El último primer beso

Lisa Jain Thompson



Advertencia: El siguiente relato contiene descripciones de actividad sexual entre personas adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años, o si este tipo de historia os ofende, o si el texto es ilegal donde estáis, dejad de leer ahora mismo y salid fuera a jugar.
Prohibida la distribución sin permiso previo.
Lisa Jain Thompson
2 de septiembre de 1996

Título original: The Last First Kiss. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


—¿Por qué nunca intentas besarme?

—¿Cóm... Qué? No te he oído. Es que Argo ha resoplado justo cuando hablabas.

—¿Por qué nunca intentas besarme, Xena?

—¿Pero qué dices? Te di un abrazo enorme el día de tu cumpleaños y nos abrazamos cada vez que te salvo de una muerte segura. Eso lo hacemos muy a menudo, ¿no?

—Por lo menos una vez por semana, parece, a veces más. Pero no me refiero a eso y tú lo sabes.

—Te refieres...

—A besos. Besos húmedos, babosos, de tornillo. Lenguas dentro de las bocas, labios pegados hasta que nos quedemos sin aliento. A eso me refiero. Nunca me besas, Xena.

—¿Por qué piensas que...?

—¡Xena! No engañas a nadie. A mí desde luego que no. Contesta la pregunta. Quiero saberlo.

—Está bien. Pero es una larga historia. Te la cuento esta noche cuando acampemos, Gabrielle.

—Deja de perder el tiempo. Todavía falta mucho para que paremos. Pero no hay motivo para que no me lo puedas contar ahora mientras caminamos. Estoy segura de que a Argo no le importará oír tu historia.

—Quieres que te lo cuente ahora. ¿Aquí en el camino? Quieres que te cuente mi historia.

—Sí. Ahora. En el camino. No me pienso callar hasta que lo hagas.

—¿No te vas a callar?

—No. Así que si quieres que me calle, más vale que empieces tú a hablar.

—Ahora.

—Ahora.

La Princesa Guerrera da unas palmaditas a Argo en el cuello, suspira y empieza.

—Yo era una jovencita, más joven que tú, Gabrielle, pero todo el mundo me echaba siempre más años, me consideraba más madura de lo que era a causa de mi estatura y mis habilidades atléticas. Por mayor que pareciera, seguía siendo una ingenua con respecto al funcionamiento del mundo y sobre todo con respecto a las relaciones entre hombres y mujeres y a mi reacción a ambos. Llevaba el pelo largo y suelto y me pintaba los labios y me daba sombra en los ojos.

—¿Te pintabas los ojos?

—Era muy joven, Gabrielle. ¿No habías prometido callarte si te contaba mi historia? No me interrumpas.

—Vale, pero es que no te imagino pintándote la cara... la idea de que...

—¡Gabrielle!

—Vale, vale. Ya me callo.

—Como iba diciendo, llevaba el pelo largo y suelto y me pintaba los labios y me daba sombra en los ojos...


La historia de Xena

Era primavera, y todavía no me había acostado con nadie, pues prefería pasar el tiempo aprendiendo a manejar el arco y las flechas y la espada de doble filo. A los chicos les parecía rara y no les hacía gracia cuando primero los retaba y luego los vencía en lucha libre y otros deportes. Mis hermanos intentaban hablar conmigo para que desarrollara mis demás talentos, pero yo nunca he sido muy dada a aceptar consejos. (Ni te atrevas a decir nada, Gabrielle.)

Mi padre... mi padre me aceptaba tal y como soy. Si iba a ser guerrera, quería que fuese todo lo guerrera posible: la mejor. También le habría gustado que me casara y le diera decenas de nietos. (Deja de reírte, Gabrielle, hay cosas de mí que ni siquiera tú conoces todavía.)

El caso es que era primavera, y yo había conocido a una chica que se llamaba Perséfone. (No, no era la diosa del inframundo.) Las flores doradas no podían competir con su belleza. Sefi tenía unos profundísimos ojos azules, largo cabello rubio que se recogía en una corona trenzada con una cinta morada (no se parecía nada a ti, Gabrielle, Sefi era alta), y músculos largos y tonificados por el ejercicio constante. No tardamos nada en hacernos amigas íntimas.

Pasamos esa primavera y todo el verano juntas, Sefi y yo, tan inseparables como Cástor y Pólux, y nos encantaba fastidiar a los chicos. Estábamos juntas y nada podía interponerse entre nosotras.

Cuando ella ganaba una carrera, yo me emocionaba al verla cruzar la línea de llegada y corría a secarle el sudor del cuerpo. Cuando yo participaba en un combate de lucha libre, Sefi me animaba y me frotaba los músculos doloridos hasta que las molestias y las agujetas desaparecían. Yo la quería más que a mi propia familia, pero seguíamos siendo amigas y nada más. (¿Por qué me miras así?)

