Perspectivas

sHaYcH



Descargo: Esta gente no es mía. Es de MCA/Universal. Pero la historia sí que es culpa mía.
Aviso de sexo/amor alternativo: Si no os gusta la idea de que dos mujeres se puedan amar, buscad entretenimiento en otra parte.
Dedicatoria: Esto es para mi BDW :) Rosas y abrazos, amiga mía. Shay
Si os gusta/lo odiáis, quiero saberlo. Se pueden enviar comentarios a: shaych@aol.com

Título original: Journeys of Perspective. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Me di cuenta de que a Xena le pasaba algo cuando hizo un gesto de dolor. Xena nunca hace gestos de dolor. Muecas, sí, ceños, sin la menor duda. Gestos de dolor, jamás. El dolor no es algo que permita al mundo ver cómo lo sufre, y yo, al ser su mundo, estaba incluida en su estoicismo. Yo me puedo pasar horas quejándome cuando me doy un golpe en un dedo del pie, pero Xena aguanta tranquilamente roces de flechas, cortes de espada y huesos rotos.

—¿Xena? ¿Estás bien?

—No es nada, Gabrielle. —El tono áspero de mi amiga guerrera me impidió seguir indagando. De modo que decidí observarla. Me paso la vida observándola. Cuando cabalga, cuando lucha, cuando duerme. Ella no lo sabe, pero fue la primera vez que la vi dormir cuando me enamoré de ella. No de su poder, aunque su poder me atrae. No de su fuerza, aunque es bien fuerte. No, me he enamorado de la Xena silenciosa, tierna, delicada que se relaja a la luz del fuego, cuando yace en ese lugar que existe entre la vigilia y el sueño. De modo que ahora la observaré y descubriré por qué hace gestos de dolor.


Ha pasado un día. Y otro. Disimula bien sus gestos de dolor, pero yo los capto. Al desmontar, al montar. Al estirarse, al alcanzar algo. Es la espalda, ahora lo sé. Tendría que haberme dado cuenta de que no podía aguantar el peso de un techo entero sobre los hombros sin sufrir algún tipo de lesión.

Fue una cosa muy tonta, en realidad. Estábamos pasando por una aldea y una anciana se acercó a Xena y le preguntó si sería tan amable de bajar a su mejor gallina ponedora del techo de su granero. La verdad es que no era el tipo de heroicidad que todo el mundo se espera de la Princesa Guerrera, pero no tuvo inconveniente en ayudar. De modo que subió por una escalera desvencijada hasta el henil, emitiendo en tonos suaves un remedo humano del cloqueo de una gallina. Vi que caían plumas cuando ella vio que la gallina se movía. Empezó la persecución. Se agachaba y esquivaba las vigas y las tablas del techo y el henil. Sus dedos aferraban el aire, atrapando trozos de plumas. De repente, sus manos agarraron a la gallina por el vientre y la ponedora vociferó a todo volumen su indignación al verse tan rudamente manoseada. Lo cierto es que creo que Xena estaba exasperada, lo cual explicaría su falta de atención. Un ligero estremecimiento de las tablas del henil anunció un peligro que ni siquiera un oráculo podría haber vaticinado. Xena se agachó y me pasó la gallina, que seguía protestando levemente y que yo a mi vez entregué a su agradecida dueña.

Justo cuando mi amiga estaba a punto de bajar por la ajada escalera, oí el crujido. Y ella también. Con un grito sofocado de miedo, frustración y rabia, se lanzó desde el borde del henil, dio una voltereta en el aire y aterrizó directamente detrás de mí.

