El gato y el ratón

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Oh, sí, el tema es ése, amigos.
Violencia: Pues no.
Lenguaje soez: Moderado.
Comentarios a tnovan@aol.com

Título original: Cat and Mouse. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Gabrielle entró majestuosamente en la sala, llamando la atención de todos los que se encontraban allí, hombres y mujeres. Los hombres la deseaban y las mujeres que no la deseaban, deseaban ser como ella. Era la belleza y el poder personificados. La reina amazona se había adueñado de la sala nada más entrar en ella. Incluso en una sala llena de dignatarios, nadie tenía la presencia que tenía la pequeña reina amazona. Todo el mundo la miraba, observaba cada movimiento que hacía. Es decir, todo el mundo menos la guerrera alta que estaba de espaldas a la puerta y que no hizo el menor amago de volverse para ver qué había provocado los murmullos que recorrían la sala. Ya lo sabía.

El joven capitán de la guardia que había estado conversando con Xena se detuvo a media frase al ver a la menuda rubia. Xena intentó contener una sonrisa al ver que el joven se quedaba boquiabierto. Ella todavía no se había molestado en darse la vuelta.

Gabrielle se adentró en la recepción. El rey Tallares estaba tan encantado con su nuevo tratado y tan impresionado con la reina amazona que se había empeñado en dar una fiesta de celebración antes de que ella partiera.

La reina se acercó a la mesa del rey, escoltada por sus dos amazonas guardaespaldas. Se detuvo delante del rey y sonrió levemente, bajó los párpados y asintió ligeramente.

—Majestad —empezó—, para mi pueblo y para mí es un honor haber encontrado un aliado tan fuerte y noble y es para mí un privilegio haber conseguido un nuevo amigo. Que la paz entre nuestros pueblos sea larga y próspera.

—¿Sabes? —dijo Xena al tiempo que chasqueaba los dedos ante la cara del joven para recuperar su atención—. Eso es parte de su problema.

El joven capitán miró de nuevo a la guerrera como si se hubiera vuelto loca.

—¿Pero qué problema puede tener?

—Que habla demasiado.

—Es tan... tan... —Volvió a fijarse en la reina.

—¿Regia?

—Sí.

—¿Inteligente? —La guerrera apenas pudo dominar la sonrisa mientras bebía su vino. Todavía no había mirado a la reina.

—Sí.

—¿Bella?

—Oh, sí —suspiró el joven.

—¿Se te están ocurriendo unas cuantas ideas lujuriosas sobre la pequeña amazona? —sonrió Xena.

—¡No, jamás! —respondió él, un poco avergonzado al saberse pillado—. Nunca le faltaría al respeto de esa manera.

Xena sonrió burlona.

—Serías el primero. Está estupenda con esa túnica ceremonial de cuero, ¿verdad?

—Mm-mm.

Tras intercambiar amabilidades con el rey Tallares, Gabrielle empezó a moverse por la sala, charlando con los diversos dignatarios. Al tiempo que hablaba con ellos, examinaba la sala.

Por fin, al haber encontrado a la persona que estaba buscando, llamó con un gesto a una de sus guardias. Le dio una orden en voz baja, la guardia se inclinó y cruzó la sala hasta la alta guerrera.

Xena se tomó su tiempo mientras terminaba la conversación antes de aceptar el mensaje de la guardia amazona, quien se lo susurró al oído. Pareció considerar lo que le había dicho antes de enviar un mensaje de respuesta. La guardia se quedó horrorizada, pero asintió y regresó con la reina.

Gabrielle observó el intercambio. ¿Cómo se atreve?, pensó al darse cuenta de lo que estaba pasando y de que Xena ni siquiera le había dirigido una mirada. Así que eso es lo que quiere. Gabrielle bebió su vino despacio.

Xena volvió a su conversación con el capitán, que la estaba mirando.

—¿Qué? —preguntó, con la esperanza de que picara.

—Si no te importa que te lo pregunte...

¡Se ha tragado el anzuelo!

—Quiere que me acueste con ella.

