Después de tantos años

T. Novan



Descargos: No son mías. Me gusta jugar con ellas. No se gana ni un dinar. No se pretende infracción alguna de derechos de autor. Es pura y simple diversión.
Subtexto: Ya lo creo. ¿Es que yo escribiría otra cosa? No me parece.
Voy a arriesgarme y a pedir perdón ahora. A muchos de vosotros esto os va a resultar horrible, pero, oye, tenía que estirar un poco las piernas (broma privada para algunos de vosotros que me conocéis demasiado bien). Éste es el tipo de relato que sale cuando la escritora sufre un dolor espantoso.
Nota del 13 de octubre de 1998. Me senté a pensar sobre lo que iba a hacer a continuación. Cometí el error de quejarme de este relato. Mi media naranja respondió diciendo: "Pues nunca deberías haber empezado por ahí. Tú la has metido en esta situación. Pues sácala tú".
tnovan@aol.com

Título original: After All These Years. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Gabrielle cruzó tranquila la plaza de la aldea. Varias de sus jóvenes guerreras la seguían en silencio. Sólo una vez cada estación su reina se ocupaba de enseñarles, de contarles una historia, y hoy era ese día.

Cuando el grupo cruzaba la plaza rumbo al límite de la aldea y el prado donde siempre tenían lugar las lecciones, la alta y fornida guerrera que pronto sería la consorte de la reina se acercó a ésta en silencio. Entrelazó sus dedos con los de la reina y caminaron juntas cogidas de la mano, hablando en voz baja.

—Gabrielle, por favor, no hagas esto. Ya sabes cuánto te afecta.

—Tengo que hacerlo. Hice un juramento de sangre y no puedo... no, no quiero romperlo.

—Por favor, piénsatelo. Ya ha pasado tanto tiempo, casi diez estaciones. Ya es hora de que lo superes.

Gabrielle se detuvo y tomó la cara de la guerrera entre sus manos.

—Lo he superado, Kellas. Me he enamorado de ti y he seguido adelante, pero esto se lo debo a ella.

Kellas se inclinó y le dio a la reina un beso suave y amoroso, que le fue devuelto con la misma emoción.

—No olvides, Gabrielle, cuánto te quiero.

Tenía lágrimas en los ojos al darse la vuelta y alejarse. Sabía lo que la esperaba esta noche. Sería otra noche que pasaría tratando de calmar las pesadillas que su amor estaba a punto de provocarse a sí misma. El demonio volvería. ¡Maldita sea y maldito sea su recuerdo!, pensó Kellas, mientras se dirigía al campo de entrenamiento. Odiaba a la mujer que nunca había conocido, pero que todavía controlaba tan profundamente el corazón de su amante.


Gabrielle se detuvo justo al borde del prado junto a una gran roca. Se sentó en la roca mientras sus guerreras se dejaban caer al suelo y se tumbaban. Miró a su alrededor y sintió la brisa que le agitaba el pelo, escuchó el roce de los árboles y la hierba con el viento suave. Luego cerró los ojos, en parte para recordar y en parte para contener las lágrimas que ya le estaban empezando a llenar los ojos.

—Hoy hace casi ocho estaciones que ocurrió y éste fue el último lugar donde la vi... —empezó a contar la historia.


Xena bajó la mano hacia Gabrielle y la subió a la roca. Sus ojos azules estaban profundamente clavados en el alma de la bardo.

—Te quiero, Gabrielle. Todo va a ir bien. Estaré de vuelta antes de que te des cuenta.

La guerrera se inclinó desde el caballo y besó a la reina amazona apasionadamente. Sus almas se mezclaron al tiempo que sus lenguas se buscaban la una a la otra. Gabrielle no quería que terminara. Por primera vez, tenía miedo. Sus sueños le habían dicho que algo iba muy mal y tenía miedo de perder a su guerrera en esta batalla. Cuando se separaron, Xena acarició suavemente la cara de la bardo. Gabrielle atrapó la mano de la guerrera y la apretó contra su corazón.

—Xena, por favor, quédate aquí conmigo. Vamos a necesitar sanadoras cuando regresen las heridas. ¿Por favor? —rogó, mientras las lágrimas le caían por las mejillas.

—Gabrielle, no puedo. Seré mucho más útil contra Bracken y sus hombres. Ya he luchado con él. Sé cómo piensa.

—¿Por favor? —dijo, alargando las manos y sujetando la cabeza de Xena—. ¡Por los dioses, Xena, escúchame! ¡Mis sueños...! ¡Por favor, no te vayas!

—Gabrielle, no podría vivir conmigo misma si enviara a tus guerreras solas ahí fuera. Además, tengo que volver para una boda.

Sonrió y apartó las manos de Gabrielle de su cabeza. Las sostuvo y le besó la muñeca izquierda que lucía la pulsera de oro. Xena había entregado la pulsera a Gabrielle dos lunas antes, cuando le propuso matrimonio. Era de oro macizo y tenía entrelazadas una X y una G muy estilizadas.

—Siempre estaremos juntas, mi amor.

Xena se inclinó y volvió a besar a Gabrielle y luego se echó hacia atrás y secó las lágrimas de la cara de la bardo.

—No llores, mi amor. No llores.

