Sombra

Temora



Descargo: Aquí no menciono nombres, pero todos sabéis de quién se trata. Al menos dos de ellas son propiedad de MCA/Universal y de la buena gente de RenPics. También aparece un poema cuyo origen desconozco y del que me he apropiado, cambiando una palabra para adecuarlo a mis nefandos propósitos. Mis más sinceras disculpas al autor (probablemente muerto hace mucho tiempo). :-)
Como siempre, los hábiles ojos de mi buen amigo Kamouraskan recorrieron esto y lo recorrieron estupendamente. ¡Gracias, Kam! Y gracias también a Beth, que me dijo que soy grimosa. Esto es un relato sobre una persona incapaz de controlar sus actos. Los primeros correos que he recibido (gracias, Ex-Guards) me han dicho que esto puede resultar desagradable para personas que hayan sufrido este tipo de trauma, así que por favor, quedáis avisados ya y no sigáis leyendo si las historias sobre comportamiento obsesivo y/o acecho os producen desazón. Siempre se agradecen comentarios y se contestan de buen grado en: temoram@hotmail.com. Julio, 2000.

Título original: Shade. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Conozco algo a las mujeres. Mi esposa se echaría a reír si me oyera decir esto, si hubiera manera de encontrarla. Han pasado siete estaciones desde que se marchó con él. Podrían estar en Britania, o en Galia. O en el Hades. No lo sé. Pero sí que conozco algo a las mujeres. Me gustan las mujeres. Su suavidad. Su fuerza. La forma en que ven tu corazón y siguen queriéndote a pesar de la falsedad que descubren en él. Y la forma en que pueden amarte sin decir una palabra ni levantar un dedo.

A veces.

Pero no conozco a estas mujeres. Eso seguro. La alta es el músculo, he decidido, y sin duda llama la atención, pero eso no significa que la otra no sea fuerte también.

Las observé cuando llegaron. Mis ojos se sintieron atraídos por ellas inmediatamente, lo mismo que los ojos de todos los hombres que hay aquí, pero fue en la rubia donde los míos se quedaron prendidos. Me hacía pensar en una cosa que vi una vez en Egipto.

Había un hombre enorme, creo que era de Nubia. Tenía la piel del color del ébano bruñido y era un viajero incansable, tenía que serlo, porque tenía polvo acumulado en los pliegues de la piel, como tatuajes arrugados. Recuerdo que cantaba, con un vozarrón que retumbaba por el desierto, y cuando me sonrió me pareció sentir el corazón más ligero. En medio de las moscas, el polvo y el calor abrasador, era bello, extraño y mágico, porque era feliz. Sentado en el pescante de su carromato, su profunda voz rojiza brotaba de él como el vino cálido de la copa de un rey, y llevaba un felino consigo. Dorado, feroz, un monstruo en una jaula.

Yo me quedé mirando a ese gran felino cuando el carromato pasó traqueteando ante mí. No se movía en absoluto, y su quietud me dejó hipnotizado. Sabía que era peligroso, notaba el peligro que emanaba a oleadas de su piel parda. Había una tensión sobrenatural en el aire. Pero el felino no se movía. Me quedé plantado en el polvo mirándolo mientras él yacía acurrucado de lado en un rincón de esa jaula llena de barrotes, y me miró a su vez sin parpadear con sus ojos amarillos. Mi espada colgaba fría junto a mi muslo, tenía los puños apretados, y nunca había tenido más miedo de un ser vivo en mi vida. Porque si hubiera querido, ese felino me podría haber arrancado el cuello.

Si hubiera querido.

La mujer rubia posee esa misma quietud terrorífica. No por fuera, no, porque ahora la observo, dando vueltas por la estancia, la veo hablar con su amiga. Veo cómo sus manos echan su pelo hacia atrás y se detienen, entrelazadas, en su nuca, con la cabeza hacia delante como si estuviera doblegada por un gran peso. Posó la mirada en ella cuando gesticula con rabia por algo que ha dicho la mujer alta y la sigo cuando se sienta de nuevo y sonríe con una calidez tan tierna y comprensiva que noto que mis propios labios se curvan hacia arriba como reacción. Mis ojos ansían verla y no puedo apartar la mirada aunque lo intente.

