El motivo

Simahoyo



Nota: Éste es un relato muy viejo, escrito justo después de ¿Hay algún médico en la casa? ¡Mi primer fanfic!
Simahoyo.

Título original: The Reason Why. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Una flecha de fuego pasó volando por encima de la cabeza de Gabrielle y aterrizó en el grueso tejado de paja de la cabaña del consejo. Cualquiera que se hubiera criado en una aldea donde los tejados de paja eran lo normal sabía que había que formar inmediatamente una hilera de gente armada con cubos, o si no la aldea entera sería pasto de las llamas en cuestión de minutos.

Gabrielle agarró a una mujer que pasaba corriendo y le preguntó:

—¿Dónde hay cubos?

El humo salía de las llamas naranjas como la tinta de un calamar. Gabrielle vio que Xena perseguía a los bandidos mientras esperaba a que la mujer hablara, y luego vio la cara de espanto de Xena al ver las llamas. No voy a permitir que reviva eso, se dijo Gabrielle. La mujer salió por fin de su parálisis y señaló un montón de cubos de madera y palas colocados en una esquina olvidada. Gabrielle le puso uno a la mujer en las manos y luego le lanzó varios a Xena, que se acercaba al galope a lomos de Argo y luego siguió hasta el arroyo cercano.

Xena desmontó de un salto en medio del arroyo, sin hacer caso del frío, y se puso a dar órdenes a la gente para que se pusiera a trabajar para salvar su propia aldea.

Gabrielle era baja, pero al subirse al poste de un almacén cercano, podía lanzar agua al fuego desde arriba. El calor del fuego era ya muy molesto, y casi la mitad del tejado estaba en llamas. Le dolían los brazos por los movimientos repetitivos, pero siguió levantando los cubos llenos, lanzando el agua y devolviendo los cubos vacíos.

Estaba oscureciendo, pero las llamas permitían ver fácilmente, mientras el fuego iba dejando expuestas las vigas que sustentaban el tejado. A alguien se le había ocurrido empapar mantas con agua y cubrir los tejados cercanos. Probablemente a Xena. La propia cabaña del consejo estaba ardiendo ya, algo más despacio por las paredes de adobe y cañas. No se podía salvar, pero todo lo demás sí.

Gabrielle por fin contempló los rostros ennegrecidos por el hollín de los aldeanos y se volvió para mirar hacia el arroyo, donde todavía estaba Xena, empapada incluso a través del cuero. Ya no podía hacer más, de modo que bajó y volvió a buscar a Xena. La encontró apoyada en una pared, agotada. Hacía tanto frío que su aliento parecía humo y temblaba de pies a cabeza.

Gabrielle fue hasta Argo, sacó una manta y se la puso a Xena por los hombros. Xena le sonrió fugazmente y luego le dio la manta a un anciano, que temblaba tanto como ella. Gabrielle sabía que no debía darle otra, mientras estuviera con el talante dadivoso de gran guerrera.

Lamentaron no poder quedarse para ayudar a reconstruir, pero tras hablar con los ancianos, volvieron a su plan original, que consistía en reunirse con Hércules y Iolaus en Methoni. A Gabrielle medio le apetecía, medio lo temía, porque Iolaus y ella se habían dedicado a satisfacer la naturaleza amorosa de él (como si ella no la tuviera) hasta tal punto que seguía siendo virgen por un mero tecnicismo.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando un anciano se acercó a Xena. Le susurró:

—Será mejor que te cuides. Te vas a poner mala. Toma. —Le puso un puñado de hierbas secas en las manos y luego se alejó.

Y así, caminaron a la luz de la luna hasta que encontraron un buen sitio para acampar. Xena se empeñó en hacerlo todo sola, por lo que Gabrielle se mordió la lengua y lo aguantó en silencio. Estaba empezando a hartarse de la pose de gran guerrera de Xena. Se acostaron y se durmieron.

Por la mañana, Gabrielle oyó los reveladores silbidos de los pulmones de Xena. Ahora sí que se enfadó. Sus ojos verdes soltaban chispas al mirar a Xena.

—Vale, gran guerrera. Estás enferma, tal y como te dijo ese anciano que te iba a pasar. Vuelve a la cama. YA. —Y ante el asombro de Gabrielle, Xena obedeció.

Los cuidados médicos no eran precisamente lo que más le gustaba hacer a Gabrielle. Odiaba ver sufrir a la gente y se sentía impotente e inepta. Entonces oyó algo que le heló la sangre.

