Ojos de ángel

Marion D. Tuttle



Descargos estándar: Los personajes no son míos. El relato sí es mío. No se ha pretendido infringir ningún derecho de autor.
Sí, aquí se cuenta la historia de dos mujeres muy enamoradas. Si eso os molesta, no os conviene leer este relato.
Nota de la autora: Esto es un pequeño ejemplo de autoindulgencia. No hay mucho argumento, no hay conflicto. Dadme unos cuantos días y volveré a la normalidad. Entretanto, espero que disfrutéis leyendo esto tanto como he disfrutado yo escribiéndolo. He encontrado a mi propio ángel, que me ha inspirado esta historia. Esto es para ti, amor.
Como siempre, se agradecen comentarios en mariontuttle@hotmail.com

Título original: Eyes of an Angel. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena estaba echada en su petate mirando a su amiga, que se agitaba inquieta y durmiendo mal. Tuvo que contener el impulso de alargar la mano y tocarla. Los pensamientos la bombardeaban mientras seguía mirando a su amiga dormida. Me he enfrentado a ladrones, monstruos, señores de la guerra y todo tipo de rufián imaginable del mundo conocido. Soy la princesa guerrera, una mujer que inspira respeto por su valor en los corazones de sus amigos y miedo en los corazones y mentes de sus enemigos. Así que ¿por qué no tengo el valor de decirle a Gabrielle la verdad de lo que siento?

Se recriminó a sí misma por la inseguridad que le impedía confesárselo todo a su amiga. Lo último que pensó antes de quedarse por fin dormida fue: No puedo seguir así. Tengo que encontrar un modo de decírselo.

Gabrielle daba vueltas intentando encontrar una postura cómoda, cosa que últimamente cada vez le costaba más. Fingía estar dormida para no tener que enfrentarse a Xena. Últimamente, cada vez que miraba siquiera a la guerrera, sentía un torbellino de emociones que no conseguía comprender ni controlar. Había estado a punto en más de una ocasión de decirle a Xena lo que sentía, pero siempre había habido algo que la había detenido. Sus pensamientos la atosigaban. ¿Cómo es que puedo plantarme ante una sala llena de desconocidos y capturar su atención con una historia tras otra, pero no encuentro palabras para decirle a mi mejor amiga lo que siento? Lo último que pensó antes de quedarse dormida fue: Tengo que encontrar un modo de decírselo.

Por la mañana, ambas mujeres se despertaron con los ojos irritados por falta de sueño. Xena estaba decidida a que pasara lo que pasase, hoy iba a encontrar el modo de hablarle a Gabrielle de su amor. Esto tenía que acabar de una forma u otra. No podía negar que seguía aterrorizada por la idea de que Gabrielle reaccionase negativamente, pero ya no podía continuar en esta especie de limbo.

Xena fue a sentarse al lado de Gabrielle y al ver el cansancio en los ojos de su amiga, se reafirmó en su decisión. Las dos estaban agotadas de vivir en un estado continuo de tensión y eso tenía que acabar.

—Oye, Gabrielle, ¿qué te parece si nos tomamos unos días libres? A las dos nos vendría bien descansar un poco.

—¿Qué se te ha ocurrido?

—Hay un lugar a un día a caballo de aquí que siempre ha sido muy especial para mí. Me gustaría llevarte.

—Me parece bien.

Xena apretó el brazo de la bardo con gesto amable y tranquilizador.

—Estupendo, vamos a recoger y a ponernos en marcha.

Emprendieron sus habituales tareas, dividiéndose el trabajo para recoger el campamento, y al cabo de un cuarto de marca estaban preparadas para marcharse. Xena alargó el brazo desde la silla de Argo.

—¿Quieres montar hoy conmigo? —Sabía que a Gabrielle no le gustaba montar a caballo—. Así ganaremos tiempo —razonó. Gabrielle dudó un momento y luego aceptó la mano de Xena para que la subiera detrás de ella. Si Xena supiera la verdad. Las pocas ganas que tenía Gabrielle de montar se debían no tanto a su miedo a las alturas como al temor de no poder controlar su apasionado deseo por estar tan cerca de la guerrera.

