Lo que no se ve...

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Implícito.
Violencia: Sí, un poco. Xena no es una guerrera feliz.
Lenguaje: Moderado.
Detalles sobre episodios: Ninguno.
Otros: Un pequeño divertimento...
tnovan@aol.com

Título original: What You Can't See... Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Premio Xippy


—¡Esto NO tiene gracia! —gruñó.

La bardo intentó disimular la sonrisa tapándosela con la mano al tiempo que sus ojos se posaban en el ladrón. Éste hacía todo lo posible por no reírse, y eso sólo estaba consiguiendo enfadar más a la guerrera.

—Repito, esto NO tiene gracia.

—Si tú lo dices. —Autólicus intentaba parecer sincero. Se dio cuenta de que había fracasado cuando una mano invisible le dio una colleja—. ¡Oye, eso no es justo! —refunfuñó, frotándose el cogote.

—¿Sabes? —Gabrielle ladeó la cabeza tratando de dilucidar dónde estaba la guerrera exactamente—. Yo sí que veo ciertas ventajas en esta situación.

—¡Disculpa! —atronó la voz de la guerrera detrás de ella—. ¡Ventajas! ¡Ventajas! Yo no veo ventaja que valga.

—No, escucha, Xena. —Autólicus chasqueó los dedos, al ponerse en pie—. Esto sí que tiene ventajas. Podríamos conseguir una fortuna. Tú podrías colarte en sitios que...

—¡Olvídalo! Sé lo que estás tramando, pero olvídalo.

—Cierto —asintió Gabrielle—. No estaría bien que Xena aprovechara su situación para robar a la gente, pero Xena, tus habilidades para el combate se acaban de multiplicar por diez.

—¡Gabrielle! ¿Cómo puedes insinuar siquiera una cosa así?

—Vamos, Xena, eres invisible. Eso es una ventaja increíble para todo el...

—¡Basta! ¡Dejadlo! ¡Los dos! Tenemos que averiguar quién ha hecho esto y por qué y obligarlo a arreglarlo. Quiero volver a ser sólida.

—Sí, lo reconozco, resulta un poco desconcertante oírte refunfuñar sin poder verte —asintió la bardo, volviendo donde estaban sus petates. Se chocó con algo que tuvo que suponer que era Xena—. Perdón.

—No pasa nada —murmuró la voz incorpórea de la guerrera—. Voy a sentarme en el tronco para quitarme de en medio.

—Xena, ¿estás segura de que no te gustaría...? —intentó de nuevo Autólicus.

—¡No! —gritaron a la vez la bardo y la guerrera.

—Está bien, está bien. —Alzó las manos como para defenderse—. Sólo era una sugerencia.

—Bueno —preguntó la bardo mientras empezaba a recoger el campamento—, ¿quién pensáis que es el responsable?

—¿Y yo qué sé? —dijo la voz de la guerrera desde las cercanías del tronco.

—¿Ares? —sugirió Autólicus, palpando el aire alrededor de la última posición conocida de la guerrera para no sentarse encima de ella.

Ella gruñó:

—Quita esa mano o te la corto por el codo.

El ladrón apartó la mano de golpe y luego se sentó.

—Perdona.

—Esto no le pega a Ares. A él le gustan los enfrentamientos cara a cara.

—¿Atenea? —preguntó Gabrielle, atando el petate con una cuerda—. Se mosqueó mucho cuando interferiste en esa pequeña escaramuza del norte hace un mes.

—No, no creo —suspiró Xena. Un guijarro salió disparado por el suelo, pateado por una bota invisible—. Demasiado infantil para Atenea. Si estuviera tan molesta, me habría retado a un duelo.

Antes de que nadie pudiera proponer nada más, seis hombres llegaron a caballo al borde del campamento. El que al parecer dirigía al grupo alzó la mano para detener a sus hombres.

—Vaya, mirad lo que tenemos aquí, chicos. Un poco de diversión matutina.

Autólicus se puso en pie. Gabrielle agarró su vara. Y Xena... bueno, ninguno de los dos sabía muy bien dónde estaba Xena, pero se alegraban de que estuviera allí.

—Muchachos —empezó Auto muy en serio—. Esto es muy mala idea.

