Habitación en la posada

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: No.
Violencia: No. Esto es para el día de San Valentín... no hay violencia, a menos que Xena decida estrangular a Cupido.
Lenguaje soez: Nada.
Otros: 9 de enero, 2003.
tnovan@aol.com

Título original: Room at the Inn. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Gabrielle mordió el pastelito dulce al tiempo que daba vueltas con una cuchara de madera a la sidra, que se calentaba despacio en la chimenea. En la posada hacía bastante calor, teniendo en cuenta la extraña tormenta de nieve que había rugido por el valle, impidiendo todo movimiento a cualquier persona en sus cabales.

Desde luego, no era lo que Xena y ella tenían pensado al desviarse para volver a Anfípolis y ver cómo estaba Cirene y si la posada necesitaba algún arreglo antes de que empezaran las lluvias de primavera.

Lo que encontraron fue la taberna en perfectas condiciones, a Cirene sonriendo y cantando mientras atendía a los clientes y a la causa de su felicidad, que al parecer era el caballero que informó a Xena de que Cirene y él tenían un "apaño". Cuando Xena quiso saber los detalles, Cirene se limitó a sonreír, miró a Gabrielle y le dijo a Xena:

—Yo te cuento lo mío si tú me cuentas lo tuyo.

Eso hizo callar a la mujer más joven.

Xena decidió que sus servicios no eran necesarios y que Gabrielle y ella podían seguir su camino a la mañana siguiente. Y entonces llegó la tormenta.

De modo que ahora los cuatro estaban prácticamente atrapados y nadie sabía por cuánto tiempo.

A Gabrielle le caía bien Keleus. Era más o menos de la edad de Cirene, lleno de vida y muy animado, como la propia posadera, y era evidente que la adoraba. Según la bardo, hacían muy buena pareja.

Al oír un crujido en los escalones, Gabrielle se volvió para mirar y vio a Xena bajando despacio, sin dejar de mirar atrás con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa?

—No está bien —refunfuñó Xena, ocupando una silla junto al fuego.

Gabrielle consiguió contener la risa.

—¿El qué no está bien?

—La forma en que se comportan.

—¿Y qué tiene de malo? Los dos son adultos y maduros. —Gabrielle le pasó a Xena una jarra de la sidra caliente y se sentó a su lado en otra silla—. A mí me parecen muy monos.

—¡No son monos!

—Xena —la riñó la bardo, al tiempo que tocaba la pierna de su compañera para quitar hierro a lo que decía—. No te pongas así. Tu madre merece ser feliz y si Keleus la hace feliz, ¿quiénes somos nosotras para quejarnos?

—¿Qué sabemos de él? ¿Cómo sabemos que no va detrás de su dinero, de la taberna?

Las cejas rubias se alzaron y se quedó mirando a Xena.

—Lo dirás en broma.

—Por supuesto que no. No sabemos nada de él.

—Eso es cierto, pero tu madre sí y parece que lo quiere mucho.

Xena gruñó y bebió un sorbo de sidra.

—Sabes —empezó Gabrielle despacio—. Hay un modo de resolver este problema.

La guerrera pareció animarse al instante.

—¿Me vas a dejar que lo mate?

—No. —Suspiró por el grado de irritación que Xena era capaz de producir en un solo día—. Podrías conocerlo.

—¿Y por qué iba a querer hacer eso cuando matarlo sin más sería mucho más satisfactorio?

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Creo que tienes miedo de que te pueda caer bien.

—No digas ridiculeces. Nunca podría caerme bien.

—¡Dioses! —Gabrielle se levantó de su asiento y se puso a dar vueltas por la estancia, como solía hacer cuando algo la sacaba de quicio. Había dado muchas vueltas desde que conocía a Xena, y muchas más desde que se habían hecho amantes.

—¿Qué?

—Xena, te quiero con todo mi corazón, pero no veas lo terca que puedes ser a veces.

La cabeza morena se agachó y ahora le tocó a ella suspirar.

—Supongo que tienes razón.

Esto puso fin a los paseos y se volvió despacio para mirar a su compañera.

—¿Eh? —Nunca había visto que Xena cediera tan fácilmente y estaba más que sorprendida.

—He dicho que tienes razón. Estoy sacando conclusiones precipitadas. Debería darle una oportunidad a Keleus.

