Una dama sabe cuándo retirarse

Temora



Descargo: Los personajes de Gabrielle, Xena, Alti y Ares pertenecen a MCA/Universal y cualquier otra persona que tenga derechos sobre ellos. Los devolveré en cuanto haya acabado con ellos. ¡Y apenas magullados! Hay un poco de violencia en este relato, pero no pasa nada, ¿verdad?
Cronología: Este breve relato ocurre en la quinta temporada, durante el episodio Huesos y más huesos. Por ello, revela detalles sobre el episodio. Como éste: que a Gabrielle le dieran una soberana paliza a los cinco segundos de viajar al plano espiritual de Alti me cabreó MUCHO. ¿Cómo se sintió ella? De modo que así es como lo veo yo... la he enviado a hacer otro viajecito. Aunque si no habéis visto el episodio, a lo mejor no le encontráis sentido. ¡Espero que os guste! Gracias a Ged y MaryD. Se agradecerían mucho los comentarios. temoram@yahoo.co.uk

Título original: The Lady Knows When to Leave. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El aire carecía de todo signo de vida. El plano espiritual que Alti había creado era el patio de recreo perfecto para alguien de su calaña: un mundo torturado y fragmentado donde hasta el aire mismo se doblegaba ante su voluntad sofocante. Árboles desnudos, hierba seca y crujiente. Llamas inmóviles como una piedra. Un arroyo que no corría. Pájaros que no volaban ni respiraban.

Gabrielle era ahora uno de esos pájaros, atrapada sin medida. Una ardiente vergüenza la consumía junto con un dolor cegador. Oh, dioses. He fallado. Ya te he fallado, Xena. No tenía la más mínima posibilidad.

La bardo pataleaba y maldecía mientras unas manos retorcidas e implacables le aplastaban la garganta. Cerró los ojos, tratando de obligarse frenéticamente a utilizar la daga que aferraba en el puño. Sus músculos gritaban en su carcasa atrapada, inútiles, inmovilizados, incapaces de obedecer. Unos puntos rojos empezaban a nadar por la oscuridad y el aliento caliente y fétido de Alti reía contra su cuello.

En el fondo de su mente oía débilmente la voz suplicante de su amiga...

¡Tienes la daga, Gabrielle, úsala!

Un golpe demoledor en la cabeza la estampó contra el suelo. Vagamente, a lo lejos, vio caer a su otro yo. La risa heladora y cascada de Alti resonó detrás de ella.

Xena, pensó Gabrielle desesperada, Xena, ha ganado, me ha vencido, tráeme de vuelta. No puedo, no puedo...

Intentó apartarse de la chamana, centímetro a doloroso centímetro, arrastrándose por la hierba.

Alti se puso a contar.

—Cuando llegue a diez —bufó—, estarás muerta. —Se regodeaba en su arte maléfico: ni siquiera la teatralidad conseguía disimular su regocijo desatado ante la tortura que estaba infligiendo—. UNO.

Gabrielle sintió que su cuerpo había estallado en llamas.

La oscuridad que flotaba tras sus ojos se abalanzó a una velocidad de miedo y se la tragó entera.


Cuando abrió los ojos, tenía frío. La piedra oscura y gastada del templo parecía acumular el frío en lugar de ahuyentarlo. No era un lugar grande. El culto en estos días difíciles se había reducido a unas tristes ofrendas de mortales intimidados. Sus pobres granjas y sus hijos andrajosos les hacían caer de rodillas suplicando ante cualquier dios que creyeran que los iba a ayudar. Este templo no era una excepción.

Fuera, era de noche. Dentro, era medianoche. No se oía nada salvo el siseo de las llamas, el grito tenue y lejano de un animal nocturno. Las piedras angulares estaban verdosas, cubiertas de musgo. Años de goteras se habían derramado por las paredes de este lugar y el agua blanda había erosionado la piedra dura en una guerra silenciosa y sin cuartel. Unas antorchas chisporroteaban en unos candelabros de bronce deslustrado, emitiendo una bruma que llenaba el aire. Envolvía el altar, le hacía cosquillas en la nariz.

Gabrielle quería estornudar, pero no lo hizo. Se quedó de pie en silencio en medio del suelo estropeado en la penumbra, abrazándose a sí misma con sus esbeltos brazos. Estaba sola. Las túnicas amazonas de pieles manchadas de sangre habían desaparecido, la daga había desaparecido. El dolor había desaparecido. Se quedó ahí, vestida con su ropa de cuero, preguntándose por qué no estaba muerta.

¿Qué lugar era éste?

Sus ojos verdes siguieron los contornos de la estancia, advirtieron las ofrendas de esa semana: una espada oxidada, una fuente de aceitunas secas y arrugadas, un recipiente de peltre resquebrajado y vacío. Su mirada se posó en un retrato tallado que ocupaba la entrada. Ares.

Un amago de sonrisa triste tocó sus labios, pero no sus ojos. Gabrielle casi había olvidado cómo sonreír con los ojos. Había perdido contacto con muchas cosas en los días colmados de sangre que acababa de dejar atrás. Lo que era la risa. La sensación del amor al tocarte la piel. Cómo contar historias. Cómo expresar los sentimientos que le encogían el estómago, le atenazaban el corazón. Pero había una cosa que recordaba con perfecta y penetrante claridad.

—Gracias por venir.

La voz tranquila y profunda no salía de ninguna parte y llenó el templo, pero Gabrielle no se asustó. Tampoco se sorprendió cuando la figura oscura salió de detrás del altar. Dejó caer los brazos a los lados, irguiendo los hombros inconscientemente. Sí, había una cosa que sí recordaba. Lo mucho que odiaba a este dios.

—¿Gracias? —replicó con amargura—. Tú me has traído aquí. No ha sido decisión mía.

—Así es —asintió el dios de la guerra—. Yo he tomado la decisión. La decisión de salvarte la vida.

—No necesito favores —espetó ella—. Y menos los tuyos.

—¿No? Observa.

La alta figura movió un brazo. Una pared del templo se estremeció y las piedras se volvieron sobre sí mismas, distorsionándose en círculos lisos. Cuando la brecha se hizo más grande, Gabrielle se vio a sí misma en la piedra. La imagen se aclaró. Se estaba arrastrando por la hierba amarillenta, con el rostro pálido de dolor, tirada a los pies de Alti.

Gabrielle se quedó sin aliento cuando Alti se hizo visible y el cruel triunfo de su expresión le resultó casi insoportable. Alti se reía. La chamana no tenía que hacer daño a Gabrielle con las manos: en el plano espiritual eran sus palabras las que estaban matando a la bardo, palabras crueles que le quitaban el aire de los pulmones y le arrebataban la fuerza de las extremidades. Sus palabras. Su realidad. Su victoria.

La declaración que había hecho Alti antes resonaba en el templo...

Tengo tan poca intención como tú de hacer daño al bebé. Necesito que nazca...

Gabrielle se puso rígida. El bebé de Xena. La seguridad del bebé era el motivo de su viaje al plano espiritual. El motivo de que se hubiera enfrentado a Alti y hubiera intentado matarla. El motivo de que su otro yo yaciera ahora jadeante y agonizante en la fría tierra creación de Alti.

—¿Te suena? —La voz de Ares era suave como la oscuridad que lo rodeaba—. ¿Cómo pensabas salir de ésta, mi pequeña bardo?

—No me llames así. —Las palabras eran puñales, delgados y brillantes—. No soy nada tuyo.

La figura oscura del altar se rió sonoramente. Sin que pareciera que se movía, de repente lo tuvo delante y una silenciosa ráfaga de aire llenó el espacio que había dejado. Su voz bajó una octava más, acariciándole la piel como tentáculos de humo.

—Te llamaré lo que me plazca. —Un dedo largo siguió el contorno de su brazo—. Mortal.

Gabrielle no se movió, no parpadeó. En otro tiempo, este dios le daba miedo. En otro tiempo, se estremecía cuando estaba cerca. En otro tiempo, lo había dominado, le había arrebatado sus poderes y se los había restituido. En otro tiempo, no hacía tanto, había estado a punto de ser suya.

A Gabrielle no le gustó notar que se le había acelerado el corazón. Lo percibía, ese trueno irregular, sabía que él también debía de oírlo. En la pared, la risa de Alti se quebraba y rompía como el hielo sobre la piedra.

—Quítame la mano de encima —dijo Gabrielle con frialdad, esforzándose por permanecer tranquila—. ¿Qué es lo que quieres?

Su mano se apartó de su brazo y volvió a señalar indolente hacia la pared. La imagen se congeló. Alti tenía la cabeza echada hacia atrás, con los dientes relucientes, los puños apretados. El rostro de Gabrielle también estaba paralizado, retorcido y torturado. Sin darse cuenta de que había estado aguantando el aliento, Gabrielle lo soltó. Le quedaba poco tiempo.

—Ya no me tienes miedo, ¿verdad, Gabrielle? —preguntó él afablemente.

Ella alzó la cabeza.

—No. ¿Por qué debería tener miedo de un dios en decadencia? —Indicó el templo descuidado—. Mira este lugar. Nadie quiere la clase de protección que ofreces. Estás acabado y ni siquiera lo sabes. Ya no hay nada de que tener miedo.

Se calló, satisfecha con las palabras que había elegido, sintiendo que el corazón se le desaceleraba y se le calmaba de nuevo. Si sus palabras habían ofendido al dios, el rostro de éste no revelaba nada.

—Te he echado el ojo —dijo con calma—. Los dos ojos, en realidad. Llevo meses observándote. Ya lo sabías.

—Sí.

—Sabes cuándo estoy cerca. —No era una pregunta.

—Sí. Es como si me reptaran serpientes por la piel. ¿Por qué me observas?

Los ojos oscuros se clavaron en los suyos.

—¿Por qué crees tú?

Ella no apartó la mirada.

—Quieres que sea tu Elegida.

—Gabrielle —el dios soltó una carcajada aterciopelada—, ya eres mi Elegida. Por eso te he traído aquí. Puedo ofrecerte la vida.

—Ya tengo una vida —lo imitó ella, con rostro impasible.

La pared del templo volvió a estremecerse, y por un instante, apenas un segundo, Gabrielle empezó a morir de nuevo.

—¡CINCO! —La risa estridente de Alti.

La voz del dios era un susurro.

—No por mucho tiempo.


—Gabrielle, ¿me oyes? ¡Quiero que vuelvas ahora mismo! ¡Gabrielle, ya no puedes hacer nada!

Xena estaba frenética. Gabrielle se estaba muriendo ante sus ojos, mientras un delgado hilo de sangre le resbalaba por el cuello. Acunó el cuerpo vacío de su amiga entre sus brazos, rogándole que se despertara. No hubo respuesta.


—¿Qué te hace pensar que vas a sobrevivir?

Gabrielle se irguió.

—Xena me traerá de vuelta.

—¿Sí? —preguntó Ares, enarcando una ceja—. ¿Cómo lo sabes?

—Porque me quiere —contestó la rubia, con firmeza—. Me prometió que no iba a renunciar a mí y no lo hará.

—Gabrielle. —Los labios del dios pronunciaron su nombre como seda—. Cuando eso ocurra... si ocurre... ¿qué le vas a decir?

Los ojos verdes se apartaron despacio de los marrones y cayeron al suelo. Tenía la voz ronca.

—Le... le diré que...

—¿Que has fallado? —Una antorcha soltó un fuerte chasquido y Gabrielle tragó con dificultad.

—Sí —replicó firmemente, con el corazón roto, llena de vergüenza una vez más—. Le diré que he fallado.

—¿Le dirás que Alti quiere robar el alma del bebé y que por tu culpa, sigue viva para hacerlo?

—Sí.

El dios guardó silencio un momento. Su figura parpadeó a la luz del fuego, se desvaneció y reapareció detrás de ella. Gabrielle se obligó a permanecer inmóvil, aunque no pudo evitar que se le pusiera la carne de gallina.

La voz de él le susurró al oído.

—¿Y si no tuvieras que hacerlo? ¿Y si, en lugar de otro notorio fracaso de la bardo de Potedaia, pudieras volver a ella victoriosa?

Al oírlo, Gabrielle sintió una puñalada en el estómago. Cerró los ojos. ¡Maldito sea! Claro que podía leer sus pensamientos. Claro que lo había hecho. La había golpeado, certero e implacable, donde más le dolía.

El dios continuó, rodeándola con infinita lentitud, y cada palabra era como una flecha que se le clavaba en el corazón.

—¿No estás harta de fracasar, Gabrielle? ¿No estás harta de quedar siempre en segundo lugar? ¿Cuántas veces te ha tenido que sacar Xena de un lío que tú misma te has buscado?

—Cállate, Ares. —Gabrielle tenía la respiración acelerada.

—No llevas ni cinco minutos en el plano espiritual y Alti ya te ha vencido. ¿Es que no te da vergüenza? ¿Qué va a pensar Xena de ti?

—¡Ares, maldito seas! —gritó. Sus ojos despedían fuego frío; fuego y algo más. Dolor—. ¡He hecho todo lo que he podido! ¡Pero Alti es demasiado fuerte para mí! No todas las batallas se ganan a la primera.

Ares juntó los dedos y ladeó la cabeza mínimamente.

—¿Ésa es la excusa que le vas a dar a Xena? —preguntó, sonriendo—. ¿Que ha sido... demasiado fuerte para ti?

Gabrielle soltó un resoplido explosivo. No voy a dejar que me haga daño, no voy a dejar que me haga daño.

—¿Cuándo te vas a cansar de esto?

—Te puedo ofrecer una victoria. Puedes derrotar a Alti. Puedes matarla para siempre y volver ilesa con Xena y el bebé.

