¿Has dicho que sentiste algo?

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Ahmmm... SÍ.
Violencia: No.
Lenguaje: Moderado.
Detalles sobre episodios: Se revelan importantes detalles de Lazos y Anfípolis asediada.
Otros: Es un relato AQA (argumento, ¿qué argumento?).
tnovan@aol.com

Título original: Tell Me Again, How You Felt Something. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena estiró las mantas de la gran cama mientras Gabrielle le ponía la ropa de dormir a Eva y se disponía a acostar a la niña para pasar la noche.

—Ya estás, tesoro —dijo la bardo con voz de arrullo, levantando al bebé y sentándose en una silla cerca del fuego—. ¿Quieres que esta noche te cuente una historia?

Xena se echó a reír, al tiempo que apartaba las mantas y se metía en la cama. Se tapó los hombros con las mantas y se puso de lado para mirar a la bardo y a su hija.

—Pues claro que quiere. No conseguirá dormir toda la noche de un tirón si no le cuentas una historia.

—¿Es eso cierto, tesoro? Mmm, ¿qué tal si te cuento una historia sobre lo mucho que a mamá le encanta torturarme?

—¡No te pases! —gruñó la guerrera con una sonrisa traviesa.

—Es cierto —comentó Gabrielle, estrechando a la niña y acunándola, meciéndose ligeramente en la silla para relajarla y que se durmiera—. Dices cosas sólo para picarme.

Xena se rió por lo bajo.

—Funciona siempre.

—Eres mala, pero muy mala —rezongó Gabrielle, ofreciéndole a Eva un dedo para que lo chupara mientras se iba quedando dormida.

—Oh, pero si te encanta.

—Ya. —La bardo contempló la cara de su hija—. ¿Has oído, Eva? Dice que me gusta que me tome el pelo. —Miró hacia la cama—. Me estabas tomando el pelo, ¿verdad?

—Gabrielle, sabes que sí.

—¿De verdad no sentiste nada?

Xena respiró hondo y apoyó la cabeza en la mano.

—Sí, Gabrielle, sí que sentí algo... un asco total.

—¿En serio?

—En serio. Vamos, anda. ¿Por qué iba a desear a Ares cuando te tengo a ti?

Gabrielle enarcó una ceja.

—Pues a mí se me ocurre una pequeña razón.

—Una diminuta razón. —Xena separó un poquito el índice y el pulgar—. Además, siempre podemos comprarnos uno. ¿Te acuerdas de cuando luchamos contra esos ejércitos de los templos y él invadió mis sueños?

—¿Sí?

—Él sabía dónde tenía que colocarse para hacerme reaccionar.

—¿Qué quieres decir?

—Que el muchacho estaba de rodillas —soltó Xena, rodando muerta de risa.

—Eso es mucha más información de la que necesitaba, Xena. —Gabrielle volvió a mirar al bebé, que por fin se estaba hundiendo en un sueño profundo y relajado—. Y calla, no vayas a despertar a Eva.

La guerrera ahogó sus carcajadas detrás de una almohada. La bardo se ponía de muy mal humor si despertaba a Eva cuando por fin había conseguido que se durmiera. Cuando por fin pudo respirar sin reírse, apartó la almohada. Respirando hondo, se giró y observó a Gabrielle colocando a Eva en la cuna cerca del fuego.

—Que duermas bien, tesoro. —La bardo se inclinó y besó al bebé con ternura y luego se levantó y se acercó a la cama.

—Y hoy mi madre por fin se ha enterado también.

Gabrielle señaló la cama mucho más grande que les había tocado en esta ocasión.

—¿Eso crees?

—Sí, eso creo. Listilla. —Xena apartó las mantas invitando a la bardo—. Tendrías que haber visto la cara de Ares cuando dijo que ella habría preferido a Apolo o a Hermes. Qué risa.

—Seguro, y cuidado con el lenguaje —la regañó Gabrielle, quitándose la bata y metiéndose en la cama. Quitó de un tirón una almohada de debajo de la cabeza de Xena—. Ladrona de almohadas.

—Hay cuatro almohadas en esta cama. —Se la arrebató—. No necesitas tres.

—Necesito una para ponérmela entre las piernas, una para achucharla y una para la cabeza.

Unas cejas oscuras salieron disparadas hacia el pelo oscuro.

—Yo sirvo para las tres cosas. ¿Por dónde quieres que empiece? —Se volvió de cara a la bardo—. ¿Entre las piernas, tal vez? —Meneó las cejas.

—No sé, Xena —La bardo hizo un puchero, colocándose boca arriba—. No quiero que hagas nada sólo porque tienes mono de Ares.

—¡Oh, qué asco! —Xena se dejó caer boca arriba. Se le estremeció el cuerpo entero de asco ante la imagen.

La bardo se echó a reír, se acercó a la guerrera y se montó a medias encima de ella.

—¿No tienes mono de Ares?

—Para nada. —Los brazos de Xena rodearon despacio a Gabrielle—. Estuve pensan...

Gabrielle le tapó la boca a Xena con la mano.

—Ah, ni se te ocurra decir que estuviste pensando en mí todo el tiempo.

—Ni fe be ogurriría. —La guerrera sacudió la cabeza, hablando a través de la mano que le tapaba la boca. Luego dio un lamentón muy desmañado a la palma de dicha mano.

