Tiempo de venganza

sHaYcH



Descargo: Si reconocéis los nombres, probablemente pertenecen a MCA/Universal. Me voy a curar en salud y voy a renunciar a todo. Violencia. Sexo (hombre/mujer y mujer/mujer). Cosas raras. Humor (a fin de cuentas, es producto de mi cerebro retorcido ;-) ).
Se agradecen comentarios, felicitaciones, etc. en: shaych@aol.com

Título original: A Time of Vengeance. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


El cielo nocturno estaba despejado y la miríada de lucecitas relucientes que eran las estrellas en lo alto se reflejaba en las tranquilas aguas del mar. Xena iba al timón del barco que Ulises les había prestado a Gabrielle y a ella para el viaje de vuelta a la tierra firme de Grecia. La princesa guerrera sonrió levemente por dentro al ver a la narradora todavía mareada correr por la cubierta para vaciar el estómago por la borda. Pobre Gabrielle, qué irónico resulta que pueda soportar el hedor de la muerte, pero que cuando está en un barco se ponga tan mala. Algunos de los marineros habían probado diversos remedios con la verdosa bardo, pero no había servido de nada. Gabrielle parecía destinada a pasar su estancia a bordo en total agonía. La sonrisa se hizo más amplia cuando Xena notó que arreciaba el viento. Le encantaba el mar. Desde siempre.


Cuando las convulsiones de sus tripas se calmaron lo suficiente para poder mantenerse más o menos erguida, Gabrielle dedicó un momento a admirar la belleza de la noche. Se encontraban a dos días de Ítaca y estaba ya más que lista para posar los pies de nuevo en tierra firme. Sus pensamientos divagaron mientras contemplaba la luna llena. Todavía no me puedo creer que dejara a Ulises. Sí, él tenía a Penélope, pero Xena es mucho mejor. Por Hades, Ulises estaba dispuesto a dejar Ítaca y a Penélope por ella. Oh... Se le pusieron los ojos llorosos. Qué romántico. Suspiro. Aunque debo reconocer que me alegro muchísimo de que lo obligara a quedarse. No sé qué habría hecho yo si hubiera venido con nosotras. En el fondo de mi corazón sé que nunca seré otra cosa que su mejor amiga, pero si hubiera tenido que intentar dormir oyendo cómo practicaba el sexo una vez más, me habría vuelto loca. La bardo sacudió levemente sus guedejas ambarinas. Santa Atenea, la última vez que tuve que "fingir" que dormía fue cuando Marcus y ella... y entonces no sabía si correrme o llorar.

Gabrielle elevó la vista hacia la silueta de su deseo sombreada por la luna. Como siempre, al ver los cabellos negros azulados de Xena agitados por la brisa, a la joven se le aceleró el pulso. Me encanta su pelo, pensó distraída. Ojalá pudiera pasar los dedos por él, enredarlos con fuerza mientras ella... no, mejor no lo pienses, Gabrielle. Suspiró. Al menos mientras se imaginaba cosas picantes sobre la princesa guerrera, se olvidaba de su estómago, que, por supuesto, escogió ese momento para exigir volver a ser objeto de su atención principal.

—Oooh. —Gabrielle gimió y se dirigió de nuevo bajo cubierta, pensando que tal vez podría dormir hasta que atracaran.


Xena, todavía ensimismada, salió bruscamente de su ensueño al oír los quejidos de Gabrielle. Al buscar a su amiga por la cubierta, vio que la bardo se dirigía tambaleándose a su camarote. Cuando estaba a punto de llamar a la joven, el barco golpeó una ola y se escoró violentamente hacia un lado, por lo que Xena cayó sobre una rodilla y Gabrielle salió despedida dando tumbos hacia la proa. Una ola azotó el costado del barco, haciendo que se inclinara aún más hacia el mar. Gabrielle, incapaz de controlar sus tumbos y volteretas, se hizo un ovillo lo más apretado posible y rezó.

Xena entró en acción al ver que su mejor amiga se acercaba peligrosamente al borde de la cubierta. Se ató una cuerda de la vela mayor a la cintura y luchó con los vientos cada vez más fuertes y las olas de agua ahora constantes para llegar a la cubierta y alcanzar la figura de Gabrielle, zarandeada por el mar.

Cuando casi había alcanzado a Gabrielle, una gigantesca ola como un puño se estrelló encima del barco y lanzó al agua a la joven amazona, que gritaba aterrorizada. Raudo como el pensamiento, el látigo de Xena apareció en su mano y el extremo se enrolló en uno de los brazos que agitaba la bardo. Fue una escena increíble, con Xena doblada por encima de la borda del barco, Gabrielle colgando a varios metros por debajo de ella y el océano revuelto por la tormenta a meros centímetros de las botas de la bardo.


Poseidón se rió malévolamente por lo bajo mientras observaba a la mujer que había mancillado su honor luchando por mantener con vida a la pequeña bardo parlanchina.

—Vamos, Princesa Guerrera. Sálvala, si puedes. —Se echó a reír de nuevo. Era estupendo. Después de enfrentarse a la astuta ex señora de la guerra, Poseidón comprendía por qué Ares estaba tan desesperado por volver a meterla en su redil. El dios contempló de nuevo su estanque de visión: Xena había conseguido ir subiendo despacio a Gabrielle hasta tener a la aterrorizada joven casi al alcance de la mano. Poseidón veía los tensos músculos de los poderosos brazos de Xena que se esforzaban por apartar a la bardo de las mortíferas aguas de su dominio. Me parece que ahora sería un buen momento para llevar a cabo mi venganza. Empezó a concentrar su voluntad en las aguas revueltas que rodeaban al barco de Ítaca. Cuando ya había acumulado casi el poder suficiente para dar un buen revolcón al navío, sintió la presencia de otros en su cámara. Perdió la concentración y se volvió para ver a sus visitantes.

—No tan rápido, tío —dijo Ares suavemente.

—Detén tu mano, señor de los mares —ordenó Artemisa.

—Hermano, tenemos que hablar muy en serio —dijo Hades.

—Eso, o sea, tranqui, don olitas —gorjeó Afrodita.

—¿A qué debo el placer de esta pequeña reunión familiar? —atronó Poseidón, irritado porque su diversión se había echado a perder.

—Bueno, tito, si de mí dependiera, dejaría que la zorrita se ahogara. —Ares señaló la imagen congelada de Gabrielle—. Sin embargo, estas señoras parecen tener un ligero problema al respecto. —Los ojos del moreno dios se estrecharon al echar una mirada aviesa a sus hermanas.