—Tú no pareces muy amenazador. —El líder se bajó de la silla y desenvainó la espada—. Y la niña seguro que no puede con nosotros seis.

—Es asombroso lo equivocado que puedes estar en todo. —El ladrón se encogió de hombros, colocándose en posición de combate cuerpo a cuerpo. Se planteó por un instante que sólo un idiota intentaría golpear a un hombre armado con una espada—. De perdidos al río... —murmuró, avanzando.

Dos de los hombres se adelantaron a la carrera. Gabrielle se limitó a poner los ojos en blanco y procedió a machacarlos con la vara hasta dejarlos sin sentido. Auto esquivó un intento bastante torpe por parte del líder de decapitarlo. Entonces se lanzó y se tiró sobre el hombre, haciendo que se le cayera la espada.

—Ahora ya estamos un poco más igualados —gruñó el ladrón, asestando el primer puñetazo.

Los tres últimos hombres no sabían muy bien qué les estaba dando una paliza. Lo único que sabían era que no veían ni oían nada y que se estaban llevando la paliza más grande de su miserable vida. Al poco, los supuestos bandidos se batieron en apresurada retirada. Y el trío ni siquiera estaba sudando.

Gabrielle daba golpecitos impacientes con el pie, observando mientras se alejaban a caballo. Meneó la cabeza.

—Es que no aprenden. Ven el caballo, ven a la guerrera, pero no aprenden.

—¿Disculpa? —resonó la voz irritadísima de Xena justo por encima del hombro izquierdo de la bardo—. A lo mejor si de verdad hubieran VISTO a una guerrera, esto no habría ocurrido. ¿Qué te parece como inconveniente, Gabrielle?

La bardo se rascó la mejilla, apoyada en su vara.

—Mmm, sí, supongo que a lo mejor la cosa no es tan genial como me parecía.

—Oye, Xena, a lo mejor si te cubrimos con barro o algo así... —El comentario de Autólicus se cortó en seco cuando de repente empezó a tener dificultades para respirar y sus manos subieron hasta su cuello, rodeando una muñeca invisible—. Perdón —graznó—. Mala idea.

—¡Muy mala idea! —bufó la guerrera.

El ladrón sabía exactamente dónde estaba Xena en este momento. Retrocedió un poco a trompicones cuando notó un empujón.

—Sólo intentaba ayudar.

—No necesito sugerencias estúpidas. Tenemos que averiguar quién ha hecho esto. —Un petate dio la impresión de ir volando hasta Argo y colocarse solo detrás de la silla.

Gabrielle y Auto se miraron y se estremecieron a la vez cuando Xena se puso a mover cosas por el campamento. Era espeluznante ver cómo se movían las cosas solas.

—Xena, deja que eso lo hagamos nosotros. Es un poco desconcertante ver cómo se mueven las cosas así —dijo el ladrón, colocando las manos sobre una alforja que parecía estar flotando en el aire.

—Vaya, perdón por intentar ayudar —gruñó la voz. Se oyeron pasos que se alejaban ofendidos.

—¿Y Afrodita? —propuso Gabrielle, llevando sus últimas cosas hasta Argo.

—Sería de su estilo —asintió la guerrera.

La bardo escuchó cuando el cuero de la silla de Argo crujió y supuso que Xena se había montado.

—¿Estás ahí arriba? —Agitó la mano y entró en contacto con la pantorrilla de Xena—. Sí, parece que estás.

—¿Xena? —Autólicus se echó al hombro un pequeño morral con sus cosas.

—¿Sí?

—¿Te ves a ti misma?

—No —gruñó ella. Argo emprendió la marcha por el camino. El ladrón y la bardo la siguieron casi con diligencia. Se miraron el uno al otro y sonrieron.

—Os oigo sonreír. ¡Basta! —exclamó Xena.


Gabrielle contemplaba los grabados de las paredes.

—¡Eso no es posible!

El ladrón atisbó por encima de su hombro.

—Oh, ya lo creo que sí. Lo único que tienes que hacer es...

—No quiero saberlo. —Gabrielle alzó la mano—. Deja que lo exprese de la siguiente manera. Jamás me pillarás haciendo algo así.

