La importancia de la familia

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Nada.
Violencia: Nada.
tnovan@aol.com

Título original: The Importance of Family. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena iba ligeramente hundida en la silla de montar. Tosió varias veces, haciendo que la bardo agarrara la brida de Argo y detuviera al animal.

—Vale, ya basta. —La bardo alargó la mano hacia su compañera y se la puso con delicadeza en el brazo—. Estás enferma. Vamos a salir del camino...

—Gabrielle... —La guerrera miró a la bardo. La enfermedad se le notaba claramente en la cara, cuyos rasgos estaban chupados y ojerosos.

—Nada de Gabrielle. —Enganchó su vara en la presilla que había en la parte de atrás de la silla de Argo, respiró hondo estudiando al caballo y luego se subió a la silla detrás de la guerrera. Rodeó la cintura de la guerrera con un brazo firme y luego arreó a Argo con los talones—. De verdad, Xena... hay que ver a qué extremos llegas para conseguir que me monte en este caballo —dijo en broma al tiempo que le quitaba las riendas a la guerrera. Creyó oír una ligera carcajada por parte de la guerrera antes de que ésta fuera presa de otro ataque de tos.

La bardo le puso una mano en la frente a su compañera. Notó la fiebre que ardía en el cuerpo de la guerrera. Arreó de nuevo a Argo y la yegua apretó un poco el paso. Mientras seguían camino adelante, a la bardo le pareció evidente que Xena se estaba poniendo cada vez peor.

Gabrielle se había emocionado mucho con la idea de volver a Potedaia para ver a su familia. Xena le había prometido este viaje y habían emprendido el camino cuando se desató la tormenta. El problema no había sido la tormenta en sí. El problema surgió cuando Xena ayudó a una familia atrapada en un río desbordado. Estaban viajando con sus hijos de vuelta a casa cuando la tormenta los pilló desprevenidos, atrapando su carromato en el río.

Xena se pasó tres marcas en el agua fría y revuelta, descargando todas sus pertenencias y soltando por fin el carromato. A la mañana siguiente estaba muy claro que el cuerpo de la Princesa Guerrera había sucumbido a un enfriamiento, pero haciendo gala de su típica terquedad, se negó a descansar. Cogió unas hierbas de su zurrón y preparó un brebaje, asegurándole a la bardo que con eso estaría "como nueva".

Gabrielle frunció el ceño al darse cuenta de que el brebaje no había funcionado y que su compañera se estaba poniendo peor.

—¿Sabes, Xena? Un día de estos desearás haberme hecho caso.

—Ya lo deseo —replicó la guerrera en voz baja, agachando un poco más la cabeza.

La bardo se sintió aliviada al ver el hogar de su infancia. Sabía que una cama caliente, buenos alimentos y medicamentos de verdad eran lo que necesitaba la guerrera para ponerse bien. Detuvo a Argo y empezó a desmontar hasta que se dio cuenta de que Xena se encontraba ahora tan débil que ya no podía sostenerse en la silla. Agarró a su compañera con más fuerza, sujetándola en el sitio.

—¡Lila! —gritó, con la esperanza de que su hermana pequeña estuviera cerca y la oyera—. Lila, soy Gabby. Necesito que me ayudes.

Se abrió la puerta de entrada. Lila y Hécuba salieron al porche. Sus sonrisas desaparecieron cuando vieron a Gabrielle sujetando la figura casi inconsciente de la guerrera. Corrieron a su lado y dejó que su madre y su hermana la ayudaran a bajar a Xena de la silla al suelo. La bardo desmontó prácticamente de un salto y se arrodilló junto a su compañera, comprobándole de nuevo la fiebre.

—Tenemos que meterla dentro. —Gabrielle alzó la vista para mirar a su madre y a su hermana, al tiempo que empezaba a levantar a la guerrera.