—Gabrielle tiene un destino que cumplir como mi reina amazona. No puedo permitir que sufra daño alguno —afirmó Artemisa con convicción.

—Oh, cualquier tía que odie a los hombres y maneje una vara podría hacerlo —soltó Ares.

Debe ser Gabrielle. Nadie más... —empezó a decir Artemisa.

—Ama a ese anuncio ambulante de Amantes del Cuero que es Xena —intervino Afrodita. Se volvió hacia su hermana—. Por favor —hizo una mueca—, Misa, nena, ¿no puedes hacer que tu reinita consiga que "su princesidad" se anime un poco?

—Estoy en ello, Dita —sonrió la cazadora.

—Aunque todo esto me resulta muy fascinante, sigo sin entender por qué estáis aquí. Sobre todo tú, hermano. —Poseidón se volvió para mirar a Hades.

El dios del inframundo pegó un ligero respingo al oír el tono de su hermano y murmuró:

—Oh, bueno, en primer lugar, Sefi me ha obligado. —Luego suspiró irritado—. En segundo lugar, me... mm... gustaría no tener que oír el parloteo incesante de Gabrielle hasta dentro de unos cuarenta años o así. En tercer lugar, no quiero tener que volver a decorar el palacio después de que Xena consiga entrar y lo destruya al intentar recuperar a su bardo. Aparte de eso, sólo he venido para mediar. —Sonrió débilmente ante su propio chiste.

—Ya. —El dios de las aguas se acarició la barba—. Parece que aquí hay un conflicto de intereses. Evidentemente, Ares hará lo que sea para lograr que Xena vuelva a seguirlo y, sin embargo, estas bellas damas se oponen a la idea de matar a la bardo. Mientras que tú, hermano, pareces dispuesto a dejarte llevar por un bando o el otro.

—Bien resumido, aliento de pescado —sonrió Hades.

—Hades, ¿a qué esperas? Únete a nosotros. Tú también ganas con la muerte de la bardo —canturreó Ares seductoramente—. Al fin y al cabo, siempre te viene bien tener más almas puras e inocentes en Elisia.

—Hades, si te pones de su parte, demostrarás lo que siempre he dicho de los dioses varones: os importa un bledo lo que queramos las diosas. —Artemisa clavó la mirada en Hades, comunicándole perfectamente, "Adelante, alégrame el milenio".

Hades aguantó con calma la penetrante mirada de la diosa de la luna, luego tosió y dijo:

—Creo que me gustaría saber mejor por qué quieres vengarte de Xena, hermano, antes de tomar una decisión.

—¿Motivos? ¿Quieres saber los motivos de mi venganza? Muy bien, te voy a dar motivos. Primero, ha reconocido abiertamente que dejó ciego a un cíclope, segundo, ha ayudado a ese cabrón asesino de Ulises a escapar de mi castigo, tercero, ha insultado a mis hijas y, por último, desde que tengo noticia de la existencia de la Princesa Guerrera, ésta no ha mostrado el menor respeto por los dioses. Hay que darle una lección. —Poseidón tomó aliento y se dispuso a continuar.

—Está bien, tío, lo has dejado claro. No es necesario machacar con el tema. —Ares dirigió una mirada de advertencia a Poseidón. Las dos mujeres presentes se estaban poniendo un poco congestionadas y la mano de Artemisa flotaba cerca de su daga de pecho. Fue Afrodita la que no pudo contenerse.

—Sí, justo, cara pez. Vosotros no soportáis que Xena, una mortal que está buenísima, prefiera estar con una simple bardo antes que con ninguno de vosotros. Sobre todo contigo, el adicto a la testosterona. —La pequeña diosa se puso en jarras y achantó a Ares con la mirada—. Los tíos cachas no aguantáis esa idea, ¿verdad? —Ares se encogió y apartó la mirada de los ojos inflexibles de la señora del amor, pero Poseidón se la quedó mirando.

—Dita, lo dirás en broma. Xena no está enamorada de esa canija. Ama a ese baboso de Ulises.

—Para nada, cara pez. Es sólo que está en plena negación emocional. Si se le da una oportunidad, se dará cuenta.

Llegados a este punto, Hades decidió intervenir en la discusión.

—Propongo una cosa. ¿Por qué no consultamos a las Parcas? Seguro que ellas nos podrán decir si la guerrera está destinada a amar a la bardo.

Afrodita sonrió de oreja a oreja ante la idea, Artemisa sonrió levemente y dejó caer la mano de nuevo al costado, Poseidón se rascó la barbilla pensativo y Ares se enfureció.

—Está bien, de acuerdo. Si las Parcas demuestran que Xena y Gabrielle están destinadas a ser amantes, dejaré de intentar hacer daño a la bardo —propuso Poseidón.

—¡¡¿¿Qué??!! —estalló Ares—. Tío, no lo dirás en serio. No irás a renunciar a tu venganza por una chochez como el amor —dijo el dios de la guerra con desprecio. Afrodita le clavó una mirada de odio puro, pero antes de que pudiera desatarse otra discusión, Poseidón agarró a su sobrino por el hombro y lo arrastró a un rincón de su cámara.

—Ares, escúchame. Pregúntate esto: si tu princesa guerrera ama de verdad a esa pequeña bardo descarada, ¿en serio crees que alguna vez se lo dirá?

Ares se quedó pensando un momento.

—No. Es demasiado orgullosa para reconocer ningún tipo de debilidad, sobre todo una tan patética como el amor.

—Eso es exactamente lo que quiero decir. Ahora, imagínate la tortura. Cada una amando intensamente a la otra, cada una deseando las caricias de la otra, cada una poco dispuesta o incapaz de acercarse a la otra. Al final, una de las dos acabará por dejar a la otra.

—Jojojo, me gusta cómo piensas, tío. Y cuando ya no estén juntas, yo puedo intervenir y llenar el vacío de Xena. —A Ares le brillaron los ojos—. Cuántas cosas tengo que planear...

Artemisa, al ver a los dos hombres cuchicheando muy sonrientes, cogió a Afrodita del brazo y le susurró ásperamente:

—¿Y si esto sale mal? ¿Y si esos dos encuentran una manera de estropearnos los planes? No puedo perder a Gabrielle. Mis amazonas la necesitan. Y ella necesita a Xena.

—Misa, nena, te estresas demasiado. Tranqui, tengo un plan para nuestra pequeña aficionada al cuero. —Los ojos de la diosa soltaron un destello y sonrió.

—Oh, ¿en serio? —Artemisa enarcó las cejas con un gesto que le habría resultado muy familiar a la bardo en cuestión.