—¡Al suelo! ¡Ya! —ordenó, al tiempo que me tumbaba de un empujón y me cubría con su cuerpo. Caímos juntas en posición fetal. Yo notaba su respiración entrecortada haciéndome cosquillas en la nuca mientras esperábamos unos segundos eternos a que ocurriera lo que sin duda iba a ocurrir. ¡Crr... AC! El suelo del henil cedió y se derrumbó a nuestro alrededor. Madera, polvo, heno y trozos de la acumulación de años de la granja se desplomaron sobre nuestra cabeza. Y entonces, debido a la pérdida de la estructura sustentadora del tiempo, el techo se derrumbó. Cerré los ojos, susurrando una oración a Celesta para que no me doliera. Pero no sucumbimos a la muerte. Xena protegió mi cuerpo con el suyo. Oí sus gruñidos mientras las vigas de madera caían sobre su espalda y sus hombros. Noté el reguero de serrín que se deslizaba por su pelo y me caía por la cara y oí su respiración. Su respiración regular y constante. Se negaba a ceder, a ser presa del pánico, por lo que yo no podía hacer menos. Mi guerrera era fuerte, por lo tanto yo también.

Los aldeanos sólo tardaron una marca más o menos en desenterrarnos y la anciana granjera no paró de entonar disculpas todo el tiempo que estuvimos sepultadas. Su cántico de "Lo siento, lo siento, lo siento mucho" se iba acercando cada vez más a medida que cada ripia, plancha y trozo de madera, metal y paja eran retirados de nuestros cuerpos encogidos.

Xena debió de saber que estaba libre al sentir el sol en su túnica de cuero, pues saltó hacia arriba, cargando conmigo. Rechazando las disculpas con un gesto y una mirada, Xena fue hasta Argo y dijo con calma:

—Vamos, Gabrielle, todavía nos queda luz. Vamos a aprovecharla.

Yo me planteé la posibilidad de ofrecernos a quedarnos y ayudar a la mujer a reparar su granero destrozado, pero el tono de Xena me indicó que más valía que nos pusiéramos en camino. Sonriendo flojamente a la anciana, que no sabía si debía darnos las gracias o disculparse, recuperé mi vara y me reuní una vez más con mi compañera en el camino.

Eso fue hace una semana. Cada día, sus gestos de dolor son más frecuentes. Se niega a dejar que la toque, esto es algo que sé y que llevo conmigo como un candado que encierra las emociones que luchan por liberarse. De modo que la observo. No está débil. Esta misma mañana, derrotamos a una banda de veinte bandoleros y ella se ocupó de la mayoría de ellos, mientras yo contribuía como mejor puede una simple aldeana con una vara. No me hago ilusiones sobre cuál de las dos está más capacitada para defenderse. Sé que puedo y que estoy dispuesta a defenderme, pero también sé que Xena es mejor guerrera, por no decir la mejor. ¿Pero eso es todo lo que es, una guerrera? Mi corazón ansía conocer a la mujer que he vislumbrado tan pocas veces. Soy su mejor amiga. Eso lo ha reconocido conmigo delante. Al oírlo, suspiré por dentro. Por fuera, estaba encantada de ser objeto de tal honor, pero por dentro, me encogí. Efectivamente, sólo me considera su "mejor" amiga. Y yo sigo soñando con algo más íntimo.


Han pasado ya nueve días desde el accidente. Ya no disimula el dolor delante de mí, aunque sigue fingiendo ante el resto del mundo. Creo que ya es el momento de intentar de nuevo llegar a ella. Hemos acampado cerca de unas colinas rocosas y hay un aroma a mineral en el aire que, según me ha enseñado, indica que hay un manantial caliente en la zona.

—Xena, huele a azufre. ¿Estamos cerca de un manantial? —pregunto, dejando que el cansancio y las agujetas inunden mi voz con más intensidad de la que siento en realidad. Al instante, sus ojos se llenan de preocupación por mí. Por mi bienestar.

—Buen olfato, bárdica amiga mía. Sí, a poco más de un cuarto de marca a pie hay un pequeño manantial. Si te place, podríamos ir allí antes de que cace la cena.

En broma, alargo la mano y le doy una palmada en la pierna.

—¡Si me place! Xena, qué formalidad. Caray. Bueno, ya que estás tan formal, Princesa Guerrera, me place, efectivamente, la idea de un baño caliente. No me vendría mal ponerme a remojo.

Y a ti tampoco, añado mentalmente. Pues tal vez, si consigo que se meta en las aguas calentadas por Gea, pueda deslizarme detrás de ella sin que se dé cuenta y dar a su espalda y sus hombros los cuidados que tanto necesitan.