—Pero es muy divertido.

—¿Autólicus?

—¿Sí?

—De verdad que no me hacen falta detalles. —Gabrielle notaba que se estaba poniendo un poco nerviosa al mirar algunos grabados más. Sabía que en realidad no debería mirar, pero eran un poco como un horrible accidente de carromato, en cuanto mirabas un poco ya costaba mucho mirar a otro lado.

—¿Gabrielle? —llamó Xena.

La bardo se volvió, tratando de averiguar dónde estaba la guerrera dentro del templo.

—Sigue hablando, Xena.

—Junto al altar, Gabrielle.

La bardo se trasladó al altar, siguiendo las indicaciones de Xena.

—Vale, ¿y ahora qué?

—Tenemos que llamar su atención.

El conocimiento que tenía Gabrielle sobre la forma de pensar de Xena la ayudó a agarrar la mano de la guerrera antes de que ésta pudiera tirar la urna del pedestal.

—Déjame intentarlo a mí antes de ponerte a romper cosas.

La bardo se rió por lo bajo al oír el enfurruñado “grrrm” que respondió a su petición.

—¿Afrodita? Vamos, necesitamos tu ayuda.

La diosa se materializó entre chispas delante de la bardo.

—¡Ya era hora, nena! ¿Cómo quieres que lo haga?

—¿El qué? —Gabrielle arrugó el entrecejo.

—¿El qué? —La diosa alzó las manos—. Pensaba que querías mi ayuda con ese asuntillo con el que no paras de soñar todas las noches.

La bardo se ruborizó, carraspeó y agarró a la diosa, apartándola del altar.

—¡No! No necesito tu ayuda para eso...

—Sí que la necesitas, bardita.

—¡Que no! —gruñó Gabrielle por lo bajo.

—¿Estás haciendo progresos con la morenaza alta y sexy?

—No.

—Pues entonces necesitas mi ayuda. —La diosa echó la mano hacia atrás. La bardo se la agarró antes de que pudiera lanzar un hechizo.

—No, no la necesito. —La bardo miró a su alrededor y entonces cayó en la cuenta de que ésa era una maniobra totalmente inútil por su parte—. Necesitamos tu ayuda con otra cosa. Entiendo que tú no tienes nada que ver con el estado actual de Xena.

—¿Estado de confusión o estado de excitación?

La bardo resopló un poco, levantándose el flequillo de la frente.

—De invisibilidad, en realidad.

La diosa se animó y sonrió mientras examinaba la estancia.

—No, no he sido yo. ¿De verdad es invisible?

—¿Tú la ves? —El tono de la bardo ya era de clara irritación al agitar los brazos, indicando la estancia.

—No. —Afrodita siguió intentando localizar a Xena y entonces pegó un leve respingo, se agarró el trasero y se giró en redondo—. ¡Vaya, hola a ti también, nena guerrera!

Gabrielle posó la mirada en el punto donde la diosa se estaba frotando el trasero. No pudo evitar sentirse un poco molesta porque Xena nunca le hubiera puesto una mano encima de esa forma. Fuera cual fuese “esa forma”, pero tenía la sensación de que Afrodita acababa de recibir un pellizco en el culo.

—Hola, Afrodita. Entonces, ¿no tienes idea de quién me ha hecho esto?

—Ni la más remota, morena alta y mortífera. Pero estaré encantada de hacer indagaciones por ti.

—¿Hay algo que puedas hacer para ayudarla hasta entonces? —preguntó Autólicus desde el otro lado de la estancia.

—No. —La diosa hizo un gesto negativo con la cabeza, sin molestarse en volverse para mirarlo—. Lamento decir que no. ¡Y deja eso en su sitio!

Autólicus devolvió una estatuilla a su pedestal, encogiéndose de hombros cuando Gabrielle se volvió y lo fulminó con la mirada. Hizo un gesto de disculpa.

—Soy ladrón. ¿Te esperabas otra cosa?

—¡Compórtate! —le gruñeron la bardo y la guerrera.

