En los sitios más extraños

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre pertenecen a... bueno, a saber de quién son a estas alturas. Podrían ser de Studios USA, pero no lo sé. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Ya me conocéis, creo en ello, pero en este relato no hay mucho.
Sexo: No.
Violencia: Sí.
Otros: Esto ocurre MUY al principio de la serie. En la primera parte de la primera temporada. Tenía necesidad de volver a mis raíces.
Advertencia: Se hace referencia a varios episodios de Xena. Si a estas alturas no los habéis visto, ¿dónde habéis estado metidos estos últimos siete años? ¿Debajo de una piedra?
tnovan@aol.com

Título original: In the Strangest Places. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena estaba sentada observando. Observando a Gabrielle mientras ésta dormía inquieta. La muchacha se había puesto enferma dos días antes y no había hecho más que empeorar, aunque Xena había hecho todo lo posible por cuidarla y darle las hierbas con las que se tendría que haber puesto mejor.

La guerrera suspiró y continuó afilando su espada, con los ojos y los oídos alerta por si percibía algo que le indicara que el señor de la guerra Andrus estaba por la zona. Lo último que le faltaba, encima de tener a Gabrielle enferma, era un enfrentamiento con él.

Andrus se había enterado de que Xena había vuelto a engañar a Draco, lo cual no era difícil, puesto que era Draco, pero Andrus estaba furioso y había ofrecido una recompensa de diez mil dinares por la cabeza de Xena.

Hizo un inventario de todo lo que iba mal en su mundo en estos momentos. No tenía ejército y sólo podía contar consigo misma. Varios de sus hombres se habían sentido traicionados cuando deshizo el campamento y no tardaron en aliarse con otros señores de la guerra con la esperanza de obtener venganza.

No tenía dinero y menos probabilidades aún de conseguirlo en un futuro cercano. Hacía tanto tiempo que no tenía que ganar dinero que la idea le resultaba extraña.

Se estaba quedando sin provisiones, y la adquisición de su nueva "amiga" no contribuía a mejorar la situación en absoluto. Gabrielle no sabría hacer gran cosa, pero comía de lo lindo. Y el mal tiempo de los últimos días había dificultado mucho la posibilidad de cazar algo para comer.

Xena se rascó la mejilla mientras observaba a la joven, que empezaba a agitarse de nuevo. En silencio, se levantó del tronco donde estaba sentada y cruzó el campamento. Echó un par de trozos de leña más al fuego y luego se arrodilló junto a su paciente.

Al palpar la frente de Gabrielle, no se sorprendió al descubrir que la fiebre le había subido de nuevo. Cogiendo un paño de un montón que había colocado junto al fuego, le echó agua de un odre y se lo puso a Gabrielle en la cabeza.

—Pero qué boba eres. No tienes ni idea. Ni idea de lo que soy ni de lo que quieres. —Pasó el paño despacio por la frente ardiente—. Debería llevarte a casa. Me da igual que te vuelvas a escapar. No sería problema mío.

Gabrielle se movió y abrió los ojos: los tenía hinchados e irritados por la falta de descanso.

—Deberías dormir.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Para empezar, porque necesitas a alguien que te cuide y, para continuar, porque Andrus y algunos de sus hombres podrían estar rondando por ahí.

—Me pondré bien.

—Eso no cambia el hecho de que una banda de guerreros sanguinarios nos podría tender una emboscada. —Dedicó un momento a preparar otra dosis de la medicina en una taza de agua caliente—. Bebe.

Gabrielle no llevaba mucho tiempo con Xena, pero ya sabía que no le convenía discutir, aunque el brebaje fuera lo peor que había probado desde que su madre la obligaba a tomar medicinas de niña. Obedientemente, se tragó la mezcla y hasta consiguió no tener arcadas.

—Bueno. —Xena dejó la taza a un lado—. ¿Es ésta la aventura que tenías en mente?

—¿A qué te refieres?

—Dormir en el duro suelo, pasando frío. Muy poco que comer. Ponerte malísima mientras nos persigue alguien que me quiere muerta.