Una rápida caminata y nos estamos desnudando. Mis dedos vuelan soltando cordones y hebillas y mi ropa cae al suelo hecha un guiñapo a mis pies. Dejo mi vara apoyada en un arbusto cercano y levanto la vista para encontrarme a Xena forcejeando con los cordones de su túnica de cuero.

—Deja, ya lo hago yo.

Nunca me pide que la ayude, pero su silencioso consentimiento es el único permiso que necesito para colocarme detrás de ella y soltar su segunda piel. La capa marrón que la protege se desliza por su cuerpo, cayendo al suelo del bosque acompañada de un leve sonido de succión. Mi cuerpo se muere por besar la carne por la que se desliza el cuero. La boca me sabe a sangre mientras me ordeno con firmeza no pensar en eso. Con el cuerpo liberado de su confinamiento diario, Xena se quita rápidamente el taparrabos y las botas. Desnuda en la oscuridad, ahora veo la contusión verdosa, amoratada y amarillenta que le cubre la mayor parte de la espalda, dibujada a la luz de la luna. Reprimo una exclamación. Si supiera lo que he visto, cerraría las puertas de sus ojos tan deprisa que el aire volvería corriendo a su dueña, aullando por la afrenta sufrida. De modo que me contengo. Entramos a la vez en el agua hirviente de la bañera natural. Hay espacio suficiente para las dos y dos más, pero agradecemos estar solas. Un viento fresco sopla por el valle, dándonos frío al tiempo que el agua nos da calor.

Me quedo a remojo media marca, el tiempo suficiente para que se relaje por completo, antes de deslizarme detrás de ella y tirarla de su asiento, una piedra alisada por el agua.

—Gabrielle, ¿qué Tártaro estás haciendo? —refunfuña al tiempo que se levanta, dándome la espalda, con los hombros a la altura de mis pechos. Me arrodillo en la piedra, rezando para que no me rechace una vez más.

—Te voy a dar un masaje, Xena. Tienes la espalda tan llena de nudos que hasta un pino tendría envidia.

No le doy tiempo de huir ni de negarme el placer de su piel. Mis manos descienden y aferran sus hombros con fuerza, más fuerza de la que pensé que tenía. Cuando mis manos aprietan los nudos de músculos, se tensa y luego, cosa asombrosa, se rinde sin luchar y se relaja bajo mis dedos. Está callada, dejando que le quite los nudos que llevan doliéndole más de una semana. Me envalentono con la exploración de su cuerpo y dejo que mis manos bajen por su espalda con una tenue caricia que no tiene nada que ver con el alivio del dolor. Noto, más que oigo, un gemido que recorre el cuerpo de Xena y oigo un eco del mismo en mi propia garganta. Me acerco más a ella, pegando los pezones endurecidos como guijarros a su espalda, y mis manos, húmedas de agua y de su sudor, le cogen las firmes nalgas y ahora emite un quejido tan cargado de deseo primitivo que sé con certeza que esto era lo que estaba esperando.

De repente, se aparta de mis manos. Abro la boca para quejarme, pero antes de emitir el menor sonido, mis labios quedan cubiertos por una caricia delicadísima de enorme firmeza. Su lengua se cuela dentro y saborea mi paladar y yo caigo en sus brazos. Nunca he aguantado la respiración tanto tiempo. Y justo cuando me dispongo a devolverle el beso, se aparta de mí, arrancando sus labios amorosos de los míos. Me toco la boca dolorida, inmersa en la pérdida de esa sensación por la que podría morir. Nuestros ojos se encuentran. Deseo y... miedo. Me quedo sorprendida al ver esa combinación en el azul iluminado por la luna.

—Xena... —susurro, intentando usar la voz para atraer a la mujer que deseo de vuelta a mí. Ella sacude la cabeza, agitando el pelo negro, y retrocede de nuevo—. ¿Qué?

—No puedo —gime. Y me mira con tal pena que no puedo enfadarme.

—¿Por qué? —Mi cuerpo, mi corazón y mi alma claman por sus brazos. Me tiembla la voz de la necesidad que siento.

