Dilema moral

sHaYcH



¡¡¡ALERTA, DESCARGO!!! ¡¡BUIIIPBUIIIP!!: Xena y Gabrielle y cualquier otro nombre que aparezca aquí y que os resulte conocido son marcas registradas de MCA/Universal. Todo lo demás es mi propia fantasía personal. (Sí, ya lo sé, no tengo vida propia)
*******ATENCIÓN******* Este relato contiene escenas de amor entre dos adultas con consentimiento mutuo... si no lo soportáis, creced, si sois menores de edad, lo lamento por vosotros, y si es ilegal donde vivís, mudaos, rápido.
Se pueden enviar comentarios a: shaych@aol.com
Esto es para una persona que quiero mucho: aunque ya no compartimos nuestras vidas, sí que compartimos un pasado.
También me gustaría expresar mi agradecimiento al equipo creativo de Xena, la Princesa Guerrera, porque sin ellos, este relato nunca se habría escrito.
También me gustaría dar las gracias a todos esos magníficos escritores de fanfic que me han inspirado para hacer esto. Espero que esto os pueda servir como homenaje.

Título original: Moral Dilemma. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


—¡Xena! ¡No...!

La visión no dejaba de repetirse en mi cabeza mientras avanzábamos por el polvoriento camino. Lo veía todo de nuevo: la niña parada en medio del camino, paralizada de miedo, el sacerdote guerrero agarrando la cuerda oculta y cortándola con su cuchillo, el tronco que bajaba volando desde lo alto, Xena echando a la niña a un lado y Xena recibiendo el impacto pleno de la trampa. Sobre todo, recordaba el agujero que se formó en mi alma cuando, incluso después de mi monumental viaje al Monte Nestos, me quedé mirando paralizada de dolor cuando mi mejor amiga se rindió. La Princesa Guerrera, la mujer que sabía hacer muchas cosas, se rindió y dejó que la muerte se la llevara. Recordaba haberme echado sobre el cuerpo sin vida de Xena, sabiendo con absoluta certeza que Xena había desaparecido de mi vida para siempre. Y recordaba lo áspera y ronca que tenía la voz al salir de mi garganta arañándola con un aullido primitivo de rechazo. Mi Xena había muerto y me había dejado sola para enfrentarme a mis verdaderos sentimientos.

—¿Gabrielle? —Una voz sedosa me sacó de mi ensueño—. Gabrielle, ¿estás bien?

—¿Qué? Oh. Xena. Lo siento. Sí, estoy bien.

De algún modo, Xena había conseguido escapar del Tártaro y había vuelto a Grecia y, reconocí en silencio, a mí. Pero yo seguía sin quitarme de la mente la imagen del rostro sin vida de Xena. Y tampoco lograba purgar de mi alma el sentimiento de soledad absoluta.

—Estás inusualmente callada últimamente, Gabrielle. ¿Seguro que estás bien? Podríamos descansar un poco del camino si quieres. ¿Y si vamos de visita a Potedaia?

Me sentí reconfortada por el tono de preocupación que se le notaba en la voz.

—No, no. No hace falta, Xena. Estoy bien. Es que necesito pensar un poco. A menos, claro está, que quieras que te cuente una historia...

—No, está bien, Gabrielle, si necesitas tiempo para pensar, no quiero interrumpirte. No quiero ser responsable de que te quemes el cerebro.

¡Ja! Esta Xena, siempre de broma. En realidad, ya me imaginaba que la respuesta iba a ser de ese estilo. Mi amiga guerrera podía ser el tema de innumerables relatos, pero no le gustaba oírlos. Suspiró levemente.

—Te iba a preguntar si querías montar un rato. Estoy viendo que el camino está hoy más polvoriento de lo habitual y además hace un calor del Hades y... bueno, he pensado que si yo estoy incómoda, tú también podías estarlo.

La verdad era que no me había dado cuenta del tiempo que hacía. Mis propios pensamientos ya me distraían bastante del calor, ahora evidente y abrasador. Además de eso, el ofrecimiento para montar con Xena se producía muy de vez en cuando y a mí me encantaba estar cerca de ella.

—¿Estás segura de que no va a ser demasiado para Argo? —No podía consentir que Xena se diera cuenta de que en realidad me estaba empezando a gustar eso de ir a caballo. ¡No lo quisiera la diosa! A lo mejor decidía comprarme a un caballo y nunca conseguiría estar cerca de ella.

—Claro que no, es un caballo de guerra. —El orgullo de Xena era evidente al dar unas palmaditas afectuosas a Argo en el cuello. Inclinándose en la silla, me ofreció un brazo bien musculoso. Agarrando su mano encallecida por la espada y colocando el pie en el estribo, dejé que Xena me subiera delante de ella. Xena deslizó mi vara en una cincha de la silla detrás de ella mientras yo me acomodaba. Un brazo bronceado por el sol me rodeó la cintura y me tragué un suspiro de placer. Ojalá tuviera valor para decirle lo que siento. Lo que ella me hace sentir. Ojalá pudiera decirle que cuando ocupó el cuerpo de Autólicus y me besó, casi me estalla el corazón de deseo por ella. Cerré los ojos y contuve las palabras antes de que salieran a borbotones.