Gabrielle logró esbozar una leve sonrisa.

—Claro. De ahí salen las grandes historias.

Xena meneó la cabeza, mientras cubría a su compañera con las pieles hasta la barbilla.

—Sabes, puede que no seas la niña que deseaban tus padres, pero desde luego, eres de lo que no hay.

—¿De lo que no hay en buen sentido o en malo?

—Todavía no lo he decidido.

—Gracias —contestó con cansancio.

—De nada. Vuelve a dormirte, Gabrielle. Tenemos que movernos nada más amanecer.

—¿Vas a intentar descansar?

Xena no pudo evitarlo: sus labios esbozaron una sonrisa sin su permiso.

—Lo intentaré.

—Vale.

Gabrielle suspiró y cerró los ojos, regresando rápidamente al reino de Morfeo. Antes de moverse, Xena acarició el pelo de Gabrielle con la mano.

—Que descanses. Mañana va a ser un día muy largo.

Cogiendo una piel pequeña, se apoyó en su tronco, se tapó las piernas, se cruzó de brazos y cerró los ojos.


Cuando Gabrielle se despertó, advirtió que el campamento estaba ya casi recogido del todo y que el fuego no era más que brasas humeantes ahogadas en el agua que al parecer Xena acababa de echarles encima. Se prometió a sí misma en ese instante que iba a hacer todo lo posible por ser menos una carga y más una ayuda. Despacio, se incorporó, sintiéndose un poco mareada por el esfuerzo, pero lo controló rápidamente, pues sabía que tenía que moverse o se arriesgaba a ser abandonada en el próximo pueblo o, peor, enviada a casa.

Estaba enrollando su petate cuando Xena volvió al campamento. Gabrielle levantó la mirada y vio que su amiga llevaba un paquete.

—¿Qué es eso?

—Bueno, no gran cosa, pero pensé que tendrías hambre. No son más que unas cuantas nueces y bayas, pero es mejor que nada.

Gabrielle se puso de pie y aceptó el paquete que le ofrecía.

—Gracias. Eres muy amable.

—Gabrielle, soy muchas cosas, pero amable no es una de ellas.

—Tienes tus momentos. —Alzó el paquete—. Te guste o no, esto ha sido amable. No tenías por qué ir a buscar esto. Podrías haberme hecho esperar hasta más tarde.

—Has estado enferma. —Se agachó y recogió el petate del suelo—. Tienes que comer.

—Ya lo ves. Amable —bromeó Gabrielle mientras Xena se acercaba a Argo y guardaba el resto de sus cosas. Decidió no continuar cuando oyó un gruñido grave procedente de esa dirección: nunca había oído gruñir a un caballo.


En lugar de montar, Xena caminaba al lado de Gabrielle, vigilándola por si su amiga volvía a ponerse enferma.

—¿Cómo te encuentras?

—No muy mal. Tengo el estómago un poco revuelto.

—Eso explicaría las dos docenas de paradas para usar los matorrales.

—Sí, efectivamente. No hace falta que me lo recuerdes.

—Bueno, eso sólo quiere decir que lo que estaba mal está saliendo de tu organismo.

—Oh, qué imagen tan encantadora. Gracias.

—Para eso estoy aquí. Para enseñarte los trucos del camino. —Xena no se pudo resistir e hizo un gesto señalando el campo abierto que las rodeaba—. Para mostrarte los entresijos de sobrevivir por tu cuenta.

—No tengo que hacerlo por mi cuenta.

—¿No?

—No. Te tengo a ti.

—Hasta que alguien me mate.

Gabrielle cogió a Xena del brazo y la detuvo.

—No digas eso. Vas a estar bien. Vamos a estar bien. Somos amigas, nos cuidamos la una a la otra.

—Tienes que enfrentarte al hecho de que no hace mucho yo no era una persona muy agradable y que mucha gente desea verme muerta.

—¿Ellos son mejores que tú?

—¿Qué?

—¿Ellos son mejores que tú? ¿Pueden luchar mejor que tú?

—Si pudieran, hace mucho tiempo que estaría muerta... —Se calló y miró ceñuda a su amiga—. Pero qué ladina eres.

—Muy bien, atribúyelo a una de mis habilidades florecientes. Soy capaz de ser ladina.

—Eso nos viene bien. A lo mejor tenemos que convertirte en ladrona para sobrevivir.

Gabrielle se animó de inmediato.

—Eso podría hacerlo.

—Ya. —Xena echó a andar de nuevo y Gabrielle la siguió como un cachorrillo travieso—. Y entonces tendría que ayudarte a escapar de la cárcel.

—Lo harías, ¿eh?

—¿El qué?

—Ayudarme a escapar. O sea, ¿no dejarías que me pudriera allí?

—¿Alguna vez has estado en la cárcel?

—¿Lo preguntas en serio? ¿Es que tengo pinta de haber estado en la cárcel?

—No es un sitio agradable.

—¿Tú has estado?

—Sí. Hace mucho tiempo, cabalgaba con un señor de la guerra llamado Cantus. Era joven y estúpida e intenté robar un caballo cuando el mío se quedó cojo. —Levantó la mirada para observar el vuelo de un halcón—. Me abandonó allí.

—¿Cómo saliste?

—Maté al carcelero y me escapé.

—Ah.

—Ya te he dicho que no soy una persona amable.

—Tal vez entonces no, pero...

—No lo digas.


Entraron en la aldea justo antes del anochecer. Xena logró hacer un trato para conseguir un establo para Argo y una habitación con comida incluida para Gabrielle y para ella.

Una vez dentro, Gabrielle se tiró en la cama, gimiendo de puro placer al sentir el blando colchón relleno de plumas. Desde luego, le daba igual que las sogas de la cama fueran viejas y ya no tuvieran la fuerza de antes para sujetarla: era una cama blanda y eso era lo único que importaba.

—Oh, qué gusto de cama.

Xena tiró las alforjas al suelo, se quitó los brazales y los tiró encima.

—Seguro que sí. Ya puedes disfrutarla, porque va a ser la última que tengas durante un tiempo. Acabo de cambiar mis últimas riendas de repuesto por ella.

Gabrielle se apoyó en los codos y se quedó mirando a Xena, que se sentó junto al fuego para quitarse las botas.

—¿Por qué has hecho eso?

—Necesitamos un sitio caliente donde alojarnos.

—Podríamos habernos quedado en los establos.

—Gabrielle, en los establos hace frío y apesta. Prefiero estar calentita esta noche sin que el olor a estiércol me ataque cada vez que respiro.

La joven miró a la guerrera mientras ésta colocaba sus botas junto a las alforjas y luego sacaba un petate, preparándolo.

—¿Qué haces?

—Lo mismo que casi todas las noches, Gabrielle. Me estoy preparando para dormir.

—¿En el suelo?

—¿Sí?

Gabrielle se levantó de la cama y cruzó la habitación, quedándose de pie por encima de Xena con los brazos en jarras.

—Vaya. Eso tiene mucho sentido. Consigues una habitación para poder dormir en el duro y frío suelo.

—Sólo hay una cama.

—Y somos adultas. Seguro que podemos compartirla.

Xena se asomó por detrás de Gabrielle para mirar la vieja y desvencijada cama.

—No sé si podrá con las dos sin derrumbarse.

—Sólo hay una forma de averiguarlo. Vamos, Xena, ya me siento culpable de que hayas tenido que hacer ese intercambio para conseguir esta habitación. No empeores las cosas durmiendo en el suelo.

—Deberías dejar de sentirte culpable por las cosas sin importancia.

—Tal vez cuando pueda ayudarte más, lo haga. Pero en estos momentos tú cuidas de mí y yo no hago gran cosa.

—Eso ya irá cambiando, no te preocupes.

Gabrielle sonrió.

—¿En serio?

—Más vale. Eran mis últimas riendas.

—Venga, Xena, vamos a la cama.

