Lluvia de verano

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Descargo: Xena, Gabrielle y y el trasfondo pertenecen a MCA/Universal. El resto es culpa mía.
Advertencia de amor/sexo: Aunque no tiene nada de gráfico, este relato describe una relación romántica entre dos personas del mismo sexo. Estáis advertidos :).
Las manos de Xena es una adaptación de Daddy's Hands de Holly Dunn y se usa sin permiso. No se pretende infringir ningún derecho de autor.
Advertencia de romanticismo/sacarina: Seguro que os salen caries.
Advertencia de Kleenex: A lo mejor también los necesitáis.
Se pueden enviar comentarios, verdura podrida y alabanzas (ah, ésas me encantan) a: shaych@aol.com

Título original: Summer Rain. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


—¿Mamá?

—¿Sí, Nalia? —murmuró la mujer de voz suave.

—¿Me cantas una canción? —pidió con ojos soñolientos.

—Claro, chiquitina. ¿Qué te gustaría oír?

—¡Cántame una canción de Xena! —La niña, que ahora sonreía con entusiasmo, se volvió para mirar a su madre. Los ojos de Gabrielle se llenaron de lágrimas sin querer al pensar en su princesa guerrera, desaparecida hacía ya tantos años. Nalia, al percibir la pena de su madre, frunció el ceño y susurró—: No tienes que hacerlo si no quieres.

—No, está bien, Nalia. Has pedido una canción sobre la Princesa Guerrera y eso es lo que vas a oír. —Gabrielle sonrió a su niña preciosa... Cómo te lo agradezco, Tylen. Cada día la quiero más.

—Vale. ¿Mamá?

—¿Sí?

—Te quiero.

—Yo también te quiero. Ahora arrópate y escucha con atención. Ésta es la última canción de esta noche.

—Vale. —La niña pelirroja se tapó hasta la barbilla y cerró los brillantes ojos azules, a la espera de que el dulce sonido de la voz de su madre la transportara al país de los sueños. La antigua bardo tomó aliento y se puso a cantar con voz clara y suave:

Recuerdo las manos de Xena unidas en silenciosa oración...
y alcanzándome para sujetarme cuando tenía una pesadilla.
Se leía una buena historia en los callos y las líneas
años de trabajo y preocupaciones que habían dejado su marca.
Recuerdo las manos de Xena, cómo me sujetaban toda la noche
y me daban palmaditas en la espalda por algo bien hecho.
Hay cosas que he olvidado y que me encantaban de esa mujer
pero siempre recordaré el amor de las manos de Xena.
Las manos de Xena...
eran suaves y cariñosas cuando yo lloraba.
Las manos de Xena...
eran duras como el acero cuando hacías mal.
Las manos de Xena no siempre eran delicadas, pero he acabado comprendiendo
que siempre hubo amor en las manos de Xena.
Recuerdo las manos de Xena trabajando hasta sangrar
sacrificándose generosamente para darnos a todos de comer.
Si pudiera volver a hacer las cosas, viviría mi vida de nuevo
y nunca dejaría de apreciar el amor de las manos de Xena.
Las manos de Xena...
eran suaves y cariñosas cuando yo lloraba.
Las manos de Xena...
eran duras como el acero cuando hacías mal.
Las manos de Xena no siempre eran delicadas, pero he acabado comprendiendo
que siempre hubo amor en las manos de Xena.

Las lágrimas resbalaban por la curva de sus mejillas cuando dio a su hija un beso de buenas noches.

—¿Mamá? —farfulló Nalia adormilada.

—¿Mmm?

—Tú todavía la quieres, ¿verdad?

—Sí, Nalia. Ahora, a dormir.

—Vale, mamá. Te quiero.

—Y yo a ti, Nalia.


Gabrielle cerró la puerta del cuarto de su hija y entró despacio en la cocina de su pequeña casa de cuatro habitaciones. Se preparó una taza de té bien caliente, salió a la noche veraniega y recordó.


...Era el verano del quinto año que llevaba viajando con la princesa guerrera y había llegado a la conclusión de que estaba profunda y descaradamente enamorada de su mejor amiga. Decidiendo que iba a estar mejor lejos de la dueña de sus fantasías que enfrentándose a sus propios temores y atreviéndose a conseguir a la dorada niña de sus ojos, Gabrielle dejó a la guerrera para instalarse en Potedaia y abrir una pequeña escuela para los niños del lugar. Fue demasiado fácil. Xena ni siquiera dijo una palabra cuando la bardo la dejó, se limitó a abrazarla estrechamente y a despedirse de ella con un susurro.

