Un viaje pasado y futuro

Temora



Descargo: Estos personajes pertenecen a MCA/Universal. El propósito de esta historia no es infringir ningún derecho de autor, ni obtener beneficio económico ni venderla. Este relato ocurre inmediatamente después de los hechos descritos en Una amiga en apuros 2. Por ello, se destripa el episodio por completo. Lo siento. Tenía que hacerlo, aunque sé que habrá mil historias como ésta. Surgió de repente y no se me iba. Gracias, como siempre, a Kam. Se agradece cualquier comentario y siempre se contesta en: temoram@yahoo.co.uk

Título original: A Once and Future Journey. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Premio Xippy


Algunas personas la llamaban el Pequeño Dragón, porque nunca les decía su nombre. Por el tatuaje que tenía en la espalda y que aún parecía nuevo, aún parecía doloroso. La llamaban así poniendo una cara especial, ésa que delata adoración. Algunos la llamaban la amazona, por su ropa extraña y su acento cantarín, aunque ese nombre ya no era más que material para cuentos de niños. Otros murmuraban. Decían que era demasiado fuerte, demasiado rápida, que sabía hacer demasiadas cosas para ser tan pequeña. Que hablaba demasiado poco, decían. Yo sabía que eso último no era cierto. A veces la observaba.

Cuando llegó a nuestra ciudad, nadie supo qué pensar de ella.

—He oído que os vendría bien una chica con un chakram —dijo en la plaza, y se oyeron algunas risas.

—¿Un qué? —exclamó una voz, vacilante por la cerveza de centeno y rasposa como el papiro.

No habló, se limitó a soltar el disco circular que llevaba al cinto. Lo que me llamó la atención fue su calma. No le ardía la cara, como les habría ocurrido a otros, no agitaba los pies inquieta en el polvo del mercado. Estaba tan tranquila, esperando. Mientras la miraba, me pareció ver que ladeaba un poco la cabeza, como si estuviera escuchando algo.

Entonces vino hacia mí.

—Tú —dijo—. Tú necesitas mi ayuda.


Eso era parte de su don, ¿sabéis? Entre muchos, hacía que te sintieras única. Y bien saben los dioses, alabados sean por siempre, que a todo el mundo le gusta destacar.

De modo que cuando aquel día se acercó a mí en el mercado, sentí una especie de orgullo. También me quedé de piedra, porque sí que necesitaba ayuda. Sí que necesitaba que alguien me salvara.

Descubrí más adelante que había venido a la tierra de los faraones para hacer cosas más serias. Cosas más importantes que ayudar a un mísera criada de taberna como yo. Ésa era su intención, creo, pero para ella, todo el mundo era igual. Dioses o mortales, reyes o esclavos. Y yo sin duda alguna era esclava. Una vez le pregunté por qué empezó su misión conmigo.

Todo ocurre exactamente como debe ocurrir.

Ésa fue su respuesta. Ojalá lo hubiera recordado antes. Ojalá lo hubiera recordado cuando acudí a ella aquella última noche. Tal vez las cosas ahora serían distintas.

—Tú —dijo—. Tú necesitas mi ayuda.

—Más bien parece que tú te vas a servir de ella, pequeña guerrera —exclamó la misma voz de borracho.

Se oyeron unas risotadas vulgares procedentes de un grupo de hombres que estaban junto al pozo. Pero ella no apartó los ojos de los míos y yo no quería que lo hiciera.

—¿Hay algún sitio donde podamos hablar? —preguntó.

Asentí con la cabeza, porque no me fiaba de mi voz. La llevé por un laberinto de callejuelas que conocía y unas cuantas que no. Tenía miedo de mirar atrás, porque pensaba que tal vez no estaría allí si lo hacía.

No hablaba. Al menos conmigo. Pero al pasar junto al puesto de un vendedor de alfombras, un hombre tan arrugado y ajado que parecía formar parte de la pared en la que estaba apoyado, la oí reír.

—Guárdate tus opiniones —murmuró por lo bajo y cuando me volví, estaba sonriendo.

Ése fue el principio, pero tengo mucho más que contaros.


Creo que lo voy a contar sin mucho enredo. No os importa, ¿verdad? Porque en realidad esta historia no trata de mí, al fin y al cabo. Os basta con saber que nací en el seno de una familia campesina, que me crió como si fuera basura y me trataba como tal. Tenía una edad de dieciocho inundaciones cuando llegó a nosotros. No sé cómo supo que la necesitaba, pero sí que necesitaba algo.

