Después de la cruzada

Marion D. Tuttle



Descargo: Este relato ocurre justo después del episodio La cruzada. Aunque el episodio me gustó, en mi mente quedaron muchas preguntas sin respuesta. Sabiendo que nos esperaban varias semanas de repeticiones, decidí escribir mi propio final. Esto es lo que ocurrió en mi mente.
Advertencia sexual: Como siempre, escribo desde el supuesto de que éstas son dos mujeres cuya relación va más allá de los límites de una simple amistad. Si esta idea o la de dos mujeres enamoradas os ofende, estoy segura de que podréis encontrar algo más acorde con vuestros gustos entre todas las buenas historias que hay ahí fuera.
mariontuttle@hotmail.com

Título original: After the Crusade. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


—¿Le has contado lo de la visión? —Los claros ojos azules de Xena captaron la atención de la mujer que estaba atada ante ella.

—No, no se lo he contado. Eso le haría daño y yo no se lo haría jamás. Eso es cosa tuya. —Incluso en el tono delicado empleado por la rubia, el desprecio que sentía estaba claro. Era evidente que aún creía que su forma de ocuparse de los ladrones y los tratantes de esclavos era la correcta.

Xena pensó en decirle algo más a la mujer. Pero con sólo mirarla, supo que nada de lo que le dijera tendría importancia. Lo que más molestaba a Xena era que algunas de las cosas que había dicho esta cruzada contenían un germen de verdad.

Dándose la vuelta, la dejó allí plantada, aguardando el juicio del gobierno local. Se reunió con Gabrielle y las dos se alejaron juntas, sin que ninguna de las dos oyera las palabras transmitidas en un susurro.

—Te perdono, Gabrielle.

Las dos mujeres caminaban en silencio, mientras los recientes acontecimientos les recordaban una vez más lo distintos que eran en realidad sus puntos de vista sobre la vida. Cada una iba sumida en sus propios pensamientos.

En el caso de la bardo, ésta se echaba a sí misma gran parte de la culpa de lo que había ocurrido. ¿Cuándo aprenderé?, pensó. Unas pocas palabras sobre "la Paz y la Luz" y allá voy. Mira lo que pasó en Britania con Krafstar. Luego traiciono a Xena en Chin, en aras de salvarla de sí misma. Por mi culpa, Xena estuvo a punto de morir... otra vez. Ni siquiera puedo enfadarme con Xena por pensar que tal vez quería quedarme con Najara. Quiero echarle la culpa... pero dado cómo he actuado, ¿qué otra cosa podía pensar? Sobre todo si oyó la conversación junto al lago.

Mirando de reojo a su amiga, dejó vagar las ideas. ¿Cómo puedo seguir diciéndole a Xena que tiene que abrirse y expresar sus sentimientos cuando yo misma me he estado ocultando cosas? Gabrielle estaba tan absolutamente ensimismada que ya ni siquiera prestaba atención a lo que la rodeaba. Aunque, en justicia, ni yo misma sabía a ciencia cierta qué era lo que hacía que me sintiera así. Sabía que en mi vida faltaba algo. Pero hasta que Xena volvió y Najara estuvo a punto de matarla, no supe lo que era.

Xena estaba librando su propia batalla con su conciencia. ¿Cómo pudo engañarme hasta el punto de haberle confiado el cuidado de Gabrielle? Sintió que la atravesaba una punzada de culpa. En realidad Gabrielle no necesita que la cuiden, al menos no como en otra época. Ya no es esa inocente chiquilla campesina que me necesitaba para que la protegiera. Yo la he cambiado y ya no puede volver a ser como era antes, lo mismo que yo... Nunca quise que la oscuridad que había dominado mi vida tanto tiempo y había retorcido mi alma la tocara, pero así ha sido. Ahora ha cambiado para siempre, y todo por culpa mía.

Las dos estaban cansadas, pero ninguna de ellas quería detenerse. Si había algo en lo que en ese momento habrían estado de acuerdo era en que querían alejarse todo lo posible de la cueva donde había tenido lugar la lucha.