Mis pensamientos libraban una batalla mientras las fuertes patas de Argo devoraban las leguas. Yo que fue ella y no Autólicus la que me besó, ¿pero fue un simple beso de amistad o fue algo más? Oh, cuánto deseaba que fuera algo más. Santa diosa, Xena me hacía sentir cosas que nunca hasta entonces había sentido. Ni siquiera Pérdicas me había excitado como me podía excitar Xena con una simple mirada. Pérdicas. Suspiré. Llevaba... meses sin pensar en él.

Pobre y dulce Pérdicas. El amigo de la infancia convertido en soldado había hecho una cosa por mí que nunca podría agradecerle. Me había abierto los ojos y el corazón al amor. Me casé con él, porque eso era lo que él quería y porque eso era lo que yo creía que quería Xena. Durante un breve momento, tuve paz. Entonces Calisto me robó esa paz en su afán por destruir el alma de Xena. Presa de la rabia y la pérdida, estuve a punto de perder mi propia alma en esa misma oscuridad que había consumido primero a Xena y luego a Calisto, pero fue la propia Xena quien me salvó. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que, aunque había querido a Pérdicas, estaba enamorada de Xena. En ese mismo momento tomé la decisión de quedarme con Xena, pasara lo que pasase, aunque ella nunca me correspondiera. Porque con ella, me sentía completa. Sin ella, no era nada.

Hacia mediodía mi estómago decidió hacer acto de presencia. GGGRrrrAAhh.

—Parece que es hora de comer —bromeó Xena, deteniendo a Argo.

Me sonrojé.

—Lo siento, puedo esperar, si quieres.

—Gabrielle, ya sabes que yo jamás te escamotearía una comida. Además —añadió, con un brillo risueño en los ojos—, por ahí hay un arroyo donde podemos pescar. —Señaló hacia una línea de árboles a unos tres kilómetros de distancia.

—Sólo si no vuelves a usar mi cara como práctica de tiro, Xena. ¡Las escamas duelen!

Sonrió y a mí me dio un vuelco el corazón.

—Te lo prometo si tú me prometes no pedirme algo que no te puedo dar.

Me atravesó una fuerte punzada de dolor. Santa madre de los dioses, ¿quería decir eso lo que yo creía que quería decir?

Con el corazón llorando en silencio, respondí suavemente:

—No te preocupes, Xena, no volveré a cometer ese error.

Llegamos a la línea de árboles y al arroyo pocos minutos después. Sólo que el arroyo no era un arroyo, era un río embravecido.

—Xena, de todas las cosas que sabes hacer, el uso del eufemismo debe de ser una de las que se te dan mejor —declaré tajantemente—. Esto no es un "arroyo", Xena, esto es un río.

Xena se limitó a sonreír.

—Vamos, Gabrielle, tú sabes que te encanta mojarte conmigo.

Me puse blanca. ¿Tanto se me notaba? Con el corazón en un puño, repliqué:

—Sí, supongo que sí.

—¿Gabrielle? —El humor desapareció de su voz—. Oye, que sólo era una broma. No tienes por qué meterte, hoy puedo coger yo la comida para las dos, si no te sientes bien.

—N...n...no, Xena, estoy bien. Sólo un poco acalorada y floja, nada más. —Me apresuré a recuperar la serenidad. Las dos nos desnudamos y nos zambullimos en el agua helada. Solté un leve bufido al sentir el frío del agua y luego nadé río abajo un poco y me concentré como me había enseñado Xena. Calma... escucha... siente... ¡ahí! Hundí el brazo en el agua y noté la sensación deslizante de unas escamas entre los dedos. Metiendo rápidamente las puntas de los dedos en las agallas, lancé ese cuerpo que se retorcía y agitaba hacia la orilla. El pez se revolvió unos momentos y luego se quedó inmóvil.

Una vez atrapado el almuerzo, me sumergí en el río para disfrutar nadando. Regresé hacia Xena para ver cómo le iba y sofoqué una exclamación cuando la vi, tumbada en la orilla, desnuda y reluciente al sol. El cuerpo lleno de cicatrices de la guerrera bastó para dejarme sin aliento y prender un pequeño incendio en mi bajo vientre.

—¡Santo Apolo, qué bella es! —susurré para mí misma—. Dame fuerzas —murmuré, y volví nadando para recoger mi almuerzo.

Después de comer, regresamos al camino. Intenté compensar mi anterior silencio. Me puse a recitar un poema.

Sola en la oscuridad
busca la luz.
Un grito de locura
la sobresalta.
El miedo a la soledad
le hace perder el camino.
Su corazón y su mente luchan
hasta el día de hoy.

—Qué bonito, Gabrielle —comentó Xena, con una expresión distante en los ojos.

—Gracias. —Me miré las manos, sin saber qué más decir. Una vez más, viajamos en silencio. ¿Eran imaginaciones mías o la mano de Xena se movía despacio por mi estómago? Sacudí la cabeza para despejármela. Qué va, ella no haría eso, sobre todo después de lo que dijo en el río.

