Viaje curativo

Simahoyo



Advertencia: Este relato contiene descripciones de sexo entre personas adultas con consentimiento mutuo, y una descripción gráfica de un rito de demembramiento. Es un momento curativo, no violencia gratuita. Si sois menores de 18 años, os ofende este tipo de historia o es ilegal donde vivís, DEJAD DE LEER YA.
Derechos de autor salvo por el uso de personajes propiedad de Universal Pictures: Simahoyo.

Título original: The Healing Journey. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Gabrielle se acercó más a la mujer de intensos ojos oscuros. La energía de su conversación crepitaba en el aire. Xena levantó la mirada, con expresión momentánea de alarma, y luego volvió a contemplar su plato de comida. Lo apartó, pues de repente ya no tenía hambre. La posada era como cualquier otra posada. Por favor, si ella se había criado en una.

Estoy celosa de nuevo. ¿Alguna vez dejaré de estarlo? se preguntó.

Al fin y al cabo, sólo era otra colega bardo a quien Gabrielle había conocido en la plaza del pueblo. Y había sido entretenido verlas enfrentadas en un duelo de bardos esa tarde. Cada una había elegido un bando con respecto a un tema y habían entablado un debate con cómica y fantasiosa exageración. El público era inmenso, y cuando se repartieron las ganancias, Gabrielle y Xena hasta tenían dinero. Y mucho, al menos para ellas. De modo que Gabrielle se empeñó en conseguir una buena comida y una habitación en una posada. Genial, en cuanto estuvieran a solas, podrían calentar de verdad la noche, si Xena era capaz de aguantar una sola conversación filosófica más.

—No, no, no. En el fondo, lo único que somos, en realidad, es seres humanos. Ni macedonios, ni —indicando a Xena—, arcadios, simplemente humanos —decía la bardo desconocida.

—¡Ja! —dijo Gabrielle—. Yo soy agua, soy aire, soy los alimentos que como, el vino que bebo, la tierra en la que vivo y la mujer a quien amo. Eso significa que no hay un fondo. Soy completamente fluida. Lo único que sé es que soy. El yo que existe tiene demasiadas formas para describirlas con una sola etiqueta.

—Gabrielle, me tienes impresionada. Me dejas anonadada con tu mente. A tu lado, Sócrates parece aburrido y pedante —dijo la bardo desconocida.

—Eso es porque lo es —dijo Gabrielle.

Al oír eso, un hombre dejó su jarra con un golpe y se volvió hacia ella.

—¿Qué has dicho de Sócrates? —preguntó con tono peligroso.

Xena se puso tensa, preparada para luchar. Gabrielle miró desafiante al hombre.

—He dicho que era aburrido y pedante —repitió.

—¡Pero por todos los dioses, si inventó el método socrático! —dijo el hombre.

—Mi abuela también hacía preguntas todo el tiempo, más que nada para que nos sintiéramos culpables, pero funcionaba. No se puede inventar algo que existe desde que Cronos era bebé —dijo la otra bardo.

—Las mujeres sois ilógicas —dijo el hombre enfadado.

—Si defino A y luego defino B, es inevitable que C sea lo que yo quiero que sea. La lógica pertenece a los filólogos y a los sofistas —dijo Gabrielle.

—¡Retira eso! —dijo el hombre.

—Ni hablar, machista de pensamiento lineal obsesionado con Platón.

—Yo no estoy obsesionado con Platón, maldita sea, soy Platón —dijo el hombre. Luego, volviéndose hacia Xena, preguntó—: ¿Ésta es siempre así?

Xena puso los ojos en blanco. Lo que le faltaba era que ahora interviniera Platón. Esto tenía visos de ir a durar toda la noche, y ella tenía planes. Pues vaya, ya podía olvidarse de ellos.

Gabrielle estaba lanzada. Tenía los ojos animados mientras parloteaba, atacando y defendiéndose con palabras en lugar de espadas. La discusión era casi soportable si Xena se la planteaba así. Entonces Xena notó que la bardo desconocida la estaba mirando, leyéndole el alma. Xena la desafió con la mirada. La bardo desconocida clavó entonces los ojos en Platón, mirando en su interior. Entonces, cuando se hizo con su atención, cogió su jarra, la sujetó entre las manos y la acunó contra su pecho. Platón perdió el hilo de lo que estaba diciendo. La bardo desconocida se dispuso a seducirlo con total eficacia, y, mientras lo apresaba y se levantaba para marcharse con él, miró a Xena, luego a Gabrielle, y luego a Xena de nuevo guiñándole un ojo. Xena le sonrió agradecida.

Gabrielle miró a Xena. Todavía tenía los ojos brillantes por la discusión. Igual que Xena tras un buen combate. La lujuria palpitaba ahora en su interior. Xena se levantó y le ofreció la mano. Gabrielle se levantó, cogió la mano de Xena y se encaminó con ella a su habitación.

Se desvistieron despacio, deseándose la una a la otra, pero conscientes de que su imaginación necesitaba estímulo. El sexo estaba bien, pero era previsible, y Xena ya andaba mirando a otras personas. Se besaron como siempre se besaban, se tocaron de la manera en que siempre se tocaban... Gabrielle apartó la boca del pezón de Xena para mirarla a los ojos.

—Esto se está volviendo un poco... ¿cómo diría yo? ¿Rutinario? —dijo Gabrielle.

—Estamos estancadas —dijo Xena.

—Bueno. Tengo una idea. Pero es algo muy distinto. Puede que no te guste —dijo Gabrielle.

—O puede que sí —dijo Xena, incorporándose sobre un codo.

—Vale, pues échate y cierra los ojos —dijo Gabrielle.

Xena lo hizo de buen grado y esperó. Notó que Gabrielle se echaba a su lado, y que sus caderas y hombros estaban en contacto.

—Ahora respira hondo cuatro veces e imagínate que estás al pie de un árbol muy antiguo, cubierto de musgo, que parece atravesar el cielo. No divisas la copa —dijo Gabrielle.

—Vale —dijo Xena.

—Ahora estás en mi terreno. No es tan seguro como parece, así que presta atención a lo que te digo. Cuando empecemos, vuelve siempre a este punto de partida. No me hables hasta que esto acabe, y no me sobresaltes. ¿Entendido? —dijo Gabrielle.

—Entendido. Dioses, ¿de verdad yo hablo así? —dijo Xena.

—¡Sshhhhh! —dijo Gabrielle.

Xena se quedó en silencio, respiró hondo cuatro veces y se imaginó un árbol antiguo cubierto de musgo. Curiosamente, olía la tierra húmeda y notaba una brisa. Entonces oyó la voz de Gabrielle.

—Ahora relájate. Aquí podemos ser cualquier cosa que queramos ser. Trepa por el árbol, y cuando llegues a una charca de agua, atraviésala y trepa hasta el suelo para salir de ella. Luego espérame.

Xena trepó por el árbol, resbalando un poco con el musgo, que le hacía cosquillas en la piel desnuda. La charca estaba encima de su cabeza. Aguantó la respiración y nadó hacia arriba, para atravesarla. Cuando abrió los ojos, vio un prado espectacular, cubierto de hierba tan verde que le hacía daño a los ojos. Salió andando de la charca a la orilla. Sentía el cuerpo acartonado e insensible. Se sentó en la hierba y esperó. Gabrielle salió de la charca y le sonrió.

—Vale, ahora conviértete en un arroyo —dijo Gabrielle.

Asombrosamente, Xena se convirtió en un arroyo. Entonces sintió que Gabrielle se convertía en un manantial, que borboteaba dentro de ella. Las sensaciones estuvieron a punto de aplastarla. Esto era como ella amaba a Gabrielle. Era de una intensidad imposible de describir con palabras y daba tanto gusto que dolía. Pero, al contrario que el sexo, no se llegaba un punto culminante y al orgasmo. Simplemente era. Al cabo de unos minutos, Xena no pudo aguantarlo más. Se incorporó de golpe y exclamó:

—¡Basta!

Gabrielle no se movió. Estaba pálida y respiraba de una forma extraña. En su rostro se dibujó una mueca. Luego abrió los ojos. Su voz sonaba tenue y sin aliento.

—¿Qué te había dicho? Ahora sí que la has hecho buena. ¿Cómo te sientes?

Xena se sentía como si pudiera pasar la mano a través de su propio cuerpo. Ahí no había nada.

—Me siento vacía por dentro —dijo. Y su propia voz sonaba apagada y tenue.

—Has perdido parte de tu alma. Yo también. Voy a volver por la mía. Tú espera sin decir nada y no me toques —dijo Gabrielle.

Gabrielle respiró hondo cuatro veces. Su rostro se volvió impasible y Xena no lograba ver nada en él. Sí que veía que los ojos de Gabrielle se movían bajo los párpados cerrados. Entonces Gabrielle se estremeció varias veces. Recuperó el color de la cara y dio la impresión de estar más ahí. Cuando Gabrielle se incorporó, Xena se esperaba un sermón, y se encogió, preparándose para una auténtica reprimenda.

—Hace tiempo que necesitas esto y tienes trabajo. No tengas miedo. Yo estaré contigo todo el tiempo —dijo Gabrielle. Y su voz sonaba vibrante y viva.

Gabrielle tumbó a Xena y volvió a acomodarse a su lado, hombro con hombro y cadera con cadera. Entonces cogió la mano de Xena y se la apretó con gesto tranquilizador.