Él puso los ojos en blanco, se cruzó de brazos y se apoyó en la pared para esperar a sus compañeras. A estas alturas sabía muy bien que, cuando estaba con ellas, su afición al latrocinio era objeto de cierto desdén. Sí, Xena podía romperle la mano a un pobre hombre y Gabrielle podía dejarlo medio lelo con ese palo que llevaba, pero como él intentara ganarse la vida, le echaban la bronca.

—Pero —continuó la rubia diosa—, investigaré un poco por ti.

Xena suspiró.

—Gracias. Eso estaría bien.

—Oh, no te pongas tan depre, nena guerrera, que no es para tanto.

—He tardado media marca en encontrar mi espada esta mañana. No puedo usar el chakram porque no lo veo y así no puedo atraparlo. ¿Sabes lo que cuesta vestirse cuando no ves la ropa? Me he puesto las botas del revés, y ni hablemos de lo que cuesta ponerse la armadura.

—La verdad es que nunca he tenido ese problema. —La diosa tomó aire profundamente entre dientes, pues de pronto sentía mucha lástima por la guerrera—. A ver qué averiguo. Mientras, sois libres de quedaros aquí y poneros cómodos. —Antes de desaparecer, la diosa se molestó en añadir camas y una chimenea al templo. En el hogar había una olla de estofado y una tetera ya preparada.

—¡Gracias, Afrodita! —gritó Gabrielle al aire. Luego volvió a fijarse en el último sitio donde pensaba que estaba Xena—. ¿Xena?

—¿Sí?

—¿Estás bien?

—Todo lo bien que cabe esperar, teniendo en cuenta no me veo la mano aunque me la ponga delante de la cara. —La guerrera empezaba a sonar deprimida de verdad.

La bardo alargó la mano y entró en contacto con el brazo de Xena.

—No te preocupes, Xena, lo solucionaremos.

Autólicus, impulsado por su estómago, estaba comprobando la comida.

—Oye, Xena, podrías quedarte desnuda si te cuesta tanto vestirte. Total, nadie te va a ver.

Esta vez sí que vio la mano que le dio una colleja, porque pertenecía a Gabrielle, que volvía a fulminarlo con la mirada.

—Vosotras dos sois muy agresivas, ¿lo sabéis? Os hace falta un curso para aprender a controlar la ira o algo así.

—Te voy a dar yo control de ira al estilo de las amazonas si no te comportas como es debido. —Lo apuntó a la cara con un dedo—. Xena ya lo está pasando bastante mal con todo esto para que encima tú no pares de proponer estupideces.

Se formó un leve hundimiento en el colchón de una de las camas.

—No te pases con él, Gabrielle. La verdad es que esta mañana he pensado lo mismo cuando intentaba encontrar los brazales.

Al sonido de un largo suspiro le siguió el tintineo metálico de las armas al caer al suelo, y luego la impresión de un trasero guerrero no tardó en convertirse en la impresión de cuerpo entero de una guerrera tumbada.


Tras dar buena cuenta del estofado, Autólicus decidió darse una vuelta por la aldea vecina al templo.

—No me atraveséis cuando vuelva —dijo con tono burlón antes de salir del templo.

Gabrielle se quedó mirándolo mientras salía. Luego se volvió hacia la cama donde estaba bastante segura de que Xena seguía echada.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—¿Tienes hambre? El estofado está riquísimo.

—No. No tengo hambre.

El tono de la guerrera le partió el corazón a Gabrielle. Dejó su cuenco a un lado y se trasladó hasta la cama, sentándose con cuidado en el borde. Quería alargar la mano y tocar a la guerrera, pero no sabía si sería bien recibida o qué ocurriría si aterrizaba en un punto poco conveniente.

—Te prometo que conseguiremos solucionarlo.

Sonrió cuando notó que los dedos de Xena se entrelazaban con los suyos.

—Gracias —dijo la guerrera suavemente—. Siento haber estado de mal humor todo el día.

La bardo se rió un poco.

—Tenías motivos de sobra.

—Pase lo que pase, no debería ponerme gruñona contigo. Tú no tienes la culpa.

Gabrielle suspiró.

—Ojalá pudiera hacer algo más.

—Sí que puedes.

La rubia se animó un poco.

—Pues dime.