Gabrielle se metió primero e intentó sujetarse a un lado de la cama mientras Xena se metía con cuidado en el otro lado. Xena se acomodó y Gabrielle se relajó. De repente, la cama cedió por fin y se encontraron compartiendo el centro mismo del colchón hundido. Gabrielle miró el pecho de Xena, que estaba a la altura de sus ojos, y tragó con fuerza antes de decir:

—Me parece que frío no vamos a pasar.

—Espera un momento. —Xena se movió en la cama hasta que se quedó tumbada en el hueco con Gabrielle encima.

—Ah, sí, esto está mucho mejor.

—¿Quieres relajarte? Así está bien.

—Xena, reconozco que sólo soy una chica de pueblo, pero sé cuándo algo no está bien. Parece que somos... que somos... —Se sonrojó, incapaz de terminar.

—Pues no lo somos. Así que ponte cómoda y duérmete.

Xena esperó pacientemente mientras Gabrielle se removía inquieta en la cama, hasta que por fin apoyó la cabeza en el hombro de la guerrera.

—¿Así está bien?

—Sí, Gabrielle. Duérmete.

—Sabes, ya he tenido que compartir la cama con mi hermana. Esto es parecido.

—Pues recuerda que no soy tu hermana.

Gabrielle se acomodó mejor encima de Xena y sonrió.

—No me digas.

—A dormir.


Cuando Gabrielle se despertó a la mañana siguiente, Xena se había ido. Todo había desaparecido. Sintió un ataque de pánico. Salió a toda prisa de la cama y se puso rápidamente la chaquetilla, luego encontró sus botas de media caña y se calzó. Echándose un vistazo, se dio cuenta de que parecía que había dormido vestida, como así era, pero le dio igual. Tenía que encontrar a Xena.

Saliendo a la carrera de la habitación, se detuvo al final del pasillo al oír voces elevadas. Poco a poco, se asomó por la esquina y vio a Xena en la sala principal, rodeada de seis hombres bastante grandes que no parecían amigos suyos.

—Bueno, Xena, parece que Andrus me va a dar a mí esos dinares.

Xena se rió sin humor.

—No creerás de verdad que te va a pagar, ¿verdad?

—Me dio su palabra.

—Y él siempre ha cumplido fielmente su palabra.

—Cogedla —les ordenó a sus hombres, que miraron a Xena y luego de nuevo a su jefe—. No es más que una mujer. ¡Cogedla!

La guerrera meneó la cabeza y luego pasó a romperles la crisma. Gabrielle se quedó mirando pasmada mientras derribaba a los cinco hombres como si no fueran más que sacos de trigo. Mientras se ocupaba de dos de los rufianes, Gabrielle vio que el líder estaba a punto de atacarla por detrás.

—¡Xena, cuidado! —gritó Gabrielle, que entró corriendo en la sala, para darse cuenta de que no le correspondía estar en medio del combate, y entonces intentó decidir qué hacer.

Xena desvió el ataque por la espalda con poco esfuerzo y, al darse la vuelta, atravesó al líder eficazmente. Mirando alrededor, descubrió a Gabrielle manteniendo a raya a uno de los hombres con una silla, pero iba perdiendo terreno rápidamente al verse empujada hacia un rincón.

La guerrera se acercó al hombre por detrás y le dio unos golpecitos en el hombro. En el momento en que se dio la vuelta, le asestó un puñetazo que lo derrumbó en el suelo.

—La próxima vez, métete con alguien de tu tamaño.

Alargó la mano y agarró a Gabrielle de la muñeca.

—Vamos, aquí no estamos a salvo.

—¿Tú crees?

—¡Vamos! —Xena tiró de ella y antes de que Gabrielle se lo pudiera pensar dos veces, ya estaban saliendo por la puerta.

Una vez fuera, las cosas fueron de mal en peor, pues se toparon con Andrus y sus hombres, que eran unos veinte en total.

—¡Genial! —gruñó Xena, adoptando una postura defensiva y colocando a Gabrielle detrás de ella—. Cuando yo te diga, corre.

—No te voy a dejar.

—Ah, sí, ya lo creo.

—No, para nada.