Con una última y suave caricia y un ligero beso en la mejilla, Xena azuzó a Argo y se alejó por el prado, con los atormentados gritos de Gabrielle retumbándole en los oídos.


Las jóvenes guerreras estaban absortas en su historia. Todas estaban sentadas ahora, con la cabeza apoyada en la mano, pendientes de cada palabra.

—Varios días después, regresó nuestra partida de guerra. Me trajeron la silla de Argo y la espada de Xena. Luego me dijeron que el amor de mi vida había caído. Se había interpuesto entre una daga y la regente Ephiny. La daga fue certera y le atravesó el corazón. Ese día perdí la mitad de mi alma. —Gabrielle hizo una pausa y contempló el prado, con la esperanza de volver a ver a su guerrera, pero nunca venía.

—¿Entonces murió como una heroína? —preguntó una de las chicas más jóvenes.

—Oh, sí, hija mía. Tuvo la valerosa muerte que tanto se merecía. No sólo cayó en combate, sino que además cayó defendiendo la vida de una amazona y una amiga.

—¿Por qué no la trajeron a casa para darle un buen entierro de amazona? —preguntó otra chica.

—La batalla fue tan encarnizada y larga que el propio Hades llegó desde el inframundo para recoger a los muertos casi tan deprisa como caían. Como Xena y yo todavía no nos habíamos unido, la reclamó antes de que las amazonas pudieran llegar hasta su cuerpo. Lo único que encontraron fue su espada, que fue lo que me trajeron. Argo también cayó aquel día. La yegua defendió sin tregua el cuerpo de su dueña y los hombres del señor de la guerra la mataron por diversión y despecho. También ella tuvo una muerte gloriosa, protegiendo a la que la quería tanto.

—¿Y quién derrotó a Bracken? —intervino otra voz.

—Xena ya había enviado a Bracken ese día a ocupar su lugar correspondiente en el Tártaro, pero sus hombres no se habían dado cuenta de que su cabecilla había caído y continuaron con su ataque. Nuestras guerreras amazonas acabaron con los soldados que quedaban antes de regresar a la aldea. —Gabrielle se puso en pie y se estiró—. Vamos, regresemos a la aldea.


Kellas estaba sentada en el comedor intentando comer, pero con poco éxito. Odiaba este día, el aniversario de la derrota de Xena. No sólo era duro para Gabrielle, sino que Kellas tenía que luchar con el fantasma de la antigua amante de la reina. Las cosas no habían sido fáciles para Kellas desde que llegó a esta aldea hacía ya siete estaciones. Se sintió inmediatamente atraída por la reina y aprovechaba cualquier oportunidad para demostrarle lo que sentía. Ephiny le contó a Kellas la historia de la reina y la guerrera que iba a haber sido su consorte, instándola a que diera un tiempo adecuado a la reina para que llorara a su amante muerta.

De modo que se retiró y esperó y observó. Vio cómo la bella reina empezaba a consumirse, muriendo despacio junto con la guerrera. Decidió tomar cartas en el asunto. No permitiría que esta hermosa mujer se dejara ir de esta manera. La regente Ephiny prácticamente se lo había prohibido, diciendo que si la reina debía seguir a la guerrera, nadie debería cambiar ese destino. Sin embargo, Kellas no le hizo el menor caso.

Recordaba aquella noche con total claridad. Había seguido a la reina hasta el prado y observó mientras la mujer se arrodillaba junto a la roca y se echaba a llorar. Kellas le concedió su dolor y le dio tiempo para que llorara. Luego se acercó despacio y se arrodilló junto a ella. Se sentó apoyada en la roca y tomó a la reina entre sus brazos. La mujer se quedó en sus brazos sollozando hasta que empezó a salir el sol y luego se sumió en un sueño agitado. Kellas la levantó en brazos y la llevó de vuelta a la aldea. Cuando movió a la reina, de su corpiño cayó una daga. Kellas contempló el puñal y miró a la reina.

—No permitiré que hagas eso, mi reina. Eres demasiado importante para la nación, para mí. Te quiero.

Kellas llevó a la reina a su cabaña y la colocó delicadamente en la cama. Se sentó a su lado hasta que se despertó a la noche siguiente.

—¿Xena? —preguntó la reina al ir recuperando despacio el conocimiento.

—No, mi reina, soy Kellas.

—¿Kellas?

—Sí, mi reina —dijo suavemente y se arrodilló junto a la cama y le cogió la mano.

—¿Qué ha pasado?

—Te traje de vuelta esta mañana.

—No, eso no es lo que quería. Quería...

—Gabrielle, escúchame. —Kellas se mostró más atrevida ahora, levantándose y sentándose en la cama a su lado—. No puedes hacerte esto. Mereces vivir, ser feliz. Yo no conocí a Xena, pero por las historias que me han contado, ella querría que siguieras adelante. Ella querría que fueras feliz.

—No puedo. Tú no lo comprendes. —La reina se incorporó en la cama y empezó a levantarse.

Kellas la agarró de la muñeca.

—Sí que lo comprendo. Comprendo que la querías. Comprendo que murió, pero eso no quiere decir que tú tengas que morir con ella.

—No puedo vivir sin ella.

—Sí que puedes.

—No...