Montando a lomos de Argo, Xena se inclinó y le ofreció la mano a Gabrielle. Subiéndola a la silla detrás de ella, dijo:

—Avanzaremos más si vamos a caballo.

Puso a Argo a un galope corto. El ritmo del caballo debajo de ella sumió de nuevo a Gabrielle en sus pensamientos. Tengo que decirle a Xena lo que he estado sintiendo. Callarnos los secretos es lo que siempre nos ha causado problemas.

Una vez decidida a hablar con Xena de lo que llevaba un tiempo sintiendo, empezó a relajarse. Los cascos de Argo se comían el camino mientras seguían adelante. Cuando de pronto se encontraron un arroyo, Xena detuvo a su montura.

—Éste es un buen sitio para acampar, no tardará en anochecer. A ver si encuentro algo para cenar.

Xena se bajó de la silla. Al ayudar a Gabrielle a desmontar, notó su cuerpo que se deslizaba contra el suyo. Sacudiendo la cabeza para aclararse las ideas, se dijo a sí misma: Las fantasías no nos van a servir de nada a ninguna de las dos. Dejarla con Najara estuvo mal, ahora lo sé. Pero si no es feliz conmigo, tengo que encontrar una manera de dejarla marchar.

Salió de su ensimismamiento al oír la voz de Gabrielle.

—Xena, tengo algunas provisiones en las alforjas. Podemos arreglarnos con eso por esta noche. Creo que tenemos que hablar.

Ahí estaba, a las claras y con franqueza. Gabrielle estaba dándole vueltas a algo. Lo mejor es acabar con ello lo más rápido posible, pensó Xena. Al menos puedo dejarla sana y salva en la próxima aldea.

—Vale, Gabrielle, pero primero deja que me ocupe de Argo.

Tras llevar a su montura hasta un pequeño grupo de árboles que la protegería de los elementos, Xena se puso a hablar mientras quitaba la silla del lomo de Argo. Sabía que el caballo no podía entenderla, pero sentía una conexión con la yegua y a veces se sentía mejor cuando se desahogaba con Argo.

—¿Cómo voy a superar esto, Argo? —Rascó al fiel animal mientras hablaba—. Ya me costó oírle decir que faltaba algo en su vida. No sé si puedo soportar mirarla a los ojos cuando lo diga. —Argo asintió, casi como si comprendiera la angustia de su dueña—. Bueno, chica, retrasarlo no va a cambiar las cosas.

Tenía el corazón apesadumbrado al darse la vuelta y regresar al campamento. Gabrielle ya había encendido una hoguera y había preparado un sencilla comida a base de carne seca, pan y queso. Un cazo con agua y hojas de té se calentaba encima de las llamas.

Sentándose en un tronco caído, Xena se puso a comer en silencio. Aceptó la taza de té que le ofreció Gabrielle. Se quedó allí sentada, esperando a que la bardo hablara y volviera a romperle el corazón. ¡Maldita sea Najara! ¿Por qué no podía ser lo que parecía? Ahora yo estaría sola, pero al menos Gabrielle estaría a salvo y feliz.

—¿Xena? ¿Has oído una sola palabra de lo que he dicho?

—Oh. Perdona, Gabrielle... es que estaba pensando.

Gabrielle se recostó un poco. Ahora que estaba segura de que contaba con la atención plena de la guerrera, asintió.

—Sí, sé a qué te refieres. Yo también lo he estado haciendo mucho últimamente.

Percibiendo lo que se avecinaba, Xena intentó hacerse fuerte para aguantar el dolor que sabía que iba a sentir.

—No tenías pensado volver después de tu misión contra Marat, ¿verdad?

Xena se quedó desconcertada. Se había preparado para oír a Gabrielle repetir lo que le había dicho a Najara junto al lago. Sólo porque esa mujer no hubiera resultado ser todo lo que Gabrielle creía que era, eso no cambiaba el hecho fundamental de que Gabrielle sentía que necesitaba algo que no estaba obteniendo con su vida en los caminos con Xena.