—¿Te echas aquí conmigo?

—Claro. Espera que me cambie. —Gabrielle fue a su zurrón, sacó una camisa y se cambió bastante deprisa, notando la sensación de ser observada, lo cual hizo que se ruborizara un poco. Cogió una de las camisas de Xena y regresó a la cama.

—¿Quieres esto?

—No. No quiero correr el riesgo de que haya más cosas que se vean afectadas. Ya es bastante malo que haya ocurrido con mis armas.

La rubia tragó con fuerza al darse cuenta de que eso quería decir que seguramente Xena iba a dormir desnuda. Invisible o no, Gabrielle tenía una imaginación muy fértil, y no había pasado tanto tiempo desde la última vez que había visto a la guerrera.

—Vale —logró decir balbuceando un poco antes de tumbarse en la cama—. Vas a tener que colocarnos a las dos para que estés cómoda.

Al poco la bardo se encontró boca arriba con Xena a su lado, al parecer tumbada de lado y de cara a su amiga.

—¿Cómoda? —preguntó Xena.

—Sí, gracias.

—¿Y por qué estás tan tensa?

—Mm, es que estoy in...

—Si no estás cómoda, puedes irte. Afrodita nos ha dejado tres camas.

—No, estoy bien. Es que me preguntaba qué llevas puesto.

Xena se alegró mucho de que la bardo no pudiera ver su sonrisa. Alargó la mano, agarró la de la bardo y la puso sobre su cadera.

—¿Eso contesta tu pregunta?

Gabrielle consiguió sofocar la exclamación que estuvo a punto de escapársele al notar la carne cálida bajo la palma de la mano.

—Mm, sí... —Se lamió los labios, cerró los ojos e intentó pensar en cómo iba a mover la mano sin acariciar el cuerpo al que estaba pegada.

Xena observó la cara de la bardo. Vaya, eso parecía una petición de beso clarísima, y el hecho de que la mano de Gabrielle siguiera sobre su cadera no hacía más que aumentar ese convencimiento. Se acercó y rozó apenas los labios de la bardo con los suyos.

La rubia no pudo contenerse cuando notó lo que estaba convencida de que eran los labios de Xena sobre los suyos. Gimió. Gimió de nuevo al volver a notar la sensación.

—Gabrielle...

—Sshhh... —La bardo se apresuró a hacer callar a la guerrera volviendo a posar sus labios sobre los de Xena. Cerró los ojos de nuevo. Visualizó a la guerrera mentalmente al tiempo que la sensación del beso se hacía más profunda.

—Tal vez —dijo Xena con voz ronca cuando terminó el beso—, deberíamos esperar a que las dos veamos lo que ocurre.

—O podríamos dejarnos llevar —graznó Gabrielle, que no tenía el menor deseo de apartarse de donde estaba ni de renunciar a lo que había empezado.

—¿No te parece un poco raro?

—Nuestra vida es un poco rara, Xena.

—Cierto. —La guerrera deslizó la mano por debajo del borde de la camisa de Gabrielle, acariciándole el muslo—. Se podría escribir una historia interesante.

La bardo asintió. Aunque jamás revelaría a nadie lo que era hacer el amor con la Princesa Guerrera. Xena ya tenía una reputación, y si le hacía honor, Gabrielle no tenía la más mínima intención de aumentarla.

—¿Y ahora qué?

—Mmm, pues eso depende.

—¿De qué?

—De ti y de lo que quieras que ocurra.

—Quiero que me hagas el amor.

—Vaya, vaya, Gabrielle —dijo Xena riendo—. Parece que sabes muy bien lo que quieres. No pensaba que me vieras así.

—Cada noche en mis sueños, Xena. Me haces el amor cada noche —confesó la bardo en voz baja.

La guerrera se echó a reír suavemente, tan suavemente como la caricia que notó Gabrielle en la pierna.

—¿Y lo hago bien?

—Nunca fallas.

—Mmm, seguro que puedo competir conmigo misma. Es posible que mi yo soñado te resulte más satisfactorio que mi yo real.

—La verdad es que no lo creo. —Se echó hacia delante para recibir otro beso. Cerró de nuevo los ojos mientras disfrutaba de la sensación del beso. No podría ver a su guerrera, pero las sensaciones eran más que reales—. ¿Xena?

—Sí, Gabrielle.

—Te quiero, Xena. —Abrió los ojos y se sobresaltó al ver la presencia fantasmal de un par de ojos azules que la miraban a su vez—. ¡Xena!

—¿Qué?

—Que... que te veo... ¡o al menos en parte!

—¿Qué parte?

—Los ojos. Esos preciosos ojos tuyos. —Alargó los dedos con cuidado y dejó que las yemas acariciaran suavemente a Xena alrededor de los ojos.

—¿Lo has dicho en serio?

—¿El qué?

—Cuando has dicho que me querías. ¿Lo has dicho en serio?

—Pues claro que sí. Si no, no lo habría dicho.

—Dilo otra vez. Quiero comprobar una teoría.

—Te quiero.

La guerrera cerró los ojos al notar un hormigueo.

—Otra vez, Gabrielle.

—Te quiero, Xena.

La guerrera notó una acometida que le recorrió el cuerpo entero, provocándole una sensación casi orgásmica de placer. Respiró hondo y abrió los ojos. Vio el leve contorno de su mano.

—Tú tienes la clave, bardo mía. —Se acercó para darle otro beso a su compañera—. Tú eres la clave. Como siempre he pensado.


Autólicus regresó al templo muy tarde por la noche. El fuego que ardía en la chimenea le daba la luz justa para llegar hasta su cama. Se sentó en el borde para quitarse las botas. Al levantar la mirada, vio a la bardo tumbada de lado en la cama que estaba al lado de la suya. Estaba profundamente dormida, parecía muy feliz y, según parecía, estaba desnuda bajo la sábana que la cubría desde el pecho hasta abajo.

—Me pregunto qué me he perdido —dijo riendo por lo bajo, mientras seguía quitándose las botas.

—Nada. —La voz de Xena era firme, pero apagada, cuando levantó la cabeza, ahora visible, de la almohada que estaba detrás de Gabrielle—. Ahora cállate y duérmete.

—¡Xena! Me alegro de verte, amiga. ¿Cómo has...? O sea, ¿qué ha pasado...? O sea...

—Digamos que nunca se debe subestimar el poder de la bardo. Ahora, a dormir.

El ladrón se fijó en que Xena rodeaba a la bardo con el brazo. Se habría perdido el espectáculo, pero estaba seguro de que su mente sería capaz de rellenar los detalles.

—Como vuelvas a pensar en ella de esa forma, Autólicus, yo misma te mato —murmuró Xena, pegándose más a la rubia.

Vale, pues a lo mejor no rellenaba los detalles. Agitó los dedos de los pies y se tumbó en la cama, entrelazando los dedos por detrás de la cabeza.

—Enhorabuena, Xena.

—¿Por qué? —murmuró ella de nuevo, sin levantar la cabeza de la almohada.

—Por enamorarte.

—Me parece que no he tenido mucha elección.


Afrodita y Cupido observaban desde un rincón del templo.

—Ooooh, qué total, hijo —gorjeó la diosa—. Listo, muy listo.

—Gracias, mamá.

—Has estado brillante.

—Bueno, es que cuando oí a Xena decirle a su caballo que se sentía como invisible para la rubia, supe que tenía que intentarlo. Pero clavarle esa flecha a la guerrera no fue fácil. No se queda quieta mucho rato.

—Así que cuando la bardo se rindió y pronunció las dos palabras mágicas, el hechizo se rompió.

—Se medio rompió. Xena tenía que decirlas también.

—Parece que las ha dicho.

El dios menor se echó a reír, asintiendo.

—Ya lo creo, muchas veces. Creo que en un momento dado ha llegado a gritarlas. Al parecer, la rubita tiene... mmm, mucho talento.

—Bueno, no se puede ser bardo si no se tiene una habilidad oral increíble.

—Muy cierto.

Los dioses se quedaron observando mientras los tres ocupantes del templo se sumían en un sueño satisfecho. Se volvieron el uno hacia el otro, chocaron esos cinco y desaparecieron en la noche, convencidos de que su labor estaba hecha.


FIN


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