—Gabrielle, ¿estás ya cansada? —La voz suave de Xena me acarició el oído como la caricia de una amante. Y sus dedos continuaban su exploración inconsciente de mi estómago. Oh, sí... esto podría hacerme perder la cabeza.

—Mm. —Bostecé a toda prisa, intentando disimular mi nerviosismo—. Sí, un poco. Pero no te preocupes por mí, creo que me dormiré un poco apoyada en ti, ¿si no te importa?

—Vale, pero si estás muy cansada, dímelo y empezaré a buscar un sitio para acampar. —Y entonces me dejó totalmente pasmada al ponerse a tararear una nana.

—Mmm —murmuré, y me arrimé más a ella. Tengo que acordarme de preguntarle si es tan incómodo dormir apoyada en sus pechos como en su armadura... pensé mientras empezaba a quedarme dormida.


Me desperté bruscamente por el impacto de mi trasero al dar en el duro suelo. Me levanté tambaleándome y me sacudí hasta recuperar algo el conocimiento. Xena me había tirado sin miramientos cuando seis hombres mal armados surgieron de los matorrales que bordeaban el camino. Agachándome, me puse de espaldas a Xena y a Argo, esperando a ver qué pasaba a continuación. Esos hombres sucísimos empezaron a moverse a nuestro alrededor y Xena desenvainó la espada, cuyo acero soltó un silbido al rozar el cuero bien engrasado de la vaina.

—¡Gabrielle, toma! —Me lanzó la vara. Girándola con movimientos precisos y controlados, hice amago de atacar a uno de nuestros enemigos. Llevaba barba castaña oscura, le apestaba la ropa y tenía un ojo vago. Y no me tomaba en serio. Cómo destesto eso.

—Vaya, vaya, niñita, parece que te gusta jugar con palos. Vamos, nena, ¿qué tal si dejas que el bueno de Wilius te enseñe cómo se hace? Así podrás jugar con el palo de Wilius.

Como respuesta, le pegué en el cráneo con un extremo de la vara y le asesté una patada en la entrepierna. Cayó de rodillas. Golpeándolo con la fuerza suficiente para dejarlo sin sentido, me volví para enfrentarme a mi siguiente enemigo. Al mismo tiempo, oír el característico grito de guerra de Xena.

—¡AIYIYIYIYIYIYIAH!

Era pura poesía en movimiento. Me quedé mirando con admiración silenciosa cuando se puso de pie en la silla (sorprendentemente, Argo se quedó inmóvil) y luego saltó por los aires, giró y lanzó el chakram de un solo movimiento ágil y felino. Aterrizó delante del que parecía ser el líder de este grupo de bandoleros. Él levantó la espada para intentar defenderse, pero ella lo desarmó sin dificultades y luego le pegó un puñetazo en la mandíbula, le levantó los pies de una patada y vio cómo caía al suelo, inconsciente. Su chakram causó los estragos de costumbre entre los bandidos que quedaban. Xena se giró para atrapar el disco que volvía, pero, por primera vez desde que la conocía, calculó mal la trayectoria de regreso y recibió un golpe de refilón en la sien que la derribó al suelo.

—¡Xena! —grité y corrí hacia ella. El arma que la había vencido, su propio chakram, aterrizó en el suelo a pocos metros de su figura postrada. Arrodillándome a su lado, examiné la herida. Se le estaba formando rápidamente un gran chichón en la sien derecha—. Xena, no me vuelvas a hacer esto —gruñí—. Vamos, Xena, abre los ojos, mírame. Maldita sea, Xena, me prometiste que no me ibas a hacer esto. —El pánico empezaba a mostrar sus garras en mi voz.

El líder de los bandidos gimió y empezó a despertarse.

—Ah, no, ni mucho menos. —Impulsada por la rabia y el miedo, me levanté y le di una rápida patada en la nuca—. ¡Y quédate ahí! —Volviendo con Xena, me pregunté cómo la iba a llevar a un lugar seguro. Argo se acercó, olisqueó el pie de Xena y relinchó suavemente. Pensé y pensé hasta que...—. ¡Claro! —Me di una palmada en la frente. Xena me había dicho en una ocasión que las lesiones de cráneo eran muy impredecibles y que no se podía mover a las personas que las habían sufrido o, si había que moverlas, no se les podía mover la cabeza/cuello/espalda. Tenía que hacer una litera. Pero primero, tenía que asegurarme de que los bandidos inconscientes, que no iban a seguir así mucho tiempo, no pudieran interferir. Cogiendo cuerda de la silla de Argo y el puñal de Xena, corté varios trozos de cuerda. Luego até con fuerza a los rufianes de pies y manos.

—Hala —murmuré, sacudiéndome las manos—, así estaréis bien sujetos. —Recogiendo el resto de la cuerda, empecé a buscar las cosas que iba a necesitar para hacer una litera. Encontré dos ramas largas y bastantes rectas y varias más pequeñas. Cogí parte de la cuerda y até las ramas entre sí para formar una plataforma parecida a una escalera. Luego puse encima nuestros petates para dar cierta consistencia—. Bueno, vamos allá. —Arrastré mi litera improvisada hasta la figura aún inconsciente de Xena y lo más despacio y delicadamente que pude, la coloqué sobre las mantas. Xena, pesas una tonelada, pensé con una mueca interna. Forcé los músculos hasta el límite, pero lo conseguí.