—Está bien, gente, ¿vamos a hacer esto o vamos a quedarnos aquí sentados a planear la destrucción del cosmos? —exclamó Hades para llamar la atención de todos.

—¡Vamos allá! —gritaron los dioses a la vez, cada uno de ellos convencido de que iba a ganar.

Con los diversos destellos, humaredas, olas y demás efectos especiales innecesarios que cada dios o diosa empleaba para aparecer, uno por uno, Ares, Artemisa, Poseidón, Afrodita y, por fin, Hades dejaron la guarida del dios del mar y reaparecieron en el telar de las Parcas.

Cloto, la joven del trío, apartó la mirada de su trabajo, le soltó una risita a Ares, que le guiñó un ojo, y reanudó la tarea de devanar los hilos de la vida. Átropos, la anciana, gruñó ante la invasión de tantos huéspedes no deseados y se puso a afilar sus tijeras. Laquesis, diosa madre, dejó de tejer y miró a Hades.

—¿A qué debemos el placer de una visita de tantos olímpicos?

—¡Oh, chachi, no se van a poner a hacer eso de cantar a trío que te deja más confusa que el Tártaro! —exclamó Afrodita encantada.

—Laquesis, tenemos... tengo que pedirte un favor. —Hades sonrió afectuosamente.

—¿Y de qué se trata? —Laquesis se cruzó de brazos, esperando.

Poseidón se adelantó, curvó la mano e hizo aparecer un globo lleno de agua inmóvil. Dentro del globo, la imagen detenida de la lucha a vida o muerte de Xena y Gabrielle se formó ante los ojos de todos. Hades señaló la imagen.

—Estamos preocupados por el destino de cierta bardo. Ares quiere quedarse con la guerrera, por lo que matar a la bardo, según él, le devolvería a Xena. Poseidón desea castigar a la guerrera por una serie de ofensas y cree que matando a su amiga lo conseguirá. Pero Artemisa se opone violentamente a perder a su reina amazona y, aparte de para apoyar a su hermana, no sé muy bien por qué está aquí Afrodita.

—Pues es evidente, tío lúgubre, si Xena y Gabrille se hacen amantes, yo seré la responsable de algunos de los poemas de amor más bellos desde Safo. —La diosa le guiñó un ojo a Laquesis—. Tengo la sensación de que al mundo no le vendría mal un poco de inspiración nueva.

—No obstante —continuó Hades—, todos hemos acordado acudir a vosotras, las tejedoras del destino de todos los hombres, para descubrir si lo que dice Afrodita es cierto. Deseamos saber si Xena y Gabrielle van a ser amantes.

—Ahh. Deseáis ver cómo se entretejen sus hilos en el Tapiz. Está bien. Os concederé echar un vistazo. Pero no debéis tocar el Tapiz —les advirtió Laquesis con severidad. Llevó a los cinco dioses a la sala del Tapiz y les mostró dónde podían situarse de pie o sentados, pero no en medio. Luego fue palpando el Tapiz hasta que encontró los hilos que todos habían venido a ver.

—Aquí estamos. —La tejedora les mostró dos hilos. Uno era de muchos tonos dorados, el otro de tonos negros y profundos azules—. Este hilo claro —mostró el hilo amarillo—, es la vida de la bardo. Éste —cambió de hilo—, es la guerrera. —Los dioses siguieron mirando mientras ella procedía a mostrarles cómo y en qué punto del Tapiz había empezado cada hilo. Todos vieron cómo el hilo de Xena había comenzado de color azul celeste que poco a poco se había oscurecido hasta hacerse negro, y cómo el de Gabrielle había empezado de un color casi blanco que se había ido poniendo más dorado.

En un punto del Tapiz, sus hilos se habían unido y cada uno había adquirido un poco del color del otro. El de Xena se había hecho más claro y el de Gabrielle se había oscurecido.

—Como veis, cada mujer ha tenido un profundo efecto en la vida de la otra. Es fácil ver que sin Gabrielle, Xena habría continuado por su camino oscuro. Igual que Gabrielle, sin Xena, nunca habría tenido la oportunidad de ser la bardo que es ahora.

—Por educativo que esto sea, Laquesis, no responde a la pregunta. ¿Están la bardo y la guerrera destinadas a ser amantes? ¿Xena ama a Gabrielle? —dijo Ares con desprecio.

La señora del destino cerró los ojos y sujetó los hilos tejidos de la vida un momento, concentrándose. Cuando los volvió a abrir, se giró y sonrió con aprecio a Afrodita.

—Bonito trabajo, Dita. Casi se me escapa.

—Naturalmente. —La diosa lanzó la cabeza hacia atrás, golpeando a Ares en la cara con sus dorados cabellos rubios—. Sabes, con eso de tener que mantener al resto del mundo en la cama y tal, no estaba segura de si iba a poder conseguir alguna vez que doña cueros se enamorara. Es sorprendente que lo único que hacía falta era una moza de pueblo como Gab.

Hades sonrió de nuevo a Laquesis.

—Te agradezco tu ayuda, señora tejedora. Bueno, Poseidón, ¿vas a mantener tu palabra y vas a dejar en paz a la bardo y a la guerrera?

Soltando destellos por los ojos al oír el insulto apenas disimulado, el dios del mar replicó ásperamente:

—Por supuesto.

Ares pareció enfermo por un momento, con la cara normalmente bronceada teñida de un tono verdoso, luego tragó y murmuró:

—Supongo que yo también retiraré mi voto a favor de la muerte de esa puta parlanchina.

Artemisa, que había estado congratulándose en silencio con Afrodita, levantó la mirada al oír lo que decía su hermano. Congestionada, gruñó:

—¡Retira eso, escoria asesina! —Y luego tumbó al dios de la guerra de un puñetazo. Ares sonrió con regocijo cuando la sed de sangre empezó a cantar en sus venas. Desenvainó la espada y se puso a dar vueltas en torno a su hermana.

—Oh, cuánto tiempo llevaba esperando esto, hermana querida —canturreó al tiempo que se frotaba la mandíbula.

—No el suficiente, víbora —gruñó Artemisa al tiempo que ella también preparaba su arma. Ares atacó por abajo y deprisa, moviendo la espada contra las piernas desprotegidas de la diosa, pero Artemisa lo estaba esperando. Justo cuando la espada de la guerra le rozaba el muslo, se echó hacia atrás y le pegó una patada en redondo a su soberbio hermano y su pie produjo un sonoro ¡CRAC! al impactar con su cráneo. Ares se tambaleó, atontado, luego sacudió la cabeza y se echó a reír.