Cabalgaron hacia su punto de destino, las dos sumidas en sus propios pensamientos. Justo antes del anochecer, llegaron al claro que Xena tenía en mente. La belleza extraordinaria que tenía ante ella bastó para dejar a la bardo sin habla. Los árboles formaban un dosel por encima de una cascada de aguas cristalinas que llevaba a un arroyo de agua caliente. Los rayos del sol que se filtraban a través de las hojas colgantes creaban la ilusión de que había una alfombra de diamantes extendida sobre el agua. A medida que el sol se iba hundiendo por el oeste, el claro quedó bañado en un resplandor rosáceo, dándole un aspecto mágico. Xena se colocó detrás de su amiga y le puso las manos delicadamente sobre los hombros.

—¿Cómo es esto? ¿Por fin he encontrado una forma de dejar a la bardo sin voz? —bromeó Xena amablemente.

—Xena —dijo Gabrielle, con un tono evidentemente atónito—. Este sitio es magnífico. ¿Cómo lo conocías?

—Bueno, supongo que podríamos decir que técnicamente me pertenece.

La bardo se quedó absolutamente pasmada ante esta revelación.

—¿Tú eres dueña de esto?

—Sí.

—¿Cómo?

Ahora o nunca, se dijo Xena, respirando hondo. Xena empezó a explicárselo.

—Hace años, cuando todavía era una señora de la guerra, tuve un encuentro con una mujer, un oráculo, que había sido herida por una brutal banda de salteadores. Por malvada que fuera, me empeñaba en no perseguir nunca a las mujeres y los niños. Cuando vi que estaba a punto de morir, pensé en hundirle la espada en el corazón para acelerar su fin.

Gabrielle la miró con expresión horrorizada y Xena supo de inmediato que no había comprendido lo que quería decir con esa declaración. Se apresuró a corregir su impresión.

—Sé lo que estás pensando, pero yo sólo pensaba en una forma de acabar con su dolor. Estaba tan malherida que no había nada que yo pudiera hacer. Pensé que una muerte rápida sería más misericordiosa que tenerla esperando durante ni se sabe cuánto tiempo mientras la vida se escapaba poco a poco de su cuerpo.

La bardo se relajó. Xena no se había comportado como un monstruo. Había intentado ahorrarle sufrimientos a la mujer. Que estuviera o no de acuerdo con el método elegido era otro tema. Pero lo importante, en opinión de Gabrielle, era que por equivocados que estuvieran sus planteamientos, Xena había intentado ser misericordiosa. La guerrera continuó.

—Justo cuando había levantado la espada para terminar lo que había empezado un rufián de mala vida, me quedé cegada por una increíble luz blanca. Cuando recuperé la vista, estaba aquí, con el oráculo herido a mi lado. Ya no estaba herida y parecía bien sana. Me habló sin hablar de verdad. Sus pensamientos me dijeron que había estado esperándome. Que yo estaba destinada a ser mucho más de lo que era. Por supuesto, dado cómo era yo, me reí en su cara.

Al pensar en cómo debió de ser ese encuentro, Gabrielle reprimió un escalofrío interno. Justo cuando creía que no era posible que Xena le dijera nada que pudiera sorprenderla sobre su antigua vida como señora de la guerra, iba Xena y se lo decía.

—Me dijo que éste era un lugar que traería paz y luz a mi corazón y por gratitud quería entregármelo como regalo. Por supuesto, yo le dije que estaba loca, que nadie renunciaba a algo tan bello sin condiciones. —Xena hizo una pausa para organizar sus ideas y luego continuó—. Fue entonces cuando me dijo que tenía razón, que había una condición. Me preguntó si sabía lo que eran los ángeles. Me quedé desconcertada y entonces me dijo que eran criaturas divinas enviadas para proteger a la humanidad.

Cuando Xena no continuó hablando, Gabrielle levantó la mirada y vio que la guerrera tenía los ojos llenos de lágrimas. No quería presionarla, pero una voz interior le dijo que tenía que oír el resto de la historia. Abrazando a su amiga con dulzura, la animó en voz baja.

—Tranquila, Xena, sigue.

Xena se enjugó las lágrimas de los ojos y acarició la cara de Gabrielle con la delicadeza de una pluma. Tenía que terminar.