—¿Dónde está Toris, madre? No lo encuentro.

Gabrielle le tocó la frente a Xena y apartó rápidamente los dedos como si se hubiera abrasado. Xena tenía la mirada fija en el mundo de los espíritus. Gabrielle se acordó de las hierbas del anciano, y se puso a rebuscar entre las cosas de Xena para encontrarlas. Sonrió cuando encontró la bolsita de tabas que se suponía que nadie debía conocer. Sí, una guerrera muy dura.

Ahí estaban las hierbas. Hizo una infusión y consiguió que Xena se la bebiera, luego se ocupó del fuego, de Xena y de Argo, olvidándose de sí misma. Xena se encontraba fuera del mundo que habitamos y exclamaba:

—No me dejes.

Gabrielle se figuró que estaba llamando a su padre. Tal vez en ese lugar podría encontrarlo, aunque sólo fuese un ratito.

Cogió un paño, lo mojó con agua y le enjugó la cara a Xena, tratando de no llorar.


La madre de Xena estaba inclinada sobre ella, enjugándole la cara con un paño fresco y limpio. No entendía cómo era que estaba en casa, postrada. No paraba de toser y le dolían los pulmones. Tampoco encontraba a Gabrielle, y exclamaba sin parar:

—No me dejes.

—¿Quieres a esa chiquilla? —preguntó su madre.

—Sí, más que a nada, madre —dijo Xena.

—¿Es posible que ella no pueda quererte como tú la quieres a ella? —dijo su madre. Y Xena se echó a llorar.


Pasaron días hasta que Xena volvió. Abrió los ojos y vio a Gabrielle profundamente dormida, con aire agotado. Xena alargó la mano y le tocó la cara con la yema de los dedos, acariciándole la mejilla y el pelo. Sabía que nada podría despertarla, pues una vez Gabrielle había seguido durmiendo durante el ataque de unos asesinos.

Xena estaba tapada con cuatro mantas, había una tetera de infusión al fuego y paños limpios mojados con agua. Xena sabía que a Gabrielle no le gustaba cuidar de los enfermos. Su gratitud salió disparada de su corazón como una flecha, y por enésima vez deseó tener el valor de besar a Gabrielle. Pero, después de todas las fechorías que había cometido, Xena tenía miedo de tocar a nadie sin su consentimiento expreso. Hacerlo con Gabrielle, incluso de forma mínima... ni hablar.

Xena volvió a quedarse dormida, sólo que ahora estaba en el mundo de los sueños. Durmió durante horas.

Cuando Gabrielle abrió por fin los ojos, Xena estaba jugando a las tabas. Estuvo medio tentada de ponerse a jugar con ella, pero sabía que el código de gran guerrera lo prohibía. Hizo mucho ruido al “despertarse”, para que Xena tuviera tiempo de esconder su juego.

—Estás mejor. Qué bien. ¿Cómo te encuentras? —preguntó Gabrielle.

—Mejor, gracias a ti. Ya sé... mm, que no te gusta cuidar de los enfermos —dijo Xena.

—Tú sabes que haría cualquier cosa por ti —dijo Gabrielle.

Entonces Xena posó los ojos grandes y tristes en Gabrielle. Se acercó más, puso una mano detrás de la cabeza de Gabrielle, libró una especie de batalla interna y luego Xena agachó la cabeza y dejó caer la mano.

—¿Qué te pasa? —preguntó Gabrielle.

—¿Qué dirías si te dijera que te quiero? —dijo Xena.

Gabrielle tomó aliento bruscamente. Ésta era una conversación que llevaba temiéndose desde hacía más de un año.

—Bueno, pues que yo también te quiero. Eres mi mejor amiga, a fin de cuentas —dijo Gabrielle con el tono más ligero que pudo. Cuando a Xena se le llenaron los ojos de lágrimas, Gabrielle quiso darse a sí misma un puñetazo por haber dicho semejante tontería.

—Gabrielle, dime, ¿es que no puedes quererme como yo te quiero a ti? —preguntó Xena.

Ahora Gabrielle se encontraba entre la espada y la pared. No podía revelar ciertas cosas que le había dicho el místico ciego, y no podía hacer daño a Xena. Empezó a temblar por la intensidad de su lucha interna, y por fin tomó una decisión.

—No es eso, Xena. En absoluto. Los dioses no me dejan, y no sé por qué, y no puedo contarte cosas que tienes que saber... ¡lo odio! ¿POR QUÉ? Te quiero tanto que me duele hasta la médula. Tengo que ir a Delfos para averiguar... para darle sentido a todo esto. ¿Quieres venir conmigo cuando estés mejor? —dijo Gabrielle.


Al cabo de unos días de nervios, llegaron a Delfos. El lugar estaba atestado de gente que esperaba para ver al oráculo. Xena se fijó en la cara de firme determinación de Gabrielle. Ésta abrazó a Xena con fuerza y luego se unió a la larga fila del oráculo, dejando que sus últimas palabras flotaran en el aire frío detrás de ella.

—Reza por mí.

Xena rezó. Xena, que trataba de no tomarse muy en serio a los dioses, salvo a los que no la dejaban en paz. Buscó en su mente un dios con el que nunca hubiera tenido un encontronazo, del que nunca se hubiera reído, al que ni siquiera hubiera hecho un favor... Hermes. Así pues, le desnudó el corazón, contándole sus problemas, hablándole de su amor por Gabrielle. Se metió tanto en el espíritu, y en la vía espiritual, que ni siquiera se dio cuenta de que Gabrielle había vuelto. Y además, Gabrielle había cambiado. En sus labios bailaba una sonrisa, pero tenía los ojos tristes. ¿Cómo se interpreta una expresión así?

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Xena.

—Ha sido extraño. Vamos a buscar un sitio muy privado para hablar... ah, y que también sea bonito —dijo Gabrielle.

Xena enarcó una ceja al oír la petición, pero no dijo nada. Condujo a Gabrielle y a Argo hasta un bosquecillo de árboles junto a un pequeño arroyo, donde había mucha hierba para Argo. Alguien había acampado allí con anterioridad, y ya había un hoyo para el fuego, rodeado de piedras. Acamparon y luego Gabrielle obligó a Xena a sentarse para hablar.

—¿Sabes cómo te pones siempre a pensar en otra cosa cuando te hablo de mi familia? Pues ahora no lo hagas, esto es demasiado importante —dijo.

Entonces Gabrielle se lanzó a contar su historia.

—Hay cosas que nunca te he contado porque pensaba que entonces no querrías tener nada que ver conmigo. ¿Sabías que Lila y yo sólo somos medio hermanas?

Xena negó con la cabeza.

—Papá no es mi auténtico padre. Mi padre murió antes de que yo naciera. Se llamaba Mikines. Lo asesinaron porque, como tú, intentó cambiar de vida y hacerse bueno. Tú me recuerdas mucho a las historias que me contaba mi madre sobre él. Es uno de los motivos por los que quería estar contigo.

—¿Quién lo mató? —preguntó Xena.

—Su propio padre, mi abuelo, Eccarius. No era un hombre agradable, pero supongo que se echó a perder por la forma en que su padre lo trataba a él. Era... bueno... ¿a lo mejor has oído hablar de él, de Celefacles? —dijo Gabrielle. La expresión de Xena cambió tanto que Gabrielle supo que había oído hablar de él.

—No puede ser. Tú eres tan buena persona. No puedes estar emparentada con esa clase de familia —dijo Xena.

—Ya lo creo. También soy prima segunda de Medea —dijo Gabrielle.

—¿La mujer que intentó envenenar a Jasón y que mató a sus propios hijos? —dijo Xena.

—Esa misma —dijo Gabrielle—. Mi bisabuelo era el hombre más malvado del que he oído hablar jamás. Violó a sus propias hijas, maltrataba a sus hijos, inició una guerra civil, sacrificó a su nieta a Ares para ganar... y podría seguir.

—Yo he oído más cosas así. No me puedo creer que estés emparentada con él. Yo siempre he intentado seguir tu ejemplo, seguir tu bondad. ¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Xena.

—El oráculo me ha dicho que lo haga. Verás, cuando tuve esa conversación privada con el místico ciego, me comunicó dos restricciones que debían dominar mi vida. Nunca debo matar a otro ser humano, porque ese mal dormita en mí, y si mato, se despertará y seré como el resto de mi familia. Y la segunda era que debía permanecer virgen durante el resto de mi vida. Por eso no podía corresponder a tu amor —dijo Gabrielle—. Es que no puedo tener hijos. Tengo mala sangre, y no me atrevo a transmitirla. Por eso, pregunté específicamente sobre ti. Y está bien. Tú no me vas a dar hijos.

La larga historia había dejado a Xena un poco aturdida. La historia de la familia de Gabrielle la tenía confusa, y también escandalizada. Entonces cayó en la cuenta de lo que había dicho Gabrielle.

