Reflexiones

Marion D. Tuttle



Descargos: No soy dueña de Xena, Gabrielle ni ninguno de los personajes aquí mencionados. Son propiedad de Ren Pics y Universal Studio.
Advertencia de subtexto: No es nada descarado, pero a medida que leáis, quedará claro que las dos mujeres de las que aquí se habla están muy enamoradas.
Nota de la autora: Esto es algo nuevo para mí, porque nunca hasta ahora había escrito en primera persona. Quería ver cómo sería una página del diario de Xena si alguna vez decidía empezar a escribirlo. Esto es lo que se me ha ocurrido.
Como siempre, se agradecen comentarios en mariontuttle@hotmail.com

Título original: Reflections. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Si alguien me hubiera dicho hace años que mi vida habría acabado siendo de esta forma, me habría echado a reír. En realidad, seguramente habría atravesado a esa persona con la espada. La idea de sentirme tan en paz conmigo misma no sólo me era ajena. Era algo tan absolutamente improbable que ni siquiera en mis sueños más alocados podría habérmelo imaginado.

Me doy cuenta, mientras estoy aquí sentada reflexionando y escribiendo, de que esto es otra cosa que jamás me habría imaginado a mí misma haciendo. Al fin y al cabo, la comunicación y la expresión de los sentimientos nunca ha sido mi punto más fuerte, ahí es donde destaca Gabrielle. Estoy escribiendo esto por petición suya. Parece creer que podría conocerme mejor a mí misma al escribir algunas de las cosas que llevo dentro desde hace tanto tiempo.

De todas las cosas de mi vida que siento que deberían plasmarse en el papel, una sobresale por encima de todas las demás. Cuando conocí a Gabrielle. La persona en la que me he convertido, las cosas que he sido capaz de hacer... todo eso empezó de verdad con esta pequeña mujer que tuvo el poder de cambiar mi vida. Así que lo correcto es que esta historia empiece con ella.

El día que la conocí amaneció como tantos otros, con un claro sol matutino que se colaba entre los árboles, calentando el mundo de debajo mientras la tierra, despacio pero sin pausa, cobraba vida bajo sus rayos. Un día como otro cualquiera y, sin embargo, totalmente distinto. Yo había emprendido un camino de redención, un viaje para reparar todos los crímenes que había cometido contra personas que conocía y contra absolutos desconocidos. En el fondo de mi corazón sabía que éste era el rumbo que deseaba tomar y también sabía que no iba a ser fácil.

El niño que encontré en el camino sirvió para recordármelo. Lo que contó acerca de una Princesa Guerrera que lanzaba llamas y había matado a sus padres era una exageración, por supuesto. Pero lo cierto es que este niño sirvió para recordarme una cosa. La gente tenía muchas más cosas malas que buenas para recordarme. Me iba a costar mucho recuperar la aceptación y el cariño de la gente que me importaba. Sabía que sólo había una forma de conseguirlo. Tenía que morir, no en el sentido literal, pero la antigua Xena tenía que morir.

Convencida de esto, decidí enterrar mis armas. Fue casi como un ritual para mí, como si al enterrar el acero de mi espada y mi chakram pudiera enterrar la oscuridad que había vivido en mi interior durante tanto tiempo. La verdad es que no sé qué esperaba que ocurriera, si pensaba que podía dar sepultura a mi pasado como por arte de magia. Lo único que no me esperaba era que apareciera una banda de tratantes de esclavos en ese preciso momento.

Retrocedí lo suficiente para ver a estas mujeres, todas jóvenes, conducidas como ganado hasta ese pequeño claro, junto con algunos hombres del pueblo. El líder de esta banda amenazó a los dirigentes del pueblo con la violencia si no les dejaban llevarse a las muchachas. Vi el miedo abyecto en los ojos de estas jóvenes, expresión con la que estaba demasiado familiarizada después de tantos años. Cierto, nunca había matado a mujeres ni niños, pero había creado una buena cantidad de viudas y había dejado a suficientes niños sin padre como para llenar una nación entera.