De noche, me quedaba tumbada a solas en las colinas de las afueras de mi aldea, contemplando el ascenso de Orión y luego de las Pléyades. A menudo la luna se ponía antes de que me entrara el sueño y apartara de mi mente las aventuras del día y los pensamientos sobre Sefi. Pero durante ese último verano, cuando ya me había quedado dormida, volaba en las alas oscuras de los sueños, pensando sólo en ella. (Bórrate esa sonrisita, Gabrielle. Sí, llevaba la ropa puesta en el sueño.)

Estábamos a finales del verano, o más bien a principios de otoño, cuando Sefi y yo decidimos ir de escalada juntas y nos dirigimos a una cordillera lejana, a tres días a caballo de la aldea. Nuestra primera noche de acampada en la montaña misma empezó sin incidentes. En el aire se notaba el fresco del otoño y la luna estaba totalmente llena y relucía alegremente en el pelo de Sefi, que se había dejado suelto después de montar el campamento y ahora caía con dorada libertad hasta su cintura. (Tú calla.)

Mientras la contemplaba recortada contra la luna, Afrodita me abrió los ojos y supe cuánto quería a Sefi y cuánto deseaba estar con ella. Ahora, mañana, para siempre jamás. Abrumada como estaba por mi anhelo por ella, apenas logré pronunciar su nombre, y menos controlar lo que estaba a punto de pasar.

—Sefi.

—¿Sí, Xena?

—Tu pelo... a la luz de la luna.

—¿Te gusta así?

—Ssííí. Estás...

—Gracias, Xena. Tú tampoco estás mal, que lo sepas.

Fui hasta ella, le sujeté la cabeza con las manos y besé los labios que llevaba deseando todos estos años. Tras dudar un momento, se relajó apoyándose en mi cuerpo, correspondió con ganas a mi beso y me echó los brazos al cuello. A partir de ahí fue una carrera entre las dos para ver quién le quitaba la ropa a la otra más rápido.

Mientras avanzábamos a tientas con nuestros cuerpos inexpertos, nos esforzábamos por hacernos felices la una a la otra. Una mano aquí, un dedo allá. Dientes. Lengua. Labios. Probamos todo lo que se nos ocurrió mientras transcurría la noche reluciente. (¿Por qué te ríes? Era la primera vez para las dos.) La luna hacía tiempo que había desaparecido tras las montañas cuando nos quedamos dormidas, todavía abrazadas la una a la otra.

A la mañana siguiente, todo había cambiado. Sefi se había despertado la primera y estaba sentada totalmente vestida al otro lado de nuestra fogata. Se mostró distante tanto física como emocionalmente cuando la llamé.

—Sefi, ¿qué...?

—Vístete primero, Xena. Tenemos que hablar.

No llevaba armadura en aquel entonces, así que me vestí bastante deprisa, eché algo más de leña al fuego, porque todavía hacía fresco, y me acerqué para sentarme a su lado. Eché hacia atrás el pelo de Sefi para besar su esbelto cuello, pero ella se puso tensa y se apartó de mí.

—¿Qué pasa, Sefi?

—No puedo hacer esto, Xena.

—¿No puedes hacer el qué? ¿Quererme?

—Está mal, Xena.

—Tú me quieres, Sefi.

—Y tú me quieres a mí, pero yo no puedo vivir así, no puedo.

—Sefi...

—Me voy a casa, Xena. Por favor, no me sigas.

Me quedé mirándola mientras bajaba por la ladera de la montaña hasta que desapareció por un desfiladero. Me quedé acampada en esa montaña una semana entera, preguntándome todo el tiempo qué había hecho yo para que saliera de mi vida. Habíamos sido inseparables: jugábamos juntas, luchábamos juntas, habíamos hecho el amor juntas. Y ahora se había ido.

A principios de la primavera siguiente, tras un breve cortejo, Sefi se casó con un chico de una aldea vecina. Nunca la volví a ver. Unos seis meses después, la encontraron ahorcada de un árbol en la montaña, no muy lejos de donde habíamos hecho el amor.

Desde entonces, he jurado que nunca obligaré a nadie a hacer algo que no desee. Y, a menos que esté segura, me he jurado a mí misma que jamás haré nada que pueda hacer daño a alguien a quien quiero. No creo que vuelva a tocar nunca el cielo con las dos manos.


—Bueno, pues ésa es la historia. Estás muy callada, Gabrielle. Seguro que no lo he contado tan bien como lo habrías hecho tú. No soy bardo, así que te vas a tener que conformar.

Gabrielle, con lágrimas en los ojos, se acerca más a Xena. Subiendo las manos, sujeta la cara de la Princesa Guerrera y se la acerca para poder besarla por primera vez y para siempre.


FIN


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