—¡NO! —Las tres mujeres se volvieron y se encontraron con Herodoto. Estaba de pie al lado de la casa, secándose la cara y el cuello con un trapo, pues acababa de volver de los campos para almorzar—. No, no vais a meter a esa mujer en mi casa.

—Papá, está enferma. —Gabrielle miró a su padre desde donde estaba arrodillada al lado de su guerrera.

—Pues que se la lleve Hades. No la vas a instalar en mi casa.

—Padre... —empezó Lila, pero su padre le clavó una mirada furiosa que la obligó a callar de inmediato.

—Herodoto, por favor...

—¡No, esposa! Esa mujer no va a entrar en mi casa. Se puede quedar ahí tirada y morirse en mi patio, pero no recibirá ayuda alguna en mi casa.

Gabrielle volvió a dejar delicadamente a Xena en el suelo. Se levantó y se acercó a su padre, apretando y aflojando los puños mientras decía:

—No tienes ni idea, ¿verdad? No tienes ni idea de la de veces que me ha salvado la vida...

El granjero levantó la mano para hacer callar a su hija mayor.

—Sí, estoy seguro de que te ha salvado de toda clase de peligros. Peligros que no habrías corrido si no te hubiera llevado de casa para empezar.

Los ojos verdes miraron iracundos a su padre mientras gritaba:

—Ella no me llevó. ¡Yo me marché con ella porque esto no lo podía soportar!

—Pues que así sea. Si tanto odias todo esto, coge a esa zorra asesina y lárgate. —El granjero se dio la vuelta y se alejó, dejando a Gabrielle toda temblorosa.

La bardo respiró hondo y volvió junto a Xena.

—Bueno, compañera —susurró, cogiendo a la guerrera en sus brazos y acomodándola en su regazo—. Necesito que aguantes hasta que lleguemos al pueblo. Conseguiré una buena habitación en la posada con una gran chimenea. —Acarició el pelo de la guerrera y le dio un suave beso en la frente ardiente. Le empezaron a caer lágrimas silenciosas por la cara al notar el calor que desprendía el cuerpo de su compañera—. Una marca más, Xena. Por favor, aguanta un poco más.

—El granero... —dijo Hécuba en voz baja, arrodillándose al lado de su hija.

—¿Qué? —Gabrielle miró a su madre, secándose las lágrimas.

—La llevaremos al granero. —La mujer de más edad ayudó a la bardo a levantar a la guerrera del suelo—. Lila, ve a buscar mantas. —Sonrió a Gabrielle mientras sujetaban mejor a la guerrera, luchando con su peso—. Es una chicarrona, ¿verdad?

La bardo sonrió y asintió mientras se dirigían despacio y con cuidado hacia el granero con la figura inerte de Xena entre las dos.

Lila corrió a la casa para recoger mantas. Pasó en silencio sin que su padre la viera, entró en su cuarto y recogió las cosas, incluida la almohada preferida de Gabriellle. Aferró las cosas contra su pecho cuando iba a salir por la puerta. Se detuvo y se quedó mirando la puerta, luego se volvió y decidió que sería mejor salir por la ventana.

Gabrielle apiló la paja para hacer una cama blanda mientras Hécuba comprobaba la fiebre de la guerrera.

—Es muy alta.

—Lo sé —dijo en voz baja, acercándose y empezando a soltar la armadura y a quitar armas.

—Gabrielle, tú sabes que cuando la fiebre sube tanto...

—No lo digas, madre. No va a morir. —Levantó con cuidado la armadura por encima de la cabeza de la guerrera, dejándola a un lado. Le quitó los brazales y las bandas, tirándolos junto a la armadura—. Eh, compañera. Vamos, abre los ojos. —Le acarició la mejilla, sin importarle que su madre estuviera justo detrás de ella—. Te quiero, Xena. Venga, abre los ojos por mí.

Los párpados de la guerrera se abrieron con dificultad y sonrió débilmente a la bardo, lamiéndose los labios.

—¿Me echabas de menos?

