Las manos de una guerrera

sHaYcH



Descargo: Xena bla bla bla, Gabrielle bla bla bla etc etc etc ad nauseam pertenecen a MCA/Universal... Yo sólo las he tomado prestadas con propósitos nefandos.
Advertencia de sexo alternativo: Guauu, señoras y señores, mujeres que se lo montan con otras mujeres y todas esas cosas tan estupendas ;) Si no tenéis la edad suficiente o si no estáis de acuerdo con esto, buscaos otra cosa para entreteneros. Además, si vuestro lugar de residencia no os permite disfrutar de este tipo de literatura, os sugiero que os mudéis.
Advertencia de topicazo: Vale, ya sé que es más que probable que con esto haya infringido algunas reglas sobre el uso de tópicos, pero fijaos lo que me importa. Supongo que quería advertiros con tiempo. AVISO: En este relato puede haber analogías trilladas y absolutamente manidas. Si os molesta, leed a Tolstoi. Desde luego, esto no aspira al premio Pulitzer.
Podéis enviar comentarios, alabanzas y lo que sea a: shaych@aol.com
Nota: Esto ocurre inmediatamente después del episodio El marinero perdido.

Título original: A Warrior's Hands. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


—¡Ay!

—Vamos, no seas tan quejica y estate quieta. —Se oyó el chasquido de unas pinzas.

—¡Ay! Gabrielle, ¿por qué tienes que ser tan bruta? —refunfuñó la guerrera.

—Xena, yo no soy la que decidió ponerse a hacer gimnasia encima de unos árboles, saltar por el aire como si estuviera en el circo y luego deslizarse de una soga a otra. Ahora estate quieta y cállate. Tienes cientos de astillas en las manos. No entiendo cómo has podido seguir tocando cosas sin retorcerte —sermoneó la bardo, al tiempo que sacaba los diversos trocitos de madera, astillas y restos de soga que se habían incrustado en las callosas palmas de la princesa guerrera.

—Gabrielle, si no hubiera hecho esa "gimnasia", seguirías atrapada en el barco de Cecrops. Ya sabes, condenada durante el resto de tu vida a pasar cada momento en un barco. —Xena sonrió coquetamente a la bardo.

—En eso tienes razón... —reconoció Gabrielle, metiendo las manos de la guerrera en agua caliente—. Pero sigo sin comprender por qué arriesgaste tu vida por mí, una vez más. Por cierto, gracias. —La bardo sonrió cálidamente a Xena y se puso de nuevo a sacar astillas.

—¡Ay! Gabrielle, ¿es que pensabas que iba a dejar que te pudrieras allí?

Gabrielle reflexionó sobre la pregunta de la guerrera.

—Mm... pues no sé. O sea, no es que estuvieras segura de que podías vencer la maldición y todo eso. —Plic... plic... plic... plic...

—¡Ay! Ah, vamos, bardo mía, ¿es que dudabas de mí? —En el tono de Xena se adivinaba la risa. Gabrielle trabajó en silencio unos minutos más y luego metió de nuevo las manos de la guerrera en el cuenco de agua calentada al fuego que había preparado mientras la guerrera colocaba sus trampas para conejos—. Oh, por los dioses, qué alivio. ¿Has acabado ya, Gabrielle?

—Sí, sólo quedan unas pocas. Y, mm, pues no. Nunca dudo de ti, Xena, jamás. —La sonrisa rápidamente controlada pero preciosa que recibió fue perdón suficiente para lo que estaba a punto de hacer. Sacando una larga aguja de punta afilada de su equipo de costura, Gabrielle emprendió la laboriosa tarea de hurgar en la piel para sacar las astillas que quedaban en las manos de Xena. Mientras sujetaba delicadamente la mano con que la guerrera esgrimía la espada, se quedó arrebatada por las imágenes de la última vez que la habían tocado esas manos.