—No discutas y haz lo que te digo. Cuando yo te diga, corre a la parte de atrás de la posada.

Andrus sonrió desde su caballo, observando la conversación.

—Oye, Xena, fíjate, hoy me siento generoso. Suelta la espada y dejaré que tu amiguita se vaya.

—Ya, y supongo que los niveles inferiores del Tártaro se acaban de congelar.

—No sabría decirte. La oferta va en serio. No tengo el menor interés por tu entretenimiento actual.

—¿Qué? —preguntó Gabrielle al tiempo que avanzaba para colocarse al lado de Xena—. ¿Su qué?

—Olvídalo, Gabrielle. Se refiere a algo de hace mucho tiempo.

—Sí. —Andrus se echó hacia delante en la silla, mirando a Gabrielle con una sonrisa lasciva—. Los gustos exóticos de Xena en materia de compañía.

—Yo no tengo nada de exótico. ¡Soy de Potedaia!

Los hombres estallaron en carcajadas, y Xena se preguntó si Gabrielle podía ser más ingenua.

—¿Qué?

—Nada. Por favor, no...

—Bueno, se acabó el tiempo, Xena. —Andrus desmontó de su caballo y desenvainó la espada con agilidad.

Ella suspiró e hizo molinetes con la espada.

—Deberías marcharte, Andrus. No pudiste derrotarme entonces y no vas a poder derrotarme ahora.

—Ya, pero he oído que te has ablandado.

—Pues has oído mal.

—Ya lo veremos. —Se echó la capa a un lado y se preparó para atacar. Xena aceptó el desafío y comenzó el combate.

Andrus era un hombre en forma, bien entrenado y buen soldado. Xena sólo usaba su habilidad innata. Con los años, por supuesto, había aprendido muchas cosas al formar parte y estar al mando de ejércitos. Sin embargo, esta mujer parecía simplemente haber nacido con un arma en la mano.

Gabrielle observaba mientras los dos avanzaban y retrocedían. Se encogía al oír el ruido de las espadas al chocar. Se había acostumbrado, en el poco tiempo que llevaba con Xena, a la idea de que esto era una parte normal de su vida, pero el ruido todavía le hacía daño en los oídos y la asustaba profundamente.


Xena usó el extremo de la capa de Andrus para limpiar la sangre de su espada, mientras él yacía boca abajo en el polvo sobre un gran charco que se extendía debajo de él. Xena miró al resto de sus hombres.

—Tenéis unos diez segundos para largaros antes de que os haga probar un poco de lo que acaba de recibir él.

Los hombres dieron la vuelta a sus caballos y salieron al galope del pueblo. Los observó mientras se alejaban y luego se volvió hacia Gabrielle, que estaba apoyada en una pared, mirando el cuerpo y con aire ligeramente verdoso.

—No he podido remediarlo —dijo Xena suavemente.

—Lo sé. —Gabrielle se apartó de la pared y señaló el cuerpo—. ¿Qué vamos a hacer con él?

—Ya no es mi problema. Que lo entierren los aldeanos.

—Xena, mmm, bueno... yo creo que nos deberíamos ocupar nosotras.

—Cómo no. —Suspiró y volvió a meter la espada en la vaina—. Está bien, lo enterraremos a la salida del pueblo. —Se agachó y lo envolvió en la capa. Lo levantó y colocó el cuerpo sobre el lomo de su caballo, agradeciendo que sus hombres no se hubieran preocupado de llevárselo con ellos. El miedo llevaba a hombres normalmente inteligentes a hacer cosas muy estúpidas.

Cogiendo las riendas, tiró del caballo, deteniéndose para volverse y mirar a Gabrielle, que estaba contemplando el gran charco de sangre que había en la tierra.

—Las cosas no mejorarán si te quedas conmigo.

Gabrielle tragó con fuerza y levantó la mirada.

—Sí que mejorarán.

—Optimista.

