Una amiga en apuros,
como debería haber sido

Marion D. Tuttle



Descargo: Como siempre, los personajes no son míos. Este relato reanuda la acción donde se quedó Una amiga en apuros. Este fanfic lo he escrito en realidad tanto para mí como para todos vosotros. Tenía la necesidad, después de ver este final, de reparar el daño que me parecía que se había hecho. Se dan detalles importantes de las seis temporadas enteras de Xena de una forma u otra, pero sobre todo de Una amiga en apuros, partes I y II.
Se agradecen preguntas y comentarios en mariontuttle@hotmail.com

Título original: A Friend in Need, the Way It Should Have Been. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Había empezado a caer la oscuridad, no sólo en el cielo del atardecer, sino también en el alma de la bardo. Al parecer, sólo podía relacionarse con el espíritu de Xena durante el día. La oscuridad que sentía no era, sin embargo, de carácter malévolo. No era la oscuridad que se había apoderado de Xena en sus primeras épocas, sino una oscuridad cuyas raíces se hallaban en la soledad y la desesperación que sentía al pensar que toda la esperanza y la alegría habían desaparecido de su vida.

No podía evitar repasar una y otra vez en su mente la última conversación que había tenido con Xena, o más bien con el espíritu de Xena, en la que le dijo que siempre estaría a su lado, que donde fuera Gabrielle, allí estaría ella. Era un pequeño consuelo, pero no era suficiente. Apretando la urna de cenizas contra su corazón, levantó los ojos arrasados de lágrimas al cielo.

—Maldita sea, Xena, ¿por qué? ¿Por qué esa gente importaba más que nosotras?

Fue bajo cubierta para refugiarse en el sueño que sabía que no tendría.

Por la mañana, Gabrielle volvía a estar acodada en la borda del barco. De repente, pensó que no tenía el mareo típico que le entraba en alta mar. Pero tampoco era que en estos momentos sintiera gran cosa. Se había empezado a quedar insensible y no sabía si alguna vez volvería a sentir algo. Entonces ocurrió: notó la caricia en el hombro. La sensación seguía siendo la de Xena, pero le faltaba el calor que siempre había tenido en el pasado. Supongo que no es fácil transmitir calor si no se tiene cuerpo, se dijo a sí misma. Se volvió y se encontró con Xena, que le sonreía.

—Xena, creía...

—Ya te dije que siempre estaría contigo.

Gabrielle meneó la cabeza con aire triste.

—No es lo mismo.

—Gabrielle...

—No, Xena, escúchame. Esto está mal. Sé que piensas que estás haciendo algo noble. ¿Pero qué estás haciendo de verdad?

—Estoy intentando compensar la muerte de todas esas personas. Gabrielle, de no haber sido por mí... —Xena tenía que encontrar el modo de hacerle entender a Gabrielle que lo que hacía era lo correcto. El problema era que sus palabras le sonaban huecas hasta a ella misma.

Gabrielle no quería sentir rabia contra Xena, pero al menos eso indicaba que todavía era capaz de sentir.

—De no haber sido por ti, ¿qué, Xena? Por lo que me contaste, el incendio fue un accidente. Tú no saqueaste ese pueblo, tú no mataste a esas personas. ¿De qué sirve tu muerte? ¡Explícamelo! —La bardo no podía evitar la exasperación que se le iba acumulando en el corazón—. Dime, Xena, ¿cuándo descubriste que tenías que seguir muerta por el bien de esos espíritus? ¿Lo sabías desde el principio?

Xena bajó la mirada.

—No, ya te dije que Akemi no me lo dijo al principio, porque tenía miedo de que si me lo decía, yo no quisiera ayudar. —No sabía cómo responder sin aumentar el dolor y la rabia de Gabrielle—. Me lo dijo justo después de que te marcharas para buscar mi cuerpo. Quise detenerte... Tenía miedo de que te ocurriera algo, pero entonces apareció Yodoshi...

En los ojos de Gabrielle empezó a hacerse la luz de la comprensión. Akemi había dejado que Gabrielle se fuera en busca del cuerpo de Xena. Sabía que la bardo iba a tener que enfrentarse a los mismos hombres que habían matado a Xena, pero no hizo nada, e incluso le soltó un discurso a Gabrielle diciendo que quería darle el maldito dragón para protegerla, cuando todo el tiempo planeaba decirle a Xena que tenía que seguir muerta. Este conocimiento no hizo más que avivar la ira que Gabrielle ya sentía hacia la pequeña oriental.

—Xena, ¿no se te ha ocurrido pensar que te están utilizando, una vez más?

—¿A qué te refieres?

—A menos que haya algo que no me has dicho, Xena, me parece que aquí hay una serie de cosas que empiezan a cobrar un sentido perverso.

—Te lo he contado todo, Gabrielle.

—Pues en ese caso, tengo una teoría. ¿Me prometes escucharme hasta que acabe?

Xena contempló a la mujer que era su alma gemela. No sabía qué podía decir Gabrielle a estas alturas para cambiar las cosas, pero al menos esto se lo debía a Gabrielle.

—Dime.

—Una pregunta antes de empezar. Si consigo demostrarte que tengo razón y que no deberías estar muerta, ¿aceptarás que tenemos que hacer todo lo posible para devolverte a la vida? —Negándose a ceder ante la impotencia que veía en los ojos de Xena, continuó—. No sé cómo podremos hacerlo, la verdad, pero ¿me prometes intentarlo? —Esperó la respuesta de la guerrera, preguntándose mientras si de verdad quería oírla. Por un lado, se temía que Xena hubiera elegido este destino por otras razones. No quería acusar a la mujer que amaba de traicionarla, pero era algo que había que sacar a la luz si querían optar a solucionar las cosas.

La guerrera sabía que su última oportunidad para regresar a la vida había muerto la noche anterior al ponerse el sol, pero así y todo no podía permitirse acabar con la esperanza que asomaba a los ojos de Gabrielle.

—Te lo prometo. Ahora dime qué estás pensando.

—Es muy sencillo, en realidad. Creo que Akemi te tendió una trampa. Y que tú ni te molestaste en poner en duda sus motivaciones. Me preguntó por qué, Xena, ya que normalmente no eres tan crédula. —La tristeza se apoderó de su voz—. Tal vez no querías volver a mí, tal vez estás justo donde quieres estar... con Akemi.

Fue más la idea de que Gabrielle pensara que no quería estar con ella que la idea de que pensara que Akemi la había utilizado lo que la dejó consternada. Intentó tocar a Gabrielle y sintió el dolor del rechazo cuando la bardo se apartó.

—¿Cómo puedes pensar eso siquiera, Gabrielle? Te quiero a ti, no a Akemi. Haría cualquier cosa por volver a estar contigo si no fuera por esas almas... Además, el sentido del honor de Akemi jamás le permitiría hacer una cosa así.

Gabrielle no pudo evitar echarse a reír al oír esto último.

—¿El sentido del honor de Akemi? ¡Menudo chiste! Xena, ¿cómo puedes quedarte ahí plantada sabiendo que esa mujer te manipuló para que la ayudaras a matar a su padre, lo cual fue el origen de todo este desastre? Y luego te llama para que la ayudes a arreglar las cosas, ¿pero se olvida de comentar el detalle insignificante de que te va a costar la vida? ¿Y así y todo la consideras una persona honorable? ¿Dices que harías cualquier cosa para volver a mí si esto es cierto, aunque eso suponga dejar que la persona auténticamente responsable pague por ello? ¿Puedes hacer eso, puedes dejar que Akemi pague el precio si descubres que tengo razón? —Las emociones que habían estado bullendo en el interior de Gabrielle desde la muerte de Xena brotaron a la superficie—. No me respondas ahora, Xena, pero piensa en lo que he dicho. Tú no eres responsable de esas personas. Tú no hiciste nada para causar todo esto. Fue Akemi y debería ser ella la que expiara su dolor, no tú.

—No sé qué quieres que te diga, Gabrielle.

—Ya te lo he dicho, no quiero que digas nada ahora mismo. Pero sí quiero que lo pienses. Piénsalo muy bien, Xena, porque yo no puedo seguir así.

A Xena se le formó un nudo en la garganta.

—¿Qué estás diciendo?

—Digo que no puedes tener las dos cosas, Xena, me hace demasiado daño. Te quiero, eres mi vida. Siempre te llevaré en el corazón, pero si no puedes volver a mí, tengo que encontrar una manera de dejarte marchar. Tengo que encontrar una manera de sobrevivir a esto, Xena, y no creo que pueda hacerlo si estás aquí en espíritu, pero sin estar de verdad aquí.

Al oír esto, a Xena se le partió el corazón. Le empezaron a caer lágrimas por la cara y no pudo evitar pensar que le parecía raro que un fantasma pudiera llorar.

—Gabrielle...

—Lo digo en serio, Xena, tienes que elegir. Ahora vete, por favor. Necesito estar sola y tú tienes que pensar qué vas a hacer.


Xena regresó al plano espiritual, con el corazón lleno de dolor por lo que había dicho su bardo. ¿Era realmente posible que Gabrielle la rechazara? Se justa, Xena, se dijo. Tiene razón, tú sabes que esto no es bueno para ella. Se merece mucho más.

Xena levantó la mirada cuando Akemi entró en su estancia a oscuras.

—Akemi, ¿qué haces aquí? ¿Por qué no te has ido con los demás?

—No podía dejarte atrás, Xena. Mi sitio está a tu lado. —Bajó la cabeza y se sentó delante de Xena—. Lo ha estado desde que nos conocimos.

A Xena se le empezó a revolver el estómago. ¿Era posible que Gabrielle tuviera razón?

—Akemi, Gabrielle es mi alma gemela. La quiero...

—Pero no es ella la que está aquí contigo, Xena, soy yo. Ella te rechazó cuando esta mañana intentaste consolarla por haberte perdido.

Al pensar que sus momentos privados con Gabrielle habían sido observados, la rabia se apoderó de ella.

—¿Nos estabas espiando?

—Sólo quería ver si me ibas a necesitar... Tenía miedo de que Gabrielle se olvidara de su honor e intentara convencerte para que volvieras...

Lo cierto era que eso precisamente era lo que quería Gabrielle, pero a Xena eso no le parecía una falta de honor. Se preguntó cuánto tiempo había estado Akemi escuchando su conversación. Esto acabó con los últimos vestigios de control que le quedaban a Xena.

—¿Necesitarte yo? Me parece que es más bien al revés, ¿no? Y ni te atrevas a poner en duda el honor de Gabrielle. ¡Ha sacrificado más por otras personas que nadie que haya conocido en toda mi vida!

Akemi nunca había visto la ira plena de Xena, pero ahora estaba a punto de verla.

—Dime una cosa, Akemi. ¿Cómo es que nunca intentaste matar a Yodoshi tú misma? Al fin y al cabo, eras un fantasma y tenías la katana sagrada. Estoy segura de que el matador de almas habría estado encantado de ayudarte si lo hubieras llamado. ¿Por qué me llamaste a mí?

—Porque, Xena, tú eres la mejor guerrera que ha existido jamás. Sabía que haría falta un gran guerrero para derrotar a Yodoshi...

—¿Y por qué no me dijiste que tenía que morir y seguir muerta?

Akemi se dio cuenta de que la furia de Xena iba aumentando cada vez más.

—Ya te lo dije, tenía miedo de que no vinieras si lo sabías... No podía correr el riesgo de que pensaras que Gabrielle era más importante.

En los ojos de la guerrera se hizo la luz. La náusea que había empezado en su estómago le atenazó ahora el corazón.

—Gabrielle tenía razón —susurró por lo bajo. En voz más alta dijo—: ¿Y tú cómo sabías de la existencia de Gabrielle? No la conocías hasta que la viste en la casa de té, ¿no?

El silencio de Akemi fue más expresivo que cualquier cosa que pudiera haber dicho.

—¿Nos has estado observando a Gabrielle y a mí? —No creía que fuera posible, pero su tono se hizo aún más duro—. ¿Desde hace cuánto?


Gabrielle se quedó mirando una vez más mientras el sol se ponía en el horizonte. Era curioso, pensó, que antes siempre le encantara la belleza de la puesta del sol y que ahora sólo se sintiera vacía y amargada por todo lo que había perdido. Volvió a pensar en Xena y en la discusión que habían tenido esa mañana y se le llenó el corazón de dolor por la idea de no volver a ver a su guerrera nunca más. Aunque Xena fuese un espíritu, al menos podía verla y tocarla, aunque nadie más pudiera. Tuvo que sacudirse para librarse de la autocompasión en la que estaba cayendo. Había hecho lo correcto, sabía que era así. Ahora no podía hacer nada salvo esperar.

Incapaz de seguir viendo cómo se hundía el sol bajo la línea del océano, Gabrielle regresó a su camarote. Tenía que confiar en que el amor que había entre Xena y ella fuera suficiente para derrotar a la muerte una vez más.


Xena estaba dando vueltas, jurando por dentro que si Akemi no estuviera ya muerta, ahora la estaría estrangulando. Pero por otro lado, había demostrado que a los fantasmas se los podía matar de nuevo, ¿no?

—Muy bien, Akemi, ha llegado el momento de contarlo todo, ¡y esta vez quiero toda la verdad!

—Lo he hecho por nosotras, Xena —respondió con un hilito de voz.

—¡No hay un "nosotras"! ¿De dónde te has sacado semejante idea?

—Te he observado durante años, Xena. Sabía que debíamos estar juntas, pero nuestro destino se interrumpió. Gabrielle nunca podría ser...

Xena alzó la mano para interrumpir a Akemi.

—¡Yo que tú ni mencionaría el nombre de Gabrielle! Ella es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Sin ella jamás habría llegado a ser la clase de persona que soy... que era.

—Pero yo te amo desde la primera vez que te vi, y tú me amabas a mí, sé que me amabas. Si no, ¿por qué viniste cuando te llamé?

Xena no pudo evitar que su mente se perdiera en los recuerdos de otra época y otro lugar. Pensó en Najara, en esa maníaca rubia que estaba tan convencida de que ella sería mejor para Gabrielle que Xena, y que Gabrielle acabaría amándola, si no lo hacía ya. Akemi no era exactamente igual, no se dedicaba a enviar a la gente a la muerte en nombre de un bien imaginario, pero eso no hacía que lo que creía fuese menos delirante. Sabiendo que la furia a estas alturas no la llevaría a ninguna parte, Xena optó por cambiar de táctica.

—Akemi, no voy a decir que no me importaras, porque estaría mintiendo. Eras una buena chiquilla que me enseñó que yo no era la bestia total que todo el mundo creía. Pero eso no me basta para considerarlo amor. Y creo que si eres sincera contigo misma, te darás cuenta de que tú tampoco me amabas de verdad. Yo era un medio para conseguir un fin. Si me hubieras querido, no me habrías puesto en esa situación. Me usaste, necesitabas matar a tu padre y me usaste para que te enseñara cómo hacerlo.

—Gabrielle te ha estado diciendo estas cosas. Yo nunca haría eso, Xena, yo nunca intentaría que ocuparas mi lugar...

Xena cayó de repente en la cuenta de lo que había hecho Akemi.

—El pueblo... toda esa gente que murió... ¡eso también fue una trampa, verdad! —Era más una acusación que una pregunta.

Apartando la mirada, incapaz de hacer frente a los claros ojos azules de la guerrera que ahora estaban clavados en los suyos, Akemi dijo:

—No sé de qué estás hablando. Yo sólo te pedí que honraras mi última voluntad y llevaras mis cenizas al santuario de mi familia.