—Porque te quiero demasiado para hacerte daño.

—¿Qué? —Ahora perpleja, me acomodo en su asiento vacío.

—Gabrielle, si me... permito gozar de lo que me ofreces, me permitiré amarte como nadie te amará jamás... y entonces... me dejarás. —Habla con tono apagado, como una niña herida que ataca por miedo.

—Yo nunca te dejaría, Xena —digo, y mi propio tono es estridente y cargado de virtuosa convicción.

—Ya lo has hecho, Gabrielle.

Sus ojos aguantan las lágrimas que no derramó entonces. Y recuerdo. Potedaia, Atenas, Pérdicas. La he dejado tres veces. Alargo la mano de nuevo hacia ella, convencida de que esta vez no la voy a dejar. Cuando mis dedos se acercan a su carne, el agua se mueve y caigo hacia delante y mi mano atraviesa el brazo de Xena. ¡¿Qué?! Miro a mi alrededor y el manantial se disuelve...


Me incorporé de un salto en mi petate. Las brasas de la hoguera de la noche anterior se avivaron con una repentina ráfaga de viento. Mi vara estaba a mi lado y Solari roncaba suavemente al otro lado de la hoguera. ¿Xena?, gritó mi mente. Y me acordé. No hubo ningún rescate en un granero, ningún manantial caliente. Nos habíamos peleado. El por qué no lo recordaba, pero sabía que se había ido. Yo volvía con las amazonas, el único lugar que me atrevía a considerar mi hogar, aunque mi auténtico hogar estaba al lado de Xena.

—Oh, Xena... —susurré en la oscuridad—. Yo no te he dejado... tú me has apartado.

El silencio del bosque fue lo único que me contestó.


Solari abrió los ojos y vio a su reina contemplando la fogata de la mañana. Solari no era una amazona feliz. Lo tendría que haber sido, ahora que su amada reina volvía a casa para gobernar, pero sabía que eso era sólo porque Gabrielle no tenía otro sitio donde ir. Maldita Xena. La bardo no había dicho por qué la guerrera y ella se habían separado, pero Solari suponía que tenía algo que ver con la negativa de la estoica guerrera a ver lo que estaba tan claramente escrito en los ojos de la bardo. Gabrielle estaba total y absolutamente enamorada de la Princesa Guerrera y no ver su amor correspondido la estaba matando.

—Buenos días, mi reina.

—Solari. —El tono de la bardo era solemne, carente por completo de su habitual alegría. La guardia amazona tomó una decisión en ese mismo instante. Al diablo las órdenes, iban a volver a Amazonia por la ruta más larga y, por los dioses, iba a descubrir qué había ocurrido para separar a las dos amigas. No tenía ni idea de lo que haría después, pero estaba decidida a intentar ayudar a su amiga.


Viajaron despacio, avanzando por el frecuentado camino que llevaba a Tesalia. Solari intentó en varias ocasiones entablar conversación con la bardo, pero Gabrielle mantenía un terco silencio. Hacia mediodía, pasaron por una aldea. En el pueblo no se paraba de hablar de una guerrera de pelo negro que acababa de marcharse después de rescatar a un gato que se había quedado atascado en un pozo. Nadie había esperado que la taciturna mujer se arriesgara a quedarse atrapada en la única fuente de agua de la aldea, pero se encogió de hombros y dijo:

—No puedo permitir que una cosita tan pequeña sufra.

Y bajó deslizándose por la cuerda. Apenas treinta segundos después, la guerrera reapareció, aferrando su mojada carga. Entregó el abatido animal a un niño que estaba ahí cerca y saltó a su caballo, sin esperar siquiera a que le dieran las gracias.

Gabrielle disimuló rápidamente su expresión afligida, pero Solari captó el dolor que había en los ojos de la bardo al oír hablar de su amiga.

El jefe de la aldea sacudió su melena canosa.

—Ni siquiera sabemos cómo se llama —dijo apesadumbrado.

—Xena —le informó Gabrielle suavemente—. Se llama Xena.