—Entonces, ¿puedes quererme? —preguntó.

—Si todavía lo deseas. Pero, oye, no tan rápido. Te quiero toda para mí. ¿Puedes hacerlo? —dijo Gabrielle.

A Xena le dio un vuelco el corazón. Quería a Gabrielle más que a nada en el mundo, Argo incluida. Y no tenía ni un hueso monógamo en todo el cuerpo.

—Tengo que pensar. Volveré cuando tenga una respuesta —dijo Xena. Subió a la colina que daba al campamento y se sentó en una roca. Se le fueron pasando por la cabeza imágenes de todos sus amantes del pasado. Hubo bastantes hombres, y dos mujeres. Xena suspiró. La cosa estaba difícil. Repasó las caricias de cada uno de ellos, la sensación de su espíritu, su sentido del humor, haciendo hincapié en Marcus y Hércules.

Entonces Gabrielle le llenó la mente y el corazón. Cuánto valor, cuánta bondad, cuánta tontería. Y apareció aquel día horrible en el que Xena creyó que Gabrielle estaba muerta. Su propia voz reverberó en su cabeza. “No me dejes... me dejes... no me...”

Entonces se acordó de cómo se habían metido en aquel lío para empezar. La genial idea de Xena de que era capaz de cruzar a salvo una zona de guerra. Se acordó de otras estupideces suyas. De cómo pensó que podía desafiar a la muerte y rescatar a Prometeo ella sola. Ah, y este último incidente con el incendio. Todo porque ella estaba en plan Gran Guerrera.

Intenta ser un poco humilde, anda. Te mientes a ti misma diciéndote que eres una gran guerrera que no necesita ayuda de nadie. Te mentiste a ti misma diciéndote que no necesitabas a Gabrielle. No te mientas ahora.

Se masajeó el cuero cabelludo para estimularse el cerebro y se palpó el bulto que le había quedado de aquella vez en que quiso... bueno, que ordenó que mataran a toda la aldea por haber hecho daño a su padre (Ares) y Gabrielle se jugó la vida metiéndole un poco de sentido común en la cabeza con un buen golpe de bieldo. Se echó a llorar un buen rato.

Gabrielle y ella hacían bromas con algo que llamaban su “fondo para contingencias”, que no eran más que algunas monedas extranjeras que la gente intentaba colarle a Gabrielle cuando contaba historias en las plazas de los pueblos. Xena sacó una de la bolsa, buscó una herramienta que le sirviera para el trabajo, recordando que “cualquier herramienta es la herramienta adecuada”, e hizo dos agujeros en la moneda. Buscó unos cordones de cuero y los trenzó en forma de pulsera, entrelazándolos con la moneda. No tenía ningún valor, pero era bonito. Bajó la colina para reunirse con Gabrielle.

Naturalmente, Gabrielle estaba escribiendo algo. Dejó el pergamino y los útiles de escribir. Se le formó una ligera arruga de preocupación entre los ojos. Xena se sentó a su lado, pensando que por alguna razón ahora estaba más guapa. Los sinceros ojos verdes se clavaron directamente en el corazón de Xena.

—Gabrielle, me lo he estado pensando. Te quiero más que a nada. Siempre te querré. Pero no te voy a mentir, ni me voy a mentir a mí misma. Voy a mirar a otras personas. Y, por mucho que me empeñe en no hacerlo, me distraeré de vez en cuando. Es mi forma de ser. No lo puedo evitar. Si puedes aceptarme tal y como soy, seré más feliz de lo que lo he sido en toda mi vida —dijo Xena.

—Ya sé que no tiendes a la fidelidad, pero si tu corazón es mío, puedo soportar que tu cuerpo se desvíe de vez en cuando —dijo Gabrielle—. Pero no me dejes nunca.

—No lo haré —dijo Xena.

Entonces, sintiéndose repentinamente torpe y tímida, le dio la pulsera a Gabrielle. El amor de sus ojos le dijo a Xena todo lo que quería saber. Los ojos azules de Xena se clavaron en los de Gabrielle. Sus almas se tocaron de nuevo y, a continuación, sus labios. Abrazadas la una a la otra, se entregaron al hambre que llevaban tanto tiempo reprimiendo.

—Por los dioses, cómo te amo —dijo Gabrielle.

—Eres mi corazón —dijo Xena.

Y se tocaron, piel con piel, aliento con aliento, unidas por su fuerza vital.


FIN


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