—¡Ah, puaj! —Gabrielle apartó la mano y se la secó en las mantas.

Eva se agitó.

—Sshhh. —Xena sonrió—. Que vas a despertar a la niña.

—Ya. —La bardo metió la mano debajo de las mantas y la pasó por el estómago de Xena—. Supongo que más vale que seamos muy, muy silenciosas, ¿eh?

—¿Crees que podemos?

—Podemos intentarlo.

Xena se mordió el labio cuando la mano de Gabrielle se deslizó un poco más hacia el sur. Sus ojos se clavaron en los de su alma gemela. Sonrió, relajando el cuerpo en la blanda cama, mientras Gabrielle emprendía una exploración muy concienzuda de su cuerpo.

—Qué bien. —Soltó un gemido muy bajo—. Pero qué bien.

—Calla —susurró Gabrielle, mordisqueando un lóbulo muy sensible—. Si despiertas a la niña, tendremos que parar.

—Tendríamos que haberla puerto con mamá esta noche —gruñó Xena, notando que la mano de Gabrielle le separaba las piernas para seguir explorando.

—Podemos hacerlo en silencio. —Se metió el lóbulo en la boca.

—Tal vez tú puedas —gimoteó Xena—. Yo no.

—Deja que te ayude. —La bardo se detuvo un momento para quitarle la camisa a Xena. La retorció un poco y se la metió a la guerrera en la boca—. Muérdelo. —Hecho esto, bajó la cabeza y dejó que su boca comenzara una sesión muy acalorada y elaborada por todo el cuerpo de Xena.

Los gemidos y gruñidos apagados, mezclados con los espasmos y el movimiento del cuerpo de Xena, hicieron que su propio cuerpo respondiera con un profundo deseo.

—¡Las manos! ¡Las manos ya! —le ordenó a su compañera en un susurro. No se vio defraudada. No tardó en preguntarse si ella también iba a necesitar algo que morder. Decidiendo que era posible, se decantó por el ancho hombro que tenía más cerca. Esto hizo que Xena soltara un profundo gruñido. Un gruñido positivo.

Al poco, las dos se deslizaban pegadas la una a la otra, con el cuerpo empapado de sudor. La pasión que compartían se iba haciendo más intensa con cada segundo que pasaba. Gabrielle levantó la cabeza cuando su cuerpo empezó a temblar. Quitó la camisa de un tirón y la sustituyó por su propia boca. El beso fue largo, profundo y duro mientras las dos temblaban juntas.

Relajándose encima de Xena, sintió unos fuertes brazos que le rodeaban todo el cuerpo.

—Te quiero, guerrera.

—Oh, yo también te quiero, bardo.

Las dos se quedaron escuchando un momento por si se oía alguna señal de agitación procedente de la cuna.

—Parece que hemos sido bastante silenciosas. —Gabrielle se echó a reír suavemente, se colocó al lado de Xena y pasó una pierna por encima de las de la guerrera.

—A mí no me ha quedado más remedio. —Xena besó a Gabrielle en la cabeza, estrechando a la mujer menuda entre sus brazos. Con el cuerpo entero relajado y totalmente saciado, bostezó, bien preparada para quedarse dormida directamente.

—Bueno —bromeó Gabrielle, acariciando de nuevo el estómago de Xena—. En una escala de uno a diez, ¿qué lugar ocupa Ares?

—¿Comparado con qué? —Se estiró y su espalda crujió varias veces—. Ah, qué gusto. Esto que acabo de hacer tiene un cinco en una escala de uno a diez, y Ares está por debajo.

—¿Y yo?

—Ah, tesoro, tú te sales por completo de la escala.

—Pelota.

—Soy guerrera, Gabrielle, no estúpida. —Se echó a reír. Entonces se encontró con una almohada que la golpeaba en la cabeza varias veces—. Pórtate bien, que vas a despertar a la niña. Me gustaría dormir un poco antes de que decida que necesita un tentempié a mitad de la noche.

La bardo besó tiernamente a Xena en los labios.

—¿Qué podemos hacer si eres tan deliciosa?

—Mmm, sí, bueno... —Xena volvió a bostezar.

Gabrielle sonrió a su compañera.

—Te quiero. Duerme un poco. —Se acurrucó en los brazos de Xena.

Ésta cerró los ojos. Notó que la bardo se relajaba y se quedaba dormida. Oyó a Eva agitándose. Gruñó y esperó. Al poco, quedó muy claro que la niña estaba lista para comer. Se apartó con cuidado de Gabrielle, que se hizo un ovillo con las mantas y las almohadas.

—Bribona grande —refunfuñó Xena, mirando a su compañera. Se puso una bata y luego cruzó rápida y sigilosamente la habitación hasta su hija. Cogió a Eva, abrazándola, y se detuvo un momento para echar otro leño al fuego. Se acomodó en la silla, se abrió la bata y se acercó a Eva al pecho—. Bribona pequeña. ¿Cómo es que ninguna de las dos me dejáis dormir? —Acarició la mejilla de Eva mientras mamaba.

Volvió a mirar la cama y luego a su hija de nuevo. Las dos personas que más quería en el mundo, a su lado y sanas y salvas. Luego contempló la luna por la ventana.

—¿Ves esto, Ares? Esto, esto es lo que me hace sentir algo.


FIN


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