Historia de la primera vez

Temora



Descargo: Dicen que tarde o temprano todos los bardos escriben una historia sobre la primera vez. Esto es lo que yo he hecho al respecto :-) Nada de esto es mío, salvo la forma caprichosa en que las palabras van unidas unas a otras. ¡Y fijaos! ¡Ha salido un relato! Este relato trata de los momentos más insignificantes y no contiene nada gratuito, a menos que tengáis en cuenta el diálogo. Y la idea. Ah, y la ejecución de la idea :-) ¡Espero que os guste! Gracias, como siempre, a Kam. Se agradecen comentarios y siempre se responde en: temoram@yahoo.co.uk

Título original: This Is a First-Time Story. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Premio Swollen Bud


Permitidme que confiese una cosa desde el principio. Como narradora, tengo ciertas normas que debo respetar. Yo sólo soy la que cuenta esta historia, no la estrella (snif). No debo interferir. No debo cambiar el curso de los acontecimientos reales. Debo evitar exponerme a temperaturas superiores a 30 grados centígrados, porque ese calor dificulta mi raciocinio. Debo, por encima de todo, abstenerme de hacer declaraciones grandiosas y generales sobre el poder del amor para redimir, porque una siempre debe hablar de lo que conoce y yo no he tenido el placer de ser redimida así. Esto, sin embargo, no me impedirá intervenir en cualquier momento que considere necesario, con comentarios generalmente molestos (y en ocasiones redundantes).

Y ahora que ya nos hemos presentado, tengo que deciros otra cosa. Puede que no os guste, pero los anales de la verdad me obligan a decirlo. Ésta es una historia para todos los públicos. No habrá centros derretidos, ni senos agitados (salvo por el de la mujer que Xena lanza a gran distancia: está bastante bien dotada, así que supongo que será la excepción), ni murmullos contra una piel bronceada y caliente, ni la aplicación de labios en cualquier punto por debajo de...

Bueno, ya me entendéis.

Ésta es una historia de todas las Primeras Veces que llevaron a la Primera Vez... la infinidad de razones por las que una bardo y una guerrera descubrieron que no había nadie más en el Mundo Conocido que encajara de una forma tan perfecta con cada una de ellas.

Dicho lo cual... ¡adelante con la historia!

La Primera Vez que Xena se dio cuenta de que Gabrielle era mucho más buena que otras personas fue cuando llevaban unos dos meses viajando juntas. (Para ser justos, si Xena se hubiera fijado, se habría dado cuenta mucho antes, pero ya sabemos que estas cosas tienden a pasársele por alto).

Llevaban caminando lo que a Gabrielle le parecía ya mucho tiempo. Bueno, Gabrielle iba caminando. Xena iba montada a caballo, escuchando la última historia de la bardo. Trataba de las amazonas, puesto que hacía poco que se habían ido del Bosque de las Amazonas y puesto que Gabrielle era ahora (ante su propio pasmo y el de todo el mundo) una princesa amazona. Lo que Gabrielle todavía no sabía sobre las amazonas podría llenar un pergamino entero, o, en este caso, cuatro horas seguidas de parloteo ininterrumpido.

Xena cabalgaba y de vez en cuando soltaba ruidos de guerrera, tipo "mmm". A veces murmuraba algo poco comprometido, de modo que la larga epopeya de Gabrielle quedaba interrumpida por cosas como:

—Ah.

—Ya.

—Ohh.

—Eh.

(Éste no era el "Eh" interrogativo, sino más bien esa especie de ruido que se hace con los labios entreabiertos cuando se está pensando en otra cosa).

Como esto era lo único que Gabrielle deseaba de la guerrera —reconocimiento— las dos estaban contentas y así llegaron a la aldea de Trampolos sin mayores incidentes.

Xena (que había estado disimulando con una mueca una vejiga bien llena desde hacía dos marcas) fue directa a las letrinas situadas detrás de la asquerosa taberna. Al no ser normalmente una persona que buscara las comodidades materiales cuando un buen campo servía para lo mismo, debemos preguntarnos por qué había decidido esperar hasta llegar a la aldea. Como eso no viene al caso para nuestra pequeña anécdota, sigamos adelante, ¿de acuerdo? (Tampoco se me puede hacer responsable de las incoherencias de los personajes).

Gabrielle siguió a la guerrera, sin dejar de parlotear.

—Y entonces la sagrada hermandad de las amazonas se unió en un poderoso juramento, por el que durante generaciones se... oh. Demasiado largo, ¿verdad, Xena?

Y ciertamente lo era. Xena observó con fastidio y creciente incomodidad la fila de clientes achispados de la taberna que estaban haciendo cola para usar las (y empleo esta palabra con poca precisión) instalaciones.

Gabrielle ni se inmutó.

—Bueno, que se reunirían en los momentos de penalidad para proteger el poder de Artemisa y a sus guerreras y...