Su quietud es interna. La lleva bajo la piel. En la forma en que sus ojos siguen a su compañera y en su postura, tan grácil, tan preparada... tan despierta. Su quietud es fascinante y ardo en deseos de conocerla mejor. Ella también es sobrenatural, dorada y bella. Y me doy cuenta de que es peligrosa. Ella también podría arrancarme el cuello, pero creo que no lo haría.

Aunque quisiera.

Cuando se marchan, me marcho. No puedo evitarlo: es como si estuviera atado a ella con un hilo invisible. Por el campamento, perdido entre miles de hombres como yo, me convierto en un espectro sin apenas sustancia, caminando en silencio en pos de mi propio felino egipcio. Los otros hombres también las miran, pero sé que ninguno de ellos la ve con los ojos tan despejados como están los míos.

Cuando se detienen, me detengo. Caigo en la cuenta de que ahora sé dónde duerme, cuando la mujer morena la sigue al interior de la tienda y cierra el faldón. Siento un brusco vacío, una pérdida, y tengo que sentarme. Aterrizo en el fango, pero me da igual. Estoy cerca de ella y por esta noche, aunque parezca mentira, eso es lo único que me importa.

Ya es de día cuando vuelvo a moverme, y eso sólo porque aparece ella. Cuando sale de la tienda, estirándose a la luz del amanecer, mi cansancio desaparece sustituido por una euforia jubilosa que me deja sin aliento.

Una vez más, cuando se marcha, la sigo. En un campamento tan grande como éste, nadie me va a detener, nadie me va a interrogar. Mi capitán no me echará en falta. Hasta puede que crea que he muerto en la batalla de ayer contra los persas. De modo que soy libre de seguirla hasta donde desee. Y en el fondo de mi corazón empiezo a darme cuenta de lo lejos que estaría dispuesto a llegar.

Estos nuevos sentimientos me dan un poco de miedo. Ha pasado mucho tiempo. No comprendo de dónde sale su poder, ni por qué esta mujer lo ejerce sobre mí sin saberlo. Lo único que sé es que cuando la miro, veo algo que mi corazón de soldado lleva anhelando desde que tengo uso de razón. Paz. Calor.

Sombra para un alma abrasada.

Una vez más, veo cómo su compañera se une a ella, tan oscura como clara es ella, recorriendo el campamento con los ojos con una mirada posesiva y momentáneamente desconfiada. Cuando llega a mí, se detiene. Me doy la vuelta, me coloco bien la armadura, pero cuando me vuelvo a mirar, ella todavía está mirándome.

Me he fijado en ti, me dicen esos ojos azules. Me he quedado con tu cara. Y mis dedos se cierran formando puños sin que me dé cuenta.

Cuando se van, no me atrevo a seguirlas. En cambio, me esfuerzo por seguirla con la mirada hasta que desaparece. Se han ido: se han ido a otra reunión de los consejeros, se han ido a una reunión lejana en la que un soldado como yo jamás podría albergar la esperanza de participar, ya sea ahora o en el futuro. Se han ido a un lugar donde personas más importantes que yo deciden mi suerte y la suerte de mis compañeros.

Así que entro en su tienda.

No consigo pensar en la tienda como de las dos. Es de ella, sólo de ella, y adoraré cada sensación que me produzca. Calidez. La calidez es la primera sensación, el sol de la mañana atrapado bajo el techo pardo, acariciado por el olor de ella. ¿Olerá así cuando la tenga en mis brazos? ¿A especias y almizcle?

Me siento al pie de la cama, aspirándola, y de repente cobro conciencia de las sombras que se cruzan y entrecruzan por las paredes de la tienda. Otros hombres. Por un instante siento lástima por ellos, porque yo conozco algo que ellos no conocen.

