El trabajo de una bardo
no acaba nunca

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Implícito.
Otros: 2 de julio de 2001. Se destripa el episodio Una amiga en apuros, partes 1 y 2, y otros episodios.
tnovan@aol.com

Título original: A Bard's Work Is Never Done. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Gabrielle alternaba entre mordisquearse el labio inferior y beber vino. Observaba atentamente a Xena mientras ésta leía el último pergamino que había escrito. La bardo convertida en guerrera tenía sentimientos encontrados ante el hecho de que su amiga leyera ahora sus pergaminos. Por una parte, estaba encantada: había costado mucho que Xena leyera los pergaminos, incluido, aunque no sólo, el hecho de haber sido clavadas a una cruz romana. Por otra parte, no estaba tan encantada. Desde que Xena había empezado a leerlos, también había decidido convertirse en la crítica más despiadada de la bardo. Y había algunas cosas por las que simplemente no quería ser criticada.

La guerrera frunció el ceño mientras leía el final de la historia. Al tiempo que leía, alargó la mano para coger su propia copa de vino y estuvo a punto de tirarla. Gabrielle se apresuró a agarrar la copa y ponérsela a Xena en la mano.

—Gracias —murmuró la guerrera sin apartar los ojos del pergamino.

Gabrielle observó con muchos nervios cuando Xena se puso a tamborilear con los dedos en la copa. ¿Pero cuánto se tardaba en leer una historia? La bardo se movió en la silla, jugó con los restos de su cena, recorrió con la mirada el comedor vacío de la taberna, volvió a moverse y por fin estalló.

—¡Oh, por todos los dioses, Xena! ¿Te gusta o no? —Al darse cuenta de que acababa de perder el poco control que tenía, Gabrielle se reclinó en la silla, escondiéndose detrás de su copa de vino.

Xena levantó la mirada y meneó la cabeza ligeramente.

—Mmm... bueno... Gabrielle. —Hizo una pausa, tomando un trago de vino—. Es interesante.

—¿Interesante en plan bueno o interesante en plan malo? —preguntó, bajando la copa.

La guerrera miró más allá de la mesa, tratando de encontrar las palabras justas.

—No está mal. Es una historia muy buena. Mucha acción. —Pasó distraída las manos por el pergamino, alisándolo—. Buenas peleas... mmm...

—¿Pero?

Xena se removió en la silla.

—Bueno, el final me resulta un poco curioso. Es decir, nunca hasta ahora me habías matado en una de tus historias. ¿Intentas decirme algo?

—¡Dioses, no, Xena! —Alargó la mano y cogió la de la guerrera—. Es sólo que me apetecía probar algo diferente. Pensé que un poco de tragedia podía ser entretenido.

—Ah —dijo en voz baja, asintiendo—. ¿Pero tenías que cortarme la cabeza?

—¿Excesivo?

—Sí, creo que sí. O sea, no me importa la parte donde me enfrento a todos los soldados yo sola. —Sonrió a su amante—. La verdad es que ha quedado muy bien, pero me refiero, vamos, Gabrielle, que al final me derroten y me corten la cabeza... Eso es un poco... mmm...

—¿Fuerte?

—Mucho. —Xena torció el cuello—. Me gusta mucho tener la cabeza donde la tengo, gracias. —Bebió otro trago de vino y luego añadió, con una sonrisa libidinosa—: Sólo hay otro sitio donde prefiera tenerla.

La bardo se sonrojó inmediatamente, tapándose los ojos e intentando disimular la sonrisa detrás de la mano.

—¡Xena!

—Bueno, es la verdad. —La guerrera empujó el pergamino al otro lado de la mesa—. Pero la historia es tuya, y si a ti te gusta así, ¿quién soy yo para oponerme?

—Sólo el personaje principal.

—¿Entonces puedo dar opiniones creativas?

—Estoy abierta a sugerencias —asintió la rubia, mirando ahora su pergamino.

Xena se echó hacia delante, apoyando los brazos en la mesa y haciendo girar la copa de vino entre las manos.

—Vale, pues lo primero de todo, ¿no crees que la historia estaría mejor si ocurriera aquí en Grecia? Yo nunca he estado en Japa. A la gente le va a resultar más creíble que me cargara una ciudad griega entera, pero dudo de que se vayan a tragar lo de Japa.

La bardo sacó su pluma de la caja de madera diseñada especialmente que le había regalado Xena por su aniversario. Sacó una pequeña ampolla de tinta y se puso a tomar notas en el pergamino.

—Cambio de lugar —musitó mientras escribía—. Entendido. —Miró a Xena—. ¿Qué más?

