Basta con mirarlas

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Un primer beso.
Violencia: Nada.
Lenguaje soez: Nada.
Otros: Un pequeño relato romántico y sentimentalón.
Comentarios a tnovan@aol.com

Título original: Just Look at Them. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Cirene estaba en el bar observando el pulso que estaban echando en la mesa situada al otro lado de la sala. Sonrió.

Gabrielle parecía tener todas las venas de la cabeza a punto de estallar mientras intentaba bajar el musculoso brazo a la mesa. Xena sonreía satisfecha y bebía una jarra de oporto con la mano libre. La guerrera no parecía hacer el menor esfuerzo para mantener el brazo en alto mientras la bardo luchaba con él.

—¿Te rindes ya? —preguntó tras beber otro trago de la jarra.

—No —replicó la bardo con los dientes apretados y una gota de sudor en la frente.

—¿Estás segura?

—Sí. —Gabrielle continuó intentando bajar el brazo firme de la guerrera.

—Admiro tu esfuerzo, Gabrielle, pero no lo vas a lograr nunca.

—Es... sólo... cuestión... de... con... cen... tración —gruñó la pequeña rubia.

—Si tú lo dices, Gabrielle. —La guerrera alargó la mano, cogió un trozo de carne de un plato y se lo metió en la boca—. Es que me da miedo que te vayas a hacer daño. Si sigues así, se te va a reventar algo.

Frustrada, Gabrielle empezó a usar la otra mano para intentar empujar la molesta extremidad hasta la mesa.

—Oye, estás haciendo trampa —dijo Xena, metiéndose otro trozo de carne entre los dientes. Xena miró a su madre. Cirene le dijo "déjala ganar" con la mirada. Xena respiró hondo y dejó caer el brazo. Volvió a mirar rápidamente a Gabrielle y sonrió—. Me has podido. ¿Ya estás contenta?

Gabrielle aspiró una gran bocanada de aire y se frotó los músculos cansados y doloridos. Sonrió victoriosa y bebió un trago del oporto de Xena.

—Vale, ahora paga —dijo.

—¡Madre! —llamó Xena a través de la sala.

—Sí, querida.

—¿Puedes venir aquí, por favor? —dijo con un profundo suspiro.

Cirene cruzó hasta la mesa con una segunda jarra de oporto para la guerrera.

—Sí, querida.

—A Gabrielle le gustaría conocer algún momento absolutamente embarazoso de mi infancia y a mí no se me ocurre ninguno. ¿Te importaría hacer los honores? —Xena se reclinó en la silla mientras Cirene tomaba asiento. Gabrielle se puso a comer la carne y los quesos, dedicando toda su atención a la madre de la guerrera.

—Pues veamos. Hubo esa vez en que... no, eso no. —Siguió recordando la época en que su hija era pequeña—. ¿Te acuerdas de la primera vez que viste a un centauro?

Xena, que estaba bebiendo un sorbo de oporto, resopló al recordarlo y escupió oporto por todas partes. Se echó a reír en voz alta y luego pidió disculpas y se levantó de la mesa.

—¿Dónde crees que vas? —preguntó Gabrielle.

—No me voy a quedar ahí sentada a escuchar cómo me pone en vergüenza con esa historia. No has dicho que tuviera que quedarme a escucharlo.

Xena se fue de la sala común y salió al exterior. El aire del anochecer era fresco y vigorizante. Lo aspiró profundamente y lo sostuvo un momento. Hacía varias lunas que no se sentía tan relajada. Se alegraba de que Gabrielle hubiera propuesto descansar un poco del camino. Pasarían aquí otros tres días y luego se dirigirían a Potedaia para pasar unos días con la familia de Gabrielle. Oyó unas carcajadas procedentes del interior. Al parecer, a las dos mujeres les resultaba muy divertida la historia del centauro. Xena meneó la cabeza.

—No tuvo tanta gracia —dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie en concreto. Se apoyó en un poste y contempló el descenso final del sol por el horizonte. El resplandor rojo y naranja era precioso en contraste con el azul del cielo. De repente, se preguntó cuánto tiempo hacía que no dedicaba un momento a disfrutar de una puesta de sol.

Oyó salir a su madre. Cirene apoyó las manos en los hombros de su hija.

—Es una muchacha encantadora.

—Sí que lo es —asintió Xena.

—¿Cuándo se lo vas a decir? —Cirene se puso al lado de su hija y le cogió la mano.

—¿Decirle el qué?

—Que la amas.

—¡Madre! —La guerrera volvió a sentirse avergonzada.

—Puede que consigas ocultárselo a ella, pero no se lo estás ocultando a nadie más. Basta con mirarte. —Hizo una pausa—. Sobre todo cuando la miras.

—Madre, por favor.

—Dime que me equivoco. —Se calló de nuevo y esperó—. Vamos, dímelo.