Hay un zurrón en el suelo a mis pies, el mismo que la vi colgar del respaldo de una silla anoche. ¿Debería abrirlo? Decido que no. Decido marcharme. Decido quedarme. Decido hundir la cara en su almohada y detener el tiempo por un instante. Decido calmar mi corazón galopante alejándome de esto como debería hacer un hombre cuerdo.

Pero ya no soy un hombre cuerdo. Ni siquiera soy el hombre que era ayer a esta hora, porque algo bello y sobrenatural me ha tocado. Abro el zurrón y exhalo aire. Pergaminos. Plumas. Tinta. Una carpeta de cuero. Un mechón de pelo negro como la noche, entretejido con una cinta roja. Un cordero de madera, manchado con los aceites de su piel. Una piedra pulida, de intenso color ámbar. Una pulsera de plumas y marfil. Cartas. Cordel. Un cepillo, en el que todavía quedan pelos dorados. Esto me basta por ahora, y los quito delicadamente, tratando de no romperlos. Me los meto en el bolsillo y respiro hondo. En algún punto de mi mente sé que he sobrepasado un límite, pero ya no tengo control.

Por la tarde, la he vuelto a encontrar: horas interminables recorriendo las trincheras recompensadas con un instante cegador de alegría.

Está luchando. Me quedo maravillado.

Uno tras otro, los hombres van cayendo bajo sus armas puntiagudas, cuyo metal mate parece más brillantes gracias a su hermoso rostro. Se detiene, y veo cómo se mezcla con los caídos, ofreciendo una mano a unos, sonriendo a otros. Tiene cuidado de no dejar a ninguno en vergüenza. Su delicadeza ofrece un enorme contraste con su furia al luchar, pero sé que éste es su auténtico ser. El felino está dominado por el momento y ronronea cariñoso y amable.

Sé que la amo.

Cuando el entrenamiento empieza de nuevo, me acerco y entro en el terreno. Hay hombres por delante de mí, pero yo la miro sólo a ella mientras entorna los ojos por la concentración y se le forma una arruguita en la frente. Una ligera capa de sudor le cubre el cuerpo, y al pensar en especias y almizcle, yo mismo empiezo a sudar.

Y entonces está delante de mí, sólo de mí, con apenas una zancada de aire que me separa de sus pies, sus puños y sus llameantes ojos de felino. Soy un hombre alto. Me cierno sobre ella, pues le saco dos cabezas y peso mucho más, pero soy yo quien se siente pequeño. Estoy perdido.

Antes de que pueda moverme, antes de que pueda pensar siquiera, me encuentro mordiendo el polvo, y noto una muela suelta en la boca y un ardiente arañazo de metal en el pecho.

Doy la bienvenida al dolor. Es el primer regalo que me ha hecho.

Me quedo en el suelo y espero a que acabe con los hombres que tengo detrás, porque a lo mejor me ofrece una mano como lo ha hecho con otros. A lo mejor.

No.

Se aleja, y me tengo que levantar solo. Cuando lo hago, me vuelvo y ella me mira. Sonríe y se toca la cara con gesto de disculpa.

¿Estás bien?, me pregunta sin voz, a mí solo, y me quedo atenazado. Porque no puedo hablar. No puedo hablar.

Antes de que logre que mi boca traidora forme palabras, me ha dejado atrás y se ha alejado. Hacia la guerrera.

La guerrera ha estado observando todo el tiempo. Por supuesto. Se me encoge el estómago y siento un dolor nuevo cuando mi dorada llega a su lado. Está orgullosa. Las dos están orgullosas, la mía de sí misma, y la otra de la mía. Es como un brillo en su piel. Y ella no me mira. Le grito mentalmente, pero sigue sin mirarme.