Gimió una vez cuando por fin la dejé bien acomodada, pero no volvió a emitir ningún otro sonido. Usé lo que quedaba de la cuerda para atarla y para enganchar la litera a la silla de Argo.

—Bueno, chica —dije, dándole unas palmaditas a Argo en el cuello—, ahora con calma. No vayamos a hacerle más daño a tu dueña.

Con un suave relincho y asintiendo con la cabeza, Argo echó a andar despacio por el camino. Yo iba detrás de la litera para vigilar su avance y asegurarme de que Xena no se caía. De esta forma, Argo y yo viajamos unas cuatro horas más.

Hacia el anochecer, empecé a buscar un lugar seguro para acampar. Divisé algo que parecía un templo abandonado. Apoyé la mano en el costado de Argo, indicándole que se detuviera, y fui a comprobar las ruinas.

El ruinoso edificio debía de tener varios cientos de años. Las columnas de piedra estaban agrietadas en algunos puntos y las paredes prácticamente se habían desintegrado. Sin embargo, todavía quedaba techo en el interior. Tras asegurarme de que no hubiera trampas, pozos malditos o simplemente ratas, hice que Argo trajera la litera y a Xena hasta el interior. Después de soltar de la silla la litera, que se estaba deshaciendo, y de dar de comer a Argo, me dispuse a hacer una hoguera. Cuando acababa de conseguir que la madera se encendiera, oí que Xena graznaba:

—Agua.

—¿Xena? —Al instante estuve a su lado. Eché un poco de agua entre sus labios secos y cortados. Al principio movió despacio la boca, pero luego se bebió con ansia todo lo que le daba.

—¿Dó... dónde estoy? —consiguió decir por fin.

—Shhh. Estás a salvo, Xena. Yo cuidaré de ti. —La luz de la hoguera, que ya ardía con fuerza, me permitió ver que el chichón que tenía Xena en la cabeza se había hecho mucho más grande. Alargué la mano y toqué la herida con cuidado. Xena se encogió e intentó apartarse de mis dedos curiosos—. Vamos, vamos, Xena. Sabes que tengo que examinar esto. Sé que duele y te lo prometo, intentaré hacerlo con mucho cuidado. —La piel que rodeaba la zona de la contusión estaba morada y negra y muy hinchada.

—Duele... mareo. Náuseas... —lloriqueó Xena. Fue entonces cuando supe que algo iba muy mal. Xena nunca, y cuando digo nunca es nunca, lloriquea.

—Tranquila, Xena. —Intenté calmarla, acariciándole la cara. Se pegó a mi mano, gimiendo suavemente. Piensa, Gabrielle, piensa. ¿Qué te ha enseñado Xena sobre el tratamiento de las lesiones de cráneo? Me devané los sesos y pegué un puñetazo en la tierra. Vale, en primer lugar: que no duerma durante por lo menos veinticuatro horas. Mmm, con eso ya no hay nada que hacer. Ha estado durmiendo todo el camino hasta aquí. Vale, veamos, darle mucho líquido. Venga—. ¡Oh, ya sé! —exclamé en voz alta—, infusión de sauce. Al menos eso le aliviará el dolor. —Me levanté de un salto, agarré la tetera, la llené rápidamente de agua y la puse a calentar al fuego.

—¿Dónde estoy? —volvió a sonar la voz cascada de Xena.

—Estás en un templo abandonado —respondí distraída.

—¿Quién eres?

Levanté bruscamente la cabeza al oír esa pregunta.

—¿Quién soy ¿Quién soy? Tan sólo tu fiel ayudante, Gabrielle. Xena, no hagas bromas, tienes un golpe horrible en la cabeza y no es momento para tonterías. —La voz se me subió una octava, pues era evidente que empezaba a perder los nervios por la tensión de todo el día.

—¿Gabrielle? ¿Te llamas así? ¿Quién es esta "Xena" de la que no paras de hablar? Yo me llamo Lilith. —En su tono débil se percibía cierta irritación.

—Xena, vamos, para ya. —Empezaba a enfadarme. Es que, por las tetas de Hera, aquí estoy, intentando pensar en cómo curarla del todo y va ella y se pone a gastar bromas estúpidas. —¡Te he dicho que no me llamo Xena, me llamo Lilith! —Dicho lo cual, Xena se incorporó y, a juzgar por su expresión, lo lamentó de inmediato—. Oh, mi cabeza. Debo de haber bebido demasiado. ¿Me haces el favor de traerme un poco de vino? —me rogó con tono quejumbroso.

—¿Vino? ¿Quieres vino en estos momentos? Xena, te agradecería que eligieras otro momento para comprobar cuánto he aprendido de ti. Esto de "Lilith" no tiene la menor gracia —dije entre dientes.

