Confesiones al caer la noche

Marion D. Tuttle



Descargos: Esto es un breve relato que lleva un poco más lejos el gesto de asentimiento que se ve al final de La maternidad. Siempre he pensado que debería haber habido una conversación entre Ares y Xena que resolviera un poco todo lo que había pasado.
Espero que os guste. Como siempre, se aceptan comentarios en mariontuttle@hotmail.com

Título original: Confessions After Twilight. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


La noche había caído tras lo que probablemente acababa de ser el día más largo al que se habían enfrentado juntas Xena y Gabrielle: la batalla por la vida de Eva y la de ellas mismas, la propia batalla de Gabrielle contra las Furias y la muerte de casi todos los dioses. Todo parecía irreal, y Gabrielle repasó los hechos de las últimas semanas, desde que se despertaron en su tumba de hielo. Se le escapó un leve suspiro. Si alguien le hubiera dicho seis años antes... no, veintiséis años antes, teniendo en cuenta el tiempo que habían pasado literalmente muertas para el mundo... que su vida habría resultado de esta manera, le habría dicho a ese alguien que estaba loco. Siempre había sabido que estaba destinada a ser algo más que la simple esposa de un granjero. Pero jamás se habría imaginado, en aquel entonces, que iba a acabar donde estaba.

Xena había estado observando el silencioso abanico de emociones que se desplegaba por el rostro de su amante. Ella misma había estado ensimismada. Habían ocurrido tantas cosas con las que no contaban. Tantas cosas que deberían haberlas separado y que en ocasiones casi lo habían conseguido. Pero de algún modo habían logrado superarlo todo, juntas. Esa noche, cuando las tres acamparon, estuvieron hablando. Xena le dijo a Gabrielle que lamentaba haberla atacado con el chakram. Tocándose el pelo dorado, Gabrielle esbozó lo que sólo se podía describir como una sonrisa agridulce. Le dijo a Xena que comprendía por qué había actuado de esa forma. Le hacía gracia que esto fuera una cosa más que hubiera llegado a comprender. En realidad, su mejor amiga y amante había intentado matarla. Pero no había sido como la última vez. Las acciones de Xena no estaban guiadas por la rabia ni el deseo de venganza. Se trataba sencillamente de la reacción de una madre llena de miedo al ver a su hija en peligro. Era curioso que al principio hubiera sido Xena la que le dijera a Gabrielle "actúa, no reacciones". Pero Xena era humana, al fin y al cabo, y como tal no podía evitar reaccionar humanamente ante algunas cosas.

La verdad del tema era que Gabrielle lo comprendía perfectamente y pensaba que si alguien iba a tener que pedir perdón, sería ella. Había intentado matar a Eva. De haberlo conseguido, habría sido la segunda vez que habría estado implicada en la muerte de un hijo de Xena. Creía que por no haberle hablado a Xena de lo que sentía, las cosas habían llegado al punto donde habían llegado. No podía evitar sentir que si hubiera dicho algo sobre las ideas que se le estaban pasando por la mente acerca de Eva, su intento de matarla se podría haber evitado.

Xena y Eva le aseguraron que no podría haber hecho nada para cambiar el curso de los acontecimientos, que ninguna de ellas podría haberlo hecho. Y no le echaban la culpa: las tres mujeres comprendían que iban a seguir adelante sin dar vueltas a lo que había ocurrido. Habían pasado muchas horas hablando y a veces había sido doloroso, pero lo habían solucionado.

Ahora, cuando Xena y Gabrielle estaban sentadas a la luz menguante de la hoguera, parecía que todavía quedaba algo pendiente entre ellas. Eva había decidido que a su madre y a Gabrielle les vendría bien pasar un rato a solas hablando. Había notado que tenían que tratar otros temas que no guardaban relación con ella. Pero también sabía que ni Gabrielle ni su madre se pondrían a hablar con ella en el campamento. Al principio las dos protestaron, pero ella les dijo que no estaría lejos y que en realidad a ella también le vendría bien pasar un rato reflexionando.

Gabrielle miró hacia los árboles que destacaban en gris contra el telón negro del cielo nocturno.

—Está ahí, mirando. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —fue la lacónica respuesta. Había esperado contra toda esperanza que no llegara este momento, sabiendo todo el tiempo que iba a llegar.

—¿Quieres que vaya contigo?

Tragándose el nudo que se le estaba empezando a formar en la garganta, Xena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, esto es algo que tengo que hacer sola. —Vio que Gabrielle bajaba la vista al suelo y alargó la mano, levantándole la barbilla para mirarla a los ojos—. No intento mantenerte apartada. Pero si queremos superar esto, tengo que zanjar las cosas con él de una vez por todas. Y tengo que hacerlo sola, ¿comprendes?

—Lo comprendo, pero eso no quiere decir que me tenga que gustar... —Gabrielle acarició amorosamente la mejilla de su guerrera con el dorso de los dedos—. Ve, habla con él. Haz que lo comprenda...

—Eso haré. —Dicho esto, se levantó y se dirigió a la línea de árboles. El corazón le galopaba en el pecho, y se le ocurrió que, como dios, nunca la había afectado de tal forma. Pero nunca hasta ahora había estado en deuda con él y eso cambiaba por completo su relación. Al llegar a la zona donde notaba que estaba, lo llamó—. Está bien, Ares, sé que estás aquí. Sal. Tenemos que hablar.

Salió a la luz de la luna y a ella le pareció ver algo en él que nunca había visto hasta entonces. Una blandura, casi. Parecía... vulnerable. No lo pienses, se dijo a sí misma.

—Xena, es agradable saber que todavía percibes mi presencia sin mis poderes. Eso demuestra lo que siempre he dicho. Soy parte de ti...

—Ares, quería darte las gracias por lo que has hecho...

—¿Y?

Esto era lo que se había temido: que iba a querer algo. Ares nunca hacía nada a cambio de nada e iba a alargar la situación y aprovecharse de su gratitud.

—Sé que estoy en deuda contigo... Pero Ares, tengo que decirte...

Ante su sorpresa, él alzó las manos.

—¿Sabes una cosa, Xena? No puedo hacerlo. Tengo que reconocer que iba a jugar con tu sentimiento de culpa, que iba a intentar avergonzarte para que me dieras lo que quería. Pero te lo creas o no, he aprendido algo de todo esto. Probablemente podría usar tu culpa en tu contra y doblegarte, tu código de honor exigiría que hicieras algo para pagarme por salvar a tu hija y a Gabrielle, pero no puedo. Aunque pudiera obligarte a estar conmigo mediante la culpa, ahora sé que eso no sería suficiente.

Ella lo miró enarcando una ceja y él siguió hablando.

—Aunque te entregaras a mí, Xena, tendría tu cuerpo. Pero jamás tendría tu corazón. Ahora tengo claro que Gabrielle tiene tu corazón, que siempre lo ha tenido y siempre lo tendrá. Así que, Xena, mi último regalo para ti es el siguiente. Quedas libre de mí. Considera lo que he hecho como una especie de pago por todas las cosillas desagradables que te he hecho en el pasado.

Xena no podía creer lo que oía, tenía que haber trampa. Lo miró entrecerrando los ojos.

—¿Dónde está el truco, Ares? Esto parece demasiado bueno para ser cierto.

—Soy muchas cosas, Xena, pero estúpido no. Llevo años intentando llegar a ti. He tratado de interponerme entre Gabrielle y tú. Y cada vez que creía que había conseguido enemistaros, volvíais a estar juntas más fuertes que nunca. Hasta un ex dios de la guerra sabe cuándo ha llegado el momento de renunciar a la batalla.

Se dio la vuelta para marcharse y casi como si se acordara de repente, se volvió de nuevo hacia ella.

—Para que lo sepas, Xena... Cuando dije que te amaba, lo decía en serio.

Ella se quedó mirando cómo se alejaba, sintiendo una extraña mezcla de emociones. Alivio de que su largos años de jugar al gato y al ratón hubieran terminado por fin. Un poco de pena por él, por todo lo que había perdido a causa de ella y de su hija y, curiosamente, una sensación de pérdida al saber que ya no volvería a formar parte de su vida.

Mientras regresaba al campamento, el corazón se le llenó de gozo. Se había terminado de verdad. Su hija estaba a salvo y, lo que era igual de importante, Gabrielle y ella iban a poder seguir adelante, después de todo. Vio la expresión de la bardo al acercarse. Dioses, esto ha sido un infierno para ella, se dijo Xena, mirando a la mujer que era su alma gemela.

Levantándose para recibir a Xena, Gabrielle sintió que le crecía el nudo que tenía en el estómago. Sabía que la intención de Xena era decirle a Ares que no había ninguna posibilidad para ellos. Casi esperaba oír el ruido de un combate desde los árboles cuando Xena se lo dijera. Pero cuando no se oyó nada salvo el silencio, Gabrielle se fue poniendo cada vez más nerviosa, preguntándose si la guerrera habría cedido ante la tremenda deuda que todas tenían con Ares.

Dos palabras de su guerrera y notó que la tensión empezaba a escapar de su cuerpo.

—Se acabó.

—¿Cómo se lo ha tomado?

Xena volvió a maravillarse ante la segunda cosa más desinteresada que había hecho Ares en toda su vida.

—Me sorprendió. Me dijo que comprendía que nunca habría un futuro para nosotros y se marchó.

Dándose tiempo para asimilar esta información, Gabrielle repasó mentalmente la idea varias veces.

—¿Simplemente...?

—Lo sé, ya te he dicho que es lo último que habría esperado de él. —Alargando la mano, tiró de Gabrielle y la besó tiernamente por la mandíbula—. Hemos ganado, Gabrielle... hemos recuperado nuestra vida.

A la bardo se le escapó un profundo suspiro y se dejó embargar por la sensación de estar arropada por los brazos de Xena. Por esto habían sufrido tanto y habían encontrado tantos obstáculos en el camino a lo largo de los años. Había habido barreras que en ocasiones parecía que nunca podrían superar, pero al final, habían llegado a esto. A un amor que no se podía romper. No se engañaban en absoluto: la sola naturaleza de la vida que habían decidido tener las obligaría a enfrentarse a otros desafíos. Habría otras amenazas que pondrían a prueba su decisión de estar juntas. Pero lo único que sabían por encima de todo era que fuera lo que fuese lo que les depararan las Parcas, le harían frente como siempre lo habían hecho... juntas.


FIN


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