—Si consigo demostrarte que puedes vivir sin ella, que puedes volver a sentir, ¿te darás por lo menos tiempo para intentarlo?

Gabrielle no dijo nada. Se quedó mirando a la guerrera. Kellas tomó a Gabrielle entre sus brazos y la besó, un beso largo y apasionado. Gabrielle intentó zafarse, pero entonces empezaron a resurgir sentimientos que hacía mucho tiempo que había enterrado. Respondió al beso. Sus lenguas exploraron la una la boca de la otra. Las manos de Kellas empezaron a explorar el cuerpo de la reina. Gabrielle gimió bajo las suaves caricias de la guerrera. Kellas empezó a besarle el cuello, lamiendo y chupando suavemente la piel expuesta. Gabrielle echó la cabeza hacia atrás y se le escapó otro gemido de entre los labios. De repente, se quedó inmóvil, como si el sonido la hubiera asustado. Miró a Kellas y de repente se puso furiosa. Atacó y pegó un bofetón a la guerrera en la cara y salió corriendo de la cabaña. Kellas se quedó allí sentada, frotándose la cara y con una ligera sonrisa en los labios.

Poco a poco, superaron aquella mañana y se encontraron pasando todo su tiempo libre juntas. La reina empezó a sonreír y a reír, viva de nuevo.

Pasaron tres estaciones más antes de hacerse amantes. Incluso entonces, el espectro de Xena permanecía a su lado. Muchas noches las pasaba sacando a Gabrielle de una pesadilla que la empapaba de sudor y meciéndola suavemente hasta que volvía a dormirse mientras lloraba por la amante que había perdido. Entonces, por supuesto, surgía la culpa en Gabrielle por haberse despertado gritando el nombre de Xena cuando Kellas estaba profundamente dormida a su lado y siempre estaba allí para consolarla. De la misma manera que Xena había estado allí por ella cuando murió Pérdicas.

Por fin, llegó el momento y Kellas dio el paso más osado, pidiéndole a Gabrielle que se uniera a ella. Tuvo que reconocer su sorpresa cuando Gabrielle dijo que sí inmediatamente. Y ahora que parecía tener todo lo que quería, ¿por qué no era feliz? La respuesta fue bien rápida. Porque a cierto nivel seguía compitiendo con Xena por el afecto de la reina.

Siguió dándole vueltas a la comida. Gabrielle se sentó a su lado y le rodeó la cintura con los brazos.

—¿Y esa cara tan larga?

—No es nada.

—Escucha, tengo una idea que me gustaría consultarte, para ver qué te parece.

—Vale. ¿Qué es lo que deseas, mi amor?

—Pues estaba pensando... —La reina se inclinó y le susurró algo al oído a la guerrera. Algo que hizo que la guerrera se sonrojara.

—¡Gabrielle! No sabía que conocías esa clase de palabras.

—Antes era bardo, ¿recuerdas? Conozco muchas palabras. Bueno, ¿qué te parece? —Sonrió y meneó las cejas.

—Debo reconocer que es una oferta muy tentadora.

—Bien, estupendo, me alegro de que te guste. Tengo que mantener contentas a mis guerreras, ya sabes.

Kellas se volvió y se sentó a horcajadas en el banco, de cara a la reina.

—Más vale que sea yo la única guerrera a la que mantienes contenta de esa forma.

—¿Ah, sí? —dijo con tono de guasa—. Soy la reina. Tengo muchas responsabilidades con la nación, ¿sabes?

—Sólo intentas que me pique, ¿verdad?

—Pues sí —dijo, al tiempo que se inclinaba para besar a Kellas.

Ephiny estaba sentada al otro lado de la sala mirando a la pareja. Estaba muy contenta de que Kellas hubiera desobedecido sus deseos hacía ya tantas estaciones. Encajaban bien. Era cierto que nadie sustituiría jamás a Xena en el corazón de la reina, pero Kellas había demostrado estar muy cerca. Se sentía muy orgullosa de ser quien iba a presidir su ceremonia de unión con la próxima luna nueva. Mientras seguía observando a la pareja, no vio a la centinela que había entrado. La centinela se acercó rápidamente a la regente y le susurró al oído. Ephiny levantó la vista. No hubo intercambio de palabras. La centinela se limitó a asentir y con eso, Ephiny y la centinela salieron de la cabaña.


Gabrielle y Kellas paseaban cogidas del brazo por la aldea, deteniéndose de vez en cuando para hablar con las amigas o intercambiar un suave beso. Cuando la patrulla regresó a la aldea, Gabrielle advirtió que Ephiny estaba con ellas y detrás de ella, en un caballo oscuro, negro, un jinete...

Se llevó una mano a la garganta inconscientemente. Kellas la miró y luego miró a la patrulla que regresaba.

—Gabrielle, ¿qué ocurre?

—No puede ser... —dijo Gabrielle en voz baja al tiempo que echaba a andar despacio hacia la patrulla. Aceleró el paso cuando por fin comprendió.

La jinete desmontó y se quedó junto al caballo negro, sujetando las riendas flojas en la mano. Esbozó aquella familiar sonrisa al ver a Gabrielle acercarse a ella. Al poco, se encontró estrechamente envuelta en los brazos de la reina amazona. Le devolvió el abrazo y levantó a la reina del suelo.