Mientras la bardo se ponía lírica, una mujer salió de las casetas del servicio y pasó junto a la cola haciendo eses algo borracha de vuelta a la taberna. Un reguero de risitas la iba siguiendo. Al pasar junto a la guerrera y la bardo, Xena vio que el borde de la falda se le había quedado metido por la cintura, exponiendo su (bastante fea) ropa interior a Propios y Extraños. (Tobías Propios y Josef Extraños eran el panadero y el héroe del pueblo respectivamente y los dos estaban en la cola. Fijaos qué cosas).

Cuando Xena estaba a punto de llamarle la atención al respecto, Gabrielle, sin dejar de hablar, se echó a un lado y le soltó la falda con un ágil movimiento. Lo hizo tan deprisa que hasta Xena parpadeó. La prenda en cuestión se colocó apaciblemente en su sitio, la mujer no se enteró de nada y Gabrielle continuó hablando como si tal cosa.

—...y que cuando una tierra atormentada clamara por un héroe...

Xena, sin embargo, había dejado de escuchar. Estaba mirando a la bardo con lo que a ella en ese momento le pareció que era interés (pero en realidad era una especie de pasmo maravillado). No sólo le había devuelto la dignidad a la mujer, sino que lo había hecho sin pensar, cuando estaba ocupada en otra cosa, sin ocurrírsele convertirlo en un espectáculo público ni buscando gratitud. Era sencillamente algo natural para la bardo. Un pequeño detalle, pero enormemente revelador. Y fue curiosamente la Primera Vez que a Xena le dieron una "lección".

Una de las primeras veces de Gabrielle se produjo pocas semanas después, justo cuando se estaba acostumbrando de verdad a su nuevo papel en la vida de Xena y adaptándose a los hábitos y costumbres que esto exigía. (Si una alarmante cantidad de estas costumbres incluía levantarse a una hora del día que Gabrielle llamaba quejumbrosamente "media marca de la mañana", pues ésa era una cruz con la que iba a tener que cargar).

Faltaban pocas marcas para ese momento de costumbre, cuando Gabrielle se despertó por algo que no tenía nada que ver con un chorro de agua fría en la cara o la punta de una bota de guerrera en las costillas.

Se quedó atónita.

Xena estaba llorando en sueños.

La bardo salió de debajo de las mantas, temblando por el aire nocturno, y cruzó en silencio el campamento para sentarse al lado de la guerrera dormida. Con cierta prudencia (pues Xena todavía era nueva en esto de la amistad y Gabrielle no tenía el menor deseo de encontrarse con una daga de pecho clavada en las costillas gracias a una Princesa Guerrera medio dormida), alargó una mano y la posó delicadamente en la cabeza de su amiga.

Los sollozos de la guerrera se fueron calmando poco a poco. Tenía las mejillas llenas de churretes de polvo y lágrimas y de vez en cuando se le escapaba un hipo entrecortado. Gabrielle se quedó ahí sentada un rato, parpadeando para quitarse el sueño de los ojos. No movió la mano, no acarició las largas guedejas oscuras y enredadas (aunque tenía muchas ganas de hacerlo).

Fue la Primera Vez que Gabrielle se dio cuenta de que la guerrera era capaz de llorar.

Hasta ahora, Gabrielle había sospechado no sólo que la guerrera no lloraba, sino que en realidad no podía, como si hubiera un motivo físico que se lo impidiera. A la excitable bardo le parecía la única razón que podía explicar la notable ausencia de lágrimas.

Y así, esta noche, se quedó sentada hasta que amaneció, con la mano delicadamente posada en la cabeza dormida de su mejor amiga, y estuvo mucho rato pensando en esto. Y sería la Primera de muchas Veces que Gabrielle se iba quedar así sentada, a veces murmurando suaves naderías, a veces simplemente cogiéndole la mano a la guerrera.

Al día siguiente, Xena, que en realidad se había despertado antes del amanecer y había decidido no decir nada, obteniendo en cambio un extraño consuelo por la presencia de la chica, descubrió una cosa. Se había preparado para las inevitables preguntas durante el desayuno: por qué estaba llorando, qué le pasaba, etc., y se llevó una sorpresa mayúscula al no oír ninguna.

—¿Has dormido bien, Gabrielle? —preguntó por fin, vencida por la curiosidad.

La bardo, con rostro ojeroso, replicó:

—He tenido un sueño interesante. —Y sonrió dulcemente, casi como para sí misma.

Convencida de que no iba a haber preguntas, la guerrera (que realmente no quería hablar de ello) se relajó. Y reflexionó sobre una cosa. Era la Primera Vez que Xena caía en la cuenta de que Gabrielle la comprendía mucho mejor de lo que creía. Y a Xena le agradó saberlo.

La Primera Vez que Xena se dio cuenta de que quería a Gabrielle (aunque no de esa forma, eso llegaría todavía más tarde) ocurrió durante un día por lo demás muy anodino. Por lo general, las revelaciones profundas como ésa van acompañadas de un gran acontecimiento, de una pavorosa calamidad o de una sentida declaración. Este día estaban tomándoselo de asueto (cosa que Gabrielle se había empeñado en que hicieran, bajo amenaza de ponerse a cantar melodías de espectáculos musicales sin parar) y no estaban haciendo Nada En Absoluto. Xena estaba desquiciada.