—Quita a esa tía de Japa. He renunciado a las mujeres asiáticas.

Gabrielle levantó la vista, mirando a su amante con los ojos entornados. Quería preguntarle a qué se refería, pero decidió dejarlo estar. Volvió a garabatear en el papel.

—Cambio de personaje. Vale.

—Y tienes que eliminar a Borias. —Xena se estremeció de asco—. Da grima.

—Tachar a Borias. Bien. —Se mordió el labio, contemplando el pergamino—. Xena, si quito todo esto, ¿con qué me quedo?

—Todavía tienes la parte donde salvamos la aldea.

—¿Pero ahora es una aldea griega?

—Justo. —La guerrera cogió un poco de pan y queso y se lo metió en la boca—. Y tienes esas escenas de combate tan chulas.

—Vale. —Suspiró, pero asintió mostrando su acuerdo—. ¿Y qué pasa con Yodoshi?

—Sí. —Se rascó el cuello—. Es un poco tonto, ¿no crees? O sea, atravesar puertas de papel de arroz no es muy propio de un gran villano. Aunque sí que me ha gustado la parte donde los dos nos convertíamos en bolas de fuego e incendiábamos los árboles.

—Estupendo. Me alegro por ti. —Gabrielle estaba empezando a pensar que permitir que Xena diera sus opiniones creativas era un craso error—. ¿Entonces quién puede ser un gran villano?

—Ah, no sé. —Xena contempló las vigas del techo de la sala—. ¿Ares, tal vez?

—¡¿Ares?! —Gabrielle rompió la punta de la pluma de tanto apretarla contra la mesa—. ¡Vale, de puturrú! —rezongó, metiendo la mano en su zurrón para sacar la pequeña navaja que usaba para afilar el útil de escritura—. ¿Y por qué Ares es tan estupendo? En mi opinión, está ya muy manido.

—Bueno, al menos es un enemigo conocido. —La guerrera se encogió de hombros, bebiendo vino—. Me parece que si voy a librar mi última batalla, al menos deberías darle a Ares el placer de liquidarme. —Se sirvió un poco más de vino y luego rellenó también la copa de la bardo—. Si no te molesta que te lo pregunte, ¿por qué me has hecho volver a ti como fantasma?

—Porque prometiste que jamás me abandonarías —explicó Gabrielle, mirando a su alma gemela a los ojos—. Y en el fondo de mi corazón estoy segura de que jamás lo harías.

Xena sonrió, acariciando el dorso de la mano de la bardo con el pulgar.

—Gracias por creer en mí.

—Es un placer.

—¿Puedo hacer un pequeñísimo comentario?

La bardo gimió, bajando la cabeza.

—Claro, cómo no.

—Hace que parezcas un poco loca.

—¿Loca?

—Pues sí. Loca. —La guerrera trazó unos pequeños círculos contra la sien—. Como chiflada, ¿sabes? Apareces en un barco, hablando sola. Alguien va a pensar que se te ha ido la olla. Como a Najara. Antes de que me dé cuenta, empezarás a llamarme genio y fundarás una especie de culto religioso para lunáticos.

Gabrielle cogió el pergamino y lo agitó delante de la guerrera.

—Ficción, ¿recuerdas? No estoy loca y nunca lo he estado. —Volvió a colocar el pergamino en la mesa y masculló entre dientes—: A menos que sigas así.

—¿Qué?

—Nada. —Tomó unas cuantas notas más—. ¿Algo más? —Dejó la pluma en la mesa con exagerada lentitud.

—Podría comentarte las partes que me han gustado.

—¿Quieres decir que ha habido algo más que te ha gustado aparte de las peleas? —Se cruzó de brazos y se echó hacia atrás en la silla.

—El beso estaba bien.

—¿Qué beso?

—Cuando me diste el agua.

—¿De dónde sacas que eso era un beso? Estaba intentando darte agua, por favor.

Xena guiñó un ojo.

—Era un beso.

—¿Cuánto vino has tomado?

—No mucho. —La guerrera apoyó la mejilla en la mano, inclinándose de nuevo sobre la mesa—. ¿Y estás diciendo que no me besarías en esas circunstancias?

—Claro que sí, pero...

—Era un beso —dijo Xena con aire presuntuoso, echándose hacia atrás.

—¿Qué más te ha gustado?

—Me gusta la parte donde te enseño lo del pinzamiento y te digo lo de si sólo me quedaran treinta segundos de vida. —Sonrió a su compañera—. Eso es cierto, ¿sabes? Si realmente sólo me quedaran treinta segundos de vida, desde luego que querría pasarlos mirándote a los ojos. Quiero que seas lo último que vea.