Ahí había miedo, pero también había algo más. Una joven, en realidad más bien una chiquilla, se apartó de la gente. Se ofreció a sí misma en el lugar de todas las demás muchachas. Por supuesto, el líder se rió de ella y le dijo que se la llevarían a ella y a cualquiera de las demás que quisieran. Pero el valor de esta chica ante lo que estaba ocurriendo era asombroso.

Fue entonces cuando salí de las sombras y me aseguré de que esta comadreja de hombre tuviera muy clara mi intención de evitar que se llevara a estas muchachas a lugar alguno. Luchamos y aparté un momento la mirada para ver que ella también estaba luchando contra los atacantes. Por un instante nuestros ojos se encontraron. Y aunque lo negué durante muchísimo tiempo, incluso a mí misma y a ella, en ese momento se formó un vínculo inquebrantable, un vínculo que ha sufrido y se ha visto sometido a terribles pruebas a lo largo de los años. Aunque ha habido momentos en que parecía que estaba a punto de romperse, siempre ha resistido y de paso se ha hecho más fuerte.

En ese momento recordé algo que hacía mucho tiempo que había olvidado. Luchar no siempre era simplemente un medio para obtener riquezas y obligar a la gente a someterse a tu voluntad. A veces había cosas por las que merecía la pena luchar, simplemente porque eran correctas. La breve distracción de mirar a esta mujer a los ojos me supuso un golpe en la espalda, que me tiró al suelo. Gracias a los años de ensayada disciplina en el combate, conservé la calma y alcancé las armas que acababa de enterrar.

Mi adversario y yo todavía no habíamos cruzado una sola palabra: no era necesario. Por los colores que llevaba sabía de dónde salía. Era uno de los lugartenientes de Draco. Fue un combate breve desde muchos puntos de vista, y dejé que se apartara de la espada con que le apuntaba a la garganta, porque quería enviar un mensaje.

—Dile a Draco que Xena lo saluda.

Por la expresión de sus ojos me di cuenta de que estaba más que sorprendido de haberse librado tan fácilmente. Estaba convencido de que iba a morir.

Saqué mi túnica de cuero del agujero donde la había metido. En este combate había averiguado una cosa: nunca podría enterrar mi pasado. Era quien era y no podía hacer nada para cambiar los acontecimientos que habían tenido lugar. Sin embargo, podía cambiar mi forma de reaccionar ante las cosas en el futuro. Hoy había luchado, como tantas otras veces. Pero hoy no se trataba de mí, se trataba de salvar a otras personas. Sabía que hacer menos sería como socavar mi auténtico ser.

Acompañé a esta gente de vuelta a su aldea. Había sufrido heridas leves en el combate, nada serio en realidad, comparado con algunas de las cosas a las que había sobrevivido. Pero esta joven que tanto me había llamado la atención se empeñó en hacer que me curaran las heridas.

Me machacó a preguntas, que de dónde había sacado mis armas, que cómo las usaba, que dónde había aprendido a dar esas patadas... Son demasiadas para recordarlas todas. En medio de esto, llegó su padre, uno de los dirigentes de la aldea. Su discurso fue breve y directo. Quería que me fuera. Dijo que el pueblo conocía mi reputación y que no querían problemas conmigo. Una vez más, Gabrielle demostró su valentía al enfrentarse a su padre. Le dijo que yo debía descansar. Quiso saber cómo podía tratarme así cuando yo los había salvado. Se plantó allí, una total desconocida, defendiéndome. Sus palabras me conmovieron, aunque me di cuenta de que no tenían el menor efecto en los aldeanos.

Cuando se fueron, me dijo que quería que me la llevara, que le enseñara todo lo que sabía. Una parte de mí quería decirle que sí sin más. Pero, por supuesto, le dije que éste era su sitio. Le dije que el hombre al que estaba prometida parecía un buen hombre. Incluso entonces estaba negando lo que mi corazón deseaba de verdad. Creo que en ese momento tenía miedo: si me había afectado tanto en tan poco tiempo, ¿qué haría si dejaba que se acercara? No podía permitir que sucediera eso, por mi bien y por el suyo, al menos eso es lo que me dije a mí misma.