—Escucha, putilla, ¡yo NO SOY XENA! ¡SOY LILITH! —vociferó Xena. Luego se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose un poco.

—¿Putilla? ¿Me has llamado putilla? Xena, no sé qué Hades te ha entrado, así que te voy a seguir la corriente por ahora. Échate y te daré algo para el dolor de cabeza. —Aunque estaba realmente preocupada, no sabía cómo enfrentarme a esto, de modo que saqué la bolsa de hierbas de Xena de las alforjas y hurgué hasta encontrar la corteza de sauce. Xena o "Lilith" volvió a echarse en nuestros petates, manifestando su impaciencia.

—Date prisa con eso para el dolor de cabeza. Me siento como si Hefestos en persona estuviera usando mi cabeza de yunque. Y lamento mucho haberte gritado. —Este último comentario fue casi un ronroneo. Se me aceleró el pulso al oírlo. Calmándome al preparar la prometida taza de infusión de sauce, hice un repaso mental de la situación. Mmm, parece que la lesión de cráneo le ha afectado un poco la personalidad. Miré a Xena, que estaba tumbada sobre las mantas en una postura que sólo se podía calificar de seductora. Esperando que no se notara el hecho de que estaba sudando como un caballo, le pasé la infusión. Vale, el golpe la ha cambiado mucho.

—Oye, Gabby, ayúdame a quitarme esta cosa de cuero tan incómoda —dijo Xena/Lilith después de beberse el brebaje para calmar el dolor.

—Mm, claro. —Me coloqué como siempre detrás de ella y empecé a soltar las placas externas de bronce. Luego desaté los cordones del vestido de cuero. Xena/Lilith se levantó y meneó las caderas, dejando caer la armadura al suelo.

—Ah... mucho mejor. —Se volvió y me alargó los brazos. Desaté los brazales y se los quité, además de quitarle las muñequeras de bronce y cuero. Xena/Lilith se estiró como un gato y no pude evitar quedarme mirando cuando la ligera camisa de algodón trepó por su cuerpo, destapando partes de Xena que por lo general sólo me imaginaba. Se me aceleró la respiración cuando volvió a sentarse y se quitó las botas y las rodilleras y alargó las piernas para estirar los músculos—. Bueno, Gabrielle, ¿quién eres? —Xena/Lilith se volvió y me miró directamente a los ojos.

—Pues... —Se me quebró la voz—. Normalmente soy tu... o sea, la fiel ayudante de Xena. También soy una bardo errante. —Conseguí recuperar el control de mi voz.

—Ya. Espero que no te ofendas por esto, pero no tengo ni la más mínima idea de quién eres. Lo último que recuerdo es a ese cerdo de César ordenando que me rompieran las piernas. Y ahora, me miro y veo que ya no tengo las piernas rotas. Estoy, como podrás imaginarte, de lo más confusa.

—Ay, dioses. —Me quedé ahí pasmada y en silencio. ¿Qué voy a hacer? Esto me supera con creces. ¿Quévoyahacer? Noséquéhacer¿quévoyahacer? Me estaba entrando el pánico. Levanté bruscamente las manos para taparme la cara. Empecé a hiperventilar. Mi desazón debía de ser muy evidente, porque de repente Xena/Lilith alargó la mano y me la puso en el hombro con un gesto más que familiar.

—Oye, tranquila, no tienes por qué ponerte así. Estaré bien. Seguro que acabaré recordando qué hago aquí y cómo me liberé de esa maldita cruz. —Su mano se trasladó a mi cuello y empezó a darme un suave masaje. Eso es justo lo que me da miedo, pensé. ¿Y si vuelve a convertirse en una señora de la guerra? ¿Qué será de mí? La amo, por Zeus. Si se convierte en esa villana asesina y hambrienta de poder que era antes, tendré que... glub... matarla o al menos, ayudar a matarla. Justo en ese momento, lo mundano volvió por sus fueros. De repente, fui plenamente consciente de tres cosas. Una, tenía que buscar un matorral. Dos, me moría de hambre, y tres, estaba agotada. Casi lamentándolo, me aparté de sus enervantes y maravillosas caricias.

—Mm, Xe-Lilith, ahora mismo vuelvo, tengo, mm, tengo que atender a la llamada de la naturaleza. Cuando vuelva, prepararé algo de comer.

—Qué va, jovencita, tú ve a ocuparte de tus asuntos, ya me encargo yo de hacer algo de comer. Tú dime dónde están las cosas.

Le enseñé dónde guardábamos la comida y luego salí corriendo para ocuparme de mis necesidades. Al volver, me detuve para contemplar una de las paredes. Con los últimos vestigios de la luz del día, vi una serie de glifos marcados en una de las piedras. Arrodillándome para ver mejor, alargué la mano para tocar la pared. Las piedras eran frías y suaves, casi sedosas bajo mis dedos. Los glifos no se parecían a nada que hubiera visto hasta entonces. En realidad, casi daban náuseas al mirarlos. Parecían retorcerse a través de la piedra. Me entremecí sin querer y me levanté para regresar a la hoguera y el misterio de Lilith. ¿Quién será "Lilith" en realidad? Es evidente que forma parte de Xena, pero ¿por qué no dice sin más que es Xena, la antigua Xena?, reflexioné.