En la taberna donde... no puedo decir que trabajara, porque a los trabajadores se les paga y yo nunca había visto una moneda que me perteneciera. En la taberna de la que era propiedad, había una lotería. Me hicieron participar sin mi conocimiento, como si esas cosas le importaran al que se decía mi amo. Perdí esa lotería. Y tres días después me iban a enviar al gran continente del norte. Al borde del mundo. Al otro lado del oceáno, al yermo inimaginablemente blanco y helado del que nadie regresaba. Una deuda, me había explicado mi amo, sin mirarme. No queda más remedio. Prepárate. Y ni se te ocurra intentar fugarte.

Como si pudiera. ¿Dónde iría? Fuera de los muros de la ciudad no hay nada salvo una gran extensión de arena reluciente: las llanuras de Re. Son duras y despiadadas, hasta para una chica endurecida como yo, y no duraría ni tres ocasos con el calor, los escorpiones y los piratas del desierto. Cuando ella llegó al mercado, yo tenía que estar comprando levadura para las cocinas. "Prepararme" no implicaba descansar de mis deberes. Me iba a costar terminar mi tarea y regresar antes de que alguien me echara en falta, pero una no llega a ser una esclava de dieciocho inundaciones sin aprender unos cuantos trucos.

Le conté estas cosas, y algunas más, cuando me siguió y nos alejamos del gentío hasta llegar a la orilla del río. Nos sentamos entre los juncos y, mientras yo hablaba, ella escarbaba con los dedos la fértil tierra negra. Me escuchaba y, mientras yo le contaba mi vida, me miraba sin crítica, miedo o favor.

Cuando terminé, me tocó la mano.

—Seraeh —dijo—, tengo que hacerte una sola pregunta.

—Lo que quieras. —No sé por qué confiaba en ella. No sé por qué me latía el corazón en el pecho con tan loca esperanza en ese momento.

—¿Qué harías, si pudieras hacer algo?

La pregunta me golpeó como una barra de hierro. Porque rara vez me he permitido soñar con tales cosas, con esa clase de posibilidades. Me dejaba un sabor demasiado amargo. Y la respuesta me vino sin pensar mucho.

—Me marcharía —le dije—. Cogería un caballo y viajaría hacia el norte y hacia el oeste, hacia la tierra donde cae nieve y los caballos vuelan y los hombres tienen cuernos. He oído hablar de esa tierra.

Sonrió.

—Yo he estado en esa tierra.

Se me pusieron los ojos como platos.

—¿En serio?

—Sí —dijo—, y aunque, desafortunadamente, no hay cuernos —y sonrió al decirlo—, es un lugar mucho mejor que antes. —Se levantó—. Pues será mejor que te prepares para hacer un viaje.

Y luego se alejó. Como tantas otras veces a lo largo de los meses siguientes, la seguí.

Os puedo contar lo que hizo por mí, y eso también lo contaré sin mucho detalle. Entró en la taberna y habló con mi amo. Entró en su alojamiento sin llamar y, al cabo de un minuto o dos, salió "escoltando" con firmeza a sus tres guardias de seguridad. Luego volvió a entrar y cerró la puerta.

Salieron juntos, cuando salieron, y nunca hasta entonces había visto la cara que llevaba mi amo. Estaba blanco bajo el bronceado del desierto. Blanco hasta el nacimiento del pelo, y le temblaban las manos. Mi amo, ese hombre fuerte, cruel y orgulloso que se preciaba de ser. Se lamió los labios. Cuando me habló, casi no oí lo que decía, tan fascinada estaba con su miedo.

Libre, me dijo, y tardé un momento en registrarlo. Eres libre de irte cuando quieras.

Algunas palabras son pequeñas, pero inmensas en su pequeñez. Libre es una de esas palabras. Cinco letras, pero con un eco que estuvo a punto de tirarme al suelo. No podía respirar. Libre.

Me miró como si quisiera añadir algo, pero entonces ella se acercó a mí y me puso una mano posesiva en el brazo.

—Seraeh, ven conmigo. —Me llevó hasta la puerta y no puedo jurar que no pegué un tropezón, porque en ese momento apenas reconocía mi propio nombre.

—¡No olvides lo que has prometido, amazona! —gritó él, pues la distancia le prestaba osadía.

—Te aseguro que no —respondió ella por encima del hombro—. Y tú no olvides que es más fácil contar tu sucio dinero con dos manos en lugar de una sola.

Se puso pálido y se retiró, y aunque todavía no me he ido de esta ciudad, nunca más lo he vuelto a ver.