Me marché, diciéndole que no me siguiera. Mi plan era ir a Anfípolis. Necesitaba arreglar las cosas allí. Quería ver a mi madre, ver si podía rescatar algo de las cenizas que había dejado atrás. Pero antes tenía que pasarme por otro sitio. Recordándolo ahora, sigo sin saber qué me impulsó a acudir a Draco y pedirle que se apiadara de esa pequeña aldea, aparte del hecho de que quería asegurarme de que ella estaría a salvo. Después de lo que había intentado hacer por mí, era lo menos que podía hacer por ella.

Ver a Draco en su tienda me trajo un aluvión de recuerdos, no sólo de mi propia oscuridad, sino de la oscuridad de las personas de las que me había rodeado. Volvió a pedirme que me uniera a él. Pensaba que si uníamos nuestras fuerzas, seríamos invencibles. Si me lo hubiera propuesto pocos meses antes, seguramente habría aceptado. Le pedí que perdonara a la aldea. Hubo unos momentos de silencio tenso, pero por fin cedió, diciendo que tendría misericordia por los viejos tiempos. No conseguía disimular la decepción que sentía. De haberme imaginado lo que tenía planeado, puede que lo hubiera matado allí mismo sin más.

Reemprendí el camino hacia lo que había sido mi hogar, mientras las palabras de Draco resonaban en mis oídos: "No puedes volver a casa". Se había propuesto demostrármelo. Envió a unos hombres para seguirme y ver dónde me dirigía. No tuve problemas en burlar a los imbéciles que había enviado y descubrir que planeaba saquear Anfípolis. Lo que no descubrí era que planeaba hacerlo en mi nombre.

Cuando llegué a lo alto de la colina que hay justo antes de llegar a Anfípolis, me di cuenta de que estaba aguantando la respiración. ¿Qué me encontraría allí? Sólo había una manera de averiguarlo. Al entrar en el pueblo, nadie se fijó realmente en mí. A lo mejor no va a ser tan malo como creía, pensé. Cuando entré en la taberna de mi madre, no tardé en descubrir que no me había imaginado lo peor.

De repente estaba delante de mi madre, apuntada con mi propia espada, que ella había sacado de mi vaina. Por un instante pensé que había llegado mi hora. El azul de los ojos de mi madre soltaba destellos más fríos que el acero de la hoja con la que me apuntaba. Lo único que me dijo fue que las armas no eran bienvenidas en su taberna y yo tampoco.

Ahí tenía la respuesta: aquí no había perdón. Intenté advertirles del inminente ataque de Draco, pero su mente estaba cerrada a mis palabras. El recuerdo de la última batalla sangrienta que yo había dirigido aquí seguía demasiado fresco en su mente. Casi todos habían perdido hijos la última vez que intenté que se defendieran de un ataque. No estaban dispuestos a volver a confiar en mí.

Las cosas se pusieron aún peor cuando llegó un mensajero, declarando que mi ejército estaba quemando los campos del norte. Cuando negué tener hombres en la zona o, en realidad, un ejército, los aldeanos me preguntaron que por qué llevaban mi estandarte.

Vi la ira en sus rostros. Pensé que tal vez Draco tuviera razón, después de todo. Estaba dispuesta a entregarme a ellos, a dejar que llevaran a cabo su venganza y me quitaran la vida si con eso se iban a sentir mejor. Me había parecido ver un destello de perdón en los ojos de mi madre por un instante antes de que entrara aquel hombre y anunciara que mis tropas avanzaban hacia el pueblo quemando todo a su paso. Pero ese destello murió cuando oyó aquello, y con eso mi esperanza de llevar una vida en mi hogar murió también.

Me entregué a ellos, dejando a un lado mis armas. Me quedé ante ellos, indefensa, a la espera de lo que fueran a hacer. Entonces me alcanzó la primera piedra y otras a continuación y supe que así iba a terminar mi vida: en esta taberna, rodeada de la gente que me temía y me odiaba por lo que había llegado a ser.

