Amazona, guerrera... bardo

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y todos los demás relacionados con la serie de televisión del mismo nombre son propiedad de MCA/Universal Pictures. Esto es un fanfic y no se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Subtexto: Creo que dado todo lo que llevo escrito vamos a dejar de llamarlo subtexto para llamarlo texto explícito. Sí, están enamoradas la una de la otra.
Sexo: Nada.
Violencia: Nada.
Lenguaje soez: Nada.
Episodios destripados: La verdad es que ninguno. Sólo es Gabrielle recuperando algo que creía perdido.
Otros: Esto ocurre en algún momento después de De vuelta a la botella. Se pueden enviar comentarios a tnovan@aol.com

Título original: Amazon, Warrior... Bard. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Mirándola, me doy cuenta de que está cansada. ¿Lo reconocerá? No. Terca hasta el final, aunque ya hayamos estado ahí y hayamos vuelto. Me río un poco al pensarlo y contemplo la pequeña fogata en la que he preparado el almuerzo.

—Gabrielle, ¿te pasa algo?

Me vuelvo hacia ella y levanto las cejas con gesto inquisitivo.

—¿Algo? No me pasa nada.

—Ya. Por eso no te estás frotando entre los ojos como cuando estás preocupada.

Se acomoda a mi lado, apoyándose en el tronco en el que estoy sentada. Posa la mano en mi pantorrilla y noto cómo me acaricia, con gesto tranquilizador.

Me paro y me doy cuenta de que tengo la mano colocada justo entre las cejas antes de intentar negarlo siquiera.

—Vale, no estoy preocupada. —Bajo la mano—. Sólo estoy pensando.

—No. Si estuvieras pensando, te estarías frotando la nuca.

—¡Xena!

—Oye, es así. Ahora dime qué te pasa.

—Quiero que cojamos una habitación esta noche. Creo que necesitas dormir en una cama de verdad. En un sitio caliente y seguro. —Me inclino y coloco la mano sobre su tripa—. Los dos lo necesitáis.

—No, mmm, no podemos...

—No digas que no podemos permitírnoslo. Sé que no podemos permitírnoslo. —Suspiro y atizo un poco el fuego—. No me estoy ocupando muy bien de...

—Oh, ni se te ocurra decir eso, Gabrielle. —Se da la vuelta y me gruñe un poco—. No te eches la culpa de que en estos momentos estemos mal de dinero.

—No teníamos este problema cuando yo contaba historias.

—Gabrielle, las cosas cambian. Nos las arreglaremos. Siempre lo hacemos.

—Sí. —Me dejo caer a su lado y apoyo la mano en su brazo—. Pero ya no se trata de nosotras dos exclusivamente. Ahora tenemos que pensar en alguien más.

Baja la mirada y asiente, pasándose la mano por el estómago.

—Supongo que en eso tienes algo de razón.

—Pruebas irrefutables, me parece a mí. —Sonrío y me apoyo en ella—. Deja que apague esta hoguera y vámonos a un pueblo. Esta noche, amiga mía, vas a dormir en una cama de verdad.

Cuando me levanto y apago el fuego, la oigo quejarse un poco. La miro y le ofrezco la mano para ayudarla a levantarse.

—Gracias. —Me sonríe al tiempo que se pone en pie y se estira. Luego baja la mirada—. ¿Gabrielle?

—¿Sí?

—¿Volveré a verme los pies alguna vez?

Me echo a reír mientras vierto más agua en el fuego y asiento.

—Sabes que sí.

—Tengo mis dudas. —Se balancea un momento hacia delante y hacia atrás—. Creo que han desaparecido para siempre.

—Vamos. —Le rodeo la cintura con el brazo y la llevo a los caballos—. Está claro que esta noche necesitas una cama. Te estás poniendo gruñona.

—No, sólo gorda.

—Ya te lo he dicho y te lo vuelvo a decir, estás preciosa.

—Tú que me ves con buenos ojos.

—Tal vez un poquito. —Le sonrío al tiempo que separo un poco el pulgar y el índice.

—¿Sólo un poquito? —Imita la sonrisa y el gesto.

—Vale, tal vez mucho.

—Ya. —Coge las riendas de Argo y yo las de mi propio caballo—. Vamos a caminar un poco. Me vendrá bien el ejercicio y creo que Argo se está hartando de tener que cargarme a todas partes. —Argo resopla y asiente. La yegua le da un empujoncito en el hombro cuando echamos a andar por el camino—. Vaya, muchas gracias, amiga. Menos mal que Gabrielle me quiere.

—Sí, pero yo tampoco voy a cargar contigo. —Me río y esquivo su manotazo.