Lo último que se esperaba era que Gabrielle fuera a poner en entredicho sus acciones. Antes de poder plantearse siquiera lo que debía contestar, soltó la pura verdad.

—No, Gabrielle, no pensaba hacerlo.

—¿Por qué, Xena?

No era así como había previsto que trancurriera esta conversación.

—Era por tu...

—¡No te atrevas a decir que era por mi propio bien!

Xena se quedó sorprendida por la vehemencia del tono de Gabrielle. ¿Detectaba algo de furia? Bajó los ojos al suelo.

—Creía que era lo que tú querías.

Gabrielle se movió para sentarse más cerca de ella. Al sentarse, su brazo rozó a la guerrera. Sintió que la atravesaba la misma descarga que siempre sentía cada vez que tocaba a Xena. Apartando el pelo oscuro de los ojos a los que le encantaba mirar, dijo en un tono más suave:

—¿Pero cómo podías saber lo que estaba pensando? Ni yo misma lo he sabido hasta hoy.

La guerrera estaba cada vez más confusa. Normalmente adivinaba los pensamientos y emociones de las personas casi nada más conocerlas. Pero los acontecimientos de los últimos meses, la muerte de Gabrielle y su misterioso regreso con ella, la habían dejado estremecida e insegura de sí misma. Y ahora la persona a la que creía conocer mejor que a nadie en el mundo la estaba dejando totalmente descolocada.

—¿Qué quieres decir, Gabrielle?

—Quiero decir que llevo ya un tiempo sintiendo que faltaba algo en mi vida. No conseguía averiguar qué era, parecía como si tuviera un agujero que no podía llenar. Era como si quisiera algo que estaba fuera de mi alcance.

Xena notó que se le formaba un nudo en la garganta.

—Ya lo sé, te oí decírselo a Najara junto al lago.

Gabrielle advirtió que Xena tenía los ojos brillantes de lágrimas sin derramar.

—¿Por eso te marchaste?

Incapaz de mirar a la bardo a los ojos, Xena contestó:

—En parte, sí.

Gabrielle notó que su frustración iba en aumento.

—¡Maldita sea! ¿Por qué siempre acabamos igual la una con la otra?

—¿Igual cómo?

—Sin comunicarnos. Parece que siempre nos estamos guardando nuestros sentimientos, intentando protegernos mutuamente. ¿De qué? ¿Por qué no podemos decir sin más lo que estamos pensando, en lugar de hacer todo lo posible por evitar el tema?

La guerrera sabía hacia dónde se dirigía la conversación. Siempre había intentado proteger a Gabrielle. Siempre había hecho el esfuerzo de no revelar demasiado cuando creía que eso podía causar preocupación a su amiga o ponerla en peligro. El gran problema que tenía eso, con bastante frecuencia, era que los esfuerzos de Xena por proteger mediante la omisión solían causar más dificultades de las que resolvían. Encogió un hombro, incapaz de presentar un argumento para rebatir lo que había dicho Gabrielle.

—No sé qué decir, Gabrielle. Tienes razón. Parece que cuanto más intento protegerte, más daño acabo haciéndote.

Por primera vez, Gabrielle empezaba realmente a ver el problema desde el punto de vista de Xena. Ahora sabía que la única forma en que iban a poder seguir avanzando era hablando. De todo, sin guardarse nada. Sólo tenía que conseguir que Xena se diera cuenta. Gabrielle se había estado enfrentando a los sentimientos que tenía y preguntándose si tenía derecho a tenerlos, y Xena seguía atormentada por los demonios de su pasado.

—Creo que me hago una idea de lo que has estado pasando, porque yo también he estado pasando por ello. Aunque hemos hablado de todo lo que ocurrió el año pasado y nos hemos perdonado mutuamente, creo que no nos hemos perdonado a nosotras mismas.

La idea no le resultaba ajena a Xena. Todavía había noches en las que se veía acosada por las pesadillas de lo que le había hecho a su mejor amiga. Lo que le sorprendía era oír que Gabrielle todavía tenía sentimientos de culpa.