—Te he echado de menos, mi reina.

—Oh, dioses, Xena, creía que estabas muerta. —Sus palabras se abrían paso a través de los sollozos—. Has estado fuera tanto tiempo.

Kellas se quedó mirando. Luego, unos dioses vengativos hicieron llegar el nombre a sus oídos. Xena. ¿Cómo podía ser? Después de tantas estaciones, ¿por qué tenía que regresar ahora? Avanzó dos pasos y se detuvo, sin saber qué hacer. Se limitó a observar.

Xena dejó a Gabrielle en el suelo y se echó hacia atrás. La bardo se la quedó mirando, sin dejar de tocarla, sin dar crédito a sus propios ojos, que estaban llenos de lágrimas. Alargó la mano y tocó la cara que todavía veía en sueños. El único cambio visible era una pequeña cicatriz roja que le bajaba por la mejilla derecha. Gabrielle acarició la cicatriz con la punta de los dedos.

Xena le cogió la mano. Evidentemente, la cicatriz era un doloroso recordatorio de algo de lo que no deseaba hablar en este preciso momento.

—Siento haber estado fuera tanto tiempo —dijo mirando a los ojos verdes de la bardo.

A Gabrielle le costaba formar palabras.

—No... no me lo puedo creer. Estás en casa.

Xena sonrió. Ephiny se había reunido con ella fuera de la aldea y había intentado lo mejor que pudo preparar a Xena para lo que iba a encontrar. Xena lo había sospechado y había aceptado el hecho de que la bardo podría haber encontrado a otra en el tiempo en que ella había estado fuera. Tenía la esperanza de que no fuera así, pero cuando Ephiny lo confirmó, intentó aceptarlo como un hecho. Miró al otro lado de la plaza, donde estaba plantada Kellas.

—Gabrielle, ¿no quieres presentarme a alguien? —preguntó, haciendo un gesto hacia Kellas.

Gabrielle se dio la vuelta para mirar. Su mente se puso a gritar, Oh, dioses, ¿cómo puede haber pasado esto?

—Sí —fue lo único que consiguió decir mientras se acercaban a Kellas.

Kellas las observó, estudiando a la infame Xena. Alta, fuerte y molestamente bella. Los pantalones, camisa y capa negros que llevaba ocultaban lo que Kellas estaba segura de que era un cuerpo igual de firme y bello. La espada le pendía del costado izquierdo y el chakram del que había oído tantas historias colgaba del derecho. Tenía una sonrisa contagiosa. La reina y la guerrera hacían una pareja perfecta. Hasta ella tuvo que reconocerlo. Había un resplandor entre ellas. Una energía que las rodeaba.

Gabrielle, atrapada ahora entre las dos guerreras, se sentía incómoda como nadie en el mundo entero. En todos sus sueños, todas las pesadillas que la invadían, esta posibilidad no se le había ocurrido jamás.

—Kellas, ésta es Xena. Xena, ésta es Kellas, mi... mi campeona.

—Y —terminó Kellas—, futura consorte.

Xena sonrió y ofreció su brazo a la guerrera. Bien, es protectora, pensó Xena mientras Kellas le estrechaba el brazo como una guerrera.

—Enhorabuena —dijo mientras se separaban.

Gabrielle estaba confusa. Ésta no era la Xena que había desaparecido hacía tantos años. Esa Xena habría destrozado a Kellas miembro a miembro, le habría roto todos los huesos del cuerpo y luego se la habría echado de comer a Argo. La confusión de su rostro no pasó desapercibida a la guerrera en cuestión.

—Gabrielle, ¿eres feliz? —preguntó Xena, mirando a la bardo.

—Sí —contestó ella con franqueza.

—Pues eso es lo único que siempre he querido para ti. Ojalá hubiera sido yo... —se le quebró la voz—, pero no es así y es culpa mía. Pero me alegro de que hayas encontrado la felicidad. —Se volvió a Kellas—. Prométeme que siempre cuidarás de ella y que nunca le harás daño.

—Por supuesto —dijo Kellas, observando a la guerrera y preguntándose cuáles eran sus motivos.

—Ahora, si me disculpáis, voy a llevar a mi caballo al establo para que pase la noche. Si te parece bien, Gabrielle, me gustaría comer algo y descansar un poco. Me marcharé por la mañana.

—¡Por favor, no te vayas otra vez! —Las palabras salieron disparadas de la boca de la bardo.

—Gabrielle, dadas las circunstancias... —empezó Xena.

—Por favor, al menos quédate un par de días para que podamos hablar. Hay tantas cosas que necesito saber. Necesito respuestas a una serie de preguntas... —Se sentía acongojada y se echó a llorar.

—Está bien, está bien. Me quedaré un par de días.

Xena no pudo evitarlo. Alargó la mano y acarició la cara de la bardo con ternura. Xena notó que Kellas se ponía rígida e interrumpió la caricia. Sonrió a Gabrielle, se volvió y saludó a Kellas con la cabeza y luego regresó junto a las centinelas, que habían estado aguantando el aliento colectivamente, esperando a que se produjera la lucha.

Xena cogió las riendas de su caballo y miró a Ephiny, que la estaba mirando fijamente.

—¿Qué?