—Ya lo sabes. —La bardo sonrió mientras seguía acariciándole la mejilla a la guerrera—. Estamos en Potedaia, en el granero de mi padre. Nos vamos a quedar aquí hasta que te pongas bien. —Xena asintió débilmente al tiempo que volvía a cerrar los ojos—. Y te vas a poner bien. ¿Me oyes, princesa?

Lila entró en el granero. Miró a su hermana acuclillada al lado de la guerrera. Si no fuera porque no le parecía posible, habría pensado que su hermana estaba enamorada de la mujer alta y morena. La ternura con que Gabby trataba a su amiga era algo que sólo había visto entre parejas casadas. No es que lo hubiera visto alguna vez entre sus propios padres, porque no lo había visto, pero las parejas más jóvenes del pueblo eran otra historia.

Gabrielle se levantó y cogió la ropa de cama que traía su hermana.

—Gracias, Lila. ¿Quieres ir a buscar a Argo? Voy a necesitar nuestras alforjas.

—Claro. —Lila miró de nuevo a la guerrera y luego a su hermana y salió del granero. La palabra "nuestras" no había escapado a la atención de la joven.

Gabrielle extendió las mantas encima de la paja, ahuecándola para asegurarse de que Xena estuviera cómoda. Su madre se arrodilló y la ayudó a preparar la cama.

—Gabrielle, ¿la quieres?

La bardo no levantó la mirada, simplemente siguió preparando la cama para su guerrera.

—Sí.

—¿Sois...? —La mujer hizo una pausa y miró a la guerrera que descansaba apoyada en la pared del granero—. ¿Amantes?

—Sí. —Gabrielle colocó la almohada en la parte superior de su cama y extendió la manta de arriba. Se echó hacia atrás con las manos en los muslos—. Madre, te prometo que nos marcharemos en cuanto a Xena le baje la fiebre y esté suficientemente bien como para viajar.

—No te he pedido que os marchéis, Gabrielle. Te he preguntado que si la quieres.

—¿Estás disgustada? —Gabrielle regresó junto a Xena y se arrodilló, pasando los dedos por el largo pelo oscuro de su amante.

Hécuba se levantó y miró a su hija.

—Al verte ahora con ella... no. ¿Cómo podría disgustarme algo que te convierte en una persona tan buena y cariñosa? Tu devoción es algo tangible, Gabrielle, casi puedo verla.

—Ella es mi vida. —Gabrielle empezó a trasladar a Xena a la cama y una vez más, su madre la ayudó.

Tumbaron a Xena con cuidado en el momento en que Lila entraba con Argo en el granero. Gabrielle tapó a su amor y se levantó para acercarse a Argo.

—Gracias, Lila. —Levantó las alforjas y las dejó en el suelo. Luego se puso a soltar la silla.

—Ya lo hago yo, Gabby. Tú ocúpate de Xena. —Lila dio unas palmaditas en el cuello de Argo y el caballo le respondió olisqueándola un poco.

Gabrielle sonrió a su hermana y cogió las alforjas. Las dejó junto a la cama y sacó la camisa de dormir de Xena. La dejó a un lado y se puso a quitarle a la guerrera la túnica de cuero.

—Está empapada. —Arrugó la nariz y tiró el cuero al pie de la cama. Volvió a vestir a Xena y la tapó de nuevo, besándola en la frente una vez más—. Ahora ponte bien, guerrera mía —susurró, subiendo las mantas un poco más.

—Voy a hacer algo de comer y le traeré a Xena un poco de sopa. ¿Crees que podrás hacer que coma? —Hécuba observó a su hija cuidando tiernamente de la guerrera y se le derritió el corazón al verlo.

—Ah, ya lo creo que comerá. Sabe muy bien que no le conviene darme problemas. —La bardo se rió, se levantó y se estiró. En total no había tenido un día muy bueno y ya se sentía un poco cansada—. Madre, ¿crees que papá dejará que nos quedemos hasta que se ponga bien?