En cambio, la guerrera se vuelve hacia mí. Con cuidado. A sabiendas. Esta vez le devuelvo la mirada, porque no hago nada malo al estar aquí. Aquí no puede meterse conmigo. Estoy autorizado para estar aquí. Estoy autorizado para mirar. No puede impedírmelo. Pero me da miedo de todas formas, y al final sus ojos me doblegarán y ella lo sabe.

Mi dorada sigue su mirada, pero sus ojos pasan por encima de mí con una ceguera que me parte el corazón. Soy invisible para ella. ¿Es que no me ve? ¿Es que no comprende que soy suyo?

La mirada de la guerrera se ha vuelto dura, y echo un vistazo de reojo y veo que los demás hombres ahora me están mirando. Sé por qué. Estoy jadeando porque me he quedado sin aliento a causa de su rostro, y la espada me cuelga lacia del puño, arrastrando por la tierra. Estoy llamando la atención, y ella sigue sin verme.

Así que me voy, y el escrutinio de la guerrera se viene conmigo.

Ya es tarde, y la he seguido hasta una hoguera al borde del campamento, donde está sentada sola.

Sola. Como yo.

Ella nunca debería estar sola.

Puedo arreglarlo. Podría arreglarlo para los dos, si los dioses tuvieran a bien permitirme mover los pies. Avanzo despacito, centímetro a centímetro, como un niño al que arrastraran a la escuela, pero mi corazón quiere correr hasta ella como un ciervo hasta el río en verano.

Me oye, o me percibe, porque se vuelve. Se me para el corazón. Poso la mano temblorosa en la empuñadura de mi espada e intento por todos los medios dar la impresión de que estoy al borde del campamento por un asunto importante, que soy más importante de lo que soy y que tengo un buen motivo para merodear en la oscuridad.

Hola.

Es ella. Miro atrás, pero no hay nadie más. Me habla a mí.

Hola. Puedo hablar. Hola.

¿No tienes frío?, me dice, y las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa. Sabía que su voz sería así, como la luz del sol derramándose entre mis dedos.

Soy de sangre caliente, le digo, y avanzo un paso, reprimiendo mis escalofríos. Ella ha hablado primero, así que esto es aceptable. Ella me ha invitado a estar aquí. Ella me ha invitado a entablar conversación. Esto es aceptable. Dos pasos, tres pasos, y entonces habla de nuevo.

La guerra afecta de formas diversas a un hombre, ¿verdad?

Y a una mujer, replico, avanzando de nuevo. Y tú no eres una mujer corriente, eso está claro.

Ya estoy dentro del círculo de la luz del fuego, y las llamas se agitan cálidamente sobre su rostro. El corazón me atruena en el pecho y tengo las palmas de las manos húmedas de sudor.

¿Siempre has sido soldado? Sus ojos no revelan nada, pero noto al felino que se despierta en su interior. Demasiado lejos. He ido demasiado lejos.

Siempre, le digo, apartándome un poco, ocultando mi rostro al felino, dándole espacio para que se vuelva a dormir. Contempló la oscuridad y recuerdo mi vida como pescador. Siempre, desde que era un chiquillo, repito, y vuelvo a extender las antenas.

El felino sigue ahí, pero ahora tiene un ojo cerrado.

Debes de haber visto muchas cosas, dice, y en su voz se adivina una afable pregunta que me invita a hablar con ella.

Una locura, le digo, moviendo los pies hasta que vuelvo a estar de cara a ella.

Yo también lo he visto, dice. Me sonríe, una sonrisa para dos seres cuyos caminos son uno solo, y mi alma se llena de luz. Me comprende. Somos uno.

Estoy a punto de contestar, pero ella mira algo situado detrás de mí, en las sombras, y sé qué es lo que ve. Noto esos ojos desconfiados en mi espalda, y me encojo un poco bajo sus golpes al tiempo que la guerrera se adentra en la luz del fuego.

Te echaba de menos. Te esperaba hace horas. Ven, siéntate a mi lado, el fuego es precioso.

Su voz es más cálida para la guerrera, más rica, y la rabia brota a la superficie antes de que pueda detenerla.