—Sí, vale, cuando seas una anciana decrépita tumbada en una cama en algún sitio lo hablaremos, hasta entonces prefiero no pensarlo.

—Yo también prefiero no pensarlo —sonrió Xena—. Tengo otras cosas en las que prefiero pensar mucho más.

—¿Como cuáles?

—Ese camisón nuevo que te has comprado en Atenas. —La guerrera meneó las cejas y soltó un gruñidito—. Qué cosita tan sexy.

—Eres incorregible.

—Sé hacer muchas cosas. —La guerrera le guiñó un ojo—. Gabrielle, ¿quieres que te enseñe lo del pinzamiento? ¿Es por eso por lo que lo has incluido en tu historia?

—Bueno... —Había pillado a la bardo y ésta se sentía ahora algo azorada. Pasó el dedo por la superficie de la mesa—. Es que creo que llevamos juntas el tiempo suficiente como para...

—Vale.

Gabrielle levantó la cabeza de golpe.

—¿¡Cómo!?

—He dicho que vale. Te enseñaré el pinzamiento. —Se bebió la copa de un trago y luego la volvió a llenar.

—Caray. —Gabrielle no consiguió disimular su asombro—. No pensé que me lo fueras a enseñar nunca.

—Si te enseño todo lo que sé hacer, ya no me necesitarás. —Xena sonrió ligeramente con tristeza.

La bardo se levantó y se colocó junto a la guerrera. Cogió la cara de Xena entre las manos, obligándola a mirarla.

—¿Eso es lo que crees?

Xena hizo un amago de encogerse de hombros e intentó apartar la mirada de los ojos verdes que poseían su alma misma.

—Oh, Xena, eso es una ridiculez total. Te quiero. Siempre te necesitaré.

La guerrera sonrió y se echó hacia delante, dando un besito tierno a la bardo.

—Eso es mutuo, Gabrielle. Te quiero. —Se echó hacia atrás, contemplando a su amor—. Creo que siempre te he querido.

La rubia sonrió y sus ojos destellaron a la luz de las velas que había sobre su mesa.

—¿Siempre?

—Sí.

—Y yo que creía que te fastidiaba cuando nos conocimos.

—Sí, pero ¿sabes qué? Me enamoré de esa molesta y pequeña fugitiva de Potedaia y he tenido la fortuna de ver cómo se convertía en una mujer bella e inteligente. Te has convertido en una persona maravillosa. Mientras que todos los cambios por los que pasé yo no fueron de verdad cambios buenos hasta que te conocí, cada uno de los cambios que he visto en ti ha sido para bien. Te han convertido en la mujer extraordinaria y segura de sí misma que veo ahora. La mujer sexy y alegre que me enorgullezco de que sea mi amor. Y la persona entregada que es la otra mitad de mi alma.

Gabrielle atrapó la lágrima que tenía en el ojo y se la secó antes de que pudiera caer. Meneó la cabeza mientras miraba a Xena.

—¿Cuándo has aprendido a hablar así de bien?

—Oye, ¿quién ha dicho que yo sea la única que ha enseñado cosas? Amar a una bardo tiene sus ventajas. —Se rió suavemente, dando golpecitos en la mesa con los dedos—. Ahora conozco un montón de palabras rimbombantes —bromeó un poco más.

Gabrielle se echó hacia delante y susurró al oído de la guerrera. Luego miró a Xena.

—¿Conoces el significado de esas palabras?

Xena carraspeó y asintió con fuerza.

—Oh, sí —gimió—. Pero creo que deberíamos volver a la posada. Nos podrían arrestar si probamos eso aquí.

—Vale. —Gabrielle regresó a su lado de la mesa y guardó sus cosas. Recogió el pergamino y miró a Xena—. Vámonos.

Xena se levantó y señaló la puerta.

—Después de ti, querida.

La bardo se acercó a la chimenea y echó dentro el pergamino antes de volver a la puerta.

Xena enarcó las cejas.

—¿Por qué has hecho eso?

—He decidido que no me gusta mucho. Creo que voy a intentar otra cosa. Tal vez una historia romántica. —Le guiñó el ojo a Xena antes de salir por la puerta.

—¿Puedo dar opiniones creativas sobre eso? —dijo Xena, al tiempo que salía por la puerta detrás de la bardo.

—Oh, sí —llegó flotando el gemido de Gabrielle, haciendo que la sonrisa de Xena se ensanchara.

La guerrera sacudió la cabeza.

—Las claras ventajas de amar a una bardo —murmuró antes de salir trotando para alcanzar a su compañera.


FIN


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