Caminaron hasta la salida del pueblo y Xena se dispuso a recoger piedras para formar un túmulo. Gabrielle se quedó cerca del caballo, mirando el cuerpo. Algo que había en la silla le llamó la atención. Alargó la mano despacio para cogerlo, casi temiendo que Andrus fuera a agarrarla. Cogió la bolsita y la abrió, descubriendo que contenía dinares. Muchos dinares. Miró a Xena, que estaba trayendo dos piedras más al claro. Se sacudió las manos y miró a la rubia.

—¿Qué es eso?

—Mm, pues es su bolsa de dinero.

Enarcando una ceja oscura, se acercó a ella, alargando la mano para que le diera la bolsa. Gabrielle le puso la bolsa en la mano y el saco tintineó un poco. Xena abrió la bolsa y miró dentro.

—Vaya, qué bien nos viene esto.

—¿Nos lo vamos a quedar?

—A él no le va a servir de nada, ¿no?

—Supongo que no.

—Gabrielle, considéralo un botín de guerra. Lo he matado y nos quedamos con sus dinares.

—¿Y si él te hubiera matado a ti?

—Se habrían quedado contigo.

—¿Cómo dices?

Xena suspiró y se sentó en el suelo, dando unas palmaditas para que su compañera se sentara a su lado.

—Se habrían quedado contigo y te habrían utilizado para sus propios fines o te habrían vendido como esclava. O las dos cosas.

—Oh.

La mujer alta se volvió para mirar a su compañera más menuda.

—Gabrielle, por favor, deja que te lleve a casa. Aquí no estás a salvo.

—¿Y en casa sí? Xena, ¿recuerdas dónde estaba cuando me encontraste? ¿Draco? ¿Te suena?

Xena cogió una flor del suelo y se puso a arrancarle los pétalos despacio.

—Está bien. Puedes quedarte por ahora, pero en cuanto veas un sitio en el que prefieras estar, márchate, por favor.

—Parece que no deseas mi compañía.

—Vaya, ¿de dónde te has sacado esa idea? —La pregunta era sumamente sarcástica y dio motivos a Gabrielle para replantearse su deseo de viajar con Xena.

—Lo siento —susurró la rubia—. No quiero ser una molestia. Sólo quería escapar. ¿Lo comprendes?

Xena asintió, suspirando al mismo tiempo.

—Sí, claro que sí. —Volvió a mirar a la mujer que se estaba convirtiendo rápidamente en una amiga que no sabía si quería—. Y no eres una molestia. Es que no estoy acostumbrada a tener a alguien a mi alrededor que simplemente quiere estar conmigo porque sí.

—Pues es lo que quiero. Me esforzaré más. Te lo prometo.

—Sé que lo harás.


Xena lanzó una moneda al posadero y le puso una mano a Gabrielle en los riñones.

—Vámonos.

Llevó con delicadeza a Gabrielle hasta la parte de atrás de la posada y al interior de la habitación por la que acababa de pagar. Estaba bien amueblada, con dos grandes camas y una chimenea en la que ya ardía un pequeño fuego.

—Hay una bañera para darse un baño en la habitación de al lado. Te la lleno si quieres. —Xena dejó caer su espada en la cama más próxima a la puerta.

—Puedo llenarla yo. En casa estaba siempre cargando con agua. Será agradable darme un baño y lavarme la ropa.

—Sí. —Xena se rascó la barbilla—. Deberíamos comprarte ropa nueva, para que puedas cambiarte de vez en cuando.

—¿Es que estaba empezando darte asco? —Gabrielle se sentó en su cama y empezó a quitarse las sandalias.

—No. Es que me parece que probablemente no estás acostumbrada a llevar la misma ropa día tras día. Y también tenemos que conseguirte unas botas: las sandalias no son lo más adecuado para todo lo que vamos a viajar.

—¿Todo lo que vamos a viajar? —preguntó, enarcando una ceja rubia.

—Sí, pero lo digo en serio, Gabrielle, si encuentras un sitio...

—Serás la primera en saberlo.

—Venga, ve a darte un buen baño caliente. Y disfrútalo. Puede que sea el último durante un tiempo.

—Gracias.