En ese momento, Xena estaba sentada sin hacer nada con la espalda apoyada en un tronco, observando cómo Gabrielle cavaba un agujero en la arena. La orilla en la que estaban era muy bonita: Xena ya había explorado el diámetro completo del lago. El agua era fresca, clara y agradablemente cálida: Xena ya se había pasado dos horas nadando y otras dos pescando. Los árboles cercanos al lago eran perfectos para trepar: ¿a que no sabéis quién lo había descubierto? Y de insistir, Xena os podría haber dicho que había exactamente tres cuevas de tamaño decente a veinte minutos a pie de aquí, y que una familia que inexplicablemente adoraba a Filiopololis, el dios espartano de los gongs y la pesca del róbalo, poseía una casita detrás de la colina al otro lado del lago. De insistir aún más, os podría haber dicho que había llovido en los últimos quince días en esta zona (la marca de la marea así se lo indicaba), que esta clase concreta de planta acuática no se podía comer, que si gritabas desde lo alto de esa roca de ahí, el lago te devolvía exactamente tres ecos y medio, y que con la presión adecuada en el tobillo se te pondría el pie azul al cabo de varios minutos.

(Lo que no os podría haber dicho era por qué Gabrielle estaba cavando un agujero. Por eso estaba observando).

—¡No, no! —chilló Gabrielle por lo bajo, dejando caer un palito en el agujero—. ¡Por favor, no me metas en la mazmorra, pues me da miedo la oscuridad, así como los sitios pequeños!

Xena sonrió.

—Me da igual —gruñó la bardo con voz más grave, agitando un palito más grande—, pues has desflorado a la bella doncella Lila de Potedaia y por ello, ¡debes padecer una muerte horrible! ¡Hasta que perezcas!

(Naturalmente, Gabrielle no se daba cuenta de que Xena la estaba oyendo, pues de haberlo sabido, ella también habría padecido una muerte horrible, en este caso de vergüenza).

Xena se mordió el labio para no echarse a reír.

—¡Por favor, por favor! —continuó tan contenta la distraída bardo—. Prometo enmendarme y ayudar a los necesitados y nunca jamás volver a tratar a las mujeres con falta de respeto, ¡ni siquiera bajo la influencia del alcohol y/o las drogas!

Xena tuvo que irse. Se levantó y se metió corriendo entre los árboles, donde se tapó la boca y se retorció de risa hasta que se le saltaron las lágrimas. Y en algún momento en medio de toda esa risa adquirió la súbita y clara certeza de que quería a Gabrielle como a su mejor amiga. Como a una hermana. Como a una... (¿sí?) hermana. (Sin duda). Tuvo gracia, la verdad. Se había empezado a reír como Xena, la Princesa Guerrera, poseedora de una mejor amiga a quien mantenía a distancia, y acabó riéndose con una especie de calidez en el pecho que hacía mucho tiempo que no sentía. Había algo en el rostro candoroso, feliz y todo serio de la bardo mientras jugaba en la orilla como una niña que había destruido sus últimas defensas. Quería a Gabrielle.

Y ésa fue la Primera Vez que se dio cuenta.

La Primera Vez que Gabrielle descubrió que Xena de verdad tenía sentido del humor no fue mucho tiempo después del incidente del beleño. La bardo se sonrojaba de vergüenza cada vez que recordaba la reveladora (pero absolutamente sincera) declaración que había hecho sobre la belleza de su amiga en la cueva.

Pocas semanas después de ese día, Gabrielle intentó hacer una nueva clase de guiso del que le había hablado el boticario de la última aldea por la que habían pasado. Como era necesario dejar bullir el caldo hasta que casi se saliera, consiguió ponerse perdida.

Mientras el guiso se cocía, bajó al río para lavarse y se encontró a la guerrera metida hasta las rodillas en el agua fangosa, plantada allí sin más.

—¿Qué haces? —preguntó Gabrielle, agachándose en la orilla para lavarse los brazos.

Xena (que no estaba haciendo nada de particular y ahora buscaba desesperada algo guerreril y misterioso que decir) dijo:

—Escuchar el agua. —Con tono misterioso y guerreril.

Gabrielle sonrió con sorna.

—¿Y qué te dice?

(Para entonces Gabrielle ya notaba cuándo Xena montaba este número, y le daba un placer inmenso saber que la guerrera lo hacía por ella).

—Ah —salmodió Xena gravemente, poniéndose una mano detrás de la oreja—, dice Pequeña Bardo Que Se Lava En Mí Olvida Punto En Culo.

A Gabrielle le dio tal ataque de risa que perdió el equilibrio y se cayó de bruces en el barro. Xena, partida de risa, vadeó hasta la orilla y levantó a Gabrielle.

La bardo se quedó allí, chorreante y jadeante, con el pelo pringado de barro que le caía por la cara en espesos churretes, escupiendo muy enfadada.