Entonces la oí avanzar entre la multitud hasta que se colocó delante de mí, como una barrera entre los furiosos aldeanos y yo. Apenas podía creer lo que veía. Prácticamente la había amenazado para obligarla a quedarse atrás y, sin embargo, me había seguido. Entonces no lo sabía, pero ya lo he aprendido. Gabrielle es como una fuerza de la naturaleza. Una vez toma la decisión de hacer algo, no hay nada que pueda detenerla, ni siquiera una amenazadora Princesa Guerrera. Lo gracioso es que durante años acepté la culpa que me atribuía la familia de Gabrielle después de que ésta se marchara de casa. Supongo que una parte de mí aceptaba esa culpa porque me sentía en gran medida responsable de todas las cosas malas que le habían ocurrido desde que se marchó. Pero lo cierto es que nadie, ni siquiera yo, podría haberla obligado a quedarse una vez tomó la decisión de marcharse. Si no se hubiera ido para seguirme a mí, lo habría hecho con otra cosa u otra persona. Gabrielle tenía razón al decir que aquel no era su sitio y que había nacido para hacer cosas mucho más importantes.

Se mostró orgullosa y desafiante y en ese momento a ella le importaba más mi vida que a mí. Les habló de todas las nobles acciones de las que yo había sido responsable al salvar a su aldea. Los aldeanos, por supuesto, dijeron que yo estaba aliada con Draco. Con ese rápido ingenio que tenía, señaló que ése era un motivo más para no matarme. Si realmente estaba con Draco, sólo tenían que pensar en la furia que se desataría si me encontraba muerta. Hizo algo que yo no había logrado hacer, los obligó a escuchar. Lo asombroso para mí es que lo hizo sin utilizar ni un ápice de violencia. Lo único que utilizó fueron sus palabras y su ingenio.

Sin embargo, aún no estaban dispuestos a dejarme organizar una defensa. Querían que me fuera y no querían escuchar más ideas sobre cómo debían proteger a su pueblo. Me marché de la taberna con ella, todavía decidida a dejarla atrás. Sé que suena raro, pero lo cierto es que por un lado aún tenía miedo de dejar que se acercara a mí. Había una luz en esta mujer de la que yo me sentía indigna en cierto modo. Me miró y decidió que podía montarse en Argo detrás de mí.

Le dije que no y ella señaló que había hecho todo este viaje para verme. Cuando le dije que ése era su problema, ella comentó que acababa de salvarme la vida. Era un argumento de peso. ¿Cómo podía rechazar a alguien que acababa de salvarme de morir lapidada?

Bajando el brazo, la ayude a montar detrás de mí. Noté por la rigidez de su cuerpo que no le gustaba estar tan lejos del suelo. Algo me dijo que incluso podía sentir algo de miedo hacia los caballos, pero le hizo frente a pesar de todo. Cuando me preguntó dónde íbamos le dije:

—A ver a mi hermano.

En realidad no íbamos a ver a mi hermano de verdad. Quería visitar su tumba. Siempre me había sentido muy cerca de Lyceus y pensé que podía sacar fuerzas de él. Le hablé, diciéndole que en el pueblo nadie se fiaba de mí, ni siquiera madre. Quería creer que al menos una de las personas a quienes había querido podía ver lo que había dentro de mi corazón y conocer la verdad. Me sentía muy sola y se lo dije. Entonces ocurrió algo que no me esperaba, que ni siquiera me atrevía a pedir en mis oraciones. Detrás de mí resonaron tres sencillas palabras que iban a cambiar mi vida para siempre.

—No estás sola.

Cuando la oí, lo creí. Por primera vez desde hacía años, realmente no estaba sola.

Eso fue hace años, y desde esa sencilla declaración nos han pasado muchas cosas. Ha habido momentos buenos y malos, pero ella siempre ha estado ahí. Ha pasado de ser mi amiga a ser mi amante, mi esposa y mi alma gemela. Nos hemos peleado y ha habido ocasiones en que nos hemos separado. Pero el destino siempre nos ha vuelto a unir. Por muchas cosas que hayan cambiado o puedan cambiar en el futuro, una cosa es segura. Desde el momento en que la conocí, durante el resto de esta vida y en la siguiente, he amado, amo y amaré a Gabrielle.


FIN


Continuación: Comprensión


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