Junto a la piedra de los glifos había otra estela grabada, ésta con una variante muy antigua de griego. Como todavía no estaba preparada para enfrentarme a Lilith-Xena, dediqué un rato a traducir las palabras. Mientras mis dedos iban siguiendo las formas de las letras, iba pronunciando las palabras.

—Aquí... para siempre... está... enterrada... la... progenie... del demonio. Tened... cuidado... quienes... entréis... aquí.

No era una buena noticia. Por los dioses, ¿qué lío he provocado ahora? Un leve aroma a comida cocinada le recordó a mi estómago que estaba remoloneando. Con un suspiro y rezando fervorosamente para que la estela sólo fuera una broma, regresé al interior del templo.

Lilith estaba ahora sentada junto al fuego, removiendo una cazuela de algo que olía maravillosamente. Mi estomágo manifestó con un rugido su aprecio por su habilidad.

—Ñam, qué bien huele.

Esto sí que era raro. La verdad es que Xena no cocina muy a menudo y, cuando lo hace, el resultado nunca es muy bueno. Comimos en silencio y luego empecé a prepararme para acostarme.

—¿Gabrielle? Me estaba preguntando si querrías compartir las mantas conmigo. Dos cuerpos dan más calor que uno. —Lilith me miró y en los ojos de Xena vi algo que había creído que no vería jamás. Pasión. Por mí. Sentí que se me aflojaban las rodillas y que se me cortaba la respiración. Oh, diosa. ¿Cómo puede ocurrir esto ahora? Tiene que ser una broma cruel. La deseo tanto, ¡pero así no! Deseo a Xena, no a esta... esta... esta sombra de ella.

Carraspeé.

—Lilith, yo... ah, yo... bueno, mm... —Justo en ese momento un viento frío se coló por el edificio, haciendo que me estremeciera sin control. Ahora ya no podía decir que no tenía frío—. Sí, ah, claro. Podemos compartir las mantas. —Dicho lo cual, preparé rápidamente un sitio para dormir. Lilith se metió entre las mantas a mi lado, me pasó el brazo por la cintura y sus dedos empezaron a trazar pequeños círculos en la parte interna de mi muslo derecho. Mordiéndome el labio con los dientes, fingí estar dormida. Oh, ¿por qué no puede ser Xena la que haga esto? ¿Cómo es posible que Xena no sepa cuánto la deseo? ¿Sobre todo después de compartir su alma conmigo? Sé que no es posible que consiguiera disimular tan bien mis sentimientos cuando estuvo dentro de mi cuerpo. Por Hades, de todas formas seguro que no podría habérselo ocultado mucho tiempo más. La mano que había estado en mi pierna pasó ahora a mi abdomen, poniéndome la carne de gallina al moverse. Sin poder controlarlo, mi garganta emitió un pequeño suspiro.

—Ah, así que no estás tan dormida como pareces —murmuró con un gruñido grave y ronco en mi oído, haciendo que me agitara levemente—. Bien. —En la voz se oía ahora un claro ronroneo—. Gabrielle, ¿de verdad crees que soy ciega a tus miradas de deseo mal disimulado?

—Yo... no sé de qué hablas —balbuceé.

—Ah, pero yo creo que sí lo sabes. —Suspiró seductoramente al tiempo que me daba la vuelta para ponerme de cara a ella y luego, luego me besó. Los cielos estallaron con ese beso. Seguro que lo notaron en el Monte Olimpo, porque a mí se me estremeció hasta la médula. ¡NO!, gritaron mi cabeza y mi corazón simultáneamente (por una vez). Pero o mi cuerpo no era el mío o no obedecía las órdenes de su dueña, porque me descubrí agarrándola y besándola a mi vez con el mismo deseo con que ella me había besado.

La mano de Lilith bajó despacio por mi espalda y se posó en mi trasero, agarrando la carne sensible y acercándome aún más. Notaba sus pechos contra los míos y sus pezones duros convertían a los míos en pequeños círculos de roca hirviente. Tenía todos los nervios inflamados. Me puse a besarle el cuello, a morderle y besuquearle la curva de la mandíbula, y mis manos la recorrieron por todas partes, tocándola, provocándola.

Entonces se puso encima de mí y bajó la boca hasta la tierna carne de la parte superior de mis pechos y me mordió con tal fuerza que el dolor se convirtió en placer. ¡Artemisa, protectora de todas las amazonas, ayúdame! ¿Qué estoy haciendo? ¡Esto no es lo que quiero! Por favor, diosa, por favor, ayúdame, rogué en silencio mientras Lilith empezaba a desabrocharme el corpiño. La boca de Lilith se apoderó de nuevo de la mía al tiempo que sus manos se deslizaban por mis costados para apartar la tela de mi corpiño.

:Cuánto has tardado en llamarme, favorita mía:

—¿Eh? ¿Has dicho algo? —Dejé de besar a Lilith.

—No, sshhh, no hay necesidad de hablar. —Su boca dejaba un reguero de fuego por mi cuello hasta mis pechos, ahora expuestos.