Xena se la quedó mirando un momento y de repente exclamó:

—¡Por los dioses! —Y se cayó al suelo, con el dorso de la mano sobre la frente.

—¿Qué? —farfulló Gabrielle.

—¡Estás... PRECIOSA! —exclamó Xena, en una extraordinaria y perfecta imitación de Gabrielle.

Y luego se echó a reír.

Tras su pasmo inicial, Gabrielle también se echó a reír. Xena había logrado, de esa forma que sólo tenía Xena, hacerle saber que lo que había dicho no tenía importancia. Y nunca más volvió a sentirse avergonzada por ello. (Ésa también fue la Primera Vez que Xena descubrió una forma de decirle a Gabrielle que era preciosa sin que le diera corte. Durante mucho tiempo se sintió bastante orgullosa de sí misma).

Fue bastante tiempo después cuando Gabrielle averiguó por Primera Vez que Xena era vulnerable y que la bardo era un consuelo para ella. Hasta entonces, se había conformado con ser una amiga, una compañera, pero no había pensado que pudiera ser alguien a quien la guerrera necesitara en su vida. (Xena se lo podría haber dicho, pero claro, Xena nunca haría una cosa así, ¿verdad?). Xena no necesitaba nada.

Salvo, en esta noche concreta, beberse siete jarras de cerveza ella sola.

Gabrielle nunca había visto a Xena borracha, de modo que se regodeó en la experiencia, al darse cuenta (sin equivocarse) de que era posible que nunca lo volviera a ver. Xena no reveló el motivo de su súbita necesidad de beber (Cyrene os podría haber dicho que era el aniversario de la muerte de su hermano) y Gabrielle no se lo preguntó, pero baste decir que la Taberna del Mono de Bronce nunca había visto cosa igual y nunca volvería a verlo.

Xena bailó. Cantó. (También era la Primera Vez que Gabrielle la oía cantar, y no estaba preparada para el puñetazo en el vientre que le asestó la voz sensual de la guerrera). Estuvo graciosa. Estuvo habladora. Estuvo simpática. Echó pulsos para divertirse.

Gabrielle miraba y lo absorbía todo como una esponja y no se daba cuenta de que los ojos de la guerrera se volvían hacia ella de vez en cuando, la buscaban, se tranquilizaban al ver que estaba allí. (Y si se hubiera dado cuenta, no le habría dado importancia). Pero ya tarde, cuando se le estaban empezando a caer los párpados y estaba cabeceando en la mesa, alargó la mano y le dio una palmadita en el brazo a la guerrera.

—¿Xena?

—¿Mm? —farfulló la ebria guerrera.

—Creo que me voy a subir ya a mi habitación, ¿vale?

Xena levantó la mirada al oír esto y en su rostro se dejó ver un levísimo matiz de pánico.

—¿Por qué? ¿Para qué? O sea, ¿por qué?

Gabrielle enarcó una ceja.

—Lo de siempre. Tengo sueño.

—Nononononononono —farfulló Xena, agarrando la mano de Gabrielle—. Sólo nesefitas pasear un poco. Vamos fuera y te depestarás en seguida.

Gabrielle meneó la cabeza.

—No quiero despertarme. Quiero dormir.

Xena le soltó la mano.

—Yo tampoco quiero depestarme —anunció subiendo el tono—. Pero no tengo más remedio, ¿verdad? Todos los malditos días tengo que depestarme y nadie me pegunta si quiero o no. Quédate. —La última palabra la dijo de manera muy distinta al resto de la frase. El resto de la frase le había salido farfullado en dirección a la arañada mesa de roble, pero la última palabra la dijo con una expresión casi de súplica, mirando directamente a la bardo.

Esto dejó a Gabrielle claramente confusa. (Xena siempre había sido capaz de dejarla desconcertadísima, pero esto era nuevo).

—Claro —la tranquilizó suavemente—. Claro que me quedo.

—¿Vienes fuera conmigo? —preguntó Xena en voz baja, y Gabrielle se levantó sin decir nada. Siguió a la tambaleante guerrera por las puertas de la taberna y se dejó guiar un trecho hasta que se internaron en el bosque de alrededor.

—¿Ves? —preguntó Xena, señalando los árboles con la mano—. ¿Lo ves?

Gabrielle miró a su alrededor con desconfianza: allí no había nada salvo ellas y la oscuridad.

—Xena, ¿qué se supone que tengo que ver?

Xena se acercó mucho a ella.

—Los monstruos —susurró, despacio, parpadeando pesadamente, lo cual ponía de evidencia la viva irritación de sus párpados—. Salen sobre todo de noche, sabes. ¿Los ves?

Gabrielle estaba ahora un poco preocupada y le cogió las manos a la guerrera.

—No —dijo en voz baja—, no los veo. ¿Tú sí?

—No —dijo Xena e hizo una cosa que dejó a Gabrielle petrificada y coloradísima (y por la que Xena también se pondría como un tomate al recordarla al día siguiente): abrazó a la bardo y la estrechó con fuerza, desesperadamente. Murmuró en el pelo dorado rojizo—: Es por ti, ¿no lo sabes? Cuando no estás conmigo, vienen. Donde tú no estás, hay monstruos. Quédate.