—Tendrás que hacerlo mejor para vencerme, zorra —rugió y blandió la espada para encontrarse con su lanza. Ambas armas soltaron chispas. Ares avanzó hacia Artemisa y le dio un puñetazo en la cara, haciéndola sangrar. Artemisa sacó la lengua de la boca, saboreando su propia fuerza vital. En sus ojos asomó una expresión salvaje y saltó, enloquecida, contra la figura satisfecha de su hermano. Haciendo girar la lanza como una vara de combate, pasó el extremo por detrás de la cabeza de Ares y lo golpeó con fuerza al tiempo que le pegaba una patada, bien sólida, en su divinidad.

El dios de la guerra soltó un grito de dolor y se empezó a desplomar de rodillas, soltando la espada. Al verlo, los demás dioses decidieron evitar más combates y agarraron a la vengativa cazadora. Ares, sujetándose la entrepierna, miró a los ojos enloquecidos y sedientos de sangre de Artemisa y bufó:

Jamás olvidaré esto, hermana. —Y se desmayó.

Artemisa se derrumbó en brazos de Afrodita.

—¿Qué he hecho? —gimoteó y hundió la cabeza entre las manos.

—Misa, cariño, no has hecho nada. Ares se ha llevado su merecido. —Afrodita dio unas palmaditas a la desconsolada diosa en el hombro.

—Sí, hasta yo estoy de acuerdo con que mi sobrino se ha pasado de la raya al llamar puta a la bardo —gruñó Poseidón.

—Tal vez deberíamos regresar todos a nuestros hogares y dejar que el resto del día pase apaciblemente —sugirió Hades.

—Buena idea —murmuró Laquesis secamente—. Tengo trabajo que hacer.

Poseidón asintió.

—Sí, yo también tengo cosas que hacer. —Cogió en brazos la figura aún inconsciente de su caprichoso sobrino y se derritió en un charco que no tardó en desvanecerse.

Afrodita se ocupó de Artemisa.

—Oye, nena, ¿qué tal si me enseñas a disparar ese arco? No puedo consentir que mi hijo se lleve toda la gloria.

La amazona sonrió un poco y las dos diosas desaparecieron con un brillante estallido de luz.

Hades le cogió la mano a Laquesis y depositó un tierno beso en su palma.

—Querida mía, como siempre, ha sido un placer inmenso trabajar contigo.

—El placer ha sido mío, Hades. Saluda a Perséfone de mi parte. —La tejedora de las Parcas sonrió afectuosamente al dios de la muerte.

—Por supuesto —contestó él mientras su imagen se desvanecía.

Una vez más Laquesis cogió los hilos de la humanidad y se puso a tejer. Cuando colocaba de nuevo los hilos de Xena y Gabrielle en el Tapiz, murmuró por lo bajo:

—Oh, cómo espero que esto funcione. La guerrera y la bardo se merecen toda la felicidad que puedan encontrar en la vida.


—Aguanta, Gabrielle, ya te tengo —le gritó Xena a la asustada joven. Gabrielle levantó la mirada y quedó capturada por la expresión resuelta de los claros ojos azules de Xena.

Cuando la guerrera cogió a su mejor amiga entre sus brazos, Gabrielle susurró:

—Confío en ti, Xena, sé que no me dejarás caer.

A Xena se le encogió el corazón dolorosamente en el pecho al oír esas palabras. Gabrielle rodeó el cuello de Xena con los brazos y se agarró a ella como a un clavo ardiente. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Xena levantó el peso de las dos hasta la cubierta bamboleante del barco sacudido por la tormenta. En el momento en que sus pies tocaron las tablas de madera, el barco se enderezó y el mar se calmó milagrosamente.

—¿Pero qué...? —exclamó Gabrielle confusa, mirando a su alrededor sin dar crédito.

—No lo sé, Gabrielle, y no sé si quiero saberlo en estos momentos. ¿Qué tal si vamos abajo y descansamos un poco? —La mujer que sabía hacer muchas cosas se desató la cuerda de la cintura y enrolló su látigo.

—Sí. Me parece buena idea. —La joven amazona se frotó la muñeca, donde el cuero había dejado una marca profunda y en carne viva. Los ojos de Xena captaron el movimiento de la mano de Gabrielle y cuando vio la herida, sofocó una exclamación.

—Oh, Gabrielle, cuánto lo...

—No lo digas, Xena. Me acabas de salvar la vida, ¿recuerdas? —Se miró la muñeca, girándola de un lado a otro—. Creo que podré vivir con una pequeña rozadura de látigo.

Xena asintió ante la lógica de la bardo.

—Así y todo, deja al menos que te la lave y la vende.

—Sólo si tú me dejas que te dé un masaje en la espalda —contestó Gabrielle—. Sé que los hombros te tienen que estar matando.

—Hecho. —Xena rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo mientras se dirigían bajo cubierta hacia el camarote que compartían.

Una vez dentro, Gabrielle emprendió despacio la tarea de recoger la estancia sacudida por el mar mientras Xena hurgaba en sus alforjas en busca de medicamentos y vendas. Dejando el botiquín junto a la cama, Xena llenó un cuenco de agua y le hizo un gesto a Gabrielle para que se sentara.

—A ver, deja que le eche un vistazo.

La bardo sonrió ligeramente y se sentó en el borde de la cama.

—Qué raro, pero no me siento mareada desde la tormenta. Supongo que estar a punto de ahogarse hace olvidar cualquier preocupación, ¿eh? —Se rió nerviosa mientras Xena le cogía el brazo con delicadeza y se ponía a lavar la piel cortada por el látigo. La cercanía de la guerrera unida a su forma firme pero reconfortante de tocarle el brazo a la bardo se fusionó hasta provocar una serie de sentimientos embriagadores que surgían de la boca del estómago de Gabrielle. Jadeó levemente al sentir un chorro de humedad entre los muslos. Oh, no. Ahora no, gimió por dentro.

—¿Gabrielle? ¿Estás bien? —Xena dejó de curarla, temerosa de estar haciendo daño a su amiga.

—¿Eh? Oh, no. Disfrutando de lo lindo —dijo Gabrielle, medio atragantada. La ceja de Xena salió disparada hasta el nacimiento del pelo y estuvo a punto de decir algo, pero se puso de nuevo a atender la herida de la joven. Cuando tuvo el brazo vendado por completo, Gabrielle se levantó temblorosa y murmuró algo sobre ponerse la ropa de dormir. Xena se volvió de espaldas cortésmente para dar a la bardo un poco de intimidad.


—Ah, ah, ah, Princesa Guerrera, eso no puede ser —rió Afrodita desde su sala de visión al ver la escena que se estaba desarrollando en el espejo. La diosa del amor sonrió con picardía y chasqueó los dedos.


Xena volvió la cabeza bruscamente, pues sus sensibles oídos habían captado unos ruidos extraños procedentes del punto donde la bardo se estaba cambiando. Se le cortó la respiración al obtener una vista sin obstáculos del cuerpo desnudo de Gabrielle. Sus ojos absorbieron ávidos el aspecto de sus pechos llenos y firmes, con los pezones arrugados por el frío del camarote. Se deslizaron por el estómago de bellos contornos, cuyos músculos se agitaban de agotamiento, para continuar por los firmes muslos y nalgas. La reina amazona levantó los ojos del morral en el que estaba hurgando y se encontró con la mirada ardiente de Xena. Gabrielle notó un lento rubor que le iba subiendo por el cuerpo ante la mirada fija de la guerrera.

¡Dioses!, pensó, tomando aire bruscamente. Nunca me había mirado así. Se estremeció, ya fuera por el frío o la excitación, no lo sabía a ciencia cierta. Me pregunto si podría... No, no podría, no debería. Suspiró.

—Xena.

—¿Mmm? —contestó la guerrera distraída. ¿Pero qué...? Xena se dio de bofetadas mentalmente. ¡Me he puesto a mirar a Gabrielle como un adolescente! ¡Por Hades! ¿En qué estaba pensando? Evidentemente, en Ulises no, se contestó a sí misma irónicamente. Vale, Xena, deja de mirar a tu mejor amiga. Se supone que estás llorando la pérdida del amor de tu vida. Sí, ya, pensó. Como si un tío machote bastara para que mi corazón se apartara de mi Gabrielle. La guerrera se tragó un suspiro y se dio la vuelta, incapaz de mantener el contacto visual con la mujer que llevaba atormentando sus sueños desde hacía dos años. ¡Pero qué idiota soy!, se regañó a sí misma. Estuve a punto de venirme abajo y decirle a Gabrielle quién era exactamente la persona a la que deseaba cuando me dijo que necesitaba saber lo que sentía por el rey de Ítaca. Quería decirle que era a ella a quien deseaba besar esa noche en el camarote, ella quien deseaba que me siguiera para siempre, a ella a quien yo seguiría para siempre. Pero doy gracias a los dioses por no haber dicho nada. Si lo hubiera hecho, me habría dejado en cuanto llegamos a tierra. Je, es que lo estoy viendo: ¡Xena! Te quiero un montón, pero qué caray, yo no soy Safo. La guerrera echó una mirada a la bella poetisa y una vez más dejó sus pasiones a un lado.

Gabrielle, por su parte, había tomado una decisión. Iba a intentar mostrarle a Xena lo que sentía. No iba a seducir a la guerrera, no era eso lo que quería, no, en cambio, iba a dejar que su cuerpo se comunicara. De modo que, en lugar de ponerse su habitual camisa de algodón, la bardo decidió no ponerse nada en absoluto. Gabrielle miró a Xena, sonrió nerviosa y murmuró:

—Parece que tengo sucias todas las camisas.

Xena, esforzándose valientemente por disimular un rubor al ser pillada mirando, sonrió y respondió:

—Si quieres, te puedo prestar una mía.

—No, no. No pasa nada, Xena. Una tuya me quedaría gigante. Así estoy bien, a menos, claro está, que no te guste que me quede tal y como vine al mundo. —La bardo hizo una pirueta juguetona. La guerrera se atragantó con la respuesta cuando Gabrielle se acercó a ella—. Ahora, vamos a quitarte ese cuero mojado.

A la guerrera se le quedó la boca seca y el corazón le dio varios vuelcos por la multitud de imágenes que le asaltaban la mente. Gabrielle, desnuda, desvistiéndola, dándole un masaje y, tragó con fuerza, durmiendo a su lado. Xena cerró los ojos y luchó por reprimir el gemido que amenazaba con escapársele. El contacto ligerísimo de las manos de Gabrielle en las hebillas de su armadura le puso la carne de gallina por todo el cuerpo.

—¿Xena? ¿Estás lista? —susurró Gabrielle suavemente al oído de la ex señora de la guerra.

Xena abrió los ojos de golpe. ¡Concéntrate! se ordenó a sí misma. Ésta es Gabrielle, no una puta barata de aldea. Recuerda, Princesa Guerrera, ella te dejó a ti por un hombre.

—Sí —replicó con aspereza. Moviéndose para que Gabrielle pudiera alcanzar los diversos cierres y hebillas de su armadura, Xena se concentró en un diminuto nudo que había en la madera del techo. Tan profunda era la meditación en la que se había obligado a sumirse que ni siquiera se dio cuenta cuando las manos de la bella amazona empezaron a untarle aceite caliente por los hombros desnudos. Las manos de Gabrielle al deslizarse por su cuello y su espalda producían una sensación casi divina. La guerrera se dejó tumbar boca abajo en la cama y la joven sorprendentemente fuerte se sentó a horcajadas sobre su espalda.

La estoy tocando. Oh, dulce Afrodita, estoy poniendo de verdad las manos sobre su cuerpo desnudo. Otra acometida de calor que surgía de su estómago se extendió por todo el cuerpo de Gabrielle. Se permitió regodearse en la sensación del cuerpo de Xena bajo los dedos. Se imaginó que los gemidos y quejidos entrecortados que emitía Xena eran los sonidos de una amante, no los de una amiga solamente.

Cuando Xena notó el ligero roce del vello púbico algo húmedo de Gabrielle en las nalgas, tuvo que hacer acopio de hasta el último gramo de determinación que poseía para no darse la vuelta y tomar a la bardo por la fuerza. El placer erótico que le estaban dando las caricias inocentes de Gabrielle bastaba para volverla loca, pero de algún modo, Xena se aferró tercamente a su honor y se mantuvo firmemente plantada sobre su estómago. Sólo al notar que la presión de las manos y el cuerpo de Gabrielle bajaba un poco, al notar que la rodilla de la narradora se colaba entre sus muslos, al sentir el intenso calor que irradiaba del centro de Gabrielle cuando se puso a horcajadas sobre la pierna de la excitadísima guerrera, ésta se decidió a hablar.

—Gabrielle. —Era un graznido, un susurro, casi una súplica.

—¿Mmm? —La voz de la bardo sonaba ligera, distraída. Sus manos continuaron su deliciosa exploración/masaje de la espalda cada vez más tensa de Xena. Ésta carraspeó cuando las manos de la joven se detuvieron justo encima del inicio del firme trasero de la guerrera.

—¿Qué haces? —logró decir Xena con voz ahogada. Temerosa de haberse traicionado, Gabrielle estaba no obstante decidida a terminar lo que había empezado.

—Te estoy dando un masaje en la espalda, como te había prometido. —La bardo hizo uso de su formación y obligó a su voz a sonar neutra. Habría funcionado si su cuerpo no hubiera elegido ese momento para traicionarla. Un músculo de su muslo izquierdo se contrajo con un espasmo e hizo que la pierna le saliera disparada hacia delante con fuerza, hundiendo la rodilla directamente en el sensibilísimo centro de Xena. Al mismo tiempo, su propia vulva palpitante entró en sólido contacto con la parte de detrás del muslo de Xena. Ambas mujeres gritaron por la dulzura del placer/tortura/dolor/alivio que atravesó a cada una de ellas de parte a parte al tener un orgasmo.

Pasó un buen rato mientras la guerrera y la bardo luchaban por recuperar el aliento. Los pensamientos de Xena eran un torbellino. Está tan húmeda, es tan suave, la deseo, oh, cómo la deseo. La necesito, la, la, ¡la amo! El sonido de unos sollozos atravesó la neblina emocional de su cerebro. Xena se dio la vuelta para colocarse boca arriba y descubrió a Gabrielle de rodillas en el suelo, acurrucada y hecha un mar de lágrimas.

—Gabrielle... —Alargó la mano hacia la desolada mujer.

—No, Xena. Lo, lo siento. Esto, yo, ¡no tenía que ocurrir así! —exclamó. Xena cogió entre sus brazos a la mujer a la que por fin había reconocido que amaba por encima de cualquier otra persona y la acunó dulcemente, murmurando naderías para calmar el llanto de la bardo.

—Sshhh. Tranquila. Ha ocurrido y no me disgusta que haya ocurrido. Te amo, Gabrielle. —Sus propias lágrimas se unieron a las de la bardo. Gabrielle levantó la cabeza y sus ojos verdes llenos de lágrimas se encontraron por fin con los amorosos ojos azules de Xena.

—¿Lo estás? Digo, ¿me amas? Digo, oh, por Hades, Xena, yo también te amo. Desde siempre. Te deseo. Te necesito. Guerrera mía. Quiero que seas mi Princesa Guerrera. Mi amante. Mi compañera, mi esposa. —Todas las emociones acumuladas de la bardo se desbordaron explosivamente, pues el dique mental se había desmoronado ante la revelación por parte de la guerrera de sus sentimientos.

Xena respondió a las palabras de Gabrielle de la única forma que pudo. Cogió entre sus manos la cara de la mujer de cabellos de puesta de sol y la besó, prometiendo a su amor todo lo que quería y más.


En el Monte Olimpo, Afrodita y Artemisa chocaron esos cinco y exclamaron:

—¡Fantástico!

En otro lado, Ares meditaba malhumorado, planeando su venganza contra la hermana que lo había humillado y contra su reina mascota que le había arrebatado su mayor tesoro. Llamando a uno de sus siervos, el dios de la guerra envió un mensaje a un viejo amigo.


Laquesis estaba añadiendo los hilos de unos mil quinientos recién nacidos cuando descubrió el nudo enmarañado que había en el Tapiz. Al sentarse, atónita, el hilo que era la vida de Gabrielle, bardo, amazona y reina destinada un día a unir a toda la Nación Amazona, poco a poco se fue desvaneciendo del tejido. Otros hilos se desvanecieron también y otros aparecieron para ocupar su lugar. Hilos oscuros en lugar de claros, almas malvadas en lugar de buenas, y en el centro del mal estaba Xena, la Princesa Guerrera, Conquistadora del Mundo.

—No —susurró—. Esto no tiene que pasar. —La tejedora cerró los ojos, se concentró un momento y envió una breve súplica psíquica a Hades.


El dios de la muerte estaba furioso. Todos los planes que habían hecho Laquesis y él habían quedado destruidos por los deseos infantiles de su sobrino Ares.

—¡Gran Zeus! ¿Cuándo aprenderá ese chico que no puede tener todo lo que quiere? —vociferó, y sus gritos enfurecidos estremecieron los cimientos del Tártaro.

—Hades, cariño, tranquilízate. Seguro que encontramos la forma de contrarrestar esta nueva dificultad. —Perséfone, la amada esposa de Hades, puso una mano tranquilizadora en el hombro de su marido.

—Sefi, no lo entiendes —gruñó—. Esta vez Ares ha cambiado la historia.

—Mi amor, corrígeme si me equivoco, pero una vez ha manipulado fuerzas ajenas a su propia esfera, ¿no ha dejado abierto el camino para que tú hagas lo mismo? —preguntó dulcemente—. Al fin y al cabo, Cronos también te debe a ti un favor o seis... —añadió coquetamente.

—¡Claro! Oh, Sefi, eres genial y te adoro. ¿Qué haría yo sin ti? —El pésimo humor de Hades desapareció al oír lo que decía su esposa y le sonrió amorosamente. Ella le correspondió con una sonrisa que iluminó aún más su corazón y supo que de algún modo, de alguna manera, conseguiría deshacer el enredo de Ares.


La aldea era una ruina humeante. Había cuerpos tirados entre los escombros, algunos llorando débilmente, otros exhalando su último suspiro en el silencio y la sangre mientras la señora de la guerra contemplaba su conquista. Xena estaba montada en su corcel negro como el carbón y sonrió burlona. ¿Así que esto era Potedaia? Mmff. Pues no ha sido un gran desafío. Me pregunto por qué se ha empeñado tanto Ares en que lo destruya. Ah, bueno, da igual. Ahora sólo es una aldea muerta más. Su sonrisa burlona se convirtió en una sonrisa de oreja a oreja. Y encima rica. La guerrera puso al trote a su caballo y regresó donde estaba acampado su ejército. Ares la estaba esperando en su tienda cuando volvió.

—Buen trabajo, elegida mía —canturreó, rodeando con sus poderosos brazos su cuerpo manchado de sangre y hollín. Los ojos de ella soltaron un destello al oír la alabanza.

—Todo para mayor gloria tuya, mi amor —replicó. Se le cortó la respiración cuando el dios de la guerra empezó a mordisquearle el lóbulo. Se dejó dominar por la lujuria del combate y tiró hábilmente a Ares boca arriba y cayó encima de él.