—Recuerda que te quiero —dijo.

Volvían a estar en el árbol. Xena trepó y atravesó de nuevo la charca, atónita al verse a sí misma sentada en la hierba junto a un arroyo. Fue a ella misma y se fundieron. Luego fue al arroyo y éste se fundió con ella. Se sintió mejor, pero inquieta, como si hubiera un peligro cerca. Miró a su alrededor buscando a Gabrielle, pero no la vio. Se le acercó una serpiente, y cuando Xena se disponía a matarla, habló.

—No me mates. Me quieres, ¿recuerdas? —dijo la voz de Gabrielle desde la boca de la serpiente.

Xena se quedó pasmada. La serpiente era Gabrielle. Entonces salieron más serpientes, la empujaron al suelo y se enrollaron alrededor de sus muñecas y sus pies. Se debatió.

—Relájate. Sé que da miedo, pero luego me lo agradecerás —dijo Gabrielle.

Entonces apareció algo que sin duda aterrorizaba a cualquier griego. Dos inmensos buitres sobrevolaron en lo alto, se posaron en el suelo y empezaron a comerse a Xena. Ésta gritó de miedo.

—Para renacer, tienes que morir. Deja que ocurra, no te pasará nada —dijo Gabrielle.

Lo curioso era que no dolía. Los buitres se comieron su hígado, sus entrañas, sus piernas, su tronco, su corazón, sus brazos... y por fin sus ojos, por lo que ya no tuvo que seguir viéndolo.

El ruido de las grandes aves al vomitar fue lo siguiente, y Xena fue arrojada de sus estómagos. La serpiente la hizo una bola con esmero, la lavó bien y reformó sus huesos. Entonces todas las serpientes trajeron arcilla y reconstruyeron su cuerpo, poniéndole cristales como ojos, corazón, hígado, manos y pies. Xena se sentía bella y renovada.

—Ahora no te muevas. Tengo que traerte una cosa —dijo Gabrielle. Entonces la serpiente se transformó en un ganso y alzó el vuelo. Segundos después, el ganso volvió a aparecer con dos Xenas en el lomo. Una tenía la edad que había tenido cuando el ejército de Cortese se enfrentó a ella. Abrazó estrechamente a esa muchacha triste y sintió que las emociones de aquel momento la inundaban. Se hicieron una. Luego la pequeña Xena, la que había visto cómo se marchaba su padre, corrió hasta Xena y le echó los brazos al cuello.

—Bienvenida, chiquitina —dijo Xena. Y, cuando se hicieron una, todos los vacíos que tenía dentro desaparecieron.

—Regresa a través de la charca y luego baja del árbol. Luego espérame —dijo Gabrielle. Esta vez, Xena hizo lo que se le decía. Gabrielle apareció a su lado, con su propio cuerpo—. Ahora vuelve a tu cuerpo —dijo Gabrielle.

Al instante, Xena se encontró de nuevo dentro de su propio cuerpo. Se sentía mejor de lo que se había sentido en su vida. Esperando con cuidado a Gabrielle, Xena se quedó absolutamente inmóvil. Por fin, Gabrielle abrió los ojos y, con aire profesional, examinó a Xena.

—¿Cómo te sientes?

—Viva, entera y maravillosa —dijo Xena—. Y también avergonzada por no haberte obedecido. Es curioso estar en tus zapatos, por así decir. Es un lugar peligroso. Estaba medio muerta de miedo. ¿Haces esto a menudo?

—Ah, pues al menos una vez al mes. Tengo que luchar contra los “malos” que intentan estropear los cultivos. Es la venganza de Deméter por haber destrozado su santuario. Y luego me reúno ahí arriba con mi musa. Consigo algunas de mis mejores ideas... —dijo Gabrielle.

Pero Xena la besó y eso puso fin a la conversación. Gabrielle le echó los brazos al cuello a Xena y la vieja electricidad volvió por sus fueros, unida a algo nuevo y emocionante, por lo que daba igual cuántas veces se hubieran juntado sus lenguas antes, o cuántas veces se hubieran tocado los pechos la una a la otra. Cada caricia era preciosa. Ahora Gabrielle sabía que Xena la respetaba, comprendía su trabajo y se dejaba ayudar por él.

Se estremeció cuando Xena deslizó una pierna entre las suyas, y se alzó para encontrarse con ella, vulva con vulva. Se frotaron y empujaron a la vez hasta que empezó el orgasmo y cayeron juntas por el precipicio. Gritaron a la vez y Xena se derritió encima de Gabrielle como la miel, y allí se quedó, sin moverse, jadeante. Y Gabrielle la abrazó, simplemente la abrazó.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades