Bendita soledad

L. M. Townsend



Descargos típicos de Xena (que los personajes no son míos, que pertenecen a quienes los han creado, que no se pretende infringir los derechos de autor, etc.) y aviso de subtexto, aunque, como siempre, nada gráfico.
Este relato ocurre cuando los dioses eran un poco más jóvenes y tenían menos experiencia ;-)

Título original: Blessed Solitude. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Afrodita tenía dolor de cabeza. No del tipo molesto que simplemente estaba ahí, sino un martilleo profundo y constante dentro de la cabeza que no tenía nada que ver con los auriculares rosas con forma de concha que llevaba puestos. De hecho, la música estaba apagada y llevaba los auriculares sólo para amortiguar el ruido de millones de suplicantes, que gritaban para que los oyera.

—¡Aaajj! ¿Por qué no se van a dar la lata a otro? —lloriqueó haciendo un puchero, y luego se tiró en una gran butaca de terciopelo rosa.

—No hay nadie más, hermanita: tú eres la diosa del amoooor, y todo el mundo quiere estar enamorado —dijo Ares, apareciendo de repente para atormentarla.

—Vete, Ares —dijo Afrodita.

—Oye, hay una forma de conseguir que dejen de molestarte —dijo su hermano, acariciándose la barbilla, pensativo.

—¿Cómo? —preguntó Afrodita, con avidez—. Oh, espera un momento, si esto es cosa tuya, hay trampa, siempre la hay. Zeus dice que la diosa del amor tiene responsabilidades muy importantes, y también me ha dicho que yo estoy aquí para impedir que tú causes estragos, aunque no sé a qué tipo de tragos se refiere.

—Qué va, sin trampa —dijo Ares, con cierto exceso de seriedad—. Puedes descansar un poco de todas las oraciones y las súplicas si no las oyes. Yo mismo tengo que hacerlo a veces. Acaba siendo todo tan... pesado, ¿verdad? Un descansito nunca cambia la marcha general, cuando se trata de los mortales. De verdad que ellos no sufren nada y tú vuelves toda renovada y preparada para escuchar y responder a todas sus insignificantes peticiones.

—Un descanso, ¿eh? No suena nada mal —dijo Afrodita, dudando—. ¿Qué tengo que hacer?

—Simplemente... dejar de escuchar... —dijo Ares, sonriendo de oreja a oreja al tiempo que se desvanecía de su habitación.

—Dejar... ¡vale, muy gracioso, Ares! —dijo Afrodita, levantándose de un salto, y justo en ese momento le asaltó una súplica especialmente lastimera, acompañada de una ofrenda de pescado—. ¡Puaj! Odio el pescado... sería de esperar que la gente comprendiera que al proceder del océano, una como que quisiera evitar algunas cosas... como el olor de esos feos peces —dijo la diosa, meneando la cabeza—. Basta, se acabó ese rollo meloso del amor. Me voy a concentrar en ser diosa de la belleza, el amor que espere.

Empezó a no hacer caso de los rezos al amor y a concentrarse en cambio en la belleza, es decir, la suya. La diosa estaba cada vez más centrada en sí misma, contemplándose en el espejo, hasta que por fin dejó de oír las súplicas cada vez más desesperadas que pedían más amor en el mundo.

Entretanto, su hermano, Ares, estaba efectivamente causando estragos. Había conseguido que Discordia lo ayudara en su plan lanzando una manzana de oro grabada con las palabras “Para la más bella” en medio de una reunión de su madre y sus hermanas. Naturalmente, Afrodita ganó después de prometer al pobre imbécil mortal elegido para juzgar la competición que le daría a la mujer más bella del mundo. Afrodita empleó sus poco usados poderes para hacer que Helena, la esposa de Menelao, se enamorara de Paris y huyera con él.

Ares aprovechó la creciente vanidad de su hermana y su empeño en no escuchar súplicas de amor para enredar a casi todo el Olimpo en una guerra entre Troya y Grecia: hasta las amazonas se vieron implicadas. Su poder iba creciendo a medida que la guerra se prolongaba durante años. Afrodita disfrutaba de su soledad, pero un día se dio cuenta de que le faltaba algo. Un día, Afrodita se dio cuenta de que aunque contaba con la admiración de dioses y mortales por igual, se sentía horriblemente sola.

Todos los dioses estaban ocupados con su estúpida guerra de Troya y ella había dejado de oír a los mortales que todavía se molestaban en rezarle. Decidió escuchar a un único mortal: una niña elocuente que antes la entretenía con ofrendas en forma de baladas y cuentos. La niña era hija de un granjero y no tenía dinero para comprar ofrendas y sacrificios más elaborados, pero al menos nunca le hacía ofrendas de pescado, y lo que es más, la niña nunca la había pedido a Afrodita nada a cambio. La diosa sintió entonces una punzada de miedo: ¿seguiría hablándole la niña? Hacía años que no la escuchaba, ni a ningún otro mortal, a decir verdad. Afrodita sintió un poquito de remordimiento —aunque sólo por un instante— antes de ponerse a localizar la voz de la niña.

¿Dónde estaba? ¿Había dejado de contar historias? Oh, un momento... ¡ahí! Con una punzada de dolor, la diosa se dio cuenta de que la niña era ahora una joven, que vivía en la granja de su padre. Pero todavía contaba sus historias, aunque ahora tenía cierto aire de triste resignación. Al mismo tiempo, Afrodita percibió un descontento en la joven.

—Necesita enamorarse... ¡ese patán con el que han acordado casarla jamás podrá hacerla feliz! —exclamó la diosa consternada—. Espero acordarme de cómo se hacía un encantamiento de amor... ¡por favor, qué desentrenada estoy!

Afrodita estuvo atenta a la oportunidad de ayudar a la joven aldeana. Mientras, puso en práctica sus encantamientos de amor con otros mortales. Empezó a escuchar sus oraciones. Cierto, habían disminuido con el paso de los años, pero los mortales nunca dejaban de asombrar a Afrodita por su capacidad para la esperanza y la fe, y las oraciones seguían llegando. No hacía caso de las oraciones frívolas y vanidosas de algunas doncellas para ser más guapas con la esperanza de atrapar a tal o cual mozo, o a varios. En cambio, Afrodita se concentró en unir almas gemelas: era algo que fastidiaba tanto a los demás dioses que a la diosa le daba un placer perverso. Como siempre, Zeus sonreía indulgente a su hija preferida: es decir, cuando lograba dejar de estar centrado en la guerra.

—Tengo que hacer algo con esa guerra: papá ya nunca tiene tiempo para mí —se dijo Afrodita con un puchero.

Un día, Afrodita observaba mientras la joven aldeana llevaba la colada al río con un grupo de chicas. Iba parloteando y a la diosa le sorprendió que las demás chicas pudieran no hacer caso de una historia tan estupenda: trataba de ella, por supuesto, por lo que se hizo con el interés de la diosa inmediatamente. Tan enfrascada estaba en la historia sobre sí misma y su cinturón mágico que hacía que cualquier dios o mortal se enamorara de ella...

—Como si yo necesitara un cinturón mágico —resopló Afrodita con delicadeza, pero siguió escuchando, pues le encantaba el sonido de su nombre en labios de la chica...

...que casi no percibió el peligro que se acercaba por dos lados. Rápidamente, la diosa se apartó para ver qué amenazaba a la que ahora era su mortal preferida. Por un lado, se acercaban unos traficantes de esclavos, preparados para atacar a las chicas. Por el otro, se acercaba una guerrera morena —la diosa reconoció a la preferida de su hermano— aunque, cosa rara, la guerrera no llevaba armadura ni armas. Aunque Afrodita percibía el peligro que la mujer suponía para la aldeana, no era tan inmediato como los traficantes que estaban empezando a atacar a las chicas que llevaban la colada al río.

Afrodita actuó deprisa. “Empujó” mágicamente a la guerrera hacia el problema, y se sorprendió de nuevo cuando el alma oscura de esta guerrera y el alma vivamente iluminada de la bardo se juntaron en una sola. La aldeana se enfrentaba a los traficantes con todas sus fuerzas cuando la guerrera intervino. En ese momento, Afrodita perdió el interés: no tenía el menor deseo de presenciar una estúpida pelea, sobre todo cuando ya sabía el resultado. Su trabajo estaba hecho, aunque la diosa decidió quedarse a escuchar y vigilar un poco por el peligro inherente que había visto que suponía la guerrera para la bardo. Pero eso sería para otro día, tal vez dentro de años.

A partir de ese día, regodeándose en la satisfacción de haber unido a las almas gemelas (no se daba cuenta en absoluto de que habían estado gravitando la una hacia la otra antes de que interviniera ella, como suelen hacer las almas gemelas cuando los mortales hacen caso de su corazón), Afrodita empezó a escuchar de nuevo las oraciones de los mortales (aunque podía pasarlas por alto si le daban pescado apestoso) y el amor creció una vez más entre los mortales. Incluso encontró un modo de acabar con la distracción de la guerra de su hermano con ayuda de la guerrera y la bardo... pero eso es otra historia.


FIN


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