Gabrielle abrazó a la guerrera estrechamente y tomó aliento con fuerza, conteniendo las lágrimas.

—Xena, claro que me voy a quedar. Claro que sí. No sólo ahora. Siempre.

Xena soltó una especie de inmenso sollozo jadeante al oír esto y tembló entre sus brazos. A Gabrielle se le llenaron los ojos de lágrimas, que acabaron derramándose.

—Tendrías que pagarme para librarte de mí —le dijo a su amiga ferozmente—, y nadie podría permitirse pagar el precio que les pediría. Ni en un millón de años. ¿Me oyes? Se acabaron los monstruos, Xena. Te lo prometo.

—Oigooídobien —farfulló la guerrera, y besó a Gabrielle en la frente.

Y luego se desmayó. Gabrielle (cuando dejó de llorar) lo pasó fatal para conseguir subir a la guerrera a su habitación. (Esa noche también fue la Primera Vez que compartieron una cama en una taberna, pues Gabrielle no estaba dispuesta a abandonar a Xena a su suerte ni, para ser sinceros, a mover los brazos de donde estaban: alrededor de la guerrera mientras ésta dormía).

Por la mañana, una Princesa Guerrera inusitadamente estoica tuvo su propia epifanía. Era la Primera Vez que se permitía a sí misma ser débil y a Gabrielle ser fuerte. (En realidad, lo de "permitir" no había tenido nada que ver con el tema, aunque Xena antes prefiriría que la ahorcasen que reconocer una cosa así en voz alta).

La Primera Vez que Xena se dio cuenta de que Gabrielle no le tenía el menor miedo se quedó bastante de piedra. Ahora bien, en el curso de su vida, Xena había conocido a muchas personas a las que les caía bien y hasta a algunas que la querían... pero nunca había conocido a una persona que no le tuviera un poquito de miedo, aparte de todo lo demás que sintiera. Siempre había supuesto que Gabrielle también se sentía así, sólo que lo disimulaba mejor que otras personas.

Esto demostró ser falso una noche no mucho tiempo después del incidente de la taberna, cuando estaban acampadas fuera de Trípolis y estaban tumbadas boca arriba, contemplando las estrellas. Ese día les habían dado una buena paliza y entre las dos lucían una vistosa colección de moratones y dolores diversos. Uno de los hombres que había adornado la punta de la espada de Xena esa tarde había encontrado su fin a causa de una burla sin importancia. Xena detestaba que se burlaran de ella. Y Gabrielle lo sabía. De modo que, algo sorprendida, Xena repasó mentalmente más tarde el contenido de la siguiente conversación.

—¿Qué preferirías ser, un pájaro o un caballo? —preguntó Gabrielle con indolencia, estirándose. (Esto era una excusa para acercarse un poco más a Xena, porque la Primera Vez que Gabrielle se dio cuenta de que quería a su amiga ya había llegado y pasado, y además era una persona tocona por naturaleza cuyas reservas estaban agotadas en ese momento).

—¿Cómo se te ha ocurrido eso?

Gabrielle sonrió.

—El hombre no puede vivir sólo de dar palizas a los señores de la guerra, Xena.

—¿Y la mujer?

Un leve suspiro.

—Tú juega, ¿vale?

—Está bien —dijo Xena. (A la que en secreto le encantaban los juegos de Gabrielle, pero por alguna razón se sentía obligada a protestar como si fueran impropios)—. Pues un caballo.

—¿Por qué?

—Son poderosos. Y primales.

—¿Primales? —preguntó la bardo sorprendida—. No sabía que conocieras esa palabra.

—¡Claro que conozco esa palabra! —protestó Xena, ofendida.

Gabrielle carraspeó.

—Bueno, es que nunca te he oído usarla hasta ahora. Pasas mucho tiempo con una persona y crees conocer los límites del vocabulario que usa.

—¡Yo no tengo un vocabulario limitado! —protestó la guerrera, empezando a enfurecerse.

Gabrielle puso los ojos en blanco.

—No es eso lo que he dicho, Xena.

—¡Sí que lo es!

—No, no lo es —insistió la bardo, repentinamente pragmática. (Ah, cómo estaba disfrutando con esto)—. Y eso demuestra lo que quiero decir.

—¿Es que quieres decir algo?

—Has interpretado mal una simple frase y no te das cuenta de por qué me sorprende oírte usar una palabra descriptiva como "primal".

Xena la miró furibunda.

—¿Con eso quieres decir que tengo un vocabulario limitado?

Gabrielle reprimió una sonrisa.

—Olvídalo, Xena.

—¡Porque conozco un montón de palabras!

—Vale. Ya lo sé —asintió la bardo, desquiciantemente tranquilizadora. (Por los dioses, cómo se divertía).

Pero Xena estaba lanzada.

—Mmm... flagelación...

—Ja. Cómo no.

—¡Elenco! ¿Tú conoces ésa? ¿Elenco?

—Sí.

—¡Óbice! —exclamó la guerrera con satisfacción—. Ésa sí que es una buena palabra.

—Ya, ¿pero la sabes usar en una frase?

Hubo un breve silencio. Y luego:

—Cállate.

Poco después, Xena había logrado irse acercando un poquito más a la bardo y ahora su mejilla estaba más o menos en contacto con el hombro de Gabrielle. (Esto era porque Xena era antes una persona tocona por naturaleza y, ya que hablamos de reservas, las suyas se habían agotado hacía ya más de diez años y ahora había perdido el arte de pedir que se las rellenaran. Así que tenía que buscarse triquiñuelas para conseguirlo).

—Nunca he entendido por qué lees tanto —dijo Xena, sin venir a cuento.

Gabrielle ladeó un poco la cabeza.

—Es como... bueno... es como respirar, Xena. No hay nada que me guste más.

—¿Qué tiene de bueno? —dijo altivamente la guerrera (que se había quedado un poco dolida con eso de "nada")—. No son más que garabatos en un pergamino y cosas que no son reales...

Gabrielle se quedó horrorizada.

—¡No te das cuenta, por eso es mágico! ¡Porque todo ha salido de la cabeza de alguien! Porque alguien se puede expresar con tal, tal claridad de pensamiento y hacer que las historias cobren vida y hacer que cosas irreales respiren y vivan y, y...

—Palabrería.

—¡No! —Gabrielle se estaba animando ahora con el tema y se le acaloraron las mejillas—. Tienes que dejar de rechazar las cosas automáticamente sólo porque a ti no te interesan. ¡No puedes dar por supuesto sin más que eso hace que algo no sea bueno!

(Aunque Gabrielle no lo sabía, acababa de dar en un clavo que estaba más hondo de lo que ninguna de las dos pensaba. Esto demostraba mejor que nada por qué ella era el contraste perfecto para la dureza de la guerrera. Simplemente la captaba. ¿Sabéis?).

—Pero pierdes tanto tiempo leyendo por las noches cuando podrías estar...

—¿DISCULPA? —interrumpió Gabrielle—. ¿Que pierdo el tiempo leyendo cuando podría estar haciendo qué? ¿Buscando algo más de tu agrado para entretenerme? ¿Qué propones? ¿Que entrene con la espada? ¿Que cace? ¿Que practique con el maldito chakram?

—Que hables conmigo —reconoció la guerrera tímidamente.

A Gabrielle se le bajaron los humos de inmediato.

—Oh... oh, bueno, eso es... —Se quedó callada, apaciguada. (Y dando saltos de alegría por dentro). De repente, en su cara apareció una sonrisa pícara—. ¡Vaya, Princesa Guerrera, me parece a mí que estás celosa!

—Mmff.

—¡Tienes celos de un pergamino! —exclamó Gabrielle, muerta de risa y más que encantada por la revelación.

—No es cierto —masculló la guerrera de forma poco convincente. (Porque los tenía).

—¡Por eso le diste una patada a mi bolsa de pergaminos la semana pasada!

—No es cierto.

(Lo era).

—¡Xena, Destructora de Literatura!

—Cállate.

Un buen rato después, Xena, que no lograba entender por qué no estaba enfadada con su amiga —tanto por tomarle el pelo como por vencerla— se reclinó pegada a la bardo y suspiró. Había renunciado a fingir una necesidad de espacio y ahora tenía la cabeza en el estómago de Gabrielle, estirada sobre el petate como un gato perezoso. Los dedos de Gabrielle le acariciaban suavemente el pelo (y la sonrisa de felicidad de Gabrielle era más luminosa que la luna, pero Xena no la veía).

—Gabrielle, ¿por qué has...?

—Porque no te tengo miedo, Xena —contestó la bardo suavemente.

Xena se incorporó y se la quedó mirando.

—¿Cómo has...?

—Porque... —Gabrielle se quedó callada—. La verdad es que no sé cómo lo he sabido. Simplemente lo sabía.

(Y era la verdad. Fue la Primera de muchas Veces que las dos podrían leerse la mente, y vaya si no les vino bien en más de una ocasión).

Se dio una palmadita en el estómago.

—Ahora vuelve aquí.

Xena fingió poner cara larga y volvió a tumbarse. La bardo se puso de nuevo a acariciarle el pelo a la guerrera. Estuvieron un rato sin hablar y luego Gabrielle dijo:

—También sabía que querías que hiciera esto.

—Cállate.

Bueno, pues os he hablado de muchas Veces y de muchas Primeras Veces, pero no eran más que la punta del iceberg, como se suele decir. Podría hablaros de la Primera Vez que Xena descubrió que cada vez que Gabrielle la tocaba le corría un escalofrío por la espalda, o de la Primera Vez que Gabrielle se dio cuenta de que comparaba mentalmente a todos los hombres que conocía con su "mejor amiga". Podría ponerme poética sobre la Primera Vez que Xena estaba mirando a Gabrielle mientras ésta parloteaba sin cesar y de repente le entraron unas ganas enormes de besarla (cosa por la que luego se dio literalmente de bofetadas), o sobre la Primera Vez que Gabrielle comprendió de verdad que nunca se enamoraría de nadie en el mundo entero que no fuera Xena, porque eso era algo imposible de concebir.