—Bueno, vaya... qué bien. Seguro que te cae bien. Es un hombre muy agradable. Estuvimos hablando cuando él estaba preparándole la cena a tu madre. Fíjate, el hombre cocina para ella. ¿Cómo puede ser malo?

—Cierto.

—Lo que quiero decir es que yo cocino para ti y hacemos muy buena pareja.

—Cierto de nuevo. —Xena sonrió y alargó la mano, invitando a Gabrielle a que se volviera a sentar con ella—. Y sí que parece hacer feliz a mi madre.

—Así es. Nunca la he visto sonreír de esa forma.

—Pero si descubro algo malo... ¿puedo matarlo?

—Yo te lo sujeto. También es de mi madre de quien estamos hablando, sabes.

—Vaya, está bien saber que cuento con refuerzos si los necesito.

Gabrielle sonrió y se sentó a horcajadas en el regazo de Xena, de cara a su amante.

—Yo siempre estoy aquí si me necesitas.


A la mañana siguiente el problema de la nieve no se había resuelto en absoluto, pero la tensión entre la hija de Cirene y el amigo de ésta sí mejoró. Gabrielle estaba contenta de ver que Xena estaba haciendo un esfuerzo real por conocer al hombre mientras hacían unas cuantas reparaciones sin importancia en la posada.

Mientras, Cirene y ella estaban atareadas en la cocina, preparando la carne para la cena.

—No sé qué mosca le ha picado a Xena. Lleva gruñendo como un oso viejo desde que llegasteis las dos.

Gabrielle se acercó a Cirene y susurró:

—Creo que está celosa.

La mujer de más edad echó una mirada rápida a Xena, que estaba ayudando a Keleus a subir una caja de suministros a un estante alto.

—¿Y por qué va a estar celosa?

Cogiéndola del brazo y alejando a Cirene de los otros dos, la rubia continuó:

—Creo que tiene celos de Keleus.

—Eso es absurdo. No tiene ningún motivo...

Gabrielle levantó la mano.

—Escúchame. Piénsalo un momento. Xena y tú tuviesteis un "desacuerdo"...

—Por decirlo cortésmente —sonrió Cirene.

—Lo sé, pero el hecho es que las dos perdisteis mucho tiempo. Y no hace tanto que os habéis reconciliado. Ahora creo que siente como que él está ocupando un lugar en tu vida que ella está intentando recuperar.

—Tiene sentido, pero es una tontería. Puedo quererlos a los dos.

—¿Y es así?

—¡Claro que sí!

—Me refiero a que si lo quieres a él —sonrió Gabrielle, meneando las cejas.

Cirene se ruborizó, cosa que a Gabrielle le pareció encantadora en una mujer de su edad y experiencia.

—Creo que sí.


—Tu madre es una mujer maravillosa —dijo el hombre al tiempo que empujaba un poco la caja para pegarla a la pared.

—Lo sé. —Xena cogió otra caja y se la pasó. Cuando ya la tenía en las manos, ella la sujetó y lo miró a los ojos—. Y espero que sepas que yo mataría a cualquiera que le hiciera daño.

Keleus sonrió, asintiendo, cuando ella soltó la caja.

—Ya lo sé. No tengo la menor intención de hacer daño a tu madre, Xena. Es muy especial y me alegro de que haya aparecido en mi vida.

—¿Y cómo fue eso exactamente? Tú no eres de por aquí. Conozco a todos los que viven en esta zona.

—Tengo una granja, al norte de aquí. Vine a vender el grano que me había sobrado de la cosecha de otoño y conocí a tu madre. Me contrató para que le hiciera un arreglo en el tejado.

—¿Y decidiste quedarte sin más?

—No es eso. Arreglé el tejado y emprendí el regreso a casa. Pero no conseguía quitarme a tu madre de la cabeza. De modo que llegué a casa, le dije a mi hijo que me volvía a Anfípolis a pasar el invierno y le encargué que cuidara de las cosas.

—¿Tienes un hijo?

—Pues sí —asintió Keleus—. Es más o menos de tu edad.

—¿Y mamá lo sabe?

—Sí. —El hombre hacía todo lo posible por no reírse de la alta mujer. Sus esfuerzos por proteger a su madre eran de lo más tierno, y sabía que si contestaba pacientemente todas sus preguntas, se daría cuenta de que no tenía motivos para desconfiar de él—. Le gustaría que viniera en primavera para conocerlo.

Ella no dijo nada, pero él se dio cuenta de que estaba un poco rígida mientras apilaba unas cuantas cajas más.

—Igual que yo me alegro de haberte conocido.

Ella se volvió y fue a decir algo, pero se calló, cerrando la mandíbula con un claro chasquido al tiempo que se daba la vuelta y salía del almacén.

—Caray, pero qué tercos los crías, Cy —dijo Keleus, riendo por lo bajo mientras seguía ordenando la estancia.


Xena entró como una exhalación en la sala común y parecía que iba a salir de estampida por la puerta hasta que recordó que el metro y medio de nieve iban a impedirle llegar muy lejos.

—¡Maldición! —gritó al tiempo que buscaba algo que romper.

Gabrielle entró desde la cocina, buscando lo que hacía que la alterada guerrera gritara a pleno pulmón. Miró por la sala y luego a Xena, haciéndole un gesto interrogativo.

—¿Por qué tiene que ser tan agradable?

La rubia se echó a reír.

—¡Xena!

—Bueno. —Xena se sentó en una silla y se apoyó en la mesa—. Parece que no hay manera de que me caiga mal.

—Bien. —Gabrielle se reunió con su compañera y le cogió la mano—. Me alegro de que no puedas odiarlo, porque tu madre lo quiere.

—¡Dioses! —Xena dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Oye. —La rubia alargó la mano y le frotó la espalda a Xena trazando círculos tranquilizadores—. Que no es tan malo. A lo mejor se casan y tienes un padrastro.

—Y un hermanastro. Al parecer tiene un hijo. De mi edad.

—Qué genial. Siempre he querido tener un hermano.

—Gabrielle, no me ayudas nada.

La bardo suspiró, sabiendo que dijera lo que dijese, iba a estar mal. Xena estaba decidida a tener un berrinche como fuera, pero ella tenía que intentarlo.

—Xena, ¿qué habrías hecho si tu madre hubiera decidido que quería hacértelo pasar mal por mi causa?

—¿Eh?

—¿Y si a Cirene yo no le cayera bien porque a ella no le diera la gana? ¿Y si te lo hiciera pasar mal por mí?

—Ella no haría eso, mi madre sólo quiere que yo sea feliz.

—Entonces, ¿por qué no puedes querer lo mismo para ella?

Por segunda vez en lo que iba de día, Xena se quedó sin habla. Tamborileó con los dedos en la mesa, pero no se atrevió a discutir el razonamiento. Sabía que perdería, sin remedio.

—Xena, es un buen hombre.

—Sí. —Cirene entró en la sala muy despacio, sin apartar los ojos de su hija—. Es un buen hombre. Yo lo quiero mucho. Quiero tener la oportunidad de conocerlo bien. Tal vez la cosa vaya a más, tal vez no. Llevo mucho tiempo sola. —Sonrió a Gabrielle—. Como lo has estado tú.

Xena suspiró y asintió. Se levantó y abrazó a su madre.

—Perdona, mamá. Supongo que estaba... bueno, que estaba siendo estúpida. Espero que los dos seáis felices juntos.

—Gracias, hija. Estoy segura de que lo seremos. Igual que tú.

—Sí. —Xena miró a su madre con timidez y luego a Gabrielle—. Lo soy. Y quiero que tú también lo seas.


Gabrielle estiró y subió las mantas para calentar la cama mientras Xena se lavaba y se preparaba.

—Ha estado bien lo que has hecho esta noche.

—¿El qué? —Xena intentó hacerse la inocente mientras se secaba la cara y los brazos.

—Lo que le has dicho a tu madre. Necesitaba oírlo, Xena.

—Mi madre ya es mayor. Habría tomado sus propias decisiones.

—Sí, pero la sangre tira mucho y si tú te hubieras negado en redondo a aceptarlo, no sé si ella habría seguido con él.

Metiéndose en la cama, Xena abrió los brazos y Gabrielle colocó entre ellos.

—Bueno, no puedo negarle lo que tanto quiere que yo tenga. Siempre lo ha querido, incluso cuando las cosas iban mal y no comprendía lo que se me pasaba por la cabeza. Siempre ha querido que yo sea feliz.

—Sí, te ha dado el regalo del amor incondicional y tú has hecho lo mismo esta noche.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por dármelo tú a mí, para que yo pudiera dárselo a ella.

Gabrielle besó a Xena en el cuello y se acurrucó más.

—Me alegro de haber ayudado.

—Te quiero, Gabrielle.

—Yo también te quiero.


FIN


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