Ares estaba en Elisia. Había recuperado a su señora de la guerra Xena. Sonrió ferozmente al mirar su propio cuerpo, ahora desnudo, y ver los negros cabellos de su Princesa Guerrera cubriéndole los muslos. Se le escapó de la garganta un gruñido de pasión al sentir que los labios de Xena se cerraban en torno a su divinidad. Oh, sí, pensó, ahora he ganado. Te doy las gracias, Zeus, por mi hermano Cronos. Estuvo a punto de echarse a reír. Había sido tan simple, casi como un juego de niños, conseguir que el dios del tiempo retrocediera y retocara la historia. No había pedido mucho. Sólo que el señor de las arenas se asegurara de que cierta bardo no llegara nunca a nacer. En medio de la tormenta de su orgasmo, se regodeó en la ironía de cómo había hecho que la propia Xena destruyera el hogar de su "amada". Era verdaderamente dulce, esta victoria.

Mientras yacían juntos más tarde, Xena murmuró en el pecho de Ares.

—¿Qué es lo siguiente, mi señor?

Ares se rió entre dientes.

—Xena, eres maravillosamente insaciable. Sin embargo, ya que me lo preguntas tan cortésmente, te contestaré. He pensado que a lo mejor esta vez te gustaría enfrentarte a un pequeño desafío.

—Mmmm. Me encantan los desafíos —replicó ella sensualmente.

—Bien. Porque para tu siguiente conquista, quiero que te enfrentes a la Nación Amazona.

A Xena se le dilataron los ojos, pero no permitió que su dios viera su sorpresa.

—Como desees, mi amor —susurró y atrapó sus labios como preludio para otra sesión de amor.


—¿Cómo has podido dejar que te manipulara de esa forma? —quiso saber Hades.

—Lo siento muchísimo. No lo sabía. —Cronos agachó la cabeza y en su suave voz se advirtió la vergüenza. Hades se puso a dar vueltas por la sala.

—Bueno, ¿puedes volver y dejarlo todo como estaba?

Cronos se hundió en su silla y meneó la cabeza tristemente.

—Por desgracia, no. Si vuelvo a cambiar la línea del tiempo, podría haber graves repercusiones.

Hades apretó el puño y lo estampó en la pared. Trozos de ladrillo y estuco se soltaron cuando sacó la mano y la bajó.

—¡Caca de cíclope! —exclamó enfurecido, luego se sentó en la silla frente a Cronos y se puso la cabeza en las manos. El dios rubio se devanó los sesos buscando una forma de cambiar el pasado.


Xena estaba encantada de la vida. Tenía a su ejército a la espalda, el viento en el pelo y la sangre de sus enemigos en la espada. La conquista de la Nación Amazona había sido casi demasiado fácil. Había marchado con su ejército hasta sus fronteras y había desafiado a cualquiera que quisiera luchar con ella. La reina Melosa fue facilísima de matar. Su sucesora, Velasca, patética. Sin embargo, estaba un poco descontenta por haber tenido que decapitar a la bella Ephiny. Cuando hubo derrotado a todas las que estaban dispuestas a enfrentarse a ella, declaró suyas las tierras y a las personas. Sus hombres estaban ahora ahí fuera, dando caza a todas y cada una de las mujeres y niñas amazonas para venderlas como esclavas. La guerrera sabía que iba a perder a algunos hombres, pero estaba preparada para aceptar esa pérdida. En realidad sería beneficioso para ella. Una manera de acabar con los débiles y esas cosas.


Afrodita abrazaba a la figura derrotada de su hermana. Las lágrimas de Artemisa empapaban la tela diáfana del vestido de la voluptuosa diosa.

—Oh, nena. Qué mal rollo —susurró entristecida.

—Lo ha hecho. Ha destruido a mi pueblo —sollozó Artemisa. A Afrodita no se le ocurría nada que decir para animar a su hermana. Ella misma estaba absolutamente cabreada. Igual que Artemisa había perdido a su nación, ella había perdido a las portadoras del amor más grande que había existido desde el inicio de los tiempos.

—Ojalá te quemes en lo más profundo del Tártaro, Ares —gruñó en el cabello castaño de la diosa de la luna.


Lyceus dejó de limpiar el mostrador cuando el desconocido encapuchado entró en la taberna. Cyrene sonrió acogedora al hombre y corrió a la cocina para empezar a preparar la cena.

—Te deseo un buen día, viajero —sonrió Lyceus.

—Y yo a ti, posadero —replicó el hombre con voz áspera.

—¿Te puedo ofrecer algo para quitarte el polvo del camino de la garganta?

—Cerveza, por favor. —El hombre se quitó la capucha, revelando un rostro juvenil. Se acomodó en una banqueta del mostrador y bebió un buen trago de la jarra de espumosa cerveza marrón que Lyceus le puso delante—. Está buena —sonrió al posadero.

—La he hecho yo mismo.

—Pues qué bien sienta. Dime, tú no sabrás dónde puedo encontrar al hombre al que llaman Lyceus, ¿verdad?

—Yo soy Lyceus. ¿Qué quieres? —Los ojos de Lyceus se estrecharon con desconfianza.

—¿Eres hermano de Xena, la princesa guerrera?

—Sí, ¿qué pasa? —gruñó el tabernero.

—Eh, tranquilo, amigo mío. Sólo quiero hablar. ¿Tienes un sitio privado donde podamos ir? —El hombre miró con intención a Cyrene, que había entrado con una fuente cargada de comida.

Lyceus reflexionó un momento sobre la petición del desconocido y replicó:

—Sí, reúnete conmigo en las cuadras dentro de una marca.

El desconocido se comió la cena, pagó la cuenta y se fue.


Con cautela, Lyceus fue a las oscuras cuadras. Cuando estaba a punto de darse la vuelta, una mano cayó de repente sobre su hombro y lo metió bruscamente en el edificio. Se volvió en redondo, alzando los puños para protegerse. La voz del desconocido flotó en la oscuridad.

—Conmigo no corres peligro, Lyceus, hermano de Xena.

—¿Qué quieres? —En la voz de Lyceus se advertía apenas un atisbo de temor.

—Tengo que pedirte un favor... —empezó Hades, que se reveló en su auténtica forma. Durante la hora siguiente, el dios explicó al atónito, asustado y por fin furioso Lyceus las razones que tenía para acudir a él.

Lyceus se quedó pasmado. Nunca en toda su vida había esperado o pedido la atención de los dioses. Ahora no sólo contaba con su atención, sino que querían que les hiciera un favor. No sólo querían un favor, sino que le estaban pidiendo que hiciera el sacrificio supremo. Querían que muriera.