Tal vez hasta podría hablaros de la Primera Vez que Xena decidió que no lograba recordar qué había hecho por las noches antes de que apareciera Gabrielle, o de la Primera Vez que Gabrielle (por accidente. Sí. Justo) abandonó su propio petate para siempre y se mudó al de la guerrera. O de la Primera Vez que Xena comprendió que en el mundo había un equilibrio para todo y que Gabrielle era el suyo, o de la Primera Vez que Gabrielle se armó de valor para hablar con Xena del tema de sus recién descubiertos Sentimientos... un momento.

¿Qué ha sido eso? ¿Acabo de oír un grito desde el fondo de la sala? ¿Qué dices que quieres? ¿La historia del petate? ¿Disculpa? ¡Oh! Claro. Quieres la historia de los Sentimientos. Cómo no. Todo el mundo quiere siempre la historia de los Sentimientos.

Que nunca se diga que no soy una narradora amable. Tendríais que ver algunas de las historias que he narrado. No eran ni la mitad de divertidas que ésta. Salmoneus me contrató una vez para hacer narraciones corporativas y casi me muero del aburrimiento. Y esos desgraciados hermanos Grimm. No se callaban nunca, los muy pesados...

¿Eh? Ah, sí, los Sentimientos. Bueno. Lo que decía. Que no se diga que no soy una narradora amable y que no doy a la gente lo que quiere. Vamos allá de una vez...

La Primera Vez que Gabrielle decidió hablar de sus sentimientos con la guerrera fue más o menos así. (¿Habéis notado que siempre es Gabrielle la primera que se lanza a estos temas y nunca Xena, aunque todos sabemos que la guerrera ha estado alimentando en secreto las mismas fantasías durante todo ese tiempo e incluso más? Este principio se aplicó a la conversación "Deberíamos Compartir Un Solo Petate Para Ahorrarnos Llevar Tanta Cosa", a la conversación "La Verdad Es Que No Nos Hacen Falta Dos Habitaciones En Las Tabernas" y, por supuesto, a la conversación preferida de Xena, "Me Resulta Más Fácil Si Me Lavas Tú La Espalda").

De modo que habían pasado varios meses y ya habían dejado atrás todo eso de dejar-a-Xena-por-maridos-a-los-que-una-no-quería-en-realidad-bueno-sí-pero-no-así. Era uno de esos atardeceres de verano perfectos en los que la ligera capa de sudor que te cubre el cuerpo no te molesta porque no hace un calor horroroso, sólo el calor suficiente para que te sientas como muy sensual y deseando que alguien se ponga a tocar blues y que alguien más te pase una cerveza.

Pero lo que estaba haciendo Gabrielle en este perfecto atardecer de verano era ver cómo entrenaba Xena. Últimamente no la había visto entrenar mucho, porque por muy fascinante que fuera como exhibición de todas las cosas que Xena sabía hacer (que eran muchas), no era algo que la bardo no hubiera visto ya un millón de veces. Además, hasta Xena perdía su misterio cuando la veías aterrizar de culo dieciséis veces mientras practicaba un nuevo tipo de salto. (Y a Gabrielle no le gustaba que la desilusionaran así).

En este atardecer concreto, la bardo se había sentado en un tocón cercano y observaba ávidamente a la guerrera mientras ésta estiraba todas esas ágiles extremidades suyas de numerosas y variadas maneras, para salir luego despendolada por el claro enzarzada en lo que parecía una lucha consigo misma.

Al cabo de un rato, Gabrielle carraspeó.

—Vengo notando una cosa últimamente, Xena.

—¿Ah, sí? —preguntó la guerrera a medio camino de la copa de un árbol.

—Mm. He estado pensando en una serie de cosas y de repente, pues ahí está, claro como el agua.

—¿Ah, sí? —preguntó la guerrera desde lo alto de la copa del árbol.

—Sí. —Gabrielle se calló, sin saber si debía seguir.

—¿El qué? —la animó Xena desde el otro lado del claro, donde estaba haciendo el pino.

Gabrielle tomó aliento con fuerza y decidió lanzarse.

—Bueno, Xena, he estado notando una vaga... sensación como de propiedad con respecto a ti y no sé muy bien qué hacer.

—¿Crees que debería poner una tienda? —preguntó la guerrera, confusa, moviendo la espada con frenesí por detrás de su cuerpo—. Uno, dos...

Gabrielle suspiró y buscó otro camino.

—Xena, ¿recuerdas cuando estuvimos en Maratón el mes pasado?

—Sí... tres, cuatro...

—¿Te acuerdas de la taberna donde nos alojamos?

—Sí, menudo antro... siete, ocho...

Gabrielle estrechó los ojos.

—No pierdas el hilo, ¿vale? ¿Te acuerdas de ese tipo rubio que se acercó a nosotras... a ti... en el bar?