Xena se quedó mirando a su compañera mientras ésta salía y luego empezó a quitarse las botas. Se preguntó, al tirarlas a un rincón, por qué estaba permitiendo que esta chica se quedara con ella. No era seguro, no era lógico y no estaba bien.

Porque es tu amiga, le dijo su mente mientras se quitaba la túnica de cuero y se echaba en la cama. Y necesitas una amiga. Más de lo que la has necesitado nunca.

Suspiró y se puso de lado, contemplando la puerta que las separaba.

—Ya te darás cuenta y cuando lo hagas, te marcharás. Sólo espero que te des cuenta antes de que sufras algún daño. No quiero que otra persona inocente sufra daños.

Gabrielle salió de la habitación del baño con una gran toalla de lino enrollada alrededor del cuerpo. Vio que el fuego se estaba consumiendo poco a poco y fue a atizarlo, tratando de no despertar a Xena, que parecía estar dormida.

—¿Tienes hambre?

La pregunta sobresaltó a la rubia, a quien se le cayó un tronco en el pie.

—¡Ay! ¡Maldición! —Se calló en cuanto su cerebro percibió la ruda exclamación. Se sentó en la cama y se frotó el pie al tiempo que se le saltaban las lágrimas.

Xena se incorporó, descubriendo, sorprendentemente, que estaba preocupada.

—¿Estás bien?

—No. Me he hecho daño en el pie, he soltado una palabrota y me has dado un susto.

En ese momento, Xena estalló en carcajadas. Al instante supo que eso no iba a hacer que Gabrielle se sintiera mejor y que probablemente incluso haría que se sintiera peor. Por fin consiguió contenerse y se arrodilló, cogiendo el pie de Gabrielle entre sus manos.

—A ver, deja que lo vea.

—No tiene gracia.

—Lo sé. Perdona. No quería asustarte.

—Creía que estabas dormida.

Xena examinó con cuidado el pie de la rubia y frotó el punto donde parecía empezar a tener un moratón.

—No está roto, pero te va a doler un par de días.

—Sobreviviré. Como decía mi madre, "Está demasiado lejos del corazón para matarte".

—Mi madre decía: "Se te pasará antes de que crezcas y te cases".

Gabrielle sonrió, mirándose el pie que Xena seguía frotando.

—Supongo que eso demuestra que nuestros padres no lo saben todo, ¿eh?

—Tu madre tenía razón. Está demasiado lejos del corazón para matarte.

—Gracias. —Gabrielle apartó el pie despacio y se lo metió por debajo de la otra pierna—. Todavía queda agua caliente si quieres bañarte.

—¿Empiezo a apestar? —Xena sonrió cuando Gabrielle bajó la mirada—. No pasa nada, puedes decirme la verdad.

—Mmm, pues sí, Xena, hueles un poco.

—Sudor de guerrera. Es lo que tiene. —Dio unas palmaditas a su amiga en la rodilla—. Voy a lavarme.

—Vale. Yo voy a probar otra vez con el fuego.

Xena estuvo a punto de decirle que no se molestara, que ya se ocuparía ella después del baño, pero se calló y asintió.

—Muy bien, ocúpate de eso. Después de cenar te enseñaré a hacer un estupendo estofado de cordero. —Señaló con la barbilla un paquete que habían comprado antes de llegar a la posada, en el que estaban todos los ingredientes necesarios.

—Sé cocinar —le informó Gabrielle con tono apagado.

—¿En serio?

—Sí, y además se me da muy bien.

—Vaya, pues me parece que ése es tu nuevo trabajo para las dos. Te hago un trato. Yo lo cazo. Tú lo cocinas. ¿Te parece justo?

—Por supuesto. Muy bien. Quiero contribuir.

—Ya lo sé, pero dadas las circunstancias, tu contribución tendrá que ir aumentando con el paso del tiempo. Va a ser una aventura interesante.

—Ya lo es.

—Me parece que me las encuentro en los sitios más extraños.

Gabrielle sonrió porque la forma de conversar empezaba a cambiar entre ellas. Xena era cada vez menos gruñona y ella tenía la esperanza de que continuara así.