—Cuidado, amazona. No voy a estar así para siempre.

—Ah, por fin te vas enterando. —Me doy la vuelta y sonrío de nuevo.

Es agradable jugar un poco. Por fin parece que estamos superando todo lo que ha ocurrido. Estamos más cerca la una de la otra que nunca y disfruto de cada momento.

Llegamos al siguiente pueblo al caer la tarde. Mientras metemos a los caballos en el establo y les quitamos los arreos, me da un ligero codazo.

—¿Sabes? No estaría mal dormir aquí esta noche. Al menos está caliente y seco.

—No. Ya tienes suficientes náuseas por la mañana para que encima tengas que soportar el olor a estiércol.

—Oh, podría ser muy desagradable.

—No quiero correr el riesgo. Te he prometido una cama para esta noche y por Zeus que la vas a tener.

—Oh, sí, señora. —Se ríe ligeramente al tiempo que se pone a cepillar a Argo.

—¿Puedes ocuparte de él también? —Señalo con un gesto al mío, que se está metiendo en su casilla.

—Por supuesto.

—Vale, ahora vuelvo. —Dejo a Xena a cargo de los caballos y me dirijo a la posada del lugar.

Me detengo ante la puerta y respiro hondo antes de entrar. Por los dioses, cuánto tiempo. Dentro, descubro que es un local muy animado. Esto es bueno. Me abro paso hasta la barra y un hombre mayor me ve y se acerca.

—¿Qué puedo hacer por ti? —Se cruza de brazos.

—¿Tienes habitaciones?

—Sí, tengo habitaciones. Seis dinares por noche.

—¿No querrás hacer un trato?

Levanta una ceja y luego sonríe libidinosamente.

—¿Un trato? ¿Qué clase de trato?

Oh, por favor, que alguien me libre de los idiotas.

—No es lo que estás pensando, te lo aseguro. Soy bardo.

—¿Ah, sí? Pues no tienes aspecto de bardo.

Me miro la ropa y asiento.

—Ya, probablemente no, pero créeme, lo soy. Estoy dispuesta a cambiar una noche de historias por una habitación.

—¿Eres buena?

—Lo era. Cuento unas historias muy buenas sobre Xena.

Se ríe de mí.

—Sí, ya. La única que cuenta historias buenas sobre Xena es su compañera de viajes. Una pequeña bardo llamada Gabrielle, creo que era su nombre.

—Siento tener que decírtelo, pero yo soy esa pequeña bardo.

—¿Y dónde está Xena?

—Ocupándose de nuestros caballos.

—La bardo camina.

—La bardo ha aprendido lo que le conviene. Escucha, deja de fastidiarme y dime si hay trato —gruño, planteándome saltar al otro lado de la barra y pegarle una paliza. Satisfactorio, pero no muy propio de una bardo.

—Vale. Trato hecho. —Se vuelve y coge una llave—. Aunque estés mintiendo, no nos vendría mal un poco de entretenimiento.

Le arranco la llave de la mano antes de que cambie de idea.

—Muchas gracias.

Tras guardar nuestras cosas y consumir una pequeña comida, tomo aliento, preparándome para subir al escenario por primera vez desde hace mucho tiempo.

Noto sus manos en mis hombros y echo la cabeza hacia atrás.

—¿Sí?

—Vas a estar genial.

—Ya.

Me da la vuelta para mirarme y sonríe, colocando mis manos sobre su estómago.

—Tenemos fe en ti.

—Oooooh, ya sabía yo que te quería por algo.

Me rodea los hombros con un brazo y abre la puerta de nuestra habitación.

—Vamos, bajemos para que entretengas a las masas.

—Ya.

—Oye, de todas formas necesitas practicar.

—¿Por qué?

—¿Quién crees que le va a contar cuentos al niño? —Levanta una ceja—. Yo soy tan mala como el guiso de rábanos de Joxer cuando se trata de contar cuentos.

Respiro hondo y me resigno a mi destino.

—Vamos.

Llegamos abajo. La sala está hasta los botes de gente. Estupendo, genial.

—Lo vas a hacer muy bien —susurra, dándome unas palmaditas en la espalda y un empujoncito, antes de sentarse en un rincón. Sonrío al verla acomodarse con la espalda contra la pared. Hay cosas que nunca cambian.

Pido dos jarras de zumo, una para mí y otra para Xena. Toqueteando la mía, subo al pequeño escenario. Un buen trago de zumo y tomo aliento.

—Me llamo Gabrielle y viajo con Xena, la Princesa Guerrera...

La sala se queda en silencio y sé que ya son míos.

A lo mejor nos quedamos aquí unos días.


FIN


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