Los primeros seis meses en casa fueron un lento camino hacia la locura para la bardo. Echaba de menos los viajes. Echaba de menos la emoción y, sobre todo, echaba de menos a su princesa guerrera. Entonces, unos bandidos atacaron a un grupo de mercaderes ambulantes en el camino de Tracia y apareció Tylen en su vida.

Sangrando, destrozado y moribundo, el atractivo guardia de la caravana, ya entrado en años, se presentó en su puerta rogándole que lo curara. Ella no pudo negarse y Tylen no tardó en curarse de sus heridas y colarse en su corazón. No se enamoró de él, pero era fácil estar con él y era fácil sentir cariño por él. Tres meses después de que se le curaran las heridas, se casaron. Sus padres estaban felices. Su hermana restallaba de orgullo y Xena, la querida y estoica Xena, estrechó la mano al novio y besó a la novia. Y luego, una vez más, desapareció.

Sus primeros meses estuvieron llenos de cariño y risas y a los dos les encantaba pasar el tiempo juntos. Tylen le construyó una casita en el límite de la finca de sus padres y se dispuso a cultivar la tierra junto a ella. La animaba a enseñar, a contar sus historias por las noches al amor de la lumbre en la taberna del pueblo y asistía con ella a las reuniones semanales del pueblo. Cuando descubrió que estaba embarazada, él se entusiasmó tanto como ella. Los que los veían describían su vida como algo idílico. Para Gabrielle, sólo era una vida. Una vida que en otro tiempo había sido mucho más entretenida y emocionante de vivir y que ahora sólo era una vida: suya, sí, pero sólo una vida. Cuando le faltaba poco para dar a luz, su vida volvió a quedar destrozada.

Los bandidos llegaron de nuevo y con ellos el fantasma de la muerte. Tylen, incapaz de quedarse a un lado viendo cómo su nuevo hogar era arrasado por depredadores humanos, juntó a varios hombres y mujeres jóvenes del pueblo y presentó batalla. Xena, que se había enterado de los problemas de su ex compañera, llegó a tiempo de salvar Potedaia y a su amiga, pero una vez más, demasiado tarde para salvar al marido de ésta.

Tylen cayó, agarrando una flecha perdida que le sobresalía de la garganta como una rama recién nacida. Helada y en estado de shock, Gabrielle se puso de parto. Nalia nació en el campo de batalla. La sangre de su parto cubría la sangre del jefe de los bandidos que manchaba las manos sanadoras de Xena.

Cuando se aseguró de que su amiga iba a quedar en buenas manos y de que la hija de su corazón recién nacida iba a estar bien, Xena se desvaneció con el viento.

Gabrielle crió a su hija en la casa que Tylen les había construido. No buscó otro marido. Pensaba que enviar a dos hombres buenos al Elíseo ya era suficiente para ella. Y siguió adelante. Sin dejar de enseñar a los niños y de contar sus historias, la antigua bardo aprendió a vivir sola. Su familia le proporcionaba lo que ella no podía conseguir por intercambio y aprendió el arte de la agricultura. Pero se sentía muy sola... y su corazón suspiraba por su princesa guerrera. Muchas veces cogió pluma y pergamino y empezó a escribir una carta rogando a la guerrera que viniera a visitarla y todas esas veces ese mismo pergamino acabó como combustible para el fuego de la cena. No conseguía doblegarse y reconocer ante Xena cuánto la quería y necesitaba...


Los ruidos nocturnos la devolvieron a la realidad. Contemplando las mismas estrellas del verano que había visto toda su vida, Gabrielle dejó que sus lágrimas cayeran en silencio.

—Tu cara es demasiado bella para estropearla con tantas lágrimas, amiga mía. —Una voz surgida de sus sueños más febriles le acarició los oídos.

—¿¡Xena!? —Gabrielle se giró en redondo para ver a quien hablaba. Detrás de ella, vestida tan sólo con su túnica de cuero marrón, estaba la princesa guerrera, un poco más vieja y un poco más magullada que la última vez que la había visto, pero para Gabrielle, era la visión más hermosa de este mundo. Corriendo a los brazos de la guerrera, soltó un grito incoherente.

Estrechando a la llorosa bardo contra su pecho, Xena murmuró:

—Dioses, Gabrielle, me he pasado años luchando contra todos los demonios del Tártaro y los señores de la guerra para huir de ti, pero ya no puedo seguir huyendo de mis propios demonios. He venido para decirte que... te amo.

Ninguna de las dos mujeres se dio cuenta de que había empezado a caer una lluvia ligera. Cuando las gotas de agua tocaron su piel, Gabrielle se movió entre los brazos de Xena.

—Y yo te amo a ti, princesa guerrera. Desde siempre.

La ligera lluvia de verano siguió cayendo a su alrededor mientras sus labios se juntaban en el primer hola de sus vidas reunidas.


FIN


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