—Sé que tienes razón, al menos en mi caso eso es parte del problema. Pero hace ya mucho tiempo que noto que estás buscando algo. Vi cómo se te iluminó la cara cuando Najara habló de abrir un hospicio. Eso es algo que yo no te puedo dar...

Alzando la mano para que callara, Gabrielle dijo:

—Todo lo que has dicho es cierto, Xena, pero como he dicho antes, llevo mucho tiempo sintiendo que me faltaba algo, pero hoy me ha quedado claro lo que era. Eras tú.

Esas palabras llamaron más la atención de Xena que todo lo que se habían dicho hasta el momento.

—¿Cómo que era yo? Siempre he estado aquí.

—Sí, así es. Has sido mi mejor amiga, mi protectora, mi maestra, hasta mi enemiga durante un breve período de tiempo. Has sido de todo menos lo único que quería y necesitaba más... No puedo echarte en cara que estés confusa, porque yo misma acabo de caer en la cuenta. Lo único que deseo de ti más que nada...

El color inflamó las mejillas de la guerrera. De repente sintió que no podía respirar. Se acercó más para poder mirar a las profundidades verdes como el mar de los ojos de esta mujer. La mujer que se había apoderado de su corazón, haciendo que latiera tan fuerte en este momento que notaba cómo le golpeaba las costillas.

—¿Qué, Gabrielle? ¿Qué es lo que deseas de mí?

Todo su dominio del idioma como bardo le falló. Todo lo que había guardado en su interior durante tanto tiempo salió de golpe.

—Te quiero, Xena. Sé que eso es algo que ya nos hemos dicho la una a la otra. Pero lo que intento decir es que estoy enamorada de ti. Me quedó tan claro cuando te vi herida, no podía dejar que te matara... No sólo porque eras mi mejor amiga, sino porque si hubieras muerto, perderte habría acabado conmigo.

Esta confesión hizo que las lágrimas resbalaran a chorros por las mejillas de Xena.

—Cuando volví en mí y vi que te habías ido, creí que habías elegido.

El dolor que Gabrielle vio en los ojos de Xena le atravesó el corazón. En ese momento se dio cuenta: Ella también me ama. Tengo que hacerlo bien. Ya hemos sufrido suficiente dolor y suficientes malentendidos. Le dijo a la guerrera:

—Mi única preocupación al ver lo malherida que te había dejado era apartarla de ti. Le dije lo que quería oír para conseguir que se fuera. Sabía que si no conseguía sacarla de allí, te iba a matar. Le dije que me quedaría con ella, que tu lado oscuro me daba miedo. Tenía que hacer que creyera que quería dejarte atrás y seguir adelante con mi vida. Así que le dije que aunque sabía que tenía que seguir adelante, nunca podría vivir con alguien que te hubiera matado.

Al ser una mujer de acción, Xena nunca se había quedado sin saber qué hacer, siempre había tenido un plan, pero lo que le acababa de contar Gabrielle la dejaba sin saber qué hacer a continuación. Ante ella, desnudando su alma, estaba la mujer que había conseguido colarse dentro de los muros cuidadosamente construidos que Xena había levantado en torno a su corazón hacía tantos años. Xena llevaba mucho tiempo enamorada de Gabrielle. Lo cierto era que no recordaba un momento en que no hubiera amado a la pequeña rubia. Pero se había contenido. Creía que Gabrielle nunca podría sentir lo mismo por ella. Nunca había querido exponer a esta mujer, que para ella era la luz de su vida, a la oscuridad interior que todavía rugía dentro de ella y que luchaba por controlar cada día. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la voz de Gabrielle.

—Pero sí que tengo una pregunta. Si creías que ya había tomado una decisión, cuando te despertaste, ¿qué te impulsó a venir detrás de mí?

—Después de que Marat me contara la verdad sobre Najara, supe que no podía dejarte con ella. Aunque no quisieras venir conmigo...

Gabrielle cerró los ojos y tomó aliento para calmarse. Las dos habían sufrido mucho. Se preguntó por un instante si alguna vez lograrían dejar atrás todo el dolor y estar realmente juntas. Sus dudas no duraron mucho. La realidad era que Xena y ella estaban destinadas a estar juntas. No iba a ser fácil, pero sabía que merecería la pena.

Cogiendo la cara de Xena entre sus manos, acarició con ternura las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Lo supe en el momento en que volviste a entrar en ese edificio. Te miré y supe lo que había estado echando en falta. Aunque Najara hubiera sido todo lo que parecía, me habría ido de allí contigo. Sentí terror cuando vi la paliza que te daba. Nadie hasta ahora había conseguido batir tus defensas de ese modo.

—Supongo que estaba distraída. Creía que te había perdido.

En ese momento sus ojos se encontraron y todo el dolor y las traiciones desaparecieron. No había nada en el mundo que les importara salvo este momento en el tiempo y ellas mismas. Gabrielle se acercó hasta que sus labios casi se tocaron. Su aliento se mezcló. Era casi como si las dos tuvieran miedo de acercarse más y romper el hechizo.

—Gabrielle, sabes que si damos este paso, ya no habrá marcha atrás. Si te hago el amor, para mí va a ser para siempre.

—Para mí también, Xena. Tú eres lo que necesito para sentirme completa. Ya eres parte de mí. —Con eso, cubrió la pequeña distancia que las separaba. Sus labios entraron en contacto por primera vez y fue como si a las dos las atravesara un rayo. Las manos de Xena subieron por los costados de Gabrielle y se cruzaron sobre su espalda, acercándola más. Se quedaron así durante lo que pareció una eternidad, juntando los labios en un beso tras otro, con suavidad al principio y luego cada vez con mayor exigencia.

Las dos oían el rugido de la sangre martilleándoles los oídos. Xena sorprendió a Gabrielle levantándose y cogiéndola en brazos de un solo y ágil movimiento, sin interrumpir ni un momento el contacto del beso. Mirando a su alrededor, sus ojos se posaron en lo que estaba buscando. Acunando a Gabrielle contra ella, se dirigió a un lecho suave y espeso de musgo. Tumbó a la bardo y cubrió su cuerpo más pequeño con el suyo.

Xena miró con ternura a la mujer que estaba a punto de convertirse en su amante. Estaba preparada para preguntarle a Gabrielle si esto era lo que realmente quería, pero cuando vio la expresión de deseo no disimulado en esas profundidades verdes, lo supo. Gabrielle deseaba esto tanto como ella. Se sintió obligada a decirle:

—Nunca seré un ejemplo de amor y luz para el mundo, pero te prometo que siempre intentaré hacer lo correcto. Intentaré no volver a hacerte daño nunca más.

Tocando la cara que había invadido sus sueños, Gabrielle contestó:

—Ya sé que no eres un dechado de virtudes, Xena. Eres una mujer de carne y hueso que ha causado y sufrido más daño del que un ser humano debería ver jamás. Eso es lo que adoro de ti, Xena. Es fácil ser bueno cuando no se ha sufrido nada. Pero incluso con todo lo que te ha pasado, la bondad de tu corazón se ha mantenido y ha salido a la superficie.

Acercando más a Gabrielle, Xena le susurró al oído:

—No sé qué me hizo pensar que podría dejarte.

—No puedes, estamos destinadas a estar juntas. Somos parte la una de la otra.

Sus caricias ligeras iban siendo cada vez más ansiosas.

—Necesito sentirte, Gabrielle. —Las fuertes manos empezaron a soltar con destreza los cordones de la parte delantera del corpiño de la bardo. Cuando la barrera de tela fue eliminada, unos pechos llenos quedaron libres. Fueron recibidos por unos labios deseosos que se habían visto privados de este placer demasiado tiempo. El corazón de Gabrielle latía con fuerza bajo las costillas, con tanta fuerza que Xena notaba el ritmo contra sus propios pechos.