El capitán casi se atragantó con el vino. Xena le había dejado beber antes de hacer su declaración. Le dio unas palmadas en la espalda mientras él jadeaba boqueando.

—Es una broma, ¿verdad? —preguntó él, tomando aire con dificultad.

Xena alzó una ceja.

—¿Te parece que estoy bromeando? ¿Te has tratado antes con una amazona?

—No. La reina y sus guardias son las primeras que he visto en mi vida.

Ah, esto era perfecto. Xena sonrió al joven capitán.

—Entonces no sabes que las amazonas prefieren la compañía de otras mujeres. Sólo usan a los hombres, cautivos por lo general, para quedarse embarazadas. Cuando se trata de sexo puro y duro, lo que de verdad les gusta son las mujeres.

Lo observó mientras él empezaba a respirar con dificultad.

—No, eso no lo sabía.

—Ah, pues sí, es algo bien conocido. Además, como amantes tienen mucho talento. Se toman su tiempo a la hora de satisfacer a sus compañeras. Es una pena que probablemente nunca llegues a experimentarlo.

Xena pensó que iba a tener que sujetar al pobre chico cuando sus rodillas empezaron a dar muestras de que le flaqueaban. Él se sobrepuso y se apoyó en la pared, con la mente llena de imágenes de esta alta belleza morena y la pequeña amazona rubia. Se sonrojó y se despidió disculpándose. Xena se rió entre dientes y se apoyó en la pared, cruzándose de brazos con la copa de vino en la mano, y por fin miró a la reina. Caray, qué cabreada está, pensó Xena. Esto va a ser divertido.

Gabrielle vio que el capitán se marchaba y cruzó la sala despacio. Llegó hasta Xena y susurró apenas, con los labios a medio milímetro de los de la guerrera:

—¿Torturando a los nativos?

—Por supuesto —dijo riendo.

—¿Hasta dónde has llegado?

—Oh, no tenía mucha resistencia. No ha podido aguantarlo.

—Sí que ha dado la impresión de rendirse muy rápido.

—El pobrecillo no ha podido resistirlo. Creo que pensaba que tenía posibilidades contigo.

—Bueno, dado que no me haces caso, a lo mejor las tiene. —Dio un beso suave a la guerrera, asegurándose de que le pasaba la lengua por los labios antes de darse la vuelta y alejarse.

Xena se chupó los labios y saboreó los restos del beso de la reina. Maldición, cada vez se le da mejor, pensó Xena al notar el familiar cosquilleo que le empezaba a recorrer el cuerpo. El juego había empezado.

La guerrera se apartó de la pared y se acercó a la reina, que estaba conversando con un embajador. Al acercarse a la reina por detrás, apareció un lacayo por delante con una bandeja de canapés. En el momento en que la reina cogía uno, unos dedos callosos bajaron por su brazo hasta su mano y se apoderaron del bocado. Al retirarlo, se inclinó y susurró:

—No es que no te haga caso. Es que todavía no te has ganado mi atención.

Dicho esto, se metió la comida en la boca y se alejó.

La reina respiró hondo mientras los pelos de la nuca volvían a su sitio y se le normalizaba el pulso. Se volvió y vio que Xena cogía otra copa de vino de una bandeja y se sentaba en una silla, echando una larga pierna bronceada por encima de uno de los brazos de la silla al tiempo que se reclinaba y tomaba un sorbo de vino.

Xena bebió el vino y se quedó mirando a la reina, que parecía haber captado el mensaje. Si quería a la guerrera, iba a tener que llamarle la atención. Vio que Gabrielle tomaba aire con fuerza y se acercaba desde el otro lado de la sala. Se quedó un momento delante de la guerrera, miró por la sala y luego se sentó a horcajadas en la pierna que la guerrera tenía en el suelo delante de ella. Fue entonces cuando Xena se dio cuenta de que la reina no llevaba nada debajo de la túnica de cuero. Apretó la mandíbula mientras miraba a los ojos verdes, risueños y alegres, de su compañera.

—¿Sabes? —dijo la reina al tiempo que se deslizaba despacio hacia atrás, apartándose de la pierna de la guerrera y levantándose—. No me acuerdo para nada de por qué he venido aquí. —Se dio la vuelta y volvió a alejarse.

Xena se miró la pierna. El cosquilleo se estaba convirtiendo en una punzada. Se pasó los dedos por la pierna. Mmmm. Está mejorando demasiado, pensó mientras se lamía despacio los dedos.

Las guardias amazonas habían observado todo el intercambio con gran interés.

—¿Sabes? —dijo Jillon, la mayor de las dos guardias—. Estas dos son las únicas personas que conozco capaces de convertir una recepción diplomática en un juego de excitación mutua.

—Son asombrosas de ver —dijo la guardia más joven mientras observaba a Xena levantándose y dirigiéndose hacia la reina—. Oh-oh... parece muy decidida. Puede que se acabe ahora.

Xena se movía con la elegancia y precisión de un tigre al cruzar la sala. Gabrielle había ocupado una silla en la mesa donde estaban sentados el rey y varios de sus nobles. Había un asiento libre a la izquierda de la reina y Xena no perdió tiempo en ocuparlo. Gabrielle estaba inmersa en una encantadora conversación con uno de los ministros del rey y no hizo ni ademán de darse por enterada de la llegada de la guerrera.

Ésta se quedó sentada esperando pacientemente a la reina. Disfrutó de otra copa de vino y buena comida e incluso se divirtió escuchando a Gabrielle hablar con el ministro. Estaba muy orgullosa de Gabrielle y sus éxitos, a fin de cuentas toda esta velada se había organizado como celebración para esta mujer que estaba sentada a su derecha. Sin embargo, estaba de un humor y en un estado tales que no pudo evitar bajar la mano y apoyarla en el muslo de cierta amazona. Acarició suavemente con los dedos la cálida piel, preparando la trampa.

Sin desviar la atención de su actual conversación, Gabrielle metió la mano izquierda debajo de la mesa para detener los dedos errantes de su compañera. Entonces notó que su muñeca quedaba capturada. No se atrevió a soltarse. Sonrió al ministro y volvió despacio la cabeza hacia la guerrera, quien sonrió y enarcó una ceja en silencioso desafío. La reina, cuya mano seguía sujeta con firmeza por la guerrera, volvió a su conversación.

Xena llevó dicha mano a su propia pierna. La sujetó largo rato, mientras la punzada se convertía en un dolor lento. Luego subió un poco más por su pierna la mano cautiva al tiempo que se colocaba bien en el asiento para darle el espacio necesario para aliviar ese dolor lento que se estaba transformando rápidamente en un fuego que sólo la reina podía prender y extinguir. Deslizando la mano cautiva por debajo de su túnica de cuero, la colocó exactamente donde la quería.

Gabrielle tuvo que sofocar una exclamación audible y disimuló bebiendo un trago de vino al darse cuenta de dónde se encontraba su mano y lo que se esperaba de ella. Carraspeó al pensar en suaves rizos oscuros ligeramente húmedos de una ambrosía dulcísima. Pensó que empezaba a hacer mucho calor en la sala cuando una palma áspera y callosa colocó su mano encima de dichos rizos, que a juzgar por el tacto eran efectivamente muy suaves y estaban húmedos. Luego notó el movimiento y carraspeó para disimular otra exclamación al sentirse guiada a los pliegues cálidos y húmedos de su compañera.

Por un momento se preguntó cómo podía siquiera formar palabras coherentes, por no hablar de mantener una conversación con este hombre, mientras Xena obligaba a su mano a frotar la sedosa humedad. Miró de reojo a la guerrera, que estaba allí sentada con los ojos entrecerrados y una copa de vino en los labios, disfrutando del placer que le daba la reina. No hacía el menor ruido y su respiración era lenta y tranquila, pero Gabrielle sabía que estaba afectando al cuerpo que tenía al lado. Lo notaba con cada caricia de su mano. Volvió a la conversación.

Varios minutos después, la reina se dio cuenta de que la mano que había estado guiando a la suya había desaparecido. Se estaba ocupando de su amante por su cuenta y la verdad era que disfrutaba con ello. Lo que había empezado como un intento por parte de Xena de dominar se había transformado despacio pero con firmeza en una conquista que la pequeña reina también encontraba inmensamente placentera.

Empujó un poco más y descubrió que su compañera estaba más que dispuesta y preparada para recibir cualquier placer que la reina decidiera darle. Deslizó dos dedos dentro, haciendo que el cuerpo que tenía al lado diera un ligero respingo y emitiera un gruñido bajo que sólo la reina oyó. Sonrió mientras continuaba con la conversación. Mientras, sentía la humedad sedosa que empezaba a resbalar por sus propios muslos.

En cuanto aceleró el ritmo, notó que Xena se cerraba alrededor de su mano y sus dedos. A sus oídos llegó otro gruñido suave y supo que era el reconocimiento verbal por parte de su compañera del orgasmo que estaba sintiendo su cuerpo. Al cabo de un rato, Gabrielle retiró despacio la mano y la dejó en el muslo de Xena. Dedicó un rato más a su conversación y luego se volvió a la guerrera.

—¿Puedes andar?

—Oh, sí —gruñó la guerrera.

—Creo que deberíamos retirarnos por esta noche.

—Mm-mm —asintió la guerrera.

Rompieron todos los récords de velocidad para llegar a su habitación. Con la puerta bien cerrada tras ellas, esta noche no había necesidad de una suave y delicada seducción. Esta noche iba a ser sexo por el puro sexo. Sólo estas dos personas que se amaban tanto y confiaban tanto la una en la otra podían llegar a esta habitación listas para realizar el más carnal de los actos la una con la otra.

Xena ya se había quitado el peto en el trayecto a la habitación y lo tiró a un lado inmediatamente mientras sus manos toqueteaban y desabrochaban la ropa de la reina. Estaba a punto de quitarse su propia túnica de cuero cuando la reina, ahora totalmente desnuda, cogió las manos de la guerrera.

—Déjalo.

La guerrera sonrió y estrechó a la reina entre sus brazos. Gabrielle gimió al notar que unos labios cálidos se apoderaban de su cuello y que esa lengua caliente y suave que tan bien conocía emprendía su seducción sobre su carne.

—Gracias —susurró Xena al meterse un lóbulo en la boca y morderlo delicadamente.

—De nada... —consiguió decir Gabrielle mientras su cuerpo se echaba a temblar.

—Dime, Majestad... dime lo que deseas de tu humilde servidora —dijo Xena, haciendo retroceder a Gabrielle y apretándola contra el gran poste que había al pie de su cama.

Gabrielle llevó automáticamente la mano al poste para sostenerse, abrió las piernas y gruñó:

—De rodillas, guerrera.

Xena cayó de rodillas y no perdió el tiempo en hundir la cara donde sabía que era deseada. Gabrielle gimió de placer cuando la lengua de la guerrera se puso a consumir el dulce néctar de la reina amazona. Las manos de Xena sujetaban con firmeza los prietos muslos y culo de la pequeña reina, en parte para sostener a la amazona y en parte para intentar controlar un poco a la mujer para que no se apartara de ella.

—Dioses... Xena... —gimió Gabrielle con voz grave y ronca mientras la lengua de la guerrera le daba placer de una forma que nadie salvo la guerrera le había dado jamás—. Te... quiero... tanto. —Sintió los estremecimientos que le recorrían el cuerpo cuando la guerrera pasó de caricias fuertes y firmes a mordisquitos suaves y delicados con los labios.

Xena notó que los músculos de las piernas de la reina empezaban a contraerse y temblar. Con cuidado, una después de la otra, las subió hasta colocárselas encima de los hombros. Usando el poste de la cama para apoyar la espalda, la guerrera continuó con su propia conquista de la reina. Se metió los cálidos pliegues en la boca y los bañó con la dulzura que sólo una amante era capaz de dar. Los quejidos y gemidos de su amante sólo servían para fomentar sus tiernas exploraciones.

—Dioses, guerrera... llévame... a la cama. ¡AHORA! —exigió la reina. La guerrera obedeció.

Bajó a la reina y se levantó, la cogió en brazos y la depositó en la gigantesca cama. La reina se agarró a la guerrera y tiró de ella hasta colocar su cuerpo sobre el suyo.

—Tómame. Por favor, por los dioses.

Xena recorrió el cuerpo de la reina con las manos mientras Gabrielle capturaba sus labios en un beso. La reina exigió y recibió paso al interior de la boca de la guerrera. Al saborearse en ella, su pasión aumentó. Lucharon por el control. Por fin, Xena recuperó el control, pero sólo después de sujetar las manos de Gabrielle a la cama. Como venganza, recibió un mordisco en el labio inferior al romper el beso.

—¿Lo quieres en plan duro? —gruñó la guerrera.

—Te quiero a ti. Quiero... que me ames —gimió, moviendo la cabeza de un lado a otro y soltando jadeos entrecortados.

Xena se acercó al oído de su amante.

—Sabes que te amo, Gabrielle.

—Sí. —Tomó aire con fuerza cuando las manos de la guerrera bajaron y le abrieron las piernas. No tardó en tener lo que clamaba su cuerpo. Su guerrera la tenía. Su guerrera la estaba tomando, poseyéndola. Rodeó con los brazos el cuerpo vestido de cuero al sentir a la guerrera haciéndole el amor. Su cuerpo se arqueó con la sensación del orgasmo al acercarse al punto culminante—. Oh... por... los dioses... sí... —Clavó las uñas en los hombros de Xena al arquearse contra las fuertes manos de la guerrera.

Xena sentía a Gabrielle debajo de ella, retorciéndose y arqueándose con sus caricias. Oía sus gruñidos y gemidos. Sabía lo que le estaba haciendo a la reina y disfrutaba de cada momento de tortura.

Recibiendo un último beso de la reina, la guerrera sintió gemir a la mujer en su boca cuando el orgasmo se apoderó de su cuerpo. Los temblores y estremecimientos duraron unos momentos mientras la guerrera daba hasta la última caricia a la reina. Gabrielle siguió abrazada con fuerza, tratando de recuperar el control de la respiración y de todo su cuerpo. Quería la sensación de su guerrera ahí mismo, encima de ella. Volvió la cabeza y dio suaves besos a una frente morena empapada en sudor.

—¿Estás bien? —preguntó cuando pudo hablar.

—Mmm... ¿y tú? —susurró la guerrera.

—Mejor que nunca. —Soltó una risita suave.

—Me alegro de poder ayudar —dijo Xena, besando un ceja rubia—. ¿Gabrielle?

—¿Sí?

—¿Puedo desvestirme ya, por favor? Tengo el cuero empapado.

—Mmm, sí, creo que sí. —Y soltó a Xena. Ésta ejecutó una flexión perfecta y se levantó de la cama.

Mientras se desnudaba, Gabrielle se metió bajo las mantas y las levantó para invitar a Xena al interior cuando la guerrera estuvo lista. Xena se metió bajo las gruesas mantas y se acomodó en la cama blanda y caliente. Cogió a Gabrielle entre sus brazos. Una vez más, las dos se hicieron una al volver a encajar perfectamente. Gabrielle se acurrucó y apoyó la cabeza en el hombro de la mujer que amaba, de la mujer que le había dado tanto.

—¿Xena?

—¿Sí? —fue la respuesta, junto con otro suave beso en la frente.

—¿Sabes? Las negociaciones de tratados pueden ser buenas. Deberíamos hacerlo más a menudo —murmuró, acurrucándose bajo el calor de la manta y pegándose a la suavidad de su compañera, hundiéndose en un sueño apacible y satisfecho.

—Como desees, mi reina.

Xena la abrazó y cerró los ojos, quedándose apaciblemente dormida con la tranquilidad de saber que su vida estaba a su lado.


FIN


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