle creyó que se le iba a desbordar el corazón de felicidad al oír lo que estaba oyendo. La mujer a la que amaba sin medida le estaba diciendo que no sólo comprendía sus sentimientos, sino que además los correspondía.

Sus brazos rodearon el cuello de Xena y se pegó todo lo posible a la guerrera. Levantó la cara con intención de decir algo y se encontró con los labios firmemente pegados a los de Xena. Al principio el beso fue suave y vacilante, pero no tardó en transformarse en algo más. La lengua de Xena solicitó y recibió acceso a la cálida caverna que era la boca de Gabrielle. La bardo sintió un calor que se le fue extendiendo por todo el cuerpo. Xena fue la primera en apartarse, mientras sus dedos acariciaban con ternura los contornos de la cara de Gabrielle.

—Hace tanto tiempo que deseo estar contigo. Pero no quiero presionarte y obligarte a algo para lo que no estés preparada.

Gabrielle se echó hacia delante y capturó los labios de Xena en otro beso.

—Estoy más que preparada para ser tu amante, Xena, y sí, sé muy bien lo que eso significa.

La expresión que llenó los ojos de Xena fue una de pura y total felicidad. Zeus le había dicho la verdad, su bardo la amaba y quería estar con ella. Estrechó a Gabrielle contra ella al tiempo que dejaba vagar las manos por el cuerpo de la bardo, haciendo que Gabrielle soltara una exclamación sofocada cuando la tumbó en el suelo, cubriendo su cuerpo con el suyo.

A Gabrielle el corazón le golpeaba con tal fuerza las costillas que pensó que se las iba a romper. Se aferraba a Xena como si le fuera la vida en ello. El calor invadía todo su cuerpo a medida que su deseo adquiría una intensidad febril. Xena seguía acariciándole el cuerpo a través de la ropa.

—Quiero sentirte, Gabrielle, necesito tocarte.

—Sí...

Xena empezó a quitarle la ropa a la bardo, depositando besos lentos por cada centímetro de piel que iba destapando. El fuego parecía bailar por cada nervio del cuerpo de la bardo. Todo lo que Xena tocaba parecía arder de deseo.

Cuando sus labios tocaron por primera vez los pechos de Gabrielle, ésta se sintió como si sus pulmones se hubieran quedado sin aire.

—Xena, te amo... te necesito ya.

El deseo que sentía Gabrielle aumentaba cada vez más. Xena ya le había quitado la ropa y empezó a echarse hacia atrás.

—¡Por los dioses, no me dejes ahora!

—No te dejo, amor, es que quiero quitarme todo este cuero para poder sentirte de verdad. —Xena se libró de la armadura y el cuero y regresó a los brazos abiertos de Gabrielle que la estaban esperando.

Sus labios se soldaron con toda la pasión y el amor que sentían la una por la otra. La mano de Xena bajó por el cuerpo de Gabrielle hasta posarse entre sus piernas y sus dedos penetraron despacio a la bardo. Quería hacerlo despacio. Xena sabía que su amante no era virgen después de su noche de bodas con Pérdicas, pero su experiencia se limitaba a esa sola noche.

Las caderas de Gabrielle se alzaron hacia la mano de Xena.

—Tómame, Xena... por favor.

—No quiero hacerte daño...

—No me haces daño, Xena, te deseo.

La guerrera metió los dedos hasta el fondo en la carne cálida de su amante.

—Qué mojada estás, Gabrielle.

—¡Es culpa tuya! Tú me pones así.

La mano de Xena se movió cada vez más rápido dentro de Gabrielle hasta que la bardo empezó a respirar con jadeos cortos. Gabrielle se agarró a los hombros de Xena, sintiendo que la tensión crecía en su cuerpo.

—Oh, sí... Xena... qué gusto...

—Agárrate a mí, Gabrielle, estoy aquí contigo.

La potencia de su orgasmo se apoderó de su cuerpo, atravesándola con oleadas de placer. Le empezó a temblar todo el cuerpo.

—Xena...

—Córrete ahora, amor mío. Eso es, déjate ir ya.

Dejó que las sensaciones se apoderaran de su cuerpo. Lo que había experimentado con Pérdicas en su noche de bodas había sido agradable, pero no era nada comparado con lo que le estaba haciendo Xena. Era como si su cuerpo se hubiera transformado en fuego líquido. Recuperó poco a poco la respiración mientras Xena la acunaba tiernamente entre sus brazos.

—Te quiero, Gabrielle.

—Y yo a ti, Xena. Quiero hacerte el amor, pero no sé si sabré cómo hacerlo.

—Haz lo que te parezca bien, Gabrielle, me toques como me toques, me dará placer.

Tumbando a Xena boca arriba, se movió hasta cubrir el cuerpo de la guerrera con el suyo. Recorrió con los labios la garganta de la guerrera, bajando hasta sus pechos. Cuando Xena aspiró aire con fuerza, Gabrielle cobró seguridad en lo que estaba haciendo. Sus labios cubrieron los pezones de Xena, primero uno y luego el otro, obteniendo una profunda reacción por parte de la guerrera.

—Dioses, Gabrielle, me encanta cómo me tocas. —Con cada segundo que pasaba le costaba más formar palabras—. Qué... gusto... me... das...

—Quiero darte aún más placer, Xena.

Sus manos se movieron por todo el cuerpo de Xena, repitiendo los mismos movimientos que Xena había utilizado con ella. Xena empezaba a sentir que cada nervio de su cuerpo había estallado en llamas. Era como si las manos de Gabrielle estuvieran en todas partes al mismo tiempo. Abrazó a su amante con fuerza. Era cierto que Xena no carecía de experiencia en temas sexuales, pero de repente se dio cuenta, con sorprendente claridad, de que ésta era la primera vez que hacía el amor con alguien.

—Gabrielle, por favor...

La bardo percibió la necesidad de su amante. Bajó la mano para tocar el centro mismo de la guerrera. El contacto provocó una brusca exclamación por parte de Xena y Gabrielle movió los dedos para penetrarla rápidamente. Levantando las caderas para recibir la agradable invasión, Xena sintió el corazón inundado de un amor abrumador.

Gabrielle aceleró la velocidad de sus movimientos, acercando cada vez más a Xena al orgasmo. Justo cuando la guerrera estaba a punto de estallar, Gabrielle capturó sus labios en un beso, sintiendo cómo Xena gritaba su descarga dentro de su boca.

Se quedaron abrazadas hasta que recuperaron un ritmo cardíaco normal. Gabrielle apartó delicadamente el pelo de los ojos de Xena al tiempo que le llenaba la cara de pequeños besos, mientras Xena le acariciaba la espalda. Poco a poco, las dos se quedaron apaciblemente dormidas.

En la cumbre del Monte Olimpo, Zeus y su hija Afrodita estaban ante el portal observando a las dos mujeres.

—Siempre he sabido que esas dos tenían que estar juntas —le dijo ella a su padre.

—Yo también, hija. Las cosas por fin están como deben estar.

Zeus agitó la mano, apagando poco a poco la luz del portal. Cuando la diosa del amor se hubo marchado de la estancia, contempló una vez más la imagen que se iba desvaneciendo.

—Gracias, amigas mías. Nunca olvidaré lo que habéis hecho.


FIN


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