Su lengua acarició un pezón que se iba poniendo más duro con cada segundo que pasaba. Gabrielle arqueó la espalda mientras con la mano empujaba la cabeza de Xena, acercándola más y haciendo todo lo posible por incrementar el contacto. Cada caricia sobre sus pechos provocaba oleadas de placer en todas sus terminaciones nerviosas. Notaba la humedad que se iba acumulando entre sus piernas. Su experiencia con el sexo era limitada y no sabía muy bien qué era lo que deseaba. Sólo había dos cosas a estas alturas que sabía con certeza. Había una presión cada vez mayor dentro de ella que necesitaba liberarse y Xena era la única que podía darle el alivio que tanto ansiaba.

Notó que el cinturón que le sujetaba la falda se soltaba y desaparecía, rápidamente seguido de la falda, las bragas y las botas. Xena se sentó sobre los talones, contemplando la visión del cuerpo desnudo de Gabrielle. La débil luz del sol poniente daba a su piel un resplandor casi incandescente.

—Por los dioses, eres preciosa.

Gabrielle le sonrió dulcemente.

—¿Dónde he oído eso antes?

—Sí, pero yo no he estado comiendo pan de nueces drogado —bromeó Xena a su vez.

La expresión de Gabrielle se puso más seria.

—Bueno, ahora no estoy afectada por nada salvo por esos ojos tuyos y sigo pensando que eres la mujer más bella que se ha creado jamás. —Volvió a sonreír—. Por no mencionar el hecho de que me parece que llevas un gran exceso de ropa.

Xena se miró su propio cuerpo, cubierto de cuero y armadura.

—Vaya, ¿y qué crees que deberíamos hacer al respecto?

Gabrielle se incorporó lo suficiente para alcanzar las hebillas que sujetaban la armadura de la guerrera. Había realizado esta tarea concreta en muchas ocasiones anteriores, pero esta vez sentía más... deseo de quitar de en medio la armadura. Una vez quitado el peto de bronce, se detuvo. En sus ojos se veía el hambre al bajar los tirantes de cuero por los brazos de Xena. A continuación bajó el corpiño, desnudando a la guerrera hasta la cintura.

Rozando con las manos el regalo que se le ofrecía, se maravilló ante la textura y la sensación de la piel de Xena bajo los dedos. Los pezones que tocó se endurecieron con el contacto.

Xena habría empezado controlando la situación, pero la cosa estaba cambiando rápidamente. Ni siquiera se percató de que su peso cambiaba hasta que sintió la tierra fresca en la espalda y el peso del cuerpo de Gabrielle encima de ella. Las manos de la bardo recorrieron el cuerpo de Xena al tiempo que, con rápidos movimientos, le quitaba a Xena el resto de la ropa hasta que quedó tan desnuda como ella.

Sus labios y sus dedos trazaron cálidos círculos sobre la piel acalorada, haciendo que la guerrera gimiera profundamente y jadeara sin aliento.

—Te deseo, Xena...

Xena miró a los ojos a los que había entregado su alma. Advirtió una levísima vacilación.

—¿Qué ocurre, Gabrielle? —Su mayor temor era que la bardo estuviera cambiando de opinión. De ser así, necesitaba saberlo, pues jamás forzaría a Gabrielle—. Si no estás preparada para esto...

—Oh, estoy más que preparada para hacerte el amor, Xena. Es que no estoy segura de saber cómo y no quiero decepcionarte.

Xena soltó un suspiro de alivio.

—Todo lo que has hecho hasta ahora ha sido maravilloso, Gabrielle. Me da tanto gusto sólo de sentir que me tocas. —A la guerrera se le ocurrió una idea—. ¿Alguna vez te has dado placer a ti misma?

Por las mejillas de Gabrielle empezó a subir un rubor.

—¡Sí que eliges un buen momento para preguntarme eso!

Al ver la incomodidad de su amor, Xena se apresuró a tranquilizarla.

—No quería avergonzarte. Sólo quería decirte que todo lo que te da gusto a ti seguro que me va a dar gusto a mí. Tócame como te gustaría que te tocara yo.

Con la cara iluminada por una sonrisa, Gabrielle empezó a mover las manos una vez más por el cuerpo de Xena, añadiendo rápidamente los labios y la lengua. Colocó mejor el cuerpo entre las piernas de Xena, empujando hacia delante con las caderas. Se movió hasta unir la humedad de sus centros. Apartándose ligeramente, repitió el movimiento. Se daba cuenta por las reacciones de Xena de que esto daba tanto placer a la guerrera como se lo daba a ella. Guiada ahora por el puro instinto, se movió hasta colocar el muslo bien pegado al centro de Xena.

—Dioses, Gabrielle, me estás volviendo loca... —jadeó Xena.

Gabrielle lo interpretó como buena señal y mantuvo la presión constante al tiempo que sus labios viajaban entre la boca y los pechos de Xena. Ésta nunca en su vida había estado tan dispuesta a ceder el control. No le faltaba experiencia sexual, pero siempre había mantenido una parte de sí misma fuera del alcance de sus amantes. Para ella, el sexo siempre se había empleado como herramienta, para obtener lo que quería de alguien, nunca como expresión de amor, nunca hasta ahora. Ahora descubría que quería entregar no sólo su cuerpo, sino también su corazón y su alma.

Notó que se acercaba al orgasmo. Sólo necesitaba una cosa más y la necesitaba ya. Colocando la mano de Gabrielle entre sus piernas, le dijo:

—Necesito sentirte dentro de mí, Gabrielle... tómame, por favor.

Los dedos de la bardo penetraron a Xena, moviéndose hacia delante y hacia atrás, despacio al principio y luego cada vez más rápido hasta que sintió que los músculos de su amante empezaban a contraerse alrededor de su mano.

Xena estaba perdida en el placer que recibía. Gritó:

—Ga... bri... elle...

Sintiendo las oleadas de sensación, su cuerpo se estremeció por la fuerza de lo que le estaba pasando.

Abrazando a Gabrielle, Xena la besó con una pasión que nunca hasta entonces había sentido. Volvía a sentir deseo, pero esta vez lo que quería era provocar esta sensación del Elíseo en Gabrielle. Ahora estaba encima y fue besando a Gabrielle por la mandíbula y la garganta. El pulso acelerado de Gabrielle latía contra los labios de Xena mientras la besaba.

—¿Esto te da gusto, amor?

Gabrielle tragó, intentando recuperar la voz.

—Diosa santa... me da mucho más que gusto.

Moviéndose para atrapar un pezón entre los dientes, Xena lo mordisqueó levemente. Sabía que Gabrielle no iba a poder aguantar mucho más. Se dio cuenta de que con unas pocas caricias más cruzaría la línea. Intentando controlar su propio deseo, bajó aún más por el cuerpo de Gabrielle. Separándole delicadamente los muslos, bajó la cabeza. Sacó la lengua para lamer el néctar que manaba abundantemente del cuerpo de la bardo justo antes de cerrar los labios en torno a la perla de su deseo.

—¡Xeennaa... por favor!

Xena no necesitaba preguntar lo que quería su amante, lo sabía y estaba más que dispuesta a dárselo. Con los movimientos de la lengua, le dio lo que necesitaba: un maravilloso orgasmo.

Subiendo de nuevo por el cuerpo tembloroso de su amante, la cogió entre sus fuertes brazos, estrechándola. Levantó la vista hacia las estrellas del cielo mientras esperaba a que a las dos se les calmara el corazón. Se dejó inundar por una sensación de auténtico contento al tiempo que besaba ligeramente a Gabrielle en la sien.

—Te amo, Gabrielle.

—Y yo te amo a ti, Xena. Ahora sé que mi espíritu, mi corazón, mi hogar, todo lo que voy a necesitar jamás está aquí mismo, en tus brazos.

—Yo siento lo mismo, amor mío.

Se quedaron dormidas, sintiéndose a salvo al saber que su búsqueda las había llevado a este punto y que dondequiera que las llevaran sus viajes, todo lo que necesitaran lo encontrarían la una en la otra.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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