—¿Ah, sí? —soltó Gabrielle—. ¿A qué precio?

Ares sonrió entonces, y en su sonrisa había amor y oscuridad.

—Precio no, Gabrielle. Recompensa. Un asiento a mi lado. Puedes ser todo lo que has deseado ser, incluso una heroína. Para ella.

Gabrielle suspiró. Lo mismo de siempre.

—Ni hablar, Ares, ¿alguna vez te vas a dar cuenta de que éste no es el camino para atraerme?

—¿Y qué camino es ése, Gabrielle mía? ¿El camino de la verdad? Te avergüenzas de ti misma. De tu fracaso. Eso es cierto, ¿no? Ahora mismo se te está rompiendo el corazón.

—¡Claro que me avergüenzo! —estalló ella, al tiempo que se le saltaban las lágrimas—. Sí, le he vuelto a fallar y eso me duele. ¡Pero jamás rehusaría dar la cara ante ella!

—¿Por qué no?

—Porque, porque...

Porque soy yo la que tiene que vivir con la culpa.

—¿Porque ha ocurrido ya tantas veces que está acostumbrada? —se burló el dios, sonriendo con desprecio—. La pequeña Gabrielle. ¿Ya eres mayor? Nuevo cuerpo, nuevas armas, pero por dentro sigues siendo la misma chiquilla asustada. ¿Te crees su igual? ¿Crees que puedes darle a Xena lo que necesita?

—Porque...

Porque salvarla a ella es salvarme a mí misma.

—¡Le has fallado! Alti sigue viva y más fuerte que nunca. ¿Cómo puedes mirarla a la cara sabiendo que eres tan débil?

¡Porque me quiere por intentarlo, cabrón! —El dios retrocedió ligeramente cuando las palabras brotaron furiosas de la boca de Gabrielle.

Se hizo un silencio y durante ese silencio, por primera vez, Gabrielle aceptó la verdad de sus propias palabras. Ganara o perdiera, Xena la quería por intentarlo.

No tenía motivos para sentirse culpable. Ares había utilizado un arma que no funcionaba. No era lo que pudiera pensar Xena de ella lo que la había dejado apesadumbrada y entristecida. Era lo que Gabrielle pensaba de sí misma. Y a esos demonios, a los demonios invisibles, sí que se podía enfrentar. La sensación aplastante de vergüenza cedió y Gabrielle sintió el corazón más ligero.

Levantó una mano y apartó al dios de un empujón, con las mejillas bañadas en lágrimas.

—Nunca lo entenderás, ¿verdad? Para ti siempre se trata de ganar.

Se apartó de él y clavó la mirada en su propia imagen torturada reflejada en la pared.

—Envíame de vuelta.

—Morirás, Gabrielle. Si te envío de vuelta sin mi ayuda, morirás. Eso te lo prometo.

—No... no... no moriré —insistió ella—. Xena me traerá de vuelta a casa.

—¿Tanto confías en ella? —Los ojos del dios eran más oscuros que la noche misma—. ¿Hasta el punto de arriesgar tu existencia?

Gabrielle se volvió para mirar a Ares. Cuando él la miró a los ojos, supo que la había perdido para siempre. Sintió una punzada en el corazón.

—Cada día de mi existencia se lo debo a ella. Daría mi vida mil veces si tuviera que hacerlo, por ella, o por su hijo.

Se estrechó el cuerpo con los brazos, en un gesto tácito de determinación.

—E incluso si vuelvo al mundo de Alti y muero, volvería a tomar esta decisión. La muerte es mejor que cualquier victoria con tus condiciones.

—Gabrielle... si Xena falla... —Ares sufría, y el dolor desconocido que sentía en el pecho amenazaba con ahogarlo.

—Pues la seguiré queriendo por intentarlo —contestó Gabrielle, suavemente—. Incluso desde los Campos Elíseos. Ahora, envíame de vuelta.

Ares se quedó mirándola largo rato. Luego sonrió. Y en su sonrisa había dolor y pérdida.

—Como desees. Adiós, Gabrielle.

La oscuridad se la tragó de nuevo. Xena, lamento haberte fallado, pero lo he intentado. Por favor, llévame de vuelta a casa.


—¡DIEZ! —exclamó Alti con regocijo, y a Gabrielle le explotó el corazón en el pecho. Se quedó sin respiración. Se le puso la cara blanca. Se desplomó boca arriba. Y entonces murió y no hubo nada.


Esta vez, cuando se despertó, no sentía frío. Sentía calor y sentía dolor, pero era soportable. Tenía una amiga que la acunaba en sus brazos amorosos y derramaba lágrimas sobre ella. Y tenía la certeza de que lo había intentado.


FIN


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