—Oh, estoy segura —replicó Hécuba con decisión, dándose la vuelta y saliendo del granero.

Lila terminó sus cuidados de Argo, que incluyeron para deleite de Argo, un cepillado completo y una bolsa de avena. Cuando metió al caballo en una casilla, se volvió hacia su hermana y le sonrió con timidez.

—¿Gabby?

—¿Mmm? —Gabrielle estaba sacando cosas de las alforjas y no miró a su hermana hasta que Lila se aproximó y se sentó a su lado.

—¿Cómo es?

—¿El qué?

—Estar enamorada.

Gabrielle sonrió a su hermana.

—Es maravilloso. —Miró a Xena, que volvió a toser, con lo que la bardo corrió de nuevo a su lado hasta que se le pasó el ataque—. Me completa. Es la otra mitad de mi alma. Me hace creer que puedo hacer cualquier cosa.

—¿Cualquier cosa?

—Cualquier cosa. Puedo ser lo que me dé la gana. Hacer lo que quiera. Ella me da una fuerza y una confianza que nunca supe que tenía hasta que entró en mi vida.

—La quisiste desde el primer momento en que la viste, ¿verdad? Por eso la seguiste.

—Sentí algo, pero no sé muy bien qué. Sólo lo supe con seguridad cuando estuve a punto de perderla cuando íbamos a ver a las amazonas. Cuando volvió a mí esa vez, supe que no podía vivir sin ella. —Suspiró, mirando de nuevo a Xena—. Tengo que sacar agua del pozo. ¿Te quedas con ella?

—Mmm, claro. Pero puedo sacar yo el agua.

—No, no hace falta. Me vendrá bien que me dé un poco el aire. Ahora mismo vuelvo. —La bardo se levantó y se estiró de nuevo antes de salir del granero.

Lila se sentó al lado de la guerrera, apoyándose en la pared y observando a la mujer mientras dormía.

—Ga...bri...elle. —Xena agitó un poco la cabeza, gimoteando el nombre de la bardo—. Ga...bri...elle.

Lila se puso de rodillas junto a Xena y le cogió la mano.

—Shh, no pasa nada. Ha ido a coger agua.

Xena abrió los ojos e intentó enfocarlos en la mujer que tenía al lado.

—¿Lila?

—Sí... estás a salvo.

Xena asintió y volvió a cerrar los ojos. Lila siguió sujetando la mano de la guerrera. Incluso en su estado actual, Lila notaba una fuerza en la mano que no había notado hasta entonces.

—No me extraña que mi hermana te quiera.

Gabrielle regresó al granero y se encontró a su hermana sujetando la mano de la guerrera.

—¿Algún problema?

Lila levantó la mirada y sonrió.

—No. Se ha despertado hace un momento.

—¿Ha dicho algo? —Gabrielle dejó el cubo en el suelo, metió un trapo dentro y lo escurrió antes de colocárselo a Xena en la frente.

—Te ha llamado. Le he dicho que estabas cogiendo agua. —Lila soltó la mano de la guerrera y se puso de pie, alisándose la falda—. Tienes mucha suerte, Gabby.

—Lo sé. —Empleó un segundo trapo para lavarle a Xena la cara y los brazos.

Hécuba dejó la bandeja en la encimera, colocando los platos en ella en silencio. Sirvió sopa en un tazón, añadiéndole un poco de pimienta negra.

—¿Qué estás haciendo, mujer? —retumbó la voz de su marido detrás de ella.

Respiró hondo y se irguió, al tiempo que ponía el tazón en la bandeja.

—Estoy preparando comida para nuestra hija y para Xena.

—Has dado cobijo a esa zorra asesina, ¿verdad?

Hécuba se volvió para enfrentarse a su marido.

—No, he dado a mi hija y a su amiga un lugar donde quedarse mientras Xena esté enferma.

—Te he dicho que no la quiero aquí. ¿Desde cuándo te dedicas a desobedecerme?

—Has dicho que no la querías en tu casa. No está en tu casa, está en el granero. No te estoy desobedeciendo, estoy cuidando de nuestra hija.

Él miró a su mujer a los ojos.

—Dos días. Se pueden quedar dos días y luego quiero que se marche de mi propiedad. —Se dio la vuelta y dejó a su mujer en la cocina mirándolo mientras se alejaba.

Gabrielle removió la sopa, enfriándola antes de intentar hacer que Xena comiera. Suspiró y miró a su madre.

—Nos iremos dentro de dos días, madre. Estoy segura de que para entonces Xena estará bien, o al menos lo bastante fuerte como para viajar.

—Gabrielle...

—No, madre. No quiero causaros problemas a ti y a Lila.

—Escúchame. Tú cuida de Xena. Yo me encargaré de tu padre.

Sonrió a su madre.

—Gracias.

Hécuba bajó la mano y acarició la cara de hija, cogiéndole la barbilla con la mano.

—Cuida de Xena y no te preocupes de nada salvo de ella.

Asintió y se volvió hacia la guerrera. Hécuba sonrió antes de darse la vuelta y dejar a las dos mujeres a solas.

—Eh, guerrera. Vamos, es hora de comer. —Zarandeó un poco a Xena.

Ésta abrió los ojos, sonriendo a Gabrielle.

—Has vuelto...

—Pues sí, y he traído comida —sonrió Gabrielle mientras removía la sopa—. Venga, vamos a ver si comes un poco. —Ayudó a Xena a incorporarse ligeramente y luego le dio una cucharada de sopa—. Para que lo sepas, mi padre no se está mostrando de lo más hospitalario.

Xena asintió y tragó.

—Eso explica... lo del granero...

—Sí, al parecer no somos dignas de alojarnos en su casa.

—No lo soy yo...

—Tú y yo somos una, mi amor.

Xena sonrió y cogió a Gabrielle de la mano.

—Te quiero, bardo.

—Y yo te quiero a ti, guerrera. Ahora come. —Volvió a meter la cuchara entre los labios de Xena.

—Mmm... está bueno.

—Sí, mi madre hace la mejor sopa del mundo.

—La segunda mejor. —Xena sonrió y luego se puso a toser de nuevo. Gabrielle dejó a un lado el tazón y cogió a la mujer entre sus brazos, sujetándola hasta que se le pasó—. Gracias. —Xena hundió la cabeza en el hombro de su amante y se relajó.

La bardo no tardó en encontrarse con los brazos colmados de guerrera dormida. Apoyó la mejilla sobre la cabeza morena y se quedó dormida también.

Cuando caía la noche sobre el valle, Gabrielle se despertó y se estiró, intentando no molestar a la guerrera, que seguía durmiendo. Apretó los labios contra la frente de Xena y sintió un gran alivio al darse cuenta de que la fiebre empezaba a ceder.

—Buen trabajo, guerrera. Menuda capacidad para curarte que tienes. —Acercó más a la guerrera, echando de nuevo la manta sobre las dos.

—Es la sopa de tu madre —murmuró la guerrera, recolocando la cabeza sobre el hombro de la bardo.

—Oye, tramposa. Creía que estabas dormida.

—Qué va... sólo demasiado cómoda para moverme. No te uso a ti como almohada con mucha frecuencia. Normalmente, yo soy tu colchón.

—¿Te quejas? —Se echó hacia atrás y miró a los ojos azules de su compañera, que tenían un aspecto mucho más saludable que antes.

—Noooo, para nada. Ya sabes, soy una estoica guerrera. —Sonrió y se acurrucó más cerca.

—Ya —replicó la bardo, abrazando a la guerrera con más fuerza.

—Gabrielle, siento haberte causado problemas con tu familia.

—Tú eres mi familia, Xena. —Sus labios encontraron una ceja oscura.

—Mmm... me alegro.

—Yo también, guerrera. Yo también.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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