El corazón de Solari se echó a llorar al ver cómo se apagaba la luz de los ojos de la bardo al hablar. El nombre de Xena corrió entre la gente, algunos lo creían, otros no podían conciliar las leyendas de la Princesa Guerrera con un acto tan simple. Agarrando a Gabrielle por el hombro, con la esperanza de no estar apretándoselo demasiado, Solari indicó a Gabrielle que debían volver al camino. Despidiéndose haciendo un gesto con la cabeza, Gabrielle se unió a la amazona.

Una vez más, Solari intentó sacar a la bardo de su concha.

—Gabrielle... ¿no te parece maravilloso lo que ha hecho Xena en...? —El comentario de la amazona se apagó al ver la expresión de desesperación silenciosa de Gabrielle.

—Solari... por favor. Ahora no. No puedo... no puedo hablar de ella.

—Como desees, mi reina.

El resto de la jornada de viaje transcurrió en absoluto silencio.


Es curioso cómo antes me encantaba que llegara la noche. Nos deteníamos, encendíamos nuestra hoguera, preparábamos nuestra comida, extendíamos nuestros petates y contábamos estrellas. O pintábamos imágenes con ellas o simplemente charlábamos. O nos quedábamos sentadas en silencio. Ella con su pluma y su pergamino, escribiendo las aventuras del día, yo con mi espada, afilándola con una piedra. Su pelo a la luz de la luna era del color de la armadura recién pulida y me daban ganas de deslizar los dedos por él, para ver si era tan suave como parecía. No sé qué fue lo que provocó la pelea, pero sí que recuerdo que hubo palabras muy fuertes. Acabé gritándole que no necesitaba que una "bardo amazona medio enana y con ínfulas de guerrera" me siguiera por medio mundo conocido. Dioses, si pudiera tragarme esas palabras... Se quedó allí parada, como una vaca desnucada, luego se le llenaron los ojos de lágrimas, se derrumbó y dijo sollozando:

—Así que ahora sé por fin lo que sientes de verdad... —Y salió corriendo.

No la seguí. En ese momento estaba demasiado furiosa. Pero más tarde, seguí su rastro. Había llegado a la orilla de un río, donde se había acurrucado contra un árbol y se había quedado dormida llorando. La tapé con mi manto y esperé. Justo antes del amanecer, abrió los ojos, se sacudió el manto de encima como si fuera una víbora, me miró con ojos vacíos y dijo:

—Xena, te dejo. Lamento haber sido tan molesta.

Yo intenté hacer salir las palabras que bailaban en mi corazón, pero intervino mi cabeza y, tan pragmática como siempre, dije:

—Es cosa tuya, Gabrielle. Yo nunca te pedí que me siguieras.

Dioses, pero qué cretina soy. Se fue de mi lado y desde entonces mi vida ha sido el Tártaro en Gea.

Sí, sigo adelante. Lo tengo ya tan metido dentro, esto de ser una heroína. Rescatar gatos, salvar niños de granjas en llamas, matar a algún que otro bandido. Hasta acabé con un señor de la guerra antes de que pudiera ser algo más que un pequeño tirano. Han pasado dos meses y sé que lo más probable es que mi bardo sea más feliz ahora de lo que lo ha sido en toda su vida. Nunca me ha necesitado. Da igual, me digo a mí misma mientras enfundo la espada en su vaina, yo tampoco la necesito, ¿verdad?


Solari ya no sabía qué hacer. Había retrasado su regreso a Amazonia todo lo posible, pero aquí estaban, a menos de seis marcas de la frontera, y seguía sin saber qué Hades había ocurrido entre Xena y Gabrielle. Empezaba a creer que iba a tener que rendirse. Iban caminando en silencio, como de costumbre, cuando Gabrielle se volvió hacia Solari y suspiró.

—Solari, ¿alguna vez has deseado algo tanto que harías cualquier cosa para conseguirlo?

La amazona lo pensó y luego contestó:

—No, la verdad es que no, pero soy joven y tengo prácticamente todo lo que necesito... —Sabía que no era a esto a lo que se refería la bardo, pero no quería que ésta dejara de hablar ahora.

—Ah. Bueno... es que... ah... olvídalo.

—No, venga, dime, Gabrielle. En serio. ¿Qué tal si hacemos un descanso? —Solari señaló un pequeño grupo de árboles—. Mira, podemos descansar ahí y almorzar.

La bardo asintió y la amazona y la bardo no tardaron en estar sentadas en la hierba soleada, comiendo pan y queso.

—Creo que supe que estaba enamorada de ella cuando murió... —Y Gabrielle comenzó su relato. Le contó todo a Solari. Lo de la pelea, cómo había dejado a Xena y el sueño del que se había despertado aquella noche dos meses atrás. Cuando terminó, la bardo estaba llorando sin hacer ruido, demasiado agotada por reprimir sus emociones para contener el llanto. Solari fue a abrazar a su reina, con la única intención de consolarla. Por lo que se quedó de piedra cuando Gabrielle se lanzó a sus brazos y la besó con tanta pasión que todos y cada uno de los nervios del cuerpo de la amazona estallaron en llamas. Incapaz de luchar contra la furia del deseo fuera de lugar de la reina, respondió al beso de Gabrielle. Pasaron unos segundos y las manos de Gabrielle se movieron frenéticas para despojar a Solari de su ropa. Al poco, la amazona estaba totalmente desnuda, igual que Gabrielle.

Allí, en aquel claro iluminado por el sol, se pusieron a hacer el amor. Cuerpo con cuerpo y labio con labio, rodaron por la hierba calentada por Helios, dejándose llevar por la pasión.

—Xena... —El susurro cargado de amor de Gabrielle sacó a Solari de su trance de lujuria. Apartándose de las tiernas caricias de la bardo, Solari agarró su falda y se vistió a toda prisa.

—¡Gabrielle! —exclamó—. Lo siento. No voy a hacer esto. No voy a permitir que cedas a tu necesidad de una relación íntima. Yo no soy la guerrera que deseas. Nunca seré Xena. Soy Solari.

Gabrielle, al darse cuenta de lo que había hecho y estaba a punto de hacer, se hizo un ovillo, llorando.

—Lo siento lo siento lo siento —decía una y otra vez.

—Gabrielle —dijo Solari suavemente—. No pasa nada. Lo comprendo. Pero creo que ya va siendo hora de que vayamos a buscar a la que realmente deseas, ¿no crees?

—¿Pero y si ella no me desea a mí? —preguntó Gabrielle quejumbrosamente.

Los ojos marrones de Solari se endurecieron.

—Entonces sabrá lo que significa desdeñar a una amazona.

—¡NO! —Gabrielle se incorporó y empezó a vestirse—. Si me dice que me vaya, me iré y nunca volverá a verme.

Ah, mi reina, qué valiente eres, pensó Solari. Yo podría llegar a amarte de verdad, pequeña. Qué lástima que esa tarea esté destinada a otra. Solari sabía muy bien que Xena amaba a la pequeña bardo, lo había visto claramente expresado en todo lo que había hecho la guerrera en los dos últimos meses. Sabía que la guerrera morena las estaba siguiendo. Tenía que estar haciéndolo. ¿Por qué si no en cada pueblo y aldea por los que pasaban había noticias de algún tipo de hazaña llevada a cabo por la Princesa Guerrera?

—Ven, mi reina. Vamos a seguir viaje. —Solari le alargó una mano a Gabrielle, que ya estaba vestida. Gabrielle aceptó la mano que le ofrecía y se levantó.

—Sí. Necesito verla al menos una vez más... —Agarrando su vara, Gabrielle se dirigió al camino con un propósito que ahora le daba la fuerza de la que había carecido tanto tiempo.


¡Dioses! ¡Qué estúpida soy! No puedo creer que haya usado así a Solari. Me sorprende mucho que no se levantara y me dejara plantada, y mucho más que me haya prometido ayudarme. Qué idiota insensible puedo llegar a ser.