Era la fiesta del Equinoccio de Primavera y estaban de visita en la aldea amazona. La reina Melosa había enviado a Solari y a varias otras amazonas a buscarlas, para que Gabrielle pudiera participar activamente en los rituales de su pueblo. Cuando llegaron, Ephiny y Eponin se las habían llevado a cada una por un lado, pese a las protestas de la guerrera y la bardo, y las habían separado. Cuando se volvió a ver a Gabrielle, ésta iba vestida de amazona. No de princesa, sino como iban vestidas todas las demás mujeres: todas con los mismos atuendos de fiesta. Aparte del color del pelo, no había manera de saber quién era quién. Al anochecer, Melosa subió los escalones que llevaban al trono de las amazonas y declaró el comienzo de un Rito de Silencio desde la puesta hasta la salida del sol. A Gabrielle se le cayó la mandíbula al suelo del bosque ante esta declaración, pero prometió en silencio mantener la boca cerrada, pues no quería sufrir el castigo que estaba segura de que le caería encima si violaba el código del ritual.

Xena, que había visto el fogoso pelo rojo de la bardo reluciendo a la luz poniente del sol, sonrió con humor al pensar que su bardo iba a tener que guardar silencio absoluto durante doce marcas completas. No cabía duda de que esta noche Gabrielle iba a aprender algo. Le apetecía mucho ver el entretenimiento que sin duda traería la noche. Había pasado demasiado tiempo, suspiró, y tener a la joven y bella bardo a su alrededor como una tentación constante no la ayudaba nada.

El banquete, el baile y la diversión se pusieron en marcha. Gabrielle sabía que estaba bebiendo una cantidad excesiva del dulce, pero increíblemente potente vino de las amazonas, pero le daba igual. Hacía casi cinco marcas que no veía a Xena y se estaba empezando a preocupar. Justo cuando estaba a punto de correr el riesgo de ofender al dios que estaban honrando las amazonas con su fiesta, Gabrielle notó una ligera caricia en el hombro. Volviéndose en redondo, se encontró cara a cara con una de las iniciadas de Artemisa. Sin decir palabra, la iniciada le dejó claro a Gabrielle que tenía que seguirla. Perpleja y un poco asustada, la bardo fue hacia donde le indicaba la mujer.

Gabrielle no tardó en encontrarse dentro de la Cámara de Purificación del templo. Allí esperaban varias iniciadas, alrededor de una bañera humeante. Una a una, se acercaron a Gabrielle y le quitaron una prenda de ropa, dejando sólo la máscara. Luego, cada una se dio la vuelta y apagó las velas y antorchas que iluminaban la estancia.

Rodeada de repente por una oscuridad empapada en vapor, Gabrielle sintió que su aprensión iba en aumento. Surgieron unas manos que le quitaron la máscara. Ahora desnuda, notó que la guiaban con cuidado hasta la bañera, la ayudaban a meterse y la bañaban a fondo. Una vez limpia, la ayudaron a salir del agua, ahora tibia, y la ungieron con un aceite de olor a almizcle. Se le relajó el cuerpo bajo las tiernas atenciones de las iniciadas desconocidas y casi se quedó dormida. Cuando notó que las últimas manos aceitosas abandonaban su cuerpo, le pasaron una copa de algo para beber. Agradecida, se bebió el vino dulce de un trago. Otro par de manos la guió a un nuevo lugar. Insegura de nuevo, la tumbaron en un blando catre. Cuando intentó levantarse, las manos la sujetaron y le acariciaron el pelo con gesto tranquilizador. Como seguía aprensiva, intentó volver a levantarse. Una vez más, recibió la orden silenciosa de quedarse donde estaba y el gesto silencioso de calma. Decidiendo que no merecía la pena provocar la ira de los dioses por incorporarse, Gabrielle se tumbó en la cómoda cama y esperó.

