De acá para allá

T. Novan



Descargos: Los personajes de Xena, la Princesa Guerrera y compañía no son míos. Sus flamantes propietarios son MCA Pictures y aquí se usan sin permiso. No se ha pretendido infracción alguna de sus derechos de autor al escribir este relato.
Este relato se centra en Xena y no hay sexo (¡Lo siento! ¡Calma, gente! ¡A la próxima, lo prometo!). Es una historia bobona y sensiblera. Sin embargo, la relación entre Xena y Gabrielle es inconfundible, así que si os incomoda o es ilegal donde vivís, por favor, buscaos otra cosa que leer. ¡Hay cosas muy buenas ahí fuera!
Esto lo soñé y supe que tenía que escribirlo. Ha sido un regalo de los dioses. Para comentarios: tnovan@aol.com

Título original: Back and Forth. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

¿Cómo podía decirle lo que llevaba tiempo sintiendo? Se marchará cuando le diga que estoy enamorada de ella, se marchará. Ése era el mayor temor de Xena. Que esta hermosa y menuda bardo no pudiera aguantar la impresión y se fuera.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

La guerrera se preguntó qué palabras exactas podría emplear. Como nunca se le habían dado bien, la asustaban muchísimo. Habían pasado por lo de "Te quiero" sin contratiempos. La guerrera se había quedado incluso asombrada al descubrir que su dulce, inocente y pequeña bardo sentía lo mismo que ella. A partir de ahí, el amor que sentían la una por la otra se había ido haciendo más intenso y más apasionado cada día que pasaba. Ahora la guerrera quería dar el siguiente paso lógico. Quería unirse de por vida a esta mujer que había supuesto tal diferencia en su vida, la mujer que realmente la había salvado de pasar la eternidad en el Tártaro. Ahora sólo tenía que dar con las palabras perfectas para comunicar sus intenciones.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Ephiny observaba muy divertida mientras su amiga paseaba.

—¿Nerviosa? —preguntó la regente con una sonrisa.

La guerrera levantó la mirada. Algo temblorosa, algo revuelta y nada contenta al verse capaz tan sólo de asentir con la cabeza.

—Pues no deberías. Llevas tanto tiempo esperando este día. Pronto serás la consorte de la reina amazona y habrá muchos corazones rotos en toda la Nación Amazona.

—¿Por qué? —preguntó la guerrera, y reanudó sus paseos, tironeando del atuendo de unión que le parecía como si la estuviera estrangulando.

—Venga ya. Las dos mujeres más deseadas de la nación se van a unir la una a la otra. Esta noche habrá varias mujeres que se tirarán a los volcanes.

Xena sonrió débilmente y siguió de acá para allá.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Xena oía el crujido de las tablas del porche bajo sus fuertes pisadas. Toris estaba apoyado en un poste y sonreía a su hermana. Vaya guerrera, pensó al observarla.

—¿Quieres relajarte? Todo va a ir bien. Madre ya ha hecho esto mil veces.

—Ojalá supiera cómo van las cosas.

—Tienes que creer que todo va bien. Si no fuera así, madre ya habría salido.

—¿Cuánto tiempo…? —masculló la guerrera mientras paseaba.

—Los bebés nacen cuando nacen. Relájate.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Esta vez con una pequeña sombra de tres años, pelo rubio y ojos azules que seguía el mismo recorrido. La guerrera se dio la vuelta, sonrió a la primogénita y la levantó en brazos.

—La tía Ephiny dice que el nuevo bebé no tardará en nacer, princesita mía. ¿Qué te parece? —preguntó la guerrera con una enorme sonrisa.

—¡BEBÉ! —fue la respuesta de la pequeña que se parecía tanto a la madre que la había dado a luz.

—¿Qué nombre le ponemos al nuevo bebé? —preguntó la guerrera, abrazando a la pequeña Cirene, y luego se puso a hacerle cosquillas a la niña.

—¡Bebé! —consiguió decir la niña a través de los borbotones de risas.

—Tu mamá y yo habíamos pensado que Ephiny estaría bien. ¿Quieres que el bebé se llame como la tía Ephiny?

—Sí —dijo Cirene, que seguía riendo.

—Pues será Ephiny.

Con su hija en brazos, la guerrera siguió de acá para allá.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Hoy sus hijas iban a ser nombradas herederas legítimas y guerreras de la Nación Amazona. La guerrera miró intensamente a los ojos verdes y dorados de la mujer que amaba desde hacía tantas estaciones.