—Lo que pasa es lo siguiente —había dicho Hades—. Cronos ya ha hecho lo que ha podido con la línea del tiempo y ahora Zeus nos ha prohibido manipular el continuo temporal. Sin embargo, no ha dicho que no podamos pedirle a un mortal que entre en los portales y corrija la historia. Sé que te lo estoy pidiendo todo, Lyceus, pero no sé a quién más acudir. Hay que detener a Ares. Hay que detener a Xena. Antes de que lo perdamos todo.

Lyceus tragó saliva nervioso. ¿Podía hacerlo? ¿Podía renunciar a la vida por millones de personas? Nunca se había considerado un héroe. No era ningún Hércules. Entonces pensó en su hermana. En la zorra malvada y asesina de su hermana. Y comparada con la destrucción que sabía que había causado e iba a causar, su vida no era nada.

—Lo haré.

—¿Qué? —Hades no daba crédito a sus oídos.

—He dicho que lo haré. Salvaré a la bardo.

Antes de que el mortal pudiera cambiar de idea, Hades se sacó un pequeño talismán con forma de reloj de arena de los pliegues de su manto.

Entregándole el reloj dorado a Lyceus, le dijo:

—Este talismán tiene tres poderes. Uno: para llevarte al punto en el tiempo al que necesites ir. Dos: para devolver al Tapiz su diseño original. Y tres: para ocultar tu presencia a Ares. Para activarlo, sólo tienes que tocarlo.

Lyceus alargó una mano temblorosa hacia el dios de la muerte. Cuando sus dedos entraron en contacto con el reluciente reloj de arena metálico, el mundo se detuvo. En cuanto el tiempo empezó a repararse, Hades sonrió malévolamente.

—Ares, querido mío, nunca tendrías que haberme jodido.

Tomó nota mental para asegurarse de que Lyceus quedaba cómodamente instalado en los Campos Elíseos.


Ares estaba gozando de las atenciones amorosas de su Princesa Guerrera cuando el universo se disolvió. La rabia, el odio y la pérdida embargaron su voz al gritar:

—¡NO!


Cuando su beso terminó, ambas mujeres tuvieron la extraña sensación de que por alguna razón el amor que sentían la una por la otra era lo correcto. Gabrielle contempló los intensos ojos azules de Xena y por primera vez vio reflejados en ellos sus propios deseos, reprimidos durante tanto tiempo. La guerrera alargó una mano vacilante y apartó un mechón de pelo cobrizo de los ojos de su bardo. A Gabrielle se le detuvo el corazón ante la exquisita ternura del gesto de Xena.

—Xena... —La voz de la bardo era apenas un susurro—. Xena, te amo.

—Lo sé, Gabrielle. Yo también te amo. —Sin dejar de enredar los dedos en el pelo de la amazona, la guerrera sonrió alegremente a su amor. Gabrielle alzó la mano y tocó el rostro de Xena con la punta de los dedos.

—Oh, dioses, esto es real. —Se le aceleró el pulso al entregarse a su mayor fantasía. Colocando la mano detrás de la cabeza de Xena, acercó a la mujer de sus sueños y la besó. Juntó sus labios con los de Xena, con suavidad al principio, más fuerte cuando oyó los ruiditos de placer que emitía la garganta de la guerrera. Xena abrió un poco la boca y Gabrielle aprovechó para meter la lengua en la boca de la mujer de más edad. La joven bardo estuvo a punto de tener otro orgasmo por la intensidad de la sensación de enredar su lengua con la de Xena. Gimotéo entrecortadamente—: Xena, por favor, te necesito. Ámame.

La súplica nacida de la pasión movilizó a la reticente guerrera. Tumbando a Gabrielle en la cama, se puso a cubrir de besos cada centímetro de piel cremosa. Cuando llegó al tenso pezón del pecho de la bardo, se metió despacio la carne prieta en la boca. Al tiempo que acariciaba con la lengua la punta del pezón de Gabrielle, cogió con la mano el otro pecho y apretó y acarició el suave montículo. Los gemidos de pasión de Gabrielle se hicieron cada vez más jadeantes mientras Xena seguía haciendo el amor a sus pechos. Gabrielle enredó los dedos en los cabellos negros como ala de cuervo de su amante. Empujando la cabeza de su guerrera hacia el centro líquido de su deseo, Gabrielle susurró:

—Por favor.

Xena accedió a los deseos de su amante y a sus propios deseos, y bajó por el cuerpo empapado en sudor de la bardo, mordisqueándolo y lamiéndolo. Rodeando las caderas de Gabrielle con los brazos, Xena levantó a la bardo y hundió la lengua hambrienta en el volcán en erupción que era la esencia de su amante.

A Gabrielle se le quedó la mente en blanco por el contacto indescriptible de la boca de Xena en su centro, una aurora boreal de colores explotó en sus ojos cuando la lengua de la guerrera empezó a aplicar largos y lentos lametones por la hendidura que tenía entre los muslos y cuando la guerrera cerró la boca sobre la protuberancia dura como una piedra que era el punto central del éxtasis de Gabrielle, ésta gritó.

—¡Xena!

Xena mordió ligeramente la carne hipersensible, insertó dos dedos en las profundidades de su bardo y se puso a meterlos y sacarlos suavemente, siguiendo el ritmo de la succión que aplicaba con la boca.

Gabrielle enredó los dedos en el pelo de Xena, se pegó todo lo que pudo a la cara de su amante y se dejó arrebatar por una extasiante oleada tras otra de puro placer. Gimió, lloriqueó y por fin, al estallar con un último orgasmo, se incorporó de golpe y tiró de Xena para mirarla a los ojos y exclamar:

—Soy tuya.

Xena acunó a la bardo agotada física y emocionalmente, tarareando suavemente por lo bajo. ¿Cómo he podido estar tan ciega? ¿Cómo no me había dado cuenta de lo que sentía Gabrielle? Nunca más. Jamás volveré a retraerme.

—No, amor mío, yo soy tuya.

Gabrielle miró a su guerrera, con ojos maravillados.

—Xena, la primera vez que te vi, te apoderaste de mi corazón y mi alma, y ahora, con unas pocas palabras, me has entregado los tuyos. Soy... —besó a la guerrera en los labios—, la mujer más afortunada que existe. Ahora, te voy a enseñar lo que he estado soñando durante dos años.

Los dos días restantes que pasaron a bordo del barco de Ulises transcurrieron tan deprisa que Gabrielle se olvidó de marearse.


FIN


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