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Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de MCA/Universal. El resto es culpa de la autora.
Aviso de amor/sexo alternativos: Este fanfic contiene descripciones de carácter sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. No sigáis leyendo si sois menores de 18 años o si esto es ilegal donde os encontréis.
Se pueden enviar comentarios, etc. a: shaych@aol.com

Título original: Answers. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Xena dejó caer el trozo de pergamino medio quemado en su alforja con los dedos flojos. ¿Gabrielle? ¿Enamorada de ella? Increíble. Se atragantó con su propia risa.

—Bueno, Xena la tremebunda, parece que te has estado autoflagelando sin ningún motivo —murmuró, frotándose la barbilla con humor.

Cruzándose de brazos y dándose unos golpecitos en la hombrera con los dedos, reflexionó en voz alta:

—Bueno, Princesa Guerrera, ¿qué vas a hacer? ¿Mmm? Tu mejor amiga, esa misma mejor amiga con la que llevas fantaseando los dos últimos años, está enamorada de ti. —Su cerebro todavía aturdido no daba con una respuesta. ¿Debía correr en busca de Gabrielle y tomarla entre sus brazos? Qué va, por romántico que pareciera, estaba bastante segura de que la bardo acabaría enfadándose al pensar que la guerrera se había entrometido en sus pensamientos más privados—. Tachemos una mala idea. La siguiente —dijo la clara voz de Xena.

Bueno, siempre podía pillarse una buena curda, o hacer como que se la pillaba, y entonces... no, eso se parecería demasiado a una violación. Mmm... Xena dejó vagar la mente sin rumbo mientras cepillaba el pelo de Argo hasta dejárselo reluciente. El caballo, que normalmente debía conformarse con un rápido repaso, disfrutaba enormemente de las divagaciones mentales de su dueña y no consideró conveniente distraerla.

Un leve rumor interrumpió los pensamientos errantes de la guerrera, que se giró en redondo, cambiando la posición de la almohaza entre los dedos para lanzarla contra el intruso.

—Genial. Ahora intentas atizarme con el cepillo de Argo. Es genial, Xena. Cuando no estropeas nuestros utensilios de cocina, estropeas nuestras herramientas —dijo Gabrielle sarcásticamente al entrar en el campamento, con los brazos cargados de paquetes. Xena se rió por lo bajo y guardó la almohaza en la alforja. Argo suspiró al ver cómo acababa su buen rato.

—Perdona, Gabrielle. Tal vez deberías aprender a no acercarte a mí furtivamente. —Xena fue hasta ella y se sentó en un cómodo tronco colocado junto al fuego.

—No me he acercado furtivamente, Xena. He entrado de la forma más normal del mundo. Además, ¿cómo podría acercarme furtivamente a nada, con todo esto? —La bardo levantó los brazos para indicar los paquetes con los que iba cargada. Luego se sentó en otro tronco y se puso a abrir los paquetes como una niña en el solsticio.

—¿Qué es todo eso?

—Estos, amiga mía, son unos regalos de las amazonas. En su mayoría comida, pero también hay otras cosas. Incluido algo para ti. —Gabrielle sonrió al ver la expresión algo sorprendida de Xena—. Eponin pensó que te podrían venir bien unos trozos de cuero bien curado como remiendos para tu traje de combate.

—Ahh. Por supuesto. Tengo que acordarme de darle las gracias. —Xena aceptó el grueso rollo de suave cuero marrón. Gabrielle dejó dos de los paquetes a su lado y abrió el tercero y último. Con cuidado, vació el contenido del saco de arpillera. Más pergamino, plumas y tinta, así como otra falda marrón... ¿y qué era esto? Un destello de tela azul verdosa llamó la atención de Xena—. Oye, ¿qué es eso de ahí?

—Nada importante. Cosas para escribir, una falda nueva, ah, y un corpiño nuevo. Ephiny dijo que lo había hecho para mí, comentando no sé qué de que el "verde bilioso" no es mi color. —Gabrielle le mostró la nueva prenda de ropa. Cortada con un estilo parecido a su habitual corpiño verde, su color resultó ser una mezcla de tonos variados de azul y verde con las mangas, el cuello y la cintura rematados con una estrecha banda de adornos dorados—. A mí me parece un poco pretencioso, pero a lo mejor me lo pongo para las fiestas o cosas así.

—Es precioso —fue el suave comentario de la guerrera. Al otro lado del fuego, los ojos de Xena soltaron un destello al imaginarse a su bardo vestida con la hermosa prenda.

—¿Tú crees? A lo mejor debería probármelo. —Gabrielle acarició el suave algodón del corpiño. Mmm... tal vez Ephiny tenía razón a fin de cuentas al proponer un cambio de vestuario.

—Me gustaría.

—Vale. Pero sólo por ti, Xena. —Gabrielle sonrió tímidamente y empezó a soltarse el corpiño verde. Xena se quedó sin aliento cuando los pechos de la bardo se liberaron de su prisión de tela. La ya conocida sensación de calor entre las piernas, unida al conocimiento de que Gabrielle la deseaba tanto como ella a la bardo, hizo que Xena se echara hacia delante en su asiento y que luego se levantara cuando Gabrielle se puso en pie para dejar caer el corpiño al suelo. Ahora medio desnuda, la bardo examinó el nuevo corpiño. Al contrario que el viejo, éste se ataba a la espalda, de modo que aflojó los cordones lo suficiente para metérselo por la cabeza. Cuando estaba a punto de hacerlo, notó unas manos cálidas y callosas que le cogían los pechos. La voz jadeante de Xena en el oído le impidió pronunciar cualquier palabra que pudiera haber dicho.

