Solitario

Temora



Descargo: Xena/Gabrielle son propiedad de MCA/Universal y se usan sin permiso. Este relato hace referencia a una relación amorosa entre dos mujeres y describe actos violentos para mayores de muchos años, así que quedáis advertidos.
Cronología: A principios de la Temporada 5. Espero que os guste, ¡es muy corto! Muchas gracias a Bracer, que ha corregido mi mala ortografía y también la gramática. Se aprecian comentarios y siempre se responde en: temoram@yahoo.co.uk

Título original: Solitaire. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


La guerrera estaba alerta, despierta antes de darse cuenta siquiera. Sus agudos sentidos sondearon el aire, escuchando atentamente para captar los ruidos que la habían despertado y que no eran del espeso bosque. Son dos. Cada uno de una dirección. Todavía a media legua de distancia, pero saben que estamos aquí.

Salió en silencio del petate y echó un vistazo a su amante dormida. La respiración pesada subía y bajaba despacio, profundamente. La guerrera sintió una punzada de compasión. Llevaban recorridas larguísimas distancias. Seguro que estaba agotada. No hay necesidad de despertarla.

La guerrera se agachó y cruzó el pequeño claro, en dirección al hombre más cercano a ellas. El bosque la envolvió. Se movía como un espectro: pisadas ligeras sobre la hojarasca que pasaban sin el menor rastro o ruido, el cuerpo tenso como la cuerda de un arco a punto de romperse. Ahora ella era la depredadora, y dejó que sus pies eligieran el camino por su cuenta, con cada sentido aguzado al máximo.

Cuando consideró que se había alejado del campamento lo suficiente como para no molestar a la durmiente, la guerrera estiró los ágiles brazos por encima de la cabeza y se izó con ligereza hasta una rama baja. Las oscuras hojas verdes se posaron sobre sus hombros como una capa de camuflaje viva y móvil. Se acomodó para esperar. No tardaría mucho.

Pensó con dulzura en su amante, sumida en la oscuridad del sueño. Sus dientes blancos soltaron un destello en la penumbra. Siempre te protegeré, amor mío, prometió en silencio. Y protegeré a mi bebé.

Apenas habían pasado unos minutos cuando apareció el hombre entre la maleza debajo de ella. Iba fuertemente armado, doblado por el peso de sus armas, pero silencioso como una tumba. La guerrera admiró su habilidad durante un segundo. Pero sólo un segundo.

Gruñendo en voz baja, se dejó caer desde la rama como una serpiente, aterrizando ligeramente detrás del hombre. Sus manos fuertes y veloces lo agarraron de la cabeza y la torcieron bruscamente, sin piedad. Se oyó un crujido espantoso y el hombre se desplomó entre sus brazos. Lo bajó al suelo en silencio, con los músculos marcados por el peso. No lo siento, pensó brevemente, resignada. No nos deberías haber acechado. No me has dejado elección.

Dejando el cuerpo atrás, volvió a izarse al árbol y emprendió una carrera cautelosa por las ramas, sin fallar un paso de un árbol a otro. Respiración entrecortada, pálida piel arañada, corazón palpitante. Trazando un amplio semicírculo, sin tocar jamás el suelo, la guerrera llegó rápidamente a un punto situado un poco por detrás del segundo intruso. Todavía estaban bastante lejos del campamento.

Este hombre no era tan habilidoso como su compañero. Se movía con pesadez, sin cautela. Tardó pocos minutos en dejarse caer de los árboles y seguirlo a varios pasos de distancia, acechándolo en silencio, esperando el momento adecuado.

Una ramita invisible crujió bajo los pies de la guerrera. El hombre se giró en redondo, con los ojos desorbitados. Demasiado tarde. Renunciando al sigilo, la guerrera saltó hacia delante y agarró la empuñadura de la espada del desconocido. La desenvainó rápidamente, apartándola de los dedos que se empeñaban en cogerla, e invirtió el movimiento, hundiendo con fiereza el frío acero en el estómago del hombre. A éste se le pusieron los ojos en blanco y de su garganta se escapó un grito ahogado de agonía. La guerrera hizo acopio de fuerza y movió la espada hacia arriba sin piedad, sintiendo cómo la pesada hoja se abría paso a través de la carne, los órganos y la piel en un corte irregular e inmenso.

Cuando sacó la hoja, el hombre se desplomó despacio. En sus labios se veía una espuma de pompas rojas. Gimoteó un poco al quedar tumbado, como un animal. La guerrera se quedó mirándolo, impasible, esperando a que muriera. Protegeré a mi amante. Protegeré a mi bebé. No me has dejado elección. La espada goteaba en sus manos y tenía sangre en los brazos, en el pecho. Cuando el hombre dejó de respirar, la guerrera soltó un suspiro abatido y tiró la espada al suelo junto a él.

Sin dejar de moverse en silencio, como era su costumbre, regresó al campamento. Las brasas moribundas de la hoguera no iluminaban mucho, pero los ojos de la guerrera estaban acostumbrados a la oscuridad que había bajo los árboles. Vio a su compañera echada de lado, una forma oscura y acurrucada bajo las pieles. La mujer salpicada de sangre sonrió. Te quiero, pensó afectuosamente.

Cruzó el campamento en silencio y se sentó junto a la durmiente. Hubo un movimiento, un murmullo, unos ojos que parpadeaban ligeramente. La guerrera colocó una mano tranquilizadora en el hombro de su amante.

—¿Qué ocurre? —preguntó la mujer de ojos soñolientos envuelta en sus mantas.

—Nada —respondió la guerrera con tristeza—. Te lo contaré por la mañana. Vuelve a dormirte, Xena.


FIN


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