No tuvo que esperar mucho. Unas manos, no tan suaves como las de antes, subieron deslizándose por sus pantorrillas, provocándole escalofríos en la espalda y el cuello. Unos labios tan suaves que al principio no los notó le rozaron la parte interna de las rodillas y sintió la sensación vertiginosa de un cuerpo desnudo —un cuerpo desnudo de mujer— deslizándose por el suyo. Excitadísima de repente, bajó la mano para tocar a su compañera de cama. Sintió una oleada de sensaciones al explorar a la mujer que estaba haciendo todo lo posible por llevar a la bardo a nuevas cotas de pasión. Alta, de pelo largo, piernas largas y dedos largos y fuertes. Una boca que resultaba expresiva de miles de maneras sin decir una sola palabra. Unos labios recitaban libros enteros de poesía por su carne, una lengua pintaba obras maestras en su boca y unos dedos evocaban imágenes en su mente como ninguna historia podría hacerlo jamás. Entonces, esos mismos labios, lengua y dedos le enseñaron sus trucos, le demostraron cómo escribir y pintar con sensaciones y caricias. Siguieron así hasta que la bardo se quedó profundamente dormida, sin soñar.


Xena estaba borracha. Lo sabía y también lo sabían las otras mujeres que la rodeaban. No había hecho el tonto interrumpiendo el Rito de Silencio, pero sabía que si no encontraba pronto una distracción, metería la pata y acabaría teniendo que pasar el resto de la noche sola y meditando en el ábside del templo de Artemisa. Tenía la esperanza de hacer otra cosa dentro de dicho templo. Algo mucho más entretenido. Cuando iba por su sexta, o tal vez fuera la séptima, copa de vino de las amazonas, la iniciada del templo le dio un golpecito en el hombro. En sus labios se formó una sonrisa amplia y hambrienta y siguió a la acólita a las profundidades del templo. Al saber lo que iba a pasar, se relajó y dejó que las iniciadas llevaran a cabo sus deberes. Su baño fue tal vez el más rápido de la historia de este rito concreto. Al poco, tras beber la copa de vino ceremonial, que sabía que llevaba un afrodisíaco, la llevaron por un pasillo hasta el interior de una cámara oscura como la pez. Ahora bien, uno podría pensar que la princesa guerrera sería capaz de adivinar quién yacía en el catre ante sus piernas, pero el vino de las amazonas, con lo que era, se había cobrado su precio con los legendarios sentidos de la guerrera... o tal vez fueran sus hormonas. Huelga decir que no perdió el menor tiempo intentando descubrir cuál de las preciosas mujeres que frecuentaban la aldea amazona iba a ser suya para gozar esta noche, simplemente se entregó a su delicioso deber con fruición.

Cubriendo las piernas de la mujer de besos y caricias, se deslizó por la figura pequeña y esbelta que tenía debajo y emprendió el proceso de llevarla a los límites de la pasión. Se quedó, por supuesto, encantada y sorprendida al descubrir que le habían concedido la alegría de enseñar a una novata las artes del amor entre mujeres. Aún más sorprendente era el hecho de que esta mujer fuese virgen. Xena nunca estaba tan cerca de la rendición total como cuando metía sus dedos largos y fuertes en el centro intacto de una mujer. Y qué mujer. Esta inocente (no por mucho tiempo, pero por ahora, la consideraría una inocente) daba tanto como recibía y más. Llevaba un fuego dentro que prendía una llama parecida en el interior de la guerrera. Durante toda aquella larga noche, estuvieron juntas, tocándose, besándose, explorándose, hasta que, hacia el amanecer, se abrió la puerta y una iniciada se llevó a la contenta y agotada princesa guerrera.

Al día siguiente por la tarde, Gabrielle, dolorida pero feliz, salió del templo y se dirigió al comedor. Se cruzó con Xena, que también parecía de lo más contenta. Parándose para caminar al lado de su amiga guerrera, advirtió varias marcas amoratadas en el cuello y los hombros de la guerrera.

—Buenos días, Xena. —La bardo sonrió a su amiga—. Anoche te eché de menos.

Xena se rió por lo bajo.

—No mucho tiempo, estoy segura. —Señaló varias marcas moradas parecidas en el hombro izquierdo de Gabrielle. La cara de la bardo adquirió la tonalidad de los tomates recién maduros y se detuvo en seco.

—Oye, espera un momento, ¿me quieres decir que sabías lo que iba a pasar? ¿Y no me lo dijiste?

—Sí. —Desde los ojos de la guerrera iba bajando una sonrisa.

—¡Xena! Podría...