:No, pero yo sí: Una corriente de aire, una ligera ráfaga de viento, y una mujer más bella que cualquier otra que hubiera visto en mi vida apareció a la entrada del templo. Apartándome de Lilith a toda prisa, agarré mi vara.

:Gabrielle, no necesitas defenderte de mí. Deja tu juguetito: El fuerte estrépito de mi vara al caer al suelo rompió el silencio. Pegué un respingo culpable y me sonrojé para disimular mi miedo. Mis rodillas eligieron ese momento para fallarme. Dejándome caer de nuevo en el lecho, advertí que Lilith parecía estar dormida. Bueno, una cosa menos de la que preocuparme.

—Ahm, ahm, ¿quién eres? —pregunté con voz chillona.

:¿No lo sabes?: Una ceja se alzó con gesto divertido. :Me has llamado, mi pequeña bardo. Soy Artemisa:

—¿Artemisa? ¿Qué...? Espera, ¿yo te he llamado? ¿Cómo?

:Creo que ha sido algo así como "Artemisa, protectora de todas las amazonas...":

—Oh, mm, sí. No esperaba que fueras a responder...

:Ah, mi pequeña y dulce Gabrielle, ¿cómo no iba a responder a la llamada de mi bardo amazona preferida? Sobre todo cuando has tardado tanto en hacerlo: Ahora las cejas adoptaron un gesto más severo. Bajo esa mirada inflexible, me derrumbé, sollozando.

—Es que no sabía qué hacer y entonces ella, ella, ella empezó a responder a todos mis deseos, pero en realidad no era ella y yo no podía, simplemente no podía aprovecharme de ella de esa forma cuando que en realidad no me desea.

Artemisa se sentó grácilmente a mi lado y me estrechó entre sus fuertes brazos.

:Bueno, favorita mía, a ver qué puedo hacer para ayudarte. En primer lugar... estoy segura de que te habrás dado cuenta de que Xena no es del todo Xena en estos momentos: Cuando me vio asentir vigorosamente, continuó. :Este... templo... era antes un lugar de gran poder, en una época en la que el hombre adoraba a unos seres que tenían un estilo de vida mucho más pagano que el que tenemos en el Olimpo. Lilith era uno de esos dioses... o demonios, depende del punto de vista. Cuando los del Olimpo llegamos a Grecia, los antiguos dioses lucharon con nosotros y perdieron. Lilith quedó atada a su templo... creímos que con el tiempo acabaría desapareciendo. Evidentemente, esto no es cierto. Sospecho que se ha estado alimentando de la energía vital de viajeros desprevenidos... usándolos como está usando a Xena. Verás, Gabrielle, Lilith es un demonio de los placeres sensuales... florece con las energías liberadas por la lujuria. Pero sus poderes no pueden compararse con los míos: Con un gesto y un destello de luz chispeante, la desazonante emanación del templo desapareció. :Ya está, ha sido enviada lejos de aquí por ahora, ya no te causará problemas. Sin embargo, debes saber que Xena sí te desea. A decir verdad, no sé cuántas veces la he oído rogar a los dioses que le den fuerzas para evitar tocarte:

Me quedé callada largo rato, asimilando toda esta información. Por fin, renuncié a intentar comprender el concepto de "Lilith" y solté:

—Seguro que te equivocas. La que pedía fuerzas era yo, no ella. ¿Para qué iba a necesitar Xena fuerza de los dioses, si es la persona más fuerte que conozco?

:Sólo en el terreno de las cosas físicas, Gabrielle. En los asuntos del corazón, nuestra princesa guerrera es débil como un recién nacido. Y ahora, ¿qué es lo que tanto deseabas que has pedido mi ayuda?:

—Bueno, lo primero de todo es que Xena ha sido herida y no sé cómo curarla. En segundo lugar, quiero que esté como antes. Prefiero tener a la Xena que conozco que a esta... —señalé a la mujer que dormía en el suelo—, a este fraude. Por mucho que me guste la... ahm... atención que me estaba dando, lo cierto es que en conciencia no puedo aceptar lo que me ofrece. Y... —Me detuve lo suficiente para ver a Artemisa sofocando una carcajada—. Supongo que eso ya lo has arreglado, ¿eh?

Asintió. Sonrojándome ligeramente, continué.

—En tercer lugar —respiré hondo—, si puedes, me gustaría que me quitaras el recuerdo de esta noche. Sé que puedo vivir con mi amor por ella sabiendo que nunca corresponderá a mis sentimientos, pero, sabiendo lo cerca que he estado esta noche de alcanzar mis sueños, me volvería loca poco a poco.

:Para ser una mujer tan joven, tienes un sentido increíblemente fuerte de la moralidad. Es una lástima que esté tan equivocado: La diosa sonrió con tristeza. :Ya he desterrado a la entidad llamada Lilith y curar a Xena es cosa fácil, pero no te quitaré tus recuerdos, Gabrielle: Alzó una mano para detener la protesta que se estaba formando en mis labios. :Sí, me sería muy fácil quitarte el recuerdo, pero, verás, nosotros, los dioses y diosas, también tenemos moralidad. Algunos hasta la acatamos:

—Me cuesta creerlo —dije con sequedad—. Pero supongo que tendré que conformarme con lo que pueda conseguir. Vale, por favor, ¿harás lo que puedas por nosotras, por mí?