Como un dios quien se siente a su lado...

Como un dios. Efectivamente. ¿Qué ha hecho, esta guerrera oscura, para inspirar tal entrega en mi felino dorado? ¿Y qué podría hacer yo para inspirar el mismo amor que ahora veo en su rostro? ¿Cómo me convierto en la persona que se sienta a su lado?

...quien observe y capture la risa que me hace jirones delicadamente...

La guerrera se inclina hacia ella y susurra algo. Mi dorada se echa a reír suavemente y es el sonido del agua clara sobre las piedras de un río.

Nada queda de mí cada vez que la veo...

La guerrera me dirige una mirada, luego se vuelve y apoya un momento la cabeza cansada en el hombro de mi dorada. Ya no lo soporto más y me doy la vuelta, adentrándome de nuevo en la oscuridad, secándome furioso las lágrimas que me escaldan las mejillas.

¿Qué quería?, oigo que pregunta la guerrera.

Nada, replica ella, y se me vuelve a partir el corazón. ¿Es que no lo ha visto? ¿Es que no lo sabe?

Ten cuidado. Lo he visto antes.

Es lo último que captan mis oídos y por fin estoy demasiado lejos, enfermo y jadeante por la pérdida.

Esta noche no puedo dormir, y mis pies me llevan de nuevo a su tienda. Me marcho antes de que salga el sol, pero creo que la he oído respirar mientras estaba sentado fuera, acariciando el mechón de pelo que he ido alisando hasta que ha adquirido la suavidad del pelaje pardo. Me ha dado consuelo. Me arde la piel y ella llena mi mente. No sé qué hacer.

Es mediodía y descansan cerca de las tiendas de mando. La he visto hablar con los capitanes, señalando con su brazo ágil la hilera de hogueras enemigas que humean en las llanuras por debajo de nosotros. Me vio entonces, creo, porque hubo un destello de reconocimiento en su cara y sonrió. Espero que sonriera, pues la otra no lo hizo.

Es de noche de nuevo, y esta vez sé que me ha visto. Pero no ha habido sonrisa. El felino se ha despertado y da vueltas, lo noto, y noto que le he enviado mi amor con el viento. Debe de saberlo, tiene que saberlo, y no volveré a dejarla.

Es temprano por la mañana, y recorre las trincheras, y sus hermosos ojos verdes miran atrás y se fijan en mí mientras la sigo. Ya no me molesto en esconderme. Sabe que estoy aquí y conoce lo que hay en mi corazón. Lo noto.

Se detiene y se da la vuelta.

¿Por qué no paras de seguirme?

Y no puedo responder. Busco palabras que no existen en una mente que de repente, terroríficamente, se ha quedado vacía de todo menos de su presencia.

Ella me mira y sigo sin poder hablar.

¿Quieres algo?, pregunta.

Ay, tantas cosas...

Porque me estás poniendo nerviosa, confiesa, mirándome a la cara, con una franqueza que resulta inusual en un lugar como éste.

Quiero responder y decirle que lamento haberla asustado, que mis intenciones son buenas, decirle que si me conociera, me amaría...

Pero en ese momento la guerrera se acerca a nosotros y coloca una mano en el hombro de mi amor, y posa la otra en el círculo metálico que lleva sobre la cadera. Sus ojos se clavan en mí y en ellos hay una advertencia. Un desafío.

Que no te vuelva a ver, me dice, con tono bajo, fiero. El campamento es grande. Piérdete en él.

No puedo hacer nada, así que asiento, pero mis ojos no se apartan del rostro de mi amor.

Vámonos, le dice la guerrera, y se van juntas. De nuevo. Mi dorada se vuelve para mirarme antes de que se la trague el gentío.

Y en ese momento lo sé.

Me ama.

Lo veo en sus ojos. Me ama y hoy estaremos juntos.

Estoy temblando.