—Mira, siento no haberte advertido, pero... no podía. Parte de la alegría del ritual es que las que asisten por primera vez no saben lo que va a pasar. —Entonces se puso seria—. Lo pasaste bien, ¿verdad? ¿No te forzaron ni nada? —Xena puso la mano en el brazo de la bardo y sus ojos se clavaron en los de Gabrielle en busca de algo que le indicara que la bardo se había visto obligada a soportar la ceremonia.

Gabrielle pensó en las actividades de la noche anterior. Aunque ciertamente era diferente y tal vez tardaría un poco en hacerse a la idea de que las mujeres podían tocar así, no sentía que la hubieran forzado de ninguna manera.

—No. No me forzaron, Xena. Me... mm —y se puso más colorada—, lo pasé muy bien cuando se me pasaron los nervios.

Xena volvió a mirar a los ojos verdes de la bardo y se alegró de ver que la primera experiencia de Gabrielle había sido feliz. Apretando una vez más el brazo de la bardo con un gesto de camaradería, se volvió y se encaminó de nuevo hacia el comedor. Con ese pequeño gesto, Gabrielle cayó en la cuenta de varias cosas. Una, que la princesa guerrera estaba prácticamente dispuesta a matar a toda la Nación Amazona por ella, dos, que quería mucho a la bardo, y tres, y esto era lo importante, que Xena había sido su amante de la noche anterior. No había manera de confundir esos dedos largos y fuertes ni la palma callosa y amorosa que hacía tan poco había dejado su cuerpo y ahora ofrecía consuelo a su brazo.

Cuando la guerrera apartó la mano, la impresión quedó grabada a fuego en la mente y el cuerpo de Gabrielle. Pero como no tenía ni idea de qué decir o hacer, la bardo salió de su trance y siguió a su amiga hasta el comedor.


Pasaron varios meses. Gabrielle dejó de pensar en el incidente del Equinoccio de Primavera, aunque las sensaciones poblaban sus sueños. Se casó, tratando de encontrar una forma de acabar con el anhelo indescriptible que le inundaba el alma. Cuando su matrimonio acabó en un baño de sangre, se sintió perdida. Ahora sabía qué era lo que buscaba, pero no sabía cómo conseguirlo. Quería a la princesa guerrera. Creía que casándose con Pérdicas lograría borrar de su memoria la sensación de las caricias de Xena en su piel y su corazón, pero lo único que consiguió fue avivar el fuego de su deseo. De modo que lo enterró. Y rezó a los dioses para no acabar en una situación comprometida con la intimidatoria princesa guerrera. Cosa que, por supuesto, ocurrió.

El beso. Oh, ese beso maravilloso, que le había abrasado el alma, roto el corazón, retorcido las entrañas y cosquilleado los labios. Olvidémonos de que Autólicus tenía un bigote que la hizo estornudar. Olvidémonos de que la mano que tenía en el trasero era más grande de lo que deseaba, lo cierto era que se trataba del espíritu de Xena tocando el suyo. La bardo estaba segura de que la guerrera sólo había querido consolarla, pero ese pequeño consuelo había animado a Gabrielle de tal manera que incluso cuando las cosas parecían estar en su peor momento (como cuando Calisto decidió practicar trucos mentales con la bardo junto a la hoguera del campamento) lo único que tenía que hacer Gabrielle era recordar esos maravillosos segundos y, de repente, todo parecía mucho mejor.

Ulises. Ah, ese malvado despojo de humanidad, ese monstruo gorgónico con ojos de serpiente. Su charla sobre "las otras mitades de las almas" le había causado a la bardo más angustia de la que estaba dispuesta a admitir. Se alegró muchísimo de volver a pisar un barco, sólo por alejarse todo lo posible de sus zalamerías.


Un carraspeo sacó a la bardo de su ensoñación.

—Gabrielle, ¿hemos acabado ya? Me muero de hambre.

Gabrielle soltó la mano curada de Xena como si fuera una piedra ardiente.

—Oh, lo siento. Sí. Adelante. —Tomó aliento entrecortadamente para despejarse la mente de las imágenes eróticas que se empezaban a formar. Xena se secó las manos con un trapo cercano y se levantó, capturando una imagen de la bella bardo todavía de rodillas sobre el áspero tejido de la manta. Dando las gracias a todos los dioses que estuvieran escuchándola porque una vez más se acercaba la fiesta de las amazonas del Equinoccio de Primavera, la guerrera se alejó para comprobar sus trampas.