Cuando salimos a la luz clara de la tarde, hizo lo último que me esperaba: se tapó la boca con la mano. Tenía los hombros estremecidos de risa silenciosa.

—Deja de darme ideas —le dijo a alguien que estaba detrás de mí, sonriendo como una loca—. Ya se me habría ocurrido una burda amenaza a mí sola, gracias.

Cuando me volví, allí no había nadie.


Aquí hace calor todo el tiempo. El calor afecta a la gente, ¿sabéis? He oído hablar de otras tierras... que están llenas de montañas y valles. Estas palabras no significan gran cosa para mí. Donde yo estoy, hace un calor dorado y hace un calor sofocante y hace un calor seco y hace un calor desesperado. Pero a ella no la afectaba. Casi nada la afectaba, salvo la gente a la que ayudaba.

Ésa era su promesa, ¿sabéis? A cambio de mi libertad, se convirtió en la protectora de los intereses económicos de mi amo. No iba a ser para siempre... dijo que se quedaría hasta que hubiera terminado el trabajo y, cuando llegara ese momento, lo sabría. De hecho, no creo que le hubiera dado elección a mi amo.

Y no creo que él se esperara la clase de servicio que iba a proporcionar.

Descubrió a los que le sisaban el dinero de sus barcazas y los ahuyentó chillando por el desierto. La gente que contrató para sustituirlos era gente honrada y las ganancias de mi amo empezaron a reaparecer. Una a una, sus tabernas se fueron convirtiendo en lugares seguros donde las mujeres podían volver a entrar, y la mazmorra de la ciudad empezó a llenarse con los desechos y los delincuentes de nuestra ciudad. Y no se detuvo ahí: lo "convenció" para que diera más dinero a los que cultivaban sus inmensos campos y a cambio solucionó su "deuda" con los hombres de los yermos.

Cuando llegaron los tratantes de esclavos del norte, como todos sabíamos que iba a ocurrir, y hombres el doble de grandes que ella huyeron de los muros, ella fue quien les plantó cara y les gritó su desafío. Ese disco plateado y reluciente que tenía cantó por el aire y los envió de vuelta a sus propias tierras como langostas sacudidas por un huracán.

Cuando una mujer sin hogar dio a luz en la calle, fue ella quien la atendió y le buscó una habitación, fue ella quien acunó al niño cuando salió al mundo. Incluso oí el rumor de que fue ella quien le puso el nombre de Lyceus.

Cierto, se ganó enemigos, pero se ganó muchos más corazones. Al cabo de dos lunas, en una ciudad de miles, era tan reconocida como las estatuas de los dioses y había conseguido apenas un número menor de adoradores.

Supongo que era inevitable que llamara la atención del consejo. La gente ya había empezado a hablar de su extraño pelo dorado, sus ojos verdes grisáceos y su elegancia felina en las historias que contaban junto al fuego, por lo que supongo que en realidad sólo era cuestión de tiempo que acabara siendo objeto de mayores grandezas, por así decir. Cuando ya llevaba con nosotros los cuatro meses oscuros posteriores a la inundación, empezó a reunirse con ellos. Oí lo que se decía de sus discursos y consejos. Sabía demasiado, decían, para ser mortal. Para ser mujer. Se había enterado, como todos nosotros, de los rumores que corrían sobre el odiado país del oeste y sus nuevos planes.

Y por ello, cuando los romanos llegaron de nuevo, fue ella quien dirigió a nuestros ejércitos, fue ella quien se puso al mando de millares y millares de hombres que la obedecían. Era a ella a quien miraban en el combate y era ella quien se ponía en cabeza al lanzarse a la refriega. Fue ella quien salió ilesa y fue ella quien nos dio la victoria.

Por esto, fue invitada a cenar al palacio de Faraón. Yo misma le llevé la invitación adornada con oro, pues ahora vivía y trabajaba allí. No me animaba a dejar la ciudad, aún no. Ella decía que lo comprendía, que comenzar de nuevo requería su tiempo, pero nunca le dije que la razón de que no me marchara era ella. Se convirtió en una habitual de palacio y el propio Faraón se quedaba con ella largas horas a puerta cerrada.

Pero por la noche, siempre regresaba al desierto.

Era la salvadora de nuestra ciudad y dormía sola bajo las estrellas.

Me da vergüenza confesar esto, pero yo la seguía hasta allí. Muy a menudo. Me sentaba en las arenas cambiantes mientras salía la luna y la observaba. Nunca le conté a nadie lo que veía y oía, pues temía que se volvieran contra ella. La gente ya susurraba cosas raras, diciendo que se detenía a escuchar cuando nadie hablaba. O que a menudo posaba los ojos en el espacio vacío que tenía al lado, o en el otro lado de la habitación. O que se mantenía aparte de otras personas, que siempre había un espacio a su lado que no permitía que nadie llenara. Algunos de los soldados hablaban de cómo luchaba, como agua en movimiento, y de cómo se alejaba al instante, nada más terminar una batalla, para pasear por las dunas y hablar... sola. Así que nunca le conté a nadie lo que veía en el desierto.

Porque a veces bailaba sin nadie.

Se reía. Hablaba y a veces cantaba, y a veces... aunque no estoy segura de esto, pues en cuanto parecía que iba a ocurrir, me marchaba con las mejillas en llamas... a veces era amada. Lo digo así porque no conozco otra forma de describir lo que era.

Había alguien con nuestra protectora... o ella creía que había alguien, y no sé cuál de las dos posibilidades me daba más miedo.

También escuchaba. Algunas noches, cuando el viento estaba tranquilo, oía bien su voz. No siempre oía lo que decía, pero a veces sí. En una de esas noches, me acurruqué entre las raíces de un árbol reseco, envuelta en mis túnicas más oscuras para protegerme del frío de la arena. Y la oí decir:

—Sí. Y... no.

Silencio. Y de repente, se frotó los ojos, secándose furiosa las lágrimas. La observé mientras lloraba, pero no duró mucho.

—Eso ya lo , por eso he dicho que sí y que no, ¿vale? —Alargó la mano y la curvó en el aire—. Es que es... más difícil. Eso no lo puedes negar.

Sus dedos se movieron delicadamente, subiendo y bajando por una superficie que no me parecía que existiera.

—Bueno, porque no puedo mirarte sin preguntarme quién me está mirando a su vez. Porque... porque... —y se le quebró la voz por un instante—, porque no te siento respirar cuando duermo.

Cerré los ojos. Esto no estaba bien. No estaba bien que yo estuviera aquí, pero no podía marcharme.

—¿Puedes ver mi futuro?... ¿Por qué no? Tienes que tener algún tipo de ventaja, ¿cómo voy a saber yo cuáles son las normas?... Detesto esa expresión. Detesto esa expresión. Esa expresión me saca de quicio.

Empujó el aire y luego arrugó la cara.

—Basta... ¡Basta! Sabes que no puedo... ¡aaaj! —Se echó a reír a carcajadas al tiempo que se defendía de unas manos que yo no veía. Esto ya lo había visto en otras ocasiones y supe que casi había llegado el momento de marcharme, tanto si quería como si no. Esto siempre desembocaba en... lo otro. Fuera quien fuese su amigo imaginario, tenía la capacidad de cambiarle el humor a la velocidad del rayo.

Mientras me alejaba sigilosamente, se oyó un suspiro, y lo último que oí fue esto:

—Yo también te quiero.


Han pasado dos estaciones desde que se fue. Dijo que tenía que viajar. Me dijo que me enviaría noticias, pero ya había renunciado a saber nada de ella cuando llegó su pergamino.

Seraeh:

Hay una montaña en Galia que lleva tu nombre. Es tan hermosa como tú, pero creo que tú eres más fuerte. Los viajes comienzan donde deben comenzar y el tuyo es una historia que algún día se cantará. Lo sé.

XXX

Aún no he cumplido la promesa que le hice. Sigo aquí. No sé cuándo viajaré a la tierra de la que tanto he oído hablar. Pero sé que lo haré y que algún día podré contarle a la gente que la conocí. Eso me hace feliz y a veces es lo único que lo consigue.

Me quedé destrozada cuando se marchó y en su mayor parte fue por... su pequeñez, por su figura solitaria que se fue fundiendo con las arenas del desierto hasta que la bruma se la tragó. Por la historia que me había contado. Una historia que sabía que era cierta, que mis propios ojos me habían dicho que era cierta, pero que me hacía llorar cuando yacía sola de noche.

La noche antes de que se marchara, acudí a ella. Oí su risa mientras subía por la duna. Luego la oí decir:

—Claro, pero sólo si cantas. Por aquí hay inocentes criaturas del desierto, que lo sepas. —Hubo una pausa y entonces se echó a reír de nuevo.

Como en tantas otras ocasiones, cuando llegué a lo alto de la duna y contemplé su campamento, ella era la única persona que había allí.

Estaba sentada junto al fuego, con las rodillas pegadas al pecho, contemplando las llamas con una sonrisa. Supo que yo estaba allí antes de que la distinguiera bien.

—La he oído, gracias —dijo, pero no a mí—. Seraeh, ven, siéntate conmigo.

Hice lo que me pedía y la pregunta me quemó la lengua, pero tuve que hacérsela.

—¿Puedo? —solté.

Enarcó una ceja, pero no parecía que el gesto fuera dirigido a mí. Más bien, a alguien situado a su otro lado, a ese alguien que no estaba allí. Asintió.

—Cuéntame, si lo necesitas.

—Te marchas mañana.

—Sí.

—Tú... tú me salvaste —le dije—, y me cambiaste. En alguna parte interna que no veo, pero que sí siento. No puedo... no puedo... no quiero que te vayas. —Tomé aliento con fuerza—. No sin mí.

Se encogió.

—Por favor —le rogué con vehemencia, sin poder dar crédito a la seriedad con que lo decía—, por favor. No puedes dejarme aquí. Tienes que llevarme contigo. Enséñame todo lo que sabes. Podría serte muy útil...

Me detuve entonces, porque me estaba mirando con una cara rarísima.

—¿Qué? —dije, con las mejillas ardientes.

—Es que... me... recuerdas a alguien. Nada más.

Me pareció entonces oír una carcajada grave. No procedía de ella.

—Basta ya —le dijo al aire con severidad, aunque tenía un brillo risueño en los ojos—. Eso no está bien. —Y entonces se volvió hacia mí—. Seraeh —dijo y se calló. No hacía falta que dijera nada más, porque a veces la gente dice tu nombre con cierto tono y ya sabes lo que quieren decir.

—Te seguiré —dije a la desesperada, sin pensar—. Te seguiré hasta que te metas en un lío y necesites mi ayuda... y la necesitas. Me necesitas. Necesitas hablar con alguien que sea, que sea... —Real.

Volví a oír esa carcajada y esta vez se me puso la carne de gallina. Estaba a punto de echarme a llorar.

Se me quedó mirando largamente. Por fin, habló.

—Seraeh, ¿te puedo contar una historia? —preguntó con tono apagado—. Hace tiempo que no lo intento, pero tengo... ah, qué historia tengo que contarte.

Asentí. Como si pudiera hacer otra cosa. Como si pudiera negarle nada que quisiera.

Y empezó.

Tal vez una hora, tal vez dos. No lo sé. Podría haber sido un año. Lo único que oía era su voz y las palabras que hacía girar en el aire con las chispas ardientes del fuego. Qué historia. Sobre una mujer de pelo oscuro y ojos del color del océano que nunca he visto. Una guerrera sin igual, de habilidades asombrosas y temibles. Sobre una joven e ingenua campesina de Grecia, que siguió a la guerrera y se metió a la fuerza dentro de su corazón. Sobre lo que descubrió en ese corazón. Sobre sus aventuras, sobre sus pérdidas, sobre sus alegrías. Sobre sus vidas increíbles que estaban unidas en viajes pasados y futuros. Sobre muertes y renacimientos. Y por fin, apagadamente, sobre una muerte que fue definitiva. Sobre una muerte que manchó el suelo de un bosque en un país lejano que yo nunca vería.

Y sobre lo que ocurrió después...

No pude contenerme.

—Es ella con quien hablas, ¿verdad? Cuando crees que nadie te oye. Cuando estás aquí por la noche.

Sonrió.

—Sí.

Eso me entristeció de tal manera que no puedo ni describirlo. Esta persona increíble se entregaba al aire del desierto y a una quimera producto de su acongojada imaginación.

—Por favor. —Iba a jugar mi última carta con esta mujer tan capacitada para el amor, lo único que se me ocurría para que me permitiera formar parte de su vida—. Por favor, llévame contigo. No deberías estar sola.

Posó la vista en un punto situado en el aire vacío a su lado.

Esto lo vi con mis propios ojos.

Ladeó la cabeza y la apoyó en una superficie que no estaba allí. Su pelo se agitó suavemente y se apartó solo de su frente. En la parte superior de su hombro, donde alguien apoyaría la mano si te rodeara con el brazo, vi que la piel se hundía levemente. Muy levemente... lo suficiente para atrapar las sombras. Vi el contorno. Cuatro dedos. Y un pulgar que se movía de lado a lado, muy despacio.

Gabrielle cerró los ojos y sonrió, y aunque he visto muchas cosas, nunca hasta entonces o desde entonces he visto el grado de amor que se plasmó en su cara en ese momento.

—Pero no estoy sola —dijo.


FIN


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