—Nada, amiga mía, nada.

—¿Me vas a llevar a los establos o qué?

—No se han movido. Siguen en el mismo sitio en el que estaban la última vez que estuviste aquí.

—Bueno, ¿y cómo iba a saberlo? Oye, si no quieres acompañar a una vieja amiga y charlar, pues...

—Oh, por el amor de Zeus. Hay cosas que no cambian nunca. Claro que quiero hablar contigo. Es que no sabía si tú querías.

El dúo se dirigió a los establos. Una vez dentro, Xena cayó de rodillas y se echó a llorar. Ephiny no sabía muy bien qué hacer. Se arrodilló y le acarició la espalda a su amiga.

—Tenía miedo de esto —dijo Xena cuando consiguió controlarse—. Sabía que no esperaría para siempre. Intenté volver, Eph. De verdad que lo intenté.

—Estoy segura de ello, amiga mía.

—Sólo quería volver a casa con ella. Quería estar con ella para tratar de recuperar todas las estaciones que habíamos perdido. No debería haber vuelto después de tanto tiempo.

—No seas ridícula, Xena. ¿Y si te hubiera estado esperando? Te esperó durante muchas estaciones. Te lloró tanto tiempo. Todas creíamos que habías muerto. Hades estaba reclamando los cuerpos tan deprisa y cuando volvimos a buscarte...

—Los hombres de Bracken me hicieron prisionera cuando huían.

Cambió de postura y se apoyó en una bala de heno por un momento antes de levantarse para atender a su caballo. Mientras lo desensillaba, le explicó a Ephiny que había sido herida, hecha prisionera y drogada todo el tiempo. Cuando por fin recuperó el sentido, estaba en Egipto. Se encontró al servicio de Cleopatra, que la había rescatado de unos tratantes de esclavos. Durante este tiempo, volvió a encontrarse cara a cara con César. Tenía que terminar lo que había empezado tantos años atrás. Por no hablar de la deuda que tenía con Cleopatra por salvarla. Ocuparse de César fue el pago de esa deuda.

—Oímos que había sido asesinado —afirmó Ephiny.

—Fue más una muerte por compasión, en realidad —dijo Xena mientras cepillaba a su caballo—. En cualquier caso, Cleopatra me dio pasaje seguro hasta Grecia y vine derecha aquí.

Ephiny estaba a punto de decir algo cuando se abrió la puerta del establo. Apareció Gabrielle. Eph miró a ambas y decidió que ahora era el momento de hacer un mutis perfecto. Salió pasando junto a la reina. Gabrielle entró despacio. Xena siguió cepillando al caballo negro. Gabrielle se acercó y se puso a acariciarlo.

—Es muy bonito.

—Gracias.

—¿Cómo se llama?

—Autólicus.

—¿Autólicus? —dijo la bardo riendo—. ¿Por qué lo has llamado así?

—Porque lo he robado. Pensé que era apropiado.

—¿Lo has robado?

—No te preocupes, Gabrielle, en realidad no fue un robo. El hombre al que se lo quité es el que me dejó esta cicatriz. Pensé que era un buen intercambio. —Le quitó la brida y le dio una palmada en los cuartos traseros—. Auto, casilla. —El caballo entró en una casilla vacía y se puso cómodo.

Xena sujetó la brida entre las manos y miró al suelo. Gabrielle se acercó y puso la mano bajo la barbilla de Xena y le levantó la cara.

—Bienvenida a casa —dijo suavemente.

—Sí, bueno, Gabrielle, sobre eso. Las dos sabemos que no voy a poder quedarme aquí.

—¿Por qué no?

—Lo dirás en broma, ¿no? Sabes que no podría quedarme aquí y ver cómo haces tu vida con otra persona.

—¿Así que te vas a marchar sin más?

—¿Y qué quieres que haga, Gabrielle? ¿Que salga ahí fuera y proclame un desafío? ¿Quieres que cuestione el derecho de Kellas a ser tu consorte? Si eso es lo que quieres, lo haré sin dudarlo. Te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré, ¿pero tú la quieres a ella?

—Sí.

—Entonces, ¿no le debes la oportunidad de hacerte feliz?

—No lo sé. Estoy tan confusa. Quiero decir, Kellas ha sido tan fuerte y me ha apoyado tanto, y sí que nos queremos, pero tú sabes a quién pertenece mi corazón. Es tuyo, amor mío.

—Gabrielle, no digas algo que luego puedas lamentar.

—Es la verdad, Xena. Siempre te he amado hasta el fondo mismo de mi alma.

—Gabrielle...

—Xena, ¿todavía me quieres?

—Claro que sí. Tú sabes que te quiero.

—Pues quédate y trataremos de buscar una solución.

—¿Qué solución hay, Gabrielle? Te vas a unir a Kellas. Estás siguiendo adelante con tu vida, como debes hacer.

—Tú eres mi vida.

—Una vida pasada, tal vez.

Gabrielle se sentó en una bala de heno y sacudió la cabeza.

—Entonces, ¿por qué has vuelto?

—Tenía que saber.

—¿Saber qué? ¿Si podías complicarme la vida?

—Ésa no era mi intención y lo sabes. —Xena estaba ahora a la defensiva—. He vuelto con la esperanza de que estuvieras... Oh, olvídalo. Ya es demasiado tarde para eso.