Terminaron de cenar y Gabrielle estaba intentando escribir su última aventura en un pergamino secado al sol. Por fin, la bardo se rindió, pues lo único que se le ocurría eran poemas sobre la facilidad con que podía hundirse en lagos de un azul insondable. Y encima, malos poemas. Metiendo a toda prisa el pergamino enrollado en su zurrón, la bardo se levantó y dijo:

—Xena, voy a lavarme para quitarme el olor a mar de la piel. ¿Vienes conmigo?

Xena, que jamás se perdía una oportunidad de ver a su bardo desnuda, volvió a envainar su espada, avivó el fuego y echó a andar con determinación en la dirección opuesta al arroyo que le había indicado a la bardo cuando llegaban.

—¡Oye! —la llamó Gabrielle—. ¿Dónde vas? Creía que habías dicho que el arroyo estaba por allí. —Señaló hacia la playa en la que habían acabado después de que Cecrops rompiera la maldición de Poseidón.

—Sí. Pero por aquí hay un pequeño lago. Lo encontré cuando estaba poniendo las trampas.

—Qué más da. Lago, arroyo. Mientras no sea agua salada.

—Ahh, pero es que este lago tiene algo especial —dijo la guerrera con aire misterioso.

—¿El qué? —Gabrielle, ahora curiosa, echó a andar para seguir a su amiga.

—Ya lo verás, bardo mía. ¡Te echo una carrera! —Y con un grito de entusiasmo, echó a correr por el bosque.

—¡Xena! ¡No es justo! ¡Tú conoces el camino!

—Todo vale en cualquier competición, Gabrielle. —La voz de Xena llegó flotando hasta la bardo, que estaba corriendo.

—Mmf. Es 'todo vale en el amor y la guerra', princesa guerrera, pero dudo de que tú lo sepas —rezongó la bardo por lo bajo mientras esquivaba ramas de árboles y zarzas. Sin embargo, su mal humor se terminó de repente cuando vio el lago. Pequeño, rodeado en tres lados por altos acantilados y adornado con bellos árboles, matorrales y flores, y Gabrielle se quedó sin aire en los pulmones. Lo que de verdad le llamó la atención fue la pequeña catarata de agua que caía por la cara del acantilado más próximo a la orilla. Xena, por supuesto, ya estaba en el agua, pues se había quitado la túnica de cuero nada más llegar al borde del lago. Desprendiéndose de su ropa incrustada de sal, Gabrielle se metió muy despacio en el agua y se puso a nadar hasta una distancia que le permitía hablar con Xena.

—¿No es maravilloso, Gabrielle? —preguntó la guerrera mientras nadaba, dejando que el agua fresca y limpia le quitara la sal y las algas del cuerpo.

—Mmm. Sí. Estás perdonada.

—¿Perdonada? No sabía que había hecho algo ofensivo. —Por el tono de la guerrera al hablar se notaba que se sentía ligeramente dolida.

—La verdad es que no. Te perdono por cualquier ofensa futura —bromeó la bardo, para devolver la sonrisa a los ojos de su amiga.

Las manos de la guerrera se alzaron con gesto aristocrático y dijo con su mejor tono de superioridad:

—Vaya, gracias, muchas gracias. —Y con una sonrisa burlona en los labios, esas manos se hundieron en las frescas aguas del lago más deprisa de lo que podía seguirlas Gabrielle con la vista y la salpicaron hasta que tuvo que darse la vuelta para respirar. Muerta de risa, Xena siguió salpicando en broma a la bardo hasta que Gabrielle se giró en redondo y le echó encima unas buenas olas de agua. Pensando que la mejor defensa es un buen ataque, Xena se sumergió hasta el fondo, se alejó nadando de la bardo, que seguía salpicando, giró hasta colocarse detrás de Gabrielle y salió a la superficie. Dando un golpecito a la bardo en el hombro, gritó:

—¡Toma! ¡Tú la llevas! —Y se sumergió antes de que Gabrielle pudiera reaccionar.

—Te voy a... —gruñó Gabrielle y salió despedida, persiguiendo a Xena por el lago. Las dos amigas estuvieron jugando una media marca hasta que el puro cansancio las llevó a declarar un alto el fuego y reunirse cerca de la cascada para parlamentar.

—Bueno, ¿qué te parece mi sorpresa, Gabrielle?

—Es genial, Xena. Nunca había visto una cascada. Es preciosa a la luz de la luna.

—Mmm, espera a ver lo que se siente cuando te bañas debajo —suspiró la guerrera.

—¿Bañarse debajo? ¿En serio? ¿No sería muy peligroso? —preguntó Gabrielle, animada por la idea de sentir el agua cayéndole por la espalda.

—Qué va. Al menos ésta no. Venga, hay unas plantas de jabón en esa orilla de ahí. Vamos a coger unas cuantas y a lavarnos. Me estoy empezando a arrugar.

Gabrielle cogió las hierbas y se reunió con Xena debajo de la cascada. Pasándole a la guerrera la mitad de las plantas recogidas, se puso a frotarse el cuerpo con energía, de pie bajo el diluvio continuo de la cascada. Xena, tras observar a la bardo unos momentos, dijo por fin:

—No, no no. Así no... disfrútalo. Así. —Cogió la planta de jabón aplastada de las manos de Gabrielle y se puso a masajear despacio la espumosa hierba en el pelo de la bardo. Pasando los dedos enjabonados por el cuello de la bardo, Xena se obligó a tragar y no hacer caso de las sensaciones que surgían en su cuerpo al sentir la suave piel de Gabrielle bajo las manos.

Xena se tomó su tiempo, pasando las manos despacio por las partes expuestas del cuerpo de Gabrielle, limpiando la sal y la suciedad del mar. Cuando notó que las manos de la guerrera le cogían las caderas y empezaban a darle un masaje, Gabrielle supo que había llegado el momento de hacer algo con respecto a esa necesidad que llevaba tanto tiempo sin satisfacer. Cubriendo las manos de Xena con las suyas, se apoyó en la guerrera y suspiró. Xena, notando que estaba a punto de pasar algo, detuvo sus atenciones y esperó a la bardo. Gabrielle subió despacio las manos fuertes y cálidas de la guerrera hasta sus pechos. Con el corazón latiendo al unísono, las dos mujeres se permitieron gozar de la sensación del deseo compartido.

—Sí —suspiraron las dos, cada una contestando a la vez las preguntas tácitas de la otra. Moviéndose para ponerse cara a cara, Xena alzó la mano para coger la cara de la bardo. A la luz de la luna vio los ojos y labios sonrientes. Gabrielle volvió la cabeza y besó la palma de la guerrera, luego su muñeca, después el pliegue del codo, a continuación el hombro y, por fin, los labios suaves y cálidos de Xena. En un silencio tan profundo como la primera vez, las manos de Xena se deslizaron por el cuerpo de la bardo, volviendo a tocar el paisaje que ya conocían. Y entonces lo supo. Gabrielle notó cómo la guerrera caía en la cuenta.

—Eras tú... —susurró Xena, maravillada.

—Pues sí. Has tardado lo tuyo.

—¿Por qué...?

—¿No dije nada? ¿Qué iba a decir, "ah, por cierto, Xena, gracias por hacerme el amor anoche de una forma tan preciosa"?

—¿Siempre lo has sabido?

—Sí. Desde el momento en que me tocaste después... hasta ahora... lo he sabido y he rezado para que ocurriese de nuevo. Por favor, dime que ocurrirá.

La guerrera se quedó callada un momento, asimilando la nueva información, y luego, riendo por lo bajo, respondió al ruego de Gabrielle con un beso. Y otro, y otro.

—Oh, sí, Gabrielle. Tantas veces como desees.

—Bien. Porque no veas cómo deseo.

Deteniendo toda conversación con un beso, Gabrielle metió a Xena en la cascada y dejó que el limpio líquido cayera sobre ellas mientras empezaban a explorarse mutuamente a la luz de la luna.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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