—Me dijo que quería que este lugar fuera mío, pero como era un lugar de paz y de luz, no podría decir que era mío hasta que encontrara esas cosas en mi propio corazón. Cuando me estaba apartando de ella, diciendo que eso no ocurriría jamás, ella me dijo que algún día conocería a una persona con ojos de ángel que liberaría mi corazón y mi alma, que pasarían a ser suyos. Por supuesto, no hice caso de todo aquello, pensando que era imposible.

La bardo empezaba a comprender y aguantó la respiración, rezando para que esto no fueran meras ilusiones que se estaba haciendo.

—¿Qué intentas decir, Xena?

Su mano pasó de la mejilla de Gabrielle a su nuca, acercándola más.

—Lo que digo, Gabrielle, es que he encontrado a esa persona. Tú eres mi ángel y estoy total y absolutamente enamorada de ti. Tú eres la persona que posee mi corazón y mi alma.

Los claros ojos azules se encontraron con los ojos verdes como el mar. De los ojos de ambas mujeres manaban ahora las lágrimas.

—Xena, llevo tanto tiempo esperando oírte decir que sientes lo mismo que yo. Te amo... —Su declaración fue interrumpida por un par de labios cálidos con una tierna demanda. Xena besó cálidamente la boca de la bardo y su mandíbula y bajó por su garganta. No podía creer que le temblaran las manos mientras depositaba a su amiga en el suelo.

—Gabrielle, por favor, déjame hacerte el amor.

—Oh, sí, Xena, yo también te deseo.

La guerrera sintió que le iba a estallar el corazón de la alegría que sentía. Sus labios volvieron al tierno asalto que estaba desatando sobre la carne acalorada de Gabrielle mientras sus manos se esforzaban por liberar los pechos de la bardo de los confines de su corto corpiño verde. Tocó con los dedos los pezones hinchados y Gabrielle soltó un gemido entrecortado.

—Xena, por favor...

—¿Por favór qué, ángel mío?

—Tómame... por favor... ahora... estoy ardiendo por ti.

Xena metió la mano por debajo de la falda de su amante y encontró la cálida humedad que la esperaba.

—Dioses, Gabrielle, qué húmeda estás.

La bardo estaba perdiendo rápidamente la facultad del habla y lo único que logró fue farfullar tres palabras.

—Es... culpa... tuya.

Xena hundió dos dedos con fuerza y rapidez en Gabrielle, haciendo que la bardo arqueara la espalda, separándola del suelo. Sabía que Gabrielle estaba a punto, de modo que aumentó la presión.

—Córrete por mí, amor... hazlo ya.

Esas palabras bastaron para lanzar a Gabrielle por el precipicio. Gritó su orgasmo a los cielos, sujetándose a Xena como si le fuera la vida en ello. El corazón le latía con tal fuerza en el pecho que pensó que se le iba a salir de las costillas.

Xena la acunó contra su cuerpo mientras esperaba a que su amante recuperara la respiración.

Cuando volvió en sí, sorprendió a la guerrera tumbándola boca arriba y vio un destello risueño en los ojos de Xena. Gabrielle le dijo:

—No creerías que te iba a dejar toda la diversión a ti sola, ¿verdad?

Bajó la túnica de cuero por el cuerpo de Xena, siguiendo el camino de la ropa con los labios. Xena estaba ya en un estado tal de deseo apasionado que cada caricia amenazaba con provocarle un frenesí.

—Gabrielle, no puedo esperar... ¡te necesito ahora mismo!

Al sentir la necesidad de su amante, Gabrielle bajó la mano para cubrir el centro del deseo de Xena y el calor amenazó con quemarle los dedos.

—Dioses, qué caliente estás.

—Por favor... —Cogió la muñeca de Gabrielle, indicándole lo que necesitaba, y repitió—: Por favor...

La bardo quería llevar a su amante a las mismas alturas que había experimentado ella. Metió los dedos dentro de Xena y obtuvo un profundo rugido de satisfacción.

—Oh, sííííí, más fuerte.

Unas cuantas embestidas más de una mano amorosa y Xena tuvo un orgasmo que la estremeció hasta la médula.

Se quedaron echadas juntas, gozando del bienestar tras haber hecho el amor, abrazadas la una a la otra. Xena besó a Gabrielle con ternura.

—Te quiero tanto, desde hace mucho tiempo.

—Yo siento lo mismo, amor.

Miró a la bardo a los ojos.

—El oráculo tenía razón. Tienes ojos de ángel.


FIN


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