—Está bien, escucha, las dos estamos cansadas y ahora mismo no pensamos con claridad —dijo Gabrielle levantándose—. Vamos a dormir y a reconsiderar este tema con la mente fresca a la luz del día.

—Buena idea. Me acostaré aquí.

—No seas ridícula, te pondremos en una cabaña. —Gabrielle se puso a recoger las cosas de Xena.

Como en los viejos tiempos, pensó Xena mientras recogía sus alforjas y salía de los establos detrás de Gabrielle. Cruzaron la plaza hasta una cabaña reservada para los visitantes.

Kellas las observaba desde el porche de la cabaña real. Las vio hablar un momento y luego Xena entró. Gabrielle se volvió y se dirigió a su cabaña. Al acercarse al porche, Kellas le ofreció la mano. Gabrielle la cogió y pasaron dentro.


Kellas se sentó en la cama para quitarse las botas mientras Gabrielle realizaba su ritual de cada noche, preparándose para acostarse.

—No pasa nada si me quedo aquí, ¿verdad? —preguntó Kellas, que no quería dar las cosas por sentadas.

—Claro. Ésta también es tu casa. Nada ha cambiado.

Kellas terminó de prepararse para acostarse y se metió bajo las sábanas. Como era su costumbre, dormía desnuda. Tras muchas estaciones de rogar, había convencido a Gabrielle de la libertad que eso daba y la reina rara vez se ponía una camisa para dormir. Esta noche, a Gabrielle la idea le produjo una cierta incomodidad y se puso una camisa antes de meterse en la cama al lado de Kellas.

—Conque nada ha cambiado, ¿eh? —dijo Kellas, rodeando a la reina con los brazos.

—Kellas, por favor, dame un poco de tiempo.

—Llevo ya siete estaciones dándote tiempo. He esperado. He rezado. He suplicado. Ahora vuelve ella y destruye todo lo que he intentado construir contigo.

—No ha destruido nada.

—¿Por qué ha tenido que volver aquí? —dijo Kellas con tono de asco al tiempo que se apartaba de Gabrielle.

—Ha vuelto para asegurarse de que yo estaba bien.

—Bueno, pues ahora que ya sabe que estás bien, se puede marchar.

—¡Kellas! Se quedará todo el tiempo que yo quiera que se quede.

—¿Quieres que se quede?

—Una parte de mí sí que lo quiere.

—Especifica.

—La amé durante tantas estaciones, Kellas, que me cuesta dejarla ir.

—¿Crees que no lo sé? Durante siete estaciones he visto cómo no has sido nunca capaz de dejarla ir del todo.

—La quiero.

—Bueno, pues entonces está claro, ¿no?

—No, porque te quiero a ti también.

—Me parece a mí, mi reina, que estás atrapada entre un minotauro y una hidra.


La mañana llegó demasiado deprisa para Gabrielle. Cuando se despertó, Kellas se había ido. Se levantó y se vistió rápidamente. Al salir de la cabaña, Ephiny se acercó a ella.

—Buenos días, Gabrielle.

—Si tú lo dices —masculló mientras se dirigía a desayunar.

Ephiny respiró hondo y la siguió.

—¿Gabrielle?

—¿Qué? —Estaba mucho más irritada de lo que pretendía—. Lo siento, Eph. ¿Qué ocurre?

—Tenemos un problema.

—Bueno, ahora dime algo que no sepa.

—Quiero decir, aparte de eso.

—¿Qué pasa?

—Han desaparecido dos de las niñas más pequeñas.

—¿Qué?

—Doran y Galia han desaparecido. Salieron de la aldea esta mañana en algún momento.

—Reúne a todas las mujeres en condiciones y empezad una búsqueda.

—Ya se ha hecho.

—Voy a comer algo rápido y a ayudar también. ¿Has visto a Xena esta mañana?

—Ha sido una de las primeras que ha salido a buscar esta mañana.

Gabrielle sonrió.

—Claro, cómo no.

—Kellas también ha ido.

—No habría aceptado nada menos por su parte —replicó Gabrielle.

—Lo siento, Gabrielle.

—No lo sientas, esto nos tiene a todas nerviosas.

—¿Qué vas a hacer?

—En este preciso momento, voy a buscar a esas niñas. Del resto me preocuparé más tarde.


Xena caminaba por el bosque buscando rastros de las niñas. Sus oídos captaron un ligero ruido encima de ella. Levantó la mirada. Kellas estaba en lo alto de los árboles.

—¿Ves algo? —preguntó, esperando recibir respuesta.

—Nada. No pueden haber ido lejos.

—No creo. Pero los niños pueden ser muy escurridizos.

—Lo que me preocupa es que se hayan dirigido a las cuevas —dijo Kellas desde los árboles.

—Yo iré hacia allá. Si ves algo, dame un grito.

Xena se dirigió hacia las cuevas que estaban justo al este de la aldea. Al acercarse, efectivamente encontró rastros de las dos niñas. Miró a su alrededor, buscando a otros miembros del equipo de rescate. No le apetecía gran cosa meterse en las viejas cuevas ella sola, pero no tenía elección.

Entró en las cuevas. Por suerte, todavía había algunas antorchas en las paredes que habían quedado de una época en que las amazonas usaban las cuevas como refugio durante la guerra con los centauros. Consiguió encender una antorcha, pero no tardó en apagarse.

—Estupendo, es estupendo —murmuró para sí misma mientras se adentraba con cautela en la cueva. Tuvo que adaptar los sentidos para usar todo menos la vista. Escuchó por si oía algo que le indicara que las niñas estaban en la cueva. A lo lejos oyó algo que sonaba como llanto. Avanzó lo más deprisa que pudo hacia el sonido. Al acercarse, se puso de rodillas y empezó a gatear. Cuando avanzó un poco, tocó un pequeño pie. La niña gritó de miedo.

—Shhh, cariño, no pasa nada, ya te tengo —dijo al tiempo que abrazaba a la niña—. ¿Cómo te llamas?

Entre sollozos, la niña respondió:

—Doran.

—Vale, Doran. ¿Dónde está Galia?

—No lo sé. Estábamos andando y de repente desapareció.

Xena alargó la mano en la oscuridad y palpó la zona donde había recogido a la niña. Un repecho. Maldición, pensó.

—No pasa nada, cielo, la encontraremos. Quiero que te agarres a mí muy fuerte, ¿vale?

—Sí.

Xena regresó a la boca de la cueva. Una vez fuera, oyó a otra gente que buscaba y la llamó. Varias mujeres llegaron a las cuevas. Xena entregó a la niña a una de las mujeres y empezó a organizar rápidamente a las demás y a dar órdenes.

—Primero necesitamos antorchas nuevas y varias cuerdas. Creo que Galia se ha caído de un saliente que hay dentro de la cueva. Voy a volver ahí dentro para ver si la oigo. Traedme esas cosas en cuanto podáis.

Varias de las mujeres se fueron para recoger las cosas que Xena había pedido. La guerrera volvió a entrar en la cueva. Cuando llegó al repecho, se tumbó boca abajo y se acercó con cuidado al borde, escuchando. Oyó la respiración entrecortada de la niña.

—Galia, ¿me oyes? —gritó al vacío. Se oyó un débil gemido. Buena señal—. Aguanta, vamos a sacarte de ahí.

Varias guerreras entraron en la cueva con antorchas, cuerdas y mantas. Xena cogió una antorcha y la sostuvo por encima del borde del saliente, mirando hacia abajo. La caída era larga. Seguía sin ver el fondo. Lanzó la antorcha hacia el otro lado del abismo, dejando que cayera al fondo al otro lado, lo cual dio luz suficiente para que la guerrera viera a la niña tirada en el fondo sobre un montón de rocas justo debajo de ella.

Xena se levantó y se sacó una larga daga del cinturón. La clavó profundamente en el suelo. Cogió una cuerda de una de las guerreras, la tiró por el borde y escuchó. Al no oír lo que quería, pidió otra cuerda. Cuando las estaba atando, entró Ephiny.

—¿Qué ocurre? —preguntó la regente al acercarse.

—Galia está al fondo del pozo. Voy a ir a buscarla.

—Xena, ten cuidado, el suelo de esta cueva siempre ha sido inestable. Por eso dejamos de usarla como refugio.

—Pues saca a todo el mundo de aquí. Necesito dos guerreras fuertes que sujeten el extremo de la cuerda, pero no pongamos más peso del necesario en el suelo.

Ephiny mandó salir a todo el mundo y ella misma se quedó en la cueva. Estaba a punto de llamar a otra guerrera cuando Kellas entró en la cueva.

—Dile que se vaya. Yo me quedaré —dijo, pasándole a Xena otra cuerda—. Vas a tener que usar ésta también si quieres llegar al fondo.

—Gracias. —Xena cogió la cuerda y la ató al extremo de la segunda. Enrolló la cuerda alrededor de la empuñadura de la daga, dejando libre una cantidad suficiente para que la sujetaran Kellas y Ephiny—. Voy a bajar a recogerla. Os haré una señal cuando esté lista para volver a subir.

Xena se enrolló la cuerda a la cintura y emprendió el descenso de la pared. Intentó no soltar piedras que pudieran herir más a la niña. En el fondo, comprobó el estado de la niña. Estaba inconsciente y tenía un brazo roto. También tenía varios cortes y moratones, pero estaba viva.

—Eph, está inconsciente. No puedo subirla a la espalda así que le voy a atar la cuerda alrededor y podéis subirla tirando. —Xena preparó a la niña e hizo una señal para que empezaran a subirla—. Despacio. —Llegó arriba rápidamente y con cuidado—. Eph, llévala a la sanadora. Kellas puede ayudarme a volver arriba.

Xena oyó que Ephiny arropaba a la niña en una manta y salía de la cueva. La cuerda volvió a bajar. Xena la agarró y empezó a trepar. La pared estaba llena de piedras sueltas que dificultaban el ascenso. Cuando estaba más o menos a la mitad, sintió que se caía. Aterrizó de espaldas en el fondo. Dio de lleno en una gran piedra que le cortó el aliento.

—Oh, cómo odio que pasen estas cosas.

Intentó ponerse en pie. La oscuridad se apoderó de ella cuando cayó al suelo.


Kellas salió de la cueva, guardándose la daga de Xena en la bota. Al regresar a la aldea, se coló rápidamente en la cabaña de Xena y recogió sus cosas. Luego fue a los establos, preparó a Autólicus y lo condujo hasta el bosque, donde lo soltó. Con una palmada en los cuartos traseros, el caballo salió galopando por el bosque. Volvió a la aldea, convencida de que su problema se había acabado.

Gabrielle salió de la cabaña de la sanadora cuando Kellas entraba en la aldea. Fue hasta la guerrera y la abrazó.

—Eph me ha dicho lo que habéis hecho Xena y tú. Estoy muy orgullosa de ti.

—¿Cómo está Galia?

—Se pondrá bien dentro de unos días. ¿Dónde está Xena? Quiero darle las gracias a ella también.

—No lo sé. Volvía para acá. Nos separamos. Debe de estar por aquí.


Cuando abrió los ojos, estaba rodeaba de oscuridad. Las antorchas se habían consumido, dejándola en la oscuridad total al fondo del pozo.

—La próxima vez que intentes matarme, Kellas, asegúrate de que terminas el trabajo —dijo en voz alta, poniéndose en pie y pensando en una forma de salir.

Se izó hasta el suelo de la cueva y se quedó allí tumbada un momento. Tenía el cuerpo lleno de cortes y arañazos por la escalada y tenía un dolor de cabeza que parecía producido por uno de los mismísimos rayos de Zeus. Al llegar a la boca de la cueva, descubrió que el sol empezaba a ponerse y que Autólicus estaba allí. El caballo relinchó y asintió con la cabeza, dando golpes en el suelo con la pezuña.

—Pues sí que me has ayudado mucho.

Se montó en el caballo y emprendió el regreso a la aldea.

Al entrar en la aldea, vio a Kellas y a Gabrielle cruzando la plaza. Gabrielle parecía triste y era evidente que Kellas intentaba consolarla. Vale, se acabó lo de la guerrera buena, pensó Xena al tiempo que azuzaba a Autólicus. Avanzó rápidamente y desmontó del caballo sin detenerlo. Antes de posar los pies en el suelo, ya tenía la espada en la mano al aterrizar delante de las dos mujeres.

—¡Xena! —exclamó Gabrielle—. ¿Qué te ha pasado?

—Que tu prometida intentó asesinarme esta mañana. Un trabajo muy torpe, Kellas.

—No sé de qué estás hablando —dijo Kellas al tiempo que situaba a Gabrielle detrás de ella.

Gabrielle se colocó delante. Esto enfureció a Kellas, que hizo ademán de levantar la mano contra la reina. Xena le cogió la mano y se la torció. El ruido de los huesos al romperse era inconfundible. Siguió apretando la mano, aplastando aún más los huesos. Kellas cayó de rodillas.

—¡A mí hazme lo que te dé la gana, pero jamás, jamás intentes ponerle la mano encima a Gabrielle! —Xena apartó a la guerrera herida de un empujón y tiró de Gabrielle para colocarla a su lado—. Por favor, quédate ahí —dijo al tiempo que se adelantaba y colocaba la punta de la espada en el pecho de la mujer. Se había empezado a congregar mucha gente. Varias guerreras hicieron amago de adelantarse, pero Ephiny las hizo retroceder con un gesto de la mano.

—Díselo, Kellas. Dile a Gabrielle cómo cortaste la cuerda y me dejaste por muerta en la cueva. ¡Díselo! —exigió Xena—. Dile cómo ensillaste a mi caballo y lo soltaste. ¡Díselo!

Gabrielle miró a la mujer en la que tanto había llegado a confiar.

—¿Es cierto?

—Sí —contestó Kellas—. Tenía miedo de perderte. Tenía que hacer algo.

Gabrielle colocó una mano delicada sobre la espada de Xena y la obligó a bajarla.

—Por favor, no la mates.

Xena miró a su bardo a los ojos. Sonrió y se colocó la espada al costado. Gabrielle hizo un gesto a Ephiny, que corrió a reunirse con ellas.

—Lleva a Kellas a la sanadora y que le curen esa mano. Luego llevadla al límite de nuestro territorio y que se marche. Está exiliada de esta aldea.

—Sí, mi reina. —Ephiny hizo una gesto llamando a las guardias, que se acercaron y se llevaron a Kellas. Ephiny sonrió a Xena cuando empezaba a alejarse. Se detuvo y le susurró al oído—: Gracias. Acabo de ganar veinte dinares.

Xena se volvió y sonrió.

—Quiero los nombres de las que apostaron en mi contra.

Eph dio una palmada a la guerrera en el brazo y se dirigió a la cabaña de la sanadora. Xena se volvió hacia Gabrielle y con delicadeza le puso una mano en la mejilla. La bardo apretó la mano de la guerrera contra su cara y luego la besó suavemente.

—Lo siento, Gabrielle.

—No, yo lo siento.

—¿Te gustaría intentar...?

Gabrielle la interrumpió.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

La guerrera estrechó a la bardo entre sus brazos, donde le correspondía estar, y le dio un beso suave y tierno. Los gritos de júbilo de las amazonas que las rodeaban fueron toda la seguridad que necesitaban. Estaban juntas, para no volver a separarse jamás.


FIN


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