Han pasado horas y el sol cae a plomo desde lo alto. La batalla se ha retrasado un día más, y los hombres están inquietos y se pelean. No hablo con ninguno, porque estoy alimentando la alegría secreta que llevo dentro. Cada vez es más grande, arde con más ferocidad que Apolo y es más absorbente que un combate a muerte.

Ella me ama.

La veo en el agua, sola, veo cómo se quita las gotas relucientes de los brazos y la cara, y me pregunto cómo es posible que sea tan afortunado. Me pregunto por qué yo, un soldado, que ha matado a más de cien hombres, se ve recompensado de una forma tan gloriosa. Me pregunto por qué he encontrado la sombra para mi alma cuando hay miles, millones, que nunca tendrán esta suerte.

Se ha trasladado muy lejos para encontrar esta soledad, casi hasta el pie de las montañas. Hay un lago más cerca, pero los hombres se reúnen allí cuando pueden, y sé que ha escogido este sitio para estar conmigo.

Estoy agachado entre los juncos, y he bajado despacio hasta aquí, esperando para moverme a que ella estuviera debajo del agua, o de cara a las montañas. Quiero darle una sorpresa. Quiero ver la alegría de su cara cuando me reúna con ella. Quiero saborear cada precioso segundo de esto, de lo que será la primera de muchas veces en sus brazos.

Por ello, me quedo confuso cuando grita.

Ahora estoy metido en el agua hasta la cintura, sin hacer caso de mi ropa empapada. ¿Por qué ha gritado? Sabía que iba a venir. Ella me invitó a venir aquí con sus ojos.

No es un grito fuerte, más bien una exclamación, así que al ir a agarrarla decido calmar sus temores y vengarme de aquello que los haya podido causar.

Porque no puedo ser yo.

Esquiva mis brazos, se hunde bajo el agua y sale a la superficie más lejos, con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo.

¿Qué haces aquí?, me pregunta, y su voz suena distinta. Más aguda.

Me siento confuso de nuevo. Tú me pediste que viniera, le digo, avanzando.

No, no es cierto. Yo no te he pedido nada.

Sigue nadando hacia atrás, así que me muevo más deprisa, y el agua ya me llega al pecho. Noto que el terraplén de la orilla desciende bajo mis pies y sé que ella ya no hace pie.

Tranquila, digo, suavizando la voz. Te amo.

Se echa a reír entonces, y me recuerda al aleteo de un pájaro en una jaula.

Ni siquiera me conoces.

Me quedo atónito. ¿Cómo puede decir eso?

Claro que te conozco, digo, y esta vez estoy cerca, muy cerca, pero ella se escabulle de nuevo. Sus ojos miran por encima de mí, y me pregunto qué hay en la orilla para que prefiera mirar eso en lugar de mi cara.

Ni siquiera sabes cómo me llamo, me dice.

Eso no importa, digo, en el momento en que la mano que he alargado le agarra el brazo. El amor no necesita nombres. Tú eres mi felino del desierto.

¡Por los dioses!, grita, e intenta zafarse. Sus ojos vuelven a recorrer la orilla y de repente me enfurezco.

¿La estás buscando?, grito, temblando. ¡Porque prometiste que estarías conmigo!

¿Cuándo?, exclama. ¿Cuándo te he prometido yo nada? ¡Pero si no sé quién eres! ¡Suéltame!

Ataca y su puño chorreante me alcanza justo en el ojo. No lo comprendo, y el sol reflejado en el agua me golpea la cara y me hace verla doble, triple. Estoy rodeado de belleza dorada e incluso con el dolor me doy cuenta de lo afortunado que soy.

Me lanzo. Ahora la tengo agarrada por los dos brazos, pegados a sus costados, y ella me da patadas, pero ya no hace pie en el agua y no tiene fuerza. Puedo aguantarlo. Me da otra patada, y estoy tan perdido en sus ojos que podría darme mil patadas y no lo notaría.

¡Basta!, grita, y le doy la vuelta sin dificultad entre mis brazos, pegándomela al cuerpo hasta que apoyo la barbilla en su hombro y pego la mejilla a su piel cálida. La envuelvo estrechamente entre mis brazos y el monstruo que llevo en el pecho se siente agradecido, porque éste es su sitio.

¿Por qué se resiste? ¿Por qué grita así? Me quedo sin aliento cuando su codo me golpea, primero en el estómago, luego en el cuello. La estrecho con más fuerza.

Cuando me empuja, su cara se hunde bajo el agua y la sujeto ahí un momento, para calmarla.

¿No me reconoces? Intento con todas mis fuerzas que mi voz suene profunda y rica como la del conductor del carromato, porque así a lo mejor lo comprende. Le suplico, mientras se debate y se retuerce en mis brazos. ¿No ves quién soy?

Ahora se agita, pero no con tanta fuerza como antes. Veo su pelo como una nube en el agua por debajo de mí, y le aprieto la cara contra mi pecho, deseando con todas mis fuerzas que lo comprenda.

¿No me ves? ¿No te das cuenta?

Yo sí te veo, dice una voz detrás de mí.

Y el agua pasa como una ola a mi lado, tengo las manos vacías y de repente estoy en la orilla. Estoy tirado boca arriba, guiñando los ojos bajo el sol, me corre sangre por el brazo y la sombra de la guerrera cae sobre mí.

Mi dorada sale tambaleándose del agua, reluciente incluso con el miedo. Y es miedo lo que veo ahora. Ya no puedo decirme a mí mismo que en sus ojos hay amor. Sus ojos están llenos de miedo.

¿Qué te has creído que hacías?, exige saber la guerrera, y tiene una espada en las manos.

La amo, le digo a la mujer oscura, explicándoselo lo mejor que puedo. Tenemos que estar juntos. Ella es mi felino del desierto.

¿Y no se te ha ocurrido preguntarle a ella primero?, gruñe la guerrera con ferocidad, echando un vistazo a mi amor, que se está vistiendo aunque tiene la piel empapada.

No tengo que preguntárselo, yo...

¡No la mires! Te voy a arrancar los ojos. ¿Es eso lo que quieres?

No, suplico. No, sólo la quiero a ella. Por favor. Sólo la quiero a ella. La amo. Ella también me ama. Somos uno, pregúntaselo, verás cómo te lo dice. ¡Pregúntaselo!

La alta se inclina sobre mí, apretándome el cuello con la punta de su espada, y me doy cuenta de que la furia de sus ojos es real y de que va a ser lo último que vea. De modo que cierro los ojos, porque lo último que deseo ver no es su rabia oscura y posesiva.

Y cuando la muerte no llega y los abro de nuevo, allí está ella. Mi dorada. La mano sobre el brazo de la guerrera, su voz flotando con calidez en el aire.

Déjalo. Por favor. No estoy herida. No creo que comprenda lo que ha hecho.

La mujer oscura menea la cabeza. Mi amor se acerca más a ella y observo con la boca seca cuando su mano sube por el brazo de la guerrera. Más arriba. Más arriba, y su tierna caricia va dejando un rastro de piel de gallina a su paso. Miro a la guerrera y veo el estremecimiento que la recorre entera.

Ven. Ven conmigo ahora. Ya es hora de que nos vayamos.

Las manos de la guerrera se estremecen al oírla, y me encojo cuando la espada me hace un ligero corte en la piel.

Entonces mi dorada le habla al oído, le habla tan bajo que no oigo las palabras, pero la furia se calma y de repente lo sé. La mujer alta se echa hacia atrás y hay tal amor en sus ojos que lo comprendo. Permite que mi amor se la lleve, con delicadeza, para que no tropiece.

Ella es el músculo, sí, pero mi dorada es su auténtica fuerza. Y yo viviré.

Cuando se marchan, esta vez no las sigo, salvo con el corazón.

El sol brinca en el agua y me ciega, tanto como mis lágrimas. Y sé que nunca volveré a encontrar la sombra.


FIN


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