—Sí, eso es cierto. Sólo me pediste que llevara tus cenizas al santuario de tu familia. Pero sabías que los habitantes nunca lo permitirían, ¿verdad? Mataste a tu padre y, por muy malévolo que fuera, lo deshonraste con ese acto. Al deshonrarlo a él, te deshonraste a ti misma. No murió como debía morir un guerrero, en combate, sino asesinado en su propio hogar. Para los japoneses lo que hiciste es un pecado imperdonable. Sabías que intentarían detenerme. Tenías la esperanza de que me mataran, ¿no es así? En tu mente, creías que ésa era la única forma en que podríamos estar juntas.

Al oír sus pensamientos expresados con palabras, Akemi se dio cuenta de la enormidad que había cometido. No tenía argumentos que presentar. Sabía que ahora cualquier cosa que pudiera decir sería contraproducente para ella.

—Sigo pensando que nuestro destino es estar juntas, Xena. Si me dieras la oportunidad...

—¿Que te dé la oportunidad? ¿Para hacer qué? ¿Seguir mintiéndome? Ya me has costado la vida y la mujer que amo. Pero aparte de lo que ahora piense de ti, no puedo marcharme y condenar a esas almas... Lo cierto es que murieron por mi causa... —Xena se interrumpió cuando en ese momento apareció el matador de almas.

—Dile la verdad, Akemi.

—¿Qué? —fue lo único que logró decir Xena. No sabía si hoy iba a poder soportar más cosas.

—Es cierto, Xena, que las almas de Higuchi deben ser vengadas para poder pasar a un estado de gracia. Pero no es tu muerte lo que se necesita para vengarlas. Tú misma lo preguntaste al ver aquí a Akemi. Pregúntate otra vez por qué está aquí cuando todos los demás se han ido.

—¡También me has mentido sobre eso! —La rabia de Xena empezaba a desbordarse—. Tus deseos egoístas me han costado la vida y todo. —Volviéndose hacia el matador de almas, preguntó—: Si no se trata de mí, ¿de quién se trata entonces?

—¿De verdad tienes que preguntarlo? Tú sola has juntado las piezas del rompecabezas. Fueron los actos de Akemi los que pusieron todo en marcha y debe ser Akemi quien pague por ello.

Xena se sintió abrumada por la desesperación. Había impedido que Gabrielle la devolviera a la vida en el monte Fuji y ahora se había perdido toda esperanza. Se tendría que quedar en este mundo, sin poder seguir adelante y encontrar la auténtica paz y sin poder volver con Gabrielle para reanudar su vida.

El matador de almas percibió su dolor.

—Tienes una posibilidad, Xena, hay un modo. Tu amor por Gabrielle es fuerte. Su amor por ti tiene que ser igual de fuerte para haber hecho todo lo que ha hecho. El poder de ese amor será el modo de que volváis la una con la otra.


Gabrielle notó que la oscuridad de la noche se posaba una vez más a su alrededor. ¿Le devolvería la mañana a Xena o había perdido para siempre incluso la tenue conexión que tenía con su guerrera a causa de su rabia por la incapacidad de Xena de ver lo que para ella estaba tan claro? Cerró los ojos, con la esperanza de calmar el dolor sordo que había empezado a sentir en ellos. Cuando creía que se había quedado dormida, oyó que alguien susurraba su nombre.

—Gabrielle... Gabrielle, ¿estás despierta?

Abrió los ojos, intentando acostumbrarse a la oscuridad. Vio a Xena sentada al borde de su cama. Genial, pensó, ahora tengo alucinaciones.

Como si captara los pensamientos de su bardo, Xena alargó la mano para tocarla.

—No te estás imaginando cosas, Gabrielle. Estoy aquí, toda yo.

Cogiendo las manos más grandes entre las suyas, notó la diferencia al instante. Cuando Xena era un espíritu podía tocarla, pero el tacto era frío. Lo que ahora notaba era el calor de la carne y la sangre vivas.

—¡Xena, eres tú de verdad! —exclamó, abrazando a la guerrera—. ¿Pero cómo?

Estrechando a Gabrielle entre sus brazos, Xena se dejó inundar por las sensaciones de volver a abrazar a su alma gemela.

—Tenías razón sobre Akemi: me utilizó. En el pasado y ahora. Incluso una vez muerta, me utilizó para quitarse de encima la responsabilidad de lo que ocurrió. Aseguraba amarme, dijo que lo había hecho todo para que pudiéramos estar juntas. Lo que no se imaginaba era que yo no la fuera a querer. Siento muchísimo no haberte escuchado...

Gabrielle no tenía el menor deseo de decir, "Ya te lo dije". Lo único que le importaba era que tenía de nuevo a Xena. Detestaba tener que hacer esta pregunta concreta, pero sabía que jamás tendría paz de espíritu si no la hacía.

—¿Y las almas, Xena? Salvarlas era tan importante para ti...

—Como he dicho, tenías razón. Yo no condené a esas almas. Lo que les sucedió fue horrible, pero no fue culpa mía. Akemi me estuvo manipulando incluso después de muerta. Cuando me contó la verdad, quedé liberada de todos los vínculos que me ataban a ese lugar. Pero has sido tú quien me ha traído de vuelta.

Captó la pregunta en los ojos de Gabrielle.

—Ha sido tu amor y tu fe en mí lo que me ha hecho posible volver, Gabrielle. Aunque esta mañana me dijiste que querías que te dejara, tu corazón seguía llamándome, como el mío te llamaba a ti. De no haber sido por el amor que sentimos, nunca habría conseguido volver.

—Yo creía que... Había que meter tus cenizas en el agua del monte Fuji antes de la segunda puesta del sol. No lo conseguimos. —Mirando a su alrededor, Gabrielle se dio cuenta de que la urna no estaba donde la había puesto antes de echarse.

—Lo sé. Yo misma pensaba que habíamos perdido toda esperanza. Incluso después de que Akemi confesara, pensé que era demasiado tarde. No sé mucho sobre los dioses japoneses, así que no te puedo dar muchos detalles.

Gabrielle la interrumpió al ver una suave luz que brillaba por encima del hombro de Xena.

—¿El matador de fantasmas?

—Efectivamente, Gabrielle. Xena está aquí, como ha dicho, gracias al amor que sentís la una por la otra. Cuando Akemi confesó sus crímenes, los dioses decidieron que Xena no debía ser castigada por lo que había hecho otra persona.

—Pero sus cenizas...

—Han desaparecido —terminó él—. Vine a recogerlas cuando dormías. Después de hablar con los poderes supremos, los convencí de que Xena merecía volver a la vida y le concedieron una extensión. —Se volvió hacia Xena—. Yo también estaba en deuda contigo. Durante años, te culpé por lo que había sucedido en Higuchi. Ahora sé que estaba equivocado.

Gabrielle preguntó:

—¿Entonces viniste, cogiste sus cenizas y las echaste a las aguas del monte Fuji?

—Sí. Como he dicho, sentía que yo también había causado un mal a Xena. Ha demostrado que es mucho más honorable de lo que yo creía y que es digna del perdón y de ser feliz en la vida. Ahora debo marcharme. El tiempo que puedo estar en este mundo es limitado. Sólo se me ha concedido el tiempo suficiente para devolverte a Xena.

—Nunca podré agradecértelo lo suficiente —le dijo Xena a la forma que se desvanecía del matador de almas.

—Concédete a ti misma el amor y el perdón que te mereces y ésa será mi recompensa. —Dicho lo cual, desapareció.

La bardo tenía la cara bañada en lágrimas al mirar a los claros ojos azules que poseían su corazón y siempre serían el espejo de su propia alma.

—Entonces, ¿nos vamos a Egipto?

—Sí, ahora que tú también sabes lanzar el chakram, vamos a estar muy solicitadas.


Así tendría que haber terminado...


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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