—Gabrielle... ¿tú... deseas esto... tanto como yo?

Sabiendo que se había quedado sin voz y notando que se le aceleraba el corazón cuando los dedos de la guerrera trazaron pequeños círculos alrededor de sus sensibilísimos pezones, la bardo asintió sin decir palabra.

—Bien —gruñó Xena—, porque ahora ya no hay forma de que me detenga.

Recuperando la voz por fin, Gabrielle dijo sin aliento:

—Pues no lo hagas.

El corpiño nuevo cayó, olvidado, al suelo del bosque al tiempo que Xena daba despacio la vuelta a Gabrielle para mirarla. Cogiendo la cara de la bardo entre las manos, la guerrera miró a Gabrielle a los ojos durante largos segundos. Justo cuando Gabrielle creía que no iba a poder soportarlo más, la guerrera bajó la boca hasta la de Gabrielle y se apoderó suavemente de sus labios.

El deseo, como un incendio, se extendió rápidamente por el cuerpo de ambas mujeres, transformando la delicada caricia de la pasión en un devorador mordisco de lujuria. Las lenguas chocaron, los dientes afilados se deslizaron por los sensibles labios y las manos encontraron presillas y hebillas, cordones y lazos. Al poco, las dos estaban desnudas, pegadas la una a la otra, tocándose, acariciándose y frotándose. Con una poderosa flexión de sus músculos, Xena levantó en brazos a Gabrielle, sin interrumpir su mutuo ataque oral, y transportó a la que pronto iba a ser su amante hasta su petate.

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle suavemente cuando la mujer con la que sólo había podido soñar iniciaba el proceso de hacer realidad todas sus fantasías.

—¿Por qué qué, corazón mío? —respondió la guerrera roncamente al tiempo que emprendía una exploración del cuello y los hombros de la bardo con la lengua.

—¿Por qué ahora? ¿Qué ha hecho que por fin acudas a ? —Por mucho que estuviera disfrutando de las caricias de Xena, tenía que saberlo. Xena suspiró y dejó de mordisquearla.

Echándose junto a la bardo, cogió la mano de Gabrielle y dijo simplemente:

—Lo siento.

—¿Lo sientes? ¿El qué? —Ahora Gabrielle sintió miedo. Miedo de tal vez haber ahuyentado a la guerrera. Estupendo. Es estupendo. ¿Y ahora qué? Dioses, cómo deseo esto. Pero lo deseo todo. Deseo su corazón, no sólo su cuerpo.

—Es que... mm... bueno, estaba limpiando mis alforjas y... me encontré una cosa.

—¿El qué? —Vale, no soy yo, o al menos, tal vez todavía me desee... ¡Arrrj! Me estoy volviendo loca—. Puedes decírmelo.

—Una hoja de tu diario. —En voz baja, un susurro que reconocía la culpa—. La leí. No quería hacerlo, pero es que no lo reconocí.

¿Una hoja de mi diario? ¿Qué hoja, me pregunto? A menos que... oh, no... ha... oh, dioses... Cerrando los ojos, Gabrielle se mordió el labio para evitar chillar.

—Así que supongo que se ha descubierto el secreto, ¿eh? —dijo la bardo medio atragantada. Adelante. Dímelo. Dime lo idiota que soy por amar a la Princesa Guerrera. Vamos, dilo de una vez para que pueda arrastrarme a algún sitio y morirme... dioses, ¿pero por qué se me ocurrió escribir esa porquería?

La lágrima que resbaló trazando su senda cristalina por la mejilla de Gabrielle estuvo a punto de romperle el corazón a la guerrera. Cogiéndola con la punta del dedo, apoyó los nudillos en la mejilla de la bardo y le levantó la cabeza a Gabrielle para mirarla a los ojos.

—Gabrielle... —empezó.

—No pasa nada, Xena. Ya sé lo que vas a decir. Deja que coja mis cosas y me quitaré de en medio. —Al menos llevo la impronta de sus manos en mi piel. Tal vez eso sea suficiente.

—Yo también te amo —terminó la guerrera, casi demasiado bajo para que los oídos de la bardo lo captaran.

Cuando se estaba volviendo para levantarse, las palabras de la guerrera alcanzaron por fin el corazón de la bardo. ¿Qué? Enmudecida por el pasmo una vez más, Gabrielle dejó de intentar levantarse y casi se desplomó de nuevo sobre Xena. Llorando ahora abiertamente, la bardo se volvió para mirar a los ojos a su amada guerrera.

—¿Tú... me amas? —dijo con la voz quebrada.

—Sí, Gabrielle. Desde siempre.

—¿Siempre?

—Siempre.

Los labios volvieron a unirse. La pasión y el deseo volvieron a encenderse y esta vez, nada se interpuso entre la guerrera y su bardo mientras pasaban la noche entera iluminada por la luna explorando su amor recién descubierto.

Una vez en una noche de luna, liberaste mi corazón.
Una vez en un mar reluciente, me entregaste tu alma.
Una vez en un lugar sin tiempo, me diste el abrazo de tu corazón.


FIN


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