—Ve a bañarte. Yo preparo la cena.

La guerrera le guiñó un ojo y se dirigió a la habitación del baño.

Gabrielle puso todo en una pequeña olla y la colgó de un gancho encima del fuego para que se cocinara. Luego su curiosidad innata pudo con ella y se puso a explorar la habitación. Al abrir las puertas de un armarito que había pegado a la pared, encontró un zurrón de cuero, que al parecer se había dejado el último inquilino de la habitación. Lo sacó, advirtiendo que tenía una buena capa de polvo. Estornudando, llevó el zurrón a la cama y se sentó para abrirlo.

Dentro encontró un par de plumas, un tintero y pergaminos. También había una carta, que parecía bastante vieja y que crujió estruendosamente cuando desdobló el papel. Acercándose más al fuego, sostuvo la carta a la luz para leerla.

A veces ocurren cosas en la vida que uno no se espera.

Que uno nunca podría predecir, que uno no creería aunque el propio Zeus bajara del Olimpo para contárselas.

Eso es lo que me ha ocurrido a mí.

Sólo soy un viejo, un narrador de cierta fama en mi región natal. Ahora estoy lejos de casa y al final de mi vida. No me marcharé de esta encantadora posada.

Gabrielle miró la habitación, que era adecuada, pero en absoluto encantadora.

—Pues ha pasado tiempo desde que estuviste aquí. —Alzó el papel y siguió leyendo.

Sólo poseo unas pocas cosas, la mayoría de las cuales he entregado a la gente de este pueblo como pago por la amabilidad que han mostrado hacia este viejo. Lo único que me queda es este zurrón y estas pocas herramientas de bardo. Nadie las quiere, así que te las dejo a ti.

Por favor, acepta este regalo que has descubierto. Tal vez en tu interior haya un bardo a la espera de surgir. Tal vez esta noche sea la noche en que tu musa se pose delicadamente en tu hombro y te susurre en voz baja al oído. Esas voces que te ayudarán a contar grandes historias y a contribuir a cambiar el mundo, mediante las palabras.

En el zurrón también encontrarás una moneda. Acuérdate siempre de llevar una contigo para que siempre tengas suerte en tus aventuras.

Carpe Diem

Gabrielle todavía estaba contemplando la última frase, que no reconocía, cuando Xena entró en la habitación. Iba envuelta en una de las grandes toallas de lino y estaba usando otra para secarse el pelo.

—Esa cena huele bien.

—Gracias. Mira lo que he encontrado.

Xena se sentó en la cama a su lado y miró el zurrón.

—¿Qué tienes ahí?

—Parece el viejo zurrón de pergaminos de alguien. Creo que lleva tiempo aquí. Mira esto. —Le pasó la carta a Xena y la miró mientras la leía—. ¿Qué quiere decir eso? —Señaló las dos últimas palabras.

—Carpe Diem. Es latín, significa "Aprovecha el día".

—Me parece muy buen consejo.

—Depende de quién lo aproveche y por qué.

—¿Y si sólo es para vivir? ¿Para disfrutar de la vida? ¿Eso merecería la pena?

—Supongo —dijo Xena, encogiéndose de hombros.

—También merecería la pena si alguien quisiera cambiar su vida.

Poco a poco, a Xena se le formó una sonrisa en la cara y miró a Gabrielle de reojo.

—Sí, ¿no?

—Claro. ¿Y sabes lo que estaría aún mejor?

—¿El qué?

—Si la persona que quisiera hacer eso tuviera una amiga que la acompañara y la ayudara.

—Sí, supongo que eso cambiaría las cosas.

—Las cambiaría por completo, creo yo.

Xena recogió todos los objetos y le entregó el zurrón a Gabrielle.

—Quédatelo. Se te dan bien las palabras. Eres una bardo nata.

—¿Eso quiere decir que me puedo quedar?

—Sí, sí, te puedes quedar.

—Gracias. No lo lamentarás, te lo prometo.

—Lo sé.

FIN... aunque en realidad era el principio...


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