Gabrielle sonrió con ternura y acarició la mejilla de la guerrera con una mano suave.

—Es encantador y tierno verte tan nerviosa.

—Me alegro de que te resulte tan gracioso.

—No he usado la palabra gracioso, guerrera, he dicho encantador y tierno. Casi has hecho un agujero en el suelo con tanto paseo.

—Mmmff —fue la única respuesta mientras la guerrera seguía de acá para allá.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

La joven amazona se acercó a la guerrera despacio y con el mayor respeto posible.

Aunque iba algo en contra de la tradición, Xena y Gabrielle habían decidido que cuando llegara el momento de que sus propias hijas se unieran, las posibles pretendientes tendrían que hablar con Xena primero.

La guerrera se detuvo, esperó un momento y se volvió despacio hacia la joven. Arqueó una ceja con un gesto que implicaba, "¿Y bien?"

La joven guerrera se puso lo más derecha posible, casi tan alta como la propia guerrera. Miró valientemente a los ojos azules y declaró:

—Soy Tulara, hija de la regente Ephiny. He venido a presentarme como pretendiente de la princesa Cirene.

—¿Crees ser digna de mi hija?

Sin vacilar:

—Sí.

—Pasa dentro y comunica tus intenciones a mi hija y a la reina.

La joven amazona pasó con cautela junto a la guerrera y entró en la cabaña real. La guerrera volvió a lo de siempre, de acá para allá.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Estaban haciendo el recorrido juntas, la guerrera y la reina. Gabrielle rodeaba la cintura de Xena con el brazo mientras esperaban noticias.

Gabrielle miró a los ojos azules de su guerrera. El paso de las estaciones empezaba a descolorarlos, pero seguían cautivándole el alma.

—Cuesta creerlo. Ahora Cirene y Ephiny ya están unidas y nuestra primera nieta... —Su voz se apagó y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Hemos sido muy afortunadas.

Xena cogió la cara de su compañera entre las manos, la besó delicadamente y le susurró al oído:

—Yo siempre lo he sido. Desde el primer día en que te vi.

Hicieron el recorrido juntas, de acá para allá.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Cirene y Ephiny observaban a su madre pasear como llevaba horas haciendo. Ni siquiera las risas traviesas de cuatro nietas parecían causarle el menor placer. Vieron que hacía una pausa sólo para mirar fijamente la puerta de la cabaña. Esperando noticias de la sanadora.

Cuando por fin se abrió la puerta, la sanadora le hizo un gesto para que entrara. Corrió dentro y la puerta se cerró tras ella. Cirene y Ephiny se miraron y buscaron consuelo en sus propias compañeras.

Al cabo de una marca, se abrió la puerta. La guerrera salió, respiró hondo e hizo un gesto llamando a sus hijas. Cirene y Ephiny se acercaron a su madre.

Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas.

—Entrad a despediros de vuestra madre. Ha llegado su hora.

Cirene y Ephiny entraron en la cabaña. La guerrera volvió al paseo que tan bien conocía, de acá para allá.

De acá para allá, unos seis pasos en cada dirección, de acá para allá.

Recorrió la cabaña con la mirada. Cuántas cosas habían acumulado a lo largo de las estaciones. La manta de Argo colgada en la pared. Encima, una espada de guerra y un chakram, llenos de marcas. A su lado la vara que tan buen servicio había hecho siempre. Pergaminos por todas partes. Siempre escribiendo, hasta el final, pensó la guerrera.

Hijas crecidas y cuatro nietas. Nunca pensó que estos placeres habrían sido posibles para ella. Entonces llegó la pequeña bardo de Potedaia que le había dado todos los placeres posibles.

Llevaban separadas una estación ya y la guerrera estaba cansada. Simplemente quería volver a ver a su bardo. Quería estrecharla en sus brazos. Quería oírla respirando a su lado cuando dormían.

El vacío era insoportable. Su corazón se hizo pedazos el día en que murió la bardo y en realidad nunca se había recuperado.

—¿Guerrera? —La voz era débil pero inconfundible.

—¿Gabrielle? —Miró por la habitación para descubrir de dónde venía la voz.

De pie junto a la chimenea estaba su bardo, joven, fuerte y sana, apoyada en su vara con una sonrisa. Igual que tantas estaciones atrás en Potedaia. La bardo le tendió la mano.

—Ven conmigo, guerrera mía. Los Campos Elíseos nos esperan.

Esta vez no hubo más paseos de acá para allá. Esta vez sólo fueron seis pasos en una sola dirección.


FIN


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