El rostro de Artemisa se suavizó y colocó un dedo en la cara de Xena, rodeando muy despacio la zona de la herida. :Ya está, la herida de tu guerrera, la física, me refiero, está curada. Debería ser tan fría y dura como la recuerdas. Ahora depende de ti: La diosa me cogió la cara entre las manos y me besó suavemente. Se levantó y se volvió para marcharse. Mientras se alejaba, su figura pareció disiparse, como niebla calentada por el sol. Justo antes de desaparecer por completo, se volvió y me miró por última vez. :Pequeña bardo, si alguna vez me necesitas, debes saber que eres muy querida para mí y que acudiré cuando me llames...: Y entonces se desvaneció.

—Bueno, qué noche tan increíble ha resultado ser —dije, sin dirigirme a nadie concreto.

—¿A qué te refieres, Gabrielle? —preguntó una voz conocida a mi lado—. ¿Y por qué estoy casi desnuda? —Xena me miró, buscando en mis ojos y mi cara respuestas que yo no sabía si estaba preparada para darle.

—Ah. —Me atraganté un poco—. Bueno, todo empezó cuando nos atacaron esta tarde. ¿Eso lo recuerdas?

—Sí, me parece recordar algo por el estilo. Sigue.

—Bueno, ah, pues, mm, fallaste al recoger el chakram. —Empecé a contarle algunos de los detalles más inocentes de la noche. Me senté y me puse las rodillas debajo de la barbilla, mientras continuaba mi historia—. ...Así que después de que te trajera aquí, te despertaste y comiste y luego te volviste a dormir. —No hice mención alguna a Lilith ni a la visita de Artemisa.

—¿Y esto ha sido increíble? —No parecía convencida en absoluto.

—Sí, a ver, ¿cuántas veces falla la princesa guerrera al recoger el chakram? —dije con una sonrisa algo forzada.

—Oh, Gabrielle. Por amor de los dioses, por favor. No soy perfecta. Alguna vez me puedo equivocar, ¿no?

—Mmmm... tengo que pensarlo. Eh, ¿qué haces? —Al oír lo último que había dicho, Xena se acercó a mí, me agarró de la cintura y se puso a hacerme cosquillas en un punto sensible.

—Me niego a parar hasta que digas que alguna vez me puedo equivocar y jures además que nunca le contarás esto a nadie. —En su boca bailaba una sonrisa traviesa.

—¡Lo juro, lo juro! —Para entonces me estaba riendo tanto que se me saltaban las lágrimas.

—Bien. Espera un momento, Gabrielle, ¿qué te ha pasado en el cuello? —La sonrisa desapareció, sustituida por una expresión preocupada.

—¿A qué te refieres, Xena? —Eso es, dije su nombre.

—Me refiero a esto. —Alargó la mano y colocó la punta del dedo sobre una de las marcas de mordiscos que me había hecho "Lilith"—. Gabrielle, no me lo estás contando todo. Lo sé.

—No es nada, Xena. En serio. Me habré rascado una picadura o algo así. —Sonreí débilmente.

—Ah, ya lo creo que es una picadura, pero no te la has rascado. Ésas son marcas de dientes humanos. —La expresión preocupada desapareció y la rabia se apoderó de su rostro.

—Xena, de verdad, no es nada. —Tenía la mente hecha un torbellino. No estaba dispuesta en absoluto a decirle que ella era la causa.

—Gabrielle, si alguien te ha hecho daño...

—He dicho que no es nada, Xena.

—Ya. Lo que tú digas. Duerme un poco. Todavía nos queda mucho camino para llegar a Tracia. —Se echó, dejando ver en sus movimientos lo airada que seguía, y fingió dormir.

—Buenas noches, Xena —dije suavemente y me tumbé, lo más lejos que pude de ella sin dejar de compartir las mantas. Estupendo, ¿y cómo voy a dormir yo con el recuerdo de sus labios todavía en la piel? Me estremecí, pero no de frío. Mi cuerpo seguía inflamado por lo que ella, como Lilith, había estado haciendo. De la forma más furtiva posible, volví a cerrarme el corpiño. Menos mal que esto no lo ha notado, pensé mientras me ataba los cordones.


A la mañana siguiente Xena estuvo penosamente callada mientras recogíamos nuestras cosas para marcharnos. Intenté recoger lo más deprisa posible sin hacer mucho lío. Aunque estoy segura de que creía que no me daba cuenta, vi que Xena me echaba miradas acusadoras. Las ignoré lo mejor que pude y al poco ya estaba preparada para emprender la marcha. No se molestó en ofrecerme el barzo y me alegré por ello: no creía que pudiera con el hecho de estar tan cerca de ella tan pronto.

Hacía un día bochornoso y desagradable. Tras unas pocas horas de viaje, estaba empapada en sudor. Xena guardaba un silencio absoluto y