Recuérdalo todo

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de Studios USA. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Esta vez no.
Violencia: ¡Sí! Hay violencia en este relato y la víctima es Gabrielle, aunque NO a manos de Xena y no se describe en absoluto lo que ocurre, pero si eso os molesta, puede que este relato no sea para vosotros. Éste relato trata de la homofobia y de la violencia que puede estallar como consecuencia. Eso es algo todavía muy duro y muy real para muchos de nosotros. Y una razón my válida para que muchas parejas jamás "salgan del armario" ni revelen la "auténtica naturaleza" de su relación.
Lenguaje: Hay lenguaje fuerte.
Otros: 14 de abril de 2001.
tnovan@aol.com

Título original: Remember Everything. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Gabrielle sonrió y cruzó en silencio la habitación hasta la cama donde Xena roncaba sin mucha delicadeza. Tiró de las mantas para tapar mejor el cuerpo de la guerrera y le arropó bien los hombros. Sabía que si Xena no conservaba el calor, por la mañana estaría de mal humor, y Gabrielle detestaba que Xena estuviera de mal humor. Y el resto del mundo también lo lamentaba bastante.

Xena se acurrucó en las mantas y hundió la cabeza hasta prácticamente desaparecer debajo de ellas. La bardo sonrió y regresó a la segunda cama y su pergamino más reciente. Todavía no estaba lo bastante cansada como para dormir, pero sabía que Xena estaba agotada cuando llegaron a la posada. Habían pasado un largo y frío día ayudando a los aldeanos a reparar los daños tras el enfrentamiento entre dos señores de la guerra que había tenido lugar cerca de sus tierras.

Incluso después de tantos años, seguían pidiendo dos camas cuando alquilaban una habitación en cualquier alojamiento que no conocieran bien. Nunca usaban las dos, pero siempre pedían dos. Lo cual a la bardo le venía bien, porque así Xena podía dormir y ella podía quedarse levantada y escribir si quería, pero cuando le llegaba la hora de acostarse, siempre lo hacía donde dormía su guerrera.

Dejó el pergamino a un lado y se quedó contemplando la noche por la ventana, viendo la nieve caer, y dejó que su mente volviera a una época ya muy lejana...


Xena quitó la silla de lomos de Argo y la levantó sin esfuerzo para colocarla sobre la pared de separación de la casilla.

—Le voy a dar un buen cepillado antes de retirarnos, Gabrielle. Hoy se lo ha ganado.

La bardo dio una palmadita tierna y cariñosa a la yegua en el cuello.

—Ya lo creo. Yo voy a ocuparme de conseguir una habitación y algo de comer.

La guerrera aprovechó un momento para rodear la cintura de la bardo con el brazo y darle un besito en el cuello.

—Mmm, perfecto. ¿Y un buen baño caliente? —susurró en una oreja sonrosada, metiendo la nariz en el largo pelo rubio—. ¿Podemos permitírnoslo?

—Oh, creo que podemos permitírnoslo. —La joven se estremeció un poco por los escalofríos que le producía en la espalda el aliento cálido de Xena. Dejó su vara apoyada en la pared y dejó que su cuerpo se fundiera con su compañera—. Oooh, qué agradable.

La guerrera se rió suavemente y apartó los labios del cuello de la bardo, sonriendo al ver los vidriosos ojos verdes.

—Sí que lo es, bardo mía. Escucha, tú ve a conseguir la habitación y el baño y haremos que sea aún más agradable. No tardaré.

Gabrielle respiró hondo y soltó el aliento para calmar su pulso acelerado.

—Habitación. Baño. Bien. Hasta ahora, guerrera. No tardes mucho.

—No tardaré. Te lo prometo. —Volvió con Argo, le quitó la manta del lomo y la puso también en la pared de separación.


Vio a la rubita salir de las cuadras. La guerrera de dentro podría ser demasiado para ellos, pero la rubia no, y serviría como aviso de que a esta aldea no le gustaban las personas de su "clase". Se ciñó el manto alrededor de los hombros, pues empezaba a nevar con más fuerza.

El observador la siguió hasta que tres más se unieron a él y se metieron en un pequeño callejón por el que podían atajar y cortarle el camino antes de que llegara a la posada. Se ocultaron entre las sombras y esperaron. Esperaron en la oscuridad. Acecharon en la oscuridad.


La bardo iba dando golpecitos en el suelo con la vara al caminar. Estaba muy contenta con la vida tal y como era en esos momentos. Xena y ella acababan de marcharse tras una larga visita a las amazonas y disfrutaban de la novedad de su relación. Era como una luna de miel. Y las dos la estaban disfrutando al máximo.

Ella la disfrutaba porque por fin entendía lo que se sentía al amar y ser amada, y la sonrisa de Xena valía más que todos los dinares y el oro de Grecia. Gabrielle también estaba encantada de haber descubierto recientemente que podía conseguir que la guerrera se ruborizara. No era algo que hiciera a menudo, pero era maravilloso saber que sólo ella tenía ese poder sobre la poderosa Princesa Guerrera.

Se echó a reír de nuevo por lo bajo al pensarlo. Ni los oyó cuando la agarraron por detrás y la arrastraron al callejón.


Xena cerró la puerta de las cuadras. Había tardado un poco más de lo que pretendía, pero había descubierto un nudo especialmente difícil en la cola de Argo y tuvo que cepillarlo hasta eliminarlo. Se puso el manto sobre los hombros y se dirigió a la posada.

Había una silenciosa belleza en una nevada reciente sin tocar por el hombre o los animales que a Xena siempre le resultaba relajante, y ésta no era distinta. No había huellas en esta nieve y casi le dio pena que las suyas estuvieran rompiendo la belleza natural de todo aquello. Aspiró una profunda bocanada de aire gélido antes de adentrarse en lo que sin duda sería el aire viciado de la posada y taberna del pueblo.

La sala se quedó en silencio cuando entró en el edificio. Estaba acostumbrada a ello, pero así y todo le ponía nerviosa, y sus sentidos siempre se ponían en alerta máxima por si había problemas. Sabía que la estaban mirando. Se pasó la lengua por los dientes blancos, apoyó un codo en la barra y miró por la sala. Había media docena de hombres esparcidos por la sala, bebiendo y tratando de fingir diversos niveles de interés por ella.

—¿Qué puedo hacer por ti, guerrera? —El posadero al menos intentaba hacerse pasar por cortés.

—Viajo con alguien. Ha venido y ha pedido una habitación. También habrá encargado dos comidas y un baño. ¿Qué habitación es...?

—Está completo. —Pasó un trapo por la barra—. No quedan habitaciones.

—Ya. —Xena vio que un par de hombretones se acercaban un poco más a la barra. Dejó caer la mano hacia el chakram y la dejó ahí—. ¿Y hay otra...?

—No. —Colocó unas cuantas jarras.

—La persona con quien viajo...

—No he visto a tu amiga.

—No recuerdo haber dicho que esta persona sea una mujer. Pero ahora que lo mencionas... —Alargó la mano y tiró del posadero, sin dejar de observar la sala y a sus ocupantes—. ¿Dónde está mi amiga?

—No la he visto —balbuceó de nuevo—. Te lo juro, yo jamás la he visto.

Ésa era la respuesta que buscaba la guerrera. Lo apartó de un empujón y se irguió, fulminando a todos los hombres de la sala con la mirada.

—¿Dónde está? —Su voz era grave y tranquila y ninguno de los hombres de la sala se dio cuenta de lo peligroso que era que estuviera tan calmada.

Todo el mundo bajó la vista hasta que Xena desenvainó la espada.

—Tenéis como un segundo para empezar a hablar antes de que empiece a cortar. ¿Dónde está mi amiga?

Un hombre fue tan estúpido de intentar pasar ante ella para salir. Maniobra que le costó cara, pues de repente salió despedido hacia atrás cuando ella le puso la mano en el pecho y lo lanzó al otro lado de la sala, donde se estrelló contra una mesa.

—¡Nadie sale de aquí hasta que me digáis dónde está! —Su voz iba subiendo al tiempo que su presión sanguínea, y se dieron cuenta de que estaba a punto de estallar como fuego griego.

—En la parte de atrás —dijo una vocecita desde el rincón.

Envainó la espada y salió corriendo hasta la parte de atrás de la taberna, adentrándose en una pequeña extensión que servía como vertedero. La luz de la luna iluminaba apenas la zona y el hedor estuvo a punto de derribarla.

—¡Gabrielle! —Empezó a moverse frenética por la pequeña extensión, registrándola cuidadosamente, avanzando despacio hacia la parte de delante del callejón que estaba al lado del edificio—. ¡Gabrielle!

Oyó un leve gemido a la izquierda y cayó de rodillas, palpando más que viendo y escuchando. Volvió a llamar a su bardo con un susurro.

—Gabrielle, vamos, amor. Otra vez, que yo te oiga.

—Xe... —Un grave quejido y algo se movió cerca de un montón de basura cubierto de nieve.

La guerrera gateó deprisa hasta ese punto y apartó la basura que habían amontonado encima de la joven.

—¡Dioses! —La guerrera sacó a toda prisa a su amiga de la porquería y la estrechó entre sus brazos. Estaba fría y malherida y era evidente que llevaba allí un buen rato.

La bardo no pudo evitar soltar un grito cuando Xena la abrazó.

—Me duele... —fue lo único que consiguió decir antes de desmayarse.


La guerrera agradeció que Gabrielle se hubiera desmayado. Así sería más fácil moverla. Fácil para las dos: Gabrielle tenía menos probabilidades de sentir el dolor y Xena se alegraba de no tener que oír a su amiga gimiendo y llorando de dolor mientras la trasladaba para pedir ayuda.

La cogió en brazos con toda la delicadeza que pudo, intentando quitarle la suciedad y la basura de la cara y hacer una lista de las lesiones que podía ver. Salió a la calle desde el callejón. Mirando a su alrededor, no tardó en ver el cartel del sanador a pocas puertas de distancia. Caminó deprisa y ni se molestó en llamar, simplemente abrió la puerta de una patada y entró en la estancia.

Colocó a Gabrielle encima de la mesa y por fin pudo ver bien su rostro magullado. A la guerrera se le llenaron los ojos de lágrimas mientras acariciaba delicadamente las facciones de la bardo.

—¿Por qué? ¿Por qué te han hecho esto?

—Aquí no nos gustan las personas como vosotras —dijo una voz ronca desde el otro lado.

La guerrera se quitó el chakram de la cadera y se volvió hacia la voz. En el umbral había un hombre, en camisa de dormir y sujetando una lámpara. Era evidente que su repentina entrada lo había despertado.

—¿Tú eres el sanador?

—Sí.

—Ayuda a mi amiga. Le han dado una paliza.

—No voy a tratarla. Se ha llevado su merecido. Os tendrían que haber dado una lección a las dos, pero tú les das miedo.

Xena no conseguía entenderlo. Su mente seguía fija en la idea de ayudar a Gabrielle.

—¡He dicho que la ayudes!

—No. No voy a hacerlo. —Se volvió y se marchó, regresando a la habitación interior de donde había venido. Xena oyó cómo corría un cerrojo y supo que se había encerrado para el resto de la noche.

Se volvió, encendió una vela y luego cerró la puerta, bloqueándola con una silla para impedir que la abriera una ráfaga de viento. Se quitó el manto, encendió más velas y la habitación se llenó de luces difusas y sombras. Antes de intentar ayudar a Gabrielle, tapó con su manto a su amiga herida y temblorosa mientras encendía un fuego en la estufa.

Miró por encima del hombro cuando Gabrielle se quejó. Xena metió otro leño en la estufa y cerró la rejilla. Se levantó, se quitó las armas y las dejó en una mesa al alcance de la mano, dispuesta a hacer lo que hiciera falta para cuidar de su amante. Se inclinó sobre Gabrielle, mirándole la cara magullada y pasándole los dedos tiernamente por el pelo.

—¿Gabrielle?

—Xena... —gimió la bardo, abriendo los ojos despacio—. Lo siento. Me agarraron...

—Sshhh, tranquila. No es culpa tuya.

—Intenté hablar, intenté correr, intenté...

Las lágrimas caían por las mejillas de Xena mientras escuchaba a la bardo.

—Lo sé. Hiciste todo lo que te he enseñado. Ahora descansa. Estás conmigo y te voy a cuidar.

Gabrielle asintió.

—Lo sé.

La guerrera se secó los ojos y carraspeó, sabiendo que iba a necesitar una respuesta a la siguiente pregunta y esperando que la bardo fuera capaz de dársela.

—Gabrielle, ¿te han violado?

Meneó la cabeza despacio.

—No. Sólo me han pegado. Dijeron que aquí no somos bien recibidas.

—Bueno. —Xena siguió pasando los dedos por el pelo rubio—. Eso lo han dejado bien claro, pero ahora van a tener que cargar con nosotras, hasta que estés mejor y puedas viajar.

—Me duele el estómago —gimoteó un poco, con las mejillas bañadas en lágrimas. Xena se las secó tiernamente, sabiendo que Gabrielle había hecho todo lo que había podido para detenerlos.

—Vale. Voy a cuidar de ti, cariño. Tú relájate. Te vas a poner bien.

En los labios de Gabrielle apareció poco a poco una leve sonrisa y deslizó su mano en la de Xena.

—Lo sé. —Luego cerró los ojos y volvió a quedarse dormida.


Xena se reclinó en la silla y cerró los ojos. Dos horas había tardado en atender a su bardo. La paliza había sido cruel, y tuvo que coser varios cortes pequeños, entablillarle una muñeca rota, vendarle las costillas rotas y en general limpiarle la suciedad y la mugre que tenía en el cuerpo por haber sido tirada a ese montón de basura y cubierta con ella.

La guerrera ni había intentado rescatar la ropa de la bardo. Simplemente la quemó y le puso a la joven una camisa limpia y polainas de invierno para que estuviera bien abrigada. Había encontrado todo lo que necesitaba para atender a su amiga herida, desde medicamentos hasta gruesas mantas. Mientras estaba ahí sentada con los ojos cerrados, hizo una lista de las cosas que no tenían.

No tenían comida y no tenían dinero. Xena había advertido que faltaba la faltriquera de Gabrielle, lo cual quería decir que también faltaba la mayor parte de sus dinares. Xena siempre guardaba unos cuantos, pero no eran ni por asomo suficientes para comprar las cosas que iban a necesitar. Resopló al pensar eso: como si de todas formas alguien de este pueblo fuera a comerciar con ellas.

Abrió los ojos rápidamente al oír movimientos en la parte de atrás del edificio. Se quedó sentada muy quieta esperando el ataque. Se sintió bastante aliviada al darse cuenta de que se trataba del sanador, que se marchaba por la puerta de atrás. Lo último que quería era luchar en este reducido espacio donde Gabrielle podría sufrir aún más daños.


Gabrielle abrió los ojos y gimió. Le dolía la cabeza, le dolía el cuerpo, le dolía... bueno, le dolía todo. Movió los dedos por encima de la manta con la que estaba tapada y tardó un momento en darse cuenta de dónde estaba exactamente. Sabía que estaba en una cama blanda y caliente y se sintió muy agradecida al mirar por la ventana y ver la nevada que caía fuera.

Escuchó atentamente, como le había enseñado Xena. Oyó el chisporroteo de un fuego y al inhalar, olió efectivamente la leña quemada. De modo que supo que por el momento estaba abrigada y a salvo. Lo que no sabía era dónde estaba Xena y eso empezó a preocuparla. Pero como había aprendido, no quiso llamarla por si había una razón para no hacerlo. Y por lo que a ella se refería, la paliza que se había llevado era razón más que suficiente.

Intentó incorporarse, pero la muñeca y las costillas la disuadieron de inmediato y se limitó a gemir, volviendo a echarse en la cama. Poco después, la puerta de la habitación se abrió y entró Xena con una pequeña bandeja.

—Vaya, buenas tardes, preciosa. —La guerrera sonrió, colocó la bandeja en una mesilla al lado de la cama y se sentó al lado de Gabrielle—. ¿Cómo te encuentras?

—¿Qué aspecto tengo? —preguntó la bardo, dándose cuenta por primera vez de que tenía los labios hinchados y de que debía de dar lástima.

—La verdad, Gabrielle. —La guerrera suspiró, cogiendo un cuenco de la bandeja—. Estás hecha una mierda de centauro. Parece que te ha arrollado un grupo de carros romanos por un lado y luego un grupo de carros griegos por el otro... —Removió el estofado, mirando a la bardo con ojos risueños.

Por alguna razón, a Gabrielle le hizo gracia la descripción de la guerrera y trató desesperadamente de no echarse a reír porque le dolía.

—¡No! No me hagas reír.

—Te duele sólo cuando te ríes, ¿eh?

—No, me duele mucho de todas formas, pero me duele más cuando me río.

—Está bien. Prometo no hacerte reír más, al menos hasta que te hayas curado un poco.

—Gracias. —La bardo olfateó y alzó la cabeza, dando muestras de cierto interés por el cuenco—. ¿Alguna posibilidad de que eso sea para mí?

—Bueno, lo he cocinado yo, así que no seré yo la que se lo coma.

—Tengo tanta hambre que en estos momentos hasta me puedo comer tus guisos —bromeó la bardo.

—Sí, ya te encuentras mejor.

—¿Qué es? —Gabrielle intentó incorporarse de nuevo, y esta vez Xena dejó el cuenco y ayudó a la joven a sentarse—. Gracias. Bueno, ¿qué hay en ese cuenco?

—Estofado de conejo. ¿Quieres probarlo?

—Sí, pero no sé... —Levantó la muñeca rota.

—Tranquila. Me encantará darte de comer. —La guerrera volvió a coger el cuenco y lo removió una vez más, asegurándose de que no estuviera demasiado caliente para la carne magullada y cortada de su bardo, tanto dentro como alrededor de la boca.

—¿Dónde estamos?

—Ahora nos encontramos en casa del sanador. Estamos, mm... más o menos escondidas en estos momentos.

—No somos la pareja más popular del pueblo, ¿verdad?

—Ése es el problema.

—¿El qué?

—Que somos pareja. Parece que a esta gente no le gusta la idea de que seamos pareja. —Xena dio de comer a la bardo una cucharada de estofado.

—Ya lo he notado. —La bardo hizo una ligera mueca de dolor a causa de las costillas cuando tragó el primer bocado de estofado—. No paraban de decir que eso me daría una lección por ser "así".

—¿Y te la ha dado?

—Sí, me ha enseñado que tengo que trabajar más con la vara, porque no estoy dispuesta a que me den otra paliza como ésta.

Xena se rió levemente y le pasó a la bardo un tazón de té.

—Es un buen plan, mi amor. Eso o renunciar a mí. —Enarcó una ceja.

—Eso no va a pasar jamás. —Bebió un poco de té—. Supongo que mi vara y mi bolsa han desaparecido, ¿no?

—Bueno, la verdad es que no me he atrevido a salir mucho. Primero, porque no quería dejarte sola, y segundo, porque prefiero no recordarles que seguimos aquí. Estoy esperando a que vuelva el sanador y exija que le devolvamos su casa y su consulta. Me pregunto por qué no lo ha hecho aún.

—A lo mejor es su forma de ayudarnos. Dejando que nos quedemos aquí.

—Podría ser, supongo. No podía dejar que lo vieran ayudándote por temor a las represalias de los demás aldeanos más adelante...

—Pero si ha dicho que la guerrera feroz lo ha echado, a ver quién lo va a poner en duda, puesto que es evidente que no querían enfrentarse a ti...

—Justo —asintió Xena—. De todas formas, conseguí convencer a uno de los chicos del lugar para que husmeara un poco y encontró tu vara, pero no ha encontrado tu bolsa.

—Todo nuestro dinero estaba en esa bolsa, Xena. Lo siento. —Gabrielle se echó a llorar al empezar a asimilar el peso de lo que había ocurrido realmente.

—Eh. —Xena dejó el cuenco y le quitó el tazón a la bardo de la mano temblorosa—. Sólo es dinero. Sólo era una bolsa. Esas cosas las podemos sustituir. Yo sólo me alegro de que estés bien.

—¿Cómo pueden odiarnos tanto? Ni siquiera nos conocen. —Lloró en el hombro de Xena, rindiéndose por fin a la emoción del momento.

Xena se sentó con ella en la cama y la abrazó, estrechándola todo lo que se atrevió para consolarla.

—Es que no lo entienden. Y lo que no entienden les da miedo.

—No hacemos daño a nadie.

—Lo sé. —Xena le dio un beso en la cabeza—. Vamos, cariño. —Se metió en la cama—. Necesitas descansar y ponerte bien y no preocuparte por esto.


Gabrielle se volvió para mirar cuando Xena gruñó. Se había quedado tan ensimismada que había perdido la noción del tiempo. La vela estaba casi agotada, la nieve era espesa y seguía cayendo fuera de la ventana.

Se dio cuenta de que cuando hacía frío, la muñeca aún le dolía por aquella antigua paliza. Se miró la mano, cerró el puño y flexionó la muñeca. De todas las viejas lesiones que había sufrido a lo largo de los años, ésta era probablemente la que más le dolía. No era el dolor físico: era la idea de que alguien pudiera odiarla por estar enamorada de Xena.

Xena alzó un poco la cabeza y miró a la rubia guiñando los ojos.

—¿Te vas a pasar toda la noche ahí sentada o vas a venir a la cama? —refunfuñó.

La bardo sonrió.

—Oh, me voy a la cama. Dame un minuto.

—Vale. —La guerrera dejó caer la cabeza de nuevo en la almohada.

Se levantó y quitó las mantas de la cama donde había estado sentada para darle ese aire "usado". Luego fue al otro lado de la habitación y se metió entre las sábanas y en los brazos de Xena.

No era justo.

Pero a lo largo de todos los años que llevaban juntas, la única lección que Gabrielle había aprendido muy bien era que no todo en la vida, o en la muerte, era justo.


FIN


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