—No puedo.

—Ya lo sé. ¿Así que por qué no entras ahí y se lo dices?

—¿Y que vuelva chillando a Potedaia? Prefiero estar con ella de esta forma que sin ella.

—¿De verdad crees que eso es lo que pasaría?

—No estoy dispuesta a correr ese riesgo. Ya he estado a punto de perderla demasiadas veces como para tentar a las Parcas. La próxima vez podrían quitármela.

—Xena, ella también te ama.

Se volvió y se quedó mirando a su madre, que se limitó a sonreír.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque me lo acaba de decir.

—¡Madre!

—No, de verdad que me lo ha dicho. Xena, has sufrido tanto en la vida. ¿No crees que te mereces un poco de felicidad?

—Sí, pero Gabrielle está tan... —Le fallaron las palabras.

—Enamorada de ti. Te lo juro, Xena, si no se lo dices tú, lo haré yo.

—¿Serías capaz?

—Ya lo verás.

—Madre, por favor.

—Xena, en serio, puedes llegar a ser la persona más tozuda que he conocido jamás.

—Y eso es malo por... —Sonrió y enarcó una ceja.

—Porque tienes al amor de tu vida sentada ahí dentro y eres demasiado ciega o demasiado estúpida para hacer algo al respecto.

Cuando Xena estaba a punto de responder, Gabrielle abrió las puertas y salió al porche. Cirene dio un ligero beso a su hija en la mano y sonrió antes de volver dentro. Xena se sonrojó y le dio la espalda a Gabrielle. La bardo se adelantó y se puso al lado de la guerrera, mirando a todas partes, menos a Xena.

—Bueno —dijo Xena por fin—. ¿Te ha gustado la historia?

—Mucho. —Se frotó el brazo—. Pero no sé si voy a poder levantar la vara por la mañana.

—Seguro que sí. Eres una bardita bien dura —dijo con una sonrisa, al tiempo que salía del porche y se volvía para mirarla.

—¿Tú crees? —sonrió Gabrielle.

—Lo sé. Ya eres muy buena con esa cosa. Estoy segura de que con un poco más de entrenamiento y con todo lo que practicas, dentro de nada yo no seré capaz de derrotarte con una vara.

Gabrielle se ruborizó y bajó los ojos, intentando disimular su corte ante su amiga.

—¿He dicho algo malo? —preguntó la guerrera, agachando la cabeza un poco para recuperar el contacto visual con la bardo.

Gabrielle levantó la mirada, sonriendo aún.

—No, es que no me felicitas muy a menudo y cuando lo haces, pues me pongo como... bueno... me da un poco de corte.

—Sí, por eso no lo hago muy a menudo. Me gusta ver cómo se te ponen las orejas coloradas —comentó la guerrera con una sonrisa, al tiempo que agarraba la barandilla del porche y saltaba por encima de ella para aterrizar detrás de la bardo. Le respiró en la oreja—. ¿Lo ves? Justo ahí —dijo, trazando una línea lenta con el dedo por el cuello de la bardo hasta la parte de detrás de la oreja—. Te va subiendo por el cuello hasta que te llega a las orejas.

Entre lo pegados que tenían los cuerpos, el aliento cálido de Xena en la oreja y la ligerísima caricia en el cuello, Gabrielle notó que se le aflojaban las piernas y que el rubor empezaba de nuevo.

—Mmmm... parece que funciona incluso cuando no te felicito —dijo la guerrera riendo suavemente, con la boca aún más cerca de la oreja en cuestión.

Gabrielle se volvió para mirar a la guerrera. Se quedaron mirándose la una a la otra durante una eternidad. Por fin, Xena tragó con dificultad, cerró los ojos y cubrió la distancia que las separaba, rezando a todos los dioses que se le ocurrían para no estar cometiendo un error. Sus labios se juntaron dulce y suavemente, con pequeños besitos al principio. Sin dejar los besitos, Xena rodeó a la bardo con los brazos y la estrechó contra su cuerpo, al tiempo que lamía los labios de la bardo con la punta de la lengua. La pregunta recibió su respuesta cuando las manos de Gabrielle se aferraron al cuello de la guerrera y el beso se hizo más profundo. El sol se puso del todo mientras las dos se encontraban la una a la otra en el porche de la posada de Cirene.

Desde dentro, Cirene se quedó mirando mientras su hija entregaba el corazón por primera vez a alguien a quien realmente amaba. Sonrió al mirarlas. Siguió observando mientras hablaban e intercambiaban besos delicados y suaves caricias. Reconocía el amor auténtico al verlo y se alegraba por las dos. También sabía que iba a tener un grave problema como la guerrera llegara a descubrir que se había inventado lo de que Gabrielle le había confesado su amor por la guerrera, pero sabía que bastaba con mirarlas.


FIN


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