No paraba de hacerme recriminaciones a mí misma mientras avanzábamos por el camino hacia el último lugar donde se sabía que había estado la Princesa Guerrera y que se encontraba, curiosamente, tan sólo a medio día de camino detrás de nosotras. Supongo que si hubiera tenido las ideas más claras, me habría sentido intrigada por tan buena fortuna, pero tal y como estaban las cosas, me limité a dar gracias a los dioses por su bondad y me concentré en poner un pie delante del otro. Ahora tenía un propósito y lo iba a conseguir, contra viento y marea.

Caminamos y caminamos y caminamos y caminamos un poco más. Mis piernas reclamaban un descanso, pero mi corazón nos empujaba hacia delante. Solari no se quejaba, ni siquiera hablaba, simplemente seguía mi ritmo con empecinamiento, caminando a mi lado a ese paso veloz que utilizan las amazonas durante una marcha larga. Sólo me detuve cuando me tocó el hombro con la mano y dirigió mi atención hacia el resplandor de una fogata fuera del camino. Yo no quería detenerme, hasta que mis oídos captaron un conocido relincho y el ruido de alguien que hacía ejercicios con un chakram. Eché a correr. Ajena al ruido que hacían mis pisadas, corrí por encima de las hojas caídas y las ramas, corrí hacia la fogata.

—¡Xena! —grité y la esperanza de mi alma resonó entre los árboles. El zumbido del chakram cesó.

—¿Gabrielle? —contestó una voz, con tono incrédulo. Y entonces me estrujaron unos fuertes brazos y el olor a cuero, canela y jacinto me llenó la nariz. Levanté los ojos y vi una cara llena de confusión y... amor. ¡Sí! Vi amor en esos ojos azules del Elíseo y actué en consecuencia. Sabía que sólo iba a tener esta oportunidad para romper los candados que mi guerrera se había puesto en el corazón y la aproveché.

Enredando las manos en las guedejas oscuras de Xena, bajé su cara hacia la mía, susurré:

—Te quiero. —Y la besé tanto y con tanta fuerza que no podía caber duda de lo que estaba diciendo. Sólo cuando noté que respondía, me sentí por fin libre para echarme a llorar. Mis lágrimas se mezclaron con el sabor de sus labios y mis sollozos se calmaron con las caricias de sus manos sobre mi piel. Me levantó entre sus brazos, besándome tan profundamente que lo supe... supe que todo, de algún modo, iba a ir bien.

Solari carraspeó y nos separamos, pero sólo el tiempo suficiente para que nos dijera:

—Ya veo que ya está todo arreglado. Bien. Creo que voy a acampar por allí. —Señaló al otro lado del camino—. Por la mañana, si queréis, os acompañeré a la próxima aldea. Luego tengo que regresar con Ephiny. Estoy segura de que está más que... —Se calló cuando Xena volvió a capturar mis labios, haciéndome olvidar todo lo que podría haber dicho como respuesta.

Nuestra noche fue todo lo perfecta que podía ser, dadas las circunstancias. Al principio, no hicimos nada más que besarnos y acariciarnos y abrazarnos estrechamente. Sin embargo, antes de que nuestras intimidades pudieran ir a más, Xena me acarició la mejilla y dijo:

—Gabrielle, tenemos que hablar.

Caray. Vaya si hablamos. Una larga conversación sobre lo equivocada que estaba yo. Me necesitaba y me dejó perfectamente claro cuánto me necesitaba. Allí, a su lado. Para siempre. Bueno, no hace falta ser un erudito ateniense para saber que le pedí disculpas. Efusivamente. Luego le dije cuánto la quería y desde hacía cuánto. Y seguí. Le conté todo. Todo. Hasta lo de Solari. Creo que al principio le dolió, pero cuando quedó claro que había sido Solari la que me había traído de vuelta a ella, los ojos de Xena se enternecieron de nuevo, se inclinó, me besó suavemente y susurró:

—Vale, creo que ya hemos hablado suficiente.

Y entonces sus manos y su cuerpo me dijeron aún más. Pero eso es privado. Baste decir que, a la mañana siguiente, cogidas de la mano, mi guerrera y yo, seguidas de Solari, emprendimos un nuevo viaje: un viaje que nos llevaría a muchos lugares nuevos y maravillosos, pero que jamás nos separaría.


FIN


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