La guerrera detuvo su frenético entrenamiento y por un segundo se le pusieron los ojos vidriosos. (No estaba recordando al tipo rubio, estaba recordando lo preciosa que estaba Gabrielle aquella noche).

—Mm... sí —dijo como si nada, y reanudó sus brincos con algo más de vigor del estrictamente necesario.

Gabrielle bufó:

—Xena, ¿quieres parar un momento?

Xena, hecha un torbellino de brazos y piernas, no pareció oírla.

—¡XENA! —gritó la bardo, metiendo una mano en el tornado guerrero y agarrando un peto con firmeza—. Deja de saltar como una cabra y escúchame un momento, ¿quieres?

Xena miró la mano de Gabrielle con curiosidad, pero como la bardo no hizo el menor ademán de quitarla, se puso muy contenta en secreto y decidió no decir nada. Bajó la espada y adoptó (lo que esperaba que fuera) una pose informal pero alentadora.

—¿Qué pasa?

—Ese hombre del bar —insistió Gabrielle—. Cuando te estaba intentando ligar.

Xena tuvo la decencia de ruborizarse un poco.

—No creo que estuviera...

—No me gustó —interrumpió Gabrielle rápidamente. Las palabras le salieron atropelladas por la prisa de liberarse, y cuanto más hablaba, más se le acaloraban las mejillas—. No me gustó nada y fue extraño porque la verdad es que hasta entonces no lo había pensado bueno una vez tuve un sueño que nunca te he contado pero claro la gente no suele hablar de esos sueños verdad pero cuando se te estaba echando encima así todo insinuante me dieron ganas de repente de coger mi vara y partirle la cabeza pero la cosa es que seguro que no me habría conformado con eso porque empecé a planear un montón de cosas y algunas con objetos afilados y cuando te puso la mano en la pierna casi estallo ahí en el bar y fue entonces cuando pensé alto ahí aquí pasa algo raro y será mejor que me vaya a dar un paseo y piense un poco.

La guerrera arrugó la frente.

—Pero no te fuiste.

Gabrielle resopló.

—Como que te iba a dejar sola dos segundos con ese asqueroso. Me puse a pensar más tarde. Tengo la sensación de que eso es lo único que he estado haciendo últimamente, así que he decidido que para variar voy a hablar. Y... —agachó la cabeza, contemplándose las botas—, ...ya lo he hecho. Hablar. De ello. Al menos, creo que lo he hecho. Creo que sí. ¿Tú qué crees?

Xena ladeó la cabeza.

—¿De qué?

—Oh, por... Xena, eres... idiota... —Se acabó. Gabrielle se había quedado sin ideas, de modo que optó por la segunda solución mejor.

Antes de que Xena pudiera parpadear, dos manos, al parecer pertenecientes a Gabrielle, se enredaron en su pelo y dos labios, al parecer también pertenecientes a Gabrielle, se posaron suavemente sobre los suyos. (Algún tiempo después, recordó haber pensado que sabían ligeramente a manzana, pero en ese momento se limitó a hacer acopio de sus extraordinarias dotes de señora de la guerra y se quedó ahí clavada como un poste).

Gabrielle, que no padecía la pesada carga que las extraordinarias dotes de señora de la guerra infligen a una persona, era libre para dejar volar la imaginación. Y donde voló, no iremos nosotros. (Por la sencilla razón de que, al tener tan poca experiencia, lo que Gabrielle se imaginaba estaba totalmente equivocado, hasta cómicamente en algunos casos, cosa que ella misma descubriría esa noche, ante su consternación y las risotadas encantadas de Xena).

Pero por ahora, tenemos que hablar de ese Beso. El Concienzudo Beso se había terminado y las dos se quedaron plantadas la una frente a la otra, algo acaloradas y un poco desaliñadas. Xena se puso una mano en la frente y se dio unos cuantos golpecitos ligeros. No, al parecer seguía ahí. Presente. En su sitio.

—Vaya, Gabrielle —dijo Xena, cuando recuperó el aliento—. Vaya. Vaya. Vaya. Dioses. Pues vaya.

Gabrielle sonrió tímidamente.

—Yo también.

Xena sonrió a su vez, pero con una sonrisa de oreja a oreja absolutamente impropia de Xena que hizo que a Gabrielle le diera un vuelco el corazón.

—¿Esto quiere decir lo que creo que quiere decir? —preguntó la guerrera. (Para que conste, Xena deseaba muchísimo que quisiera decir lo que ella creía que quería decir, aunque ya sabemos que no le gusta expresar las cosas a las claras).

La bardo se echó a reír.

—Teniendo en cuenta tu definición de la palabra "propiedad", deja que me asegure de que lo entiendes bien...

Agarró un puñado de guerrera y se acercó más.

—Uah —dijo Xena muy contenta, varios minutos después.

Y así empezó. La Primera Vez. No con un estallido, sino con un gemidito. Varios, en realidad. Pero eso no fue hasta más tarde, y lo que dije antes, lo repito ahora. Ésta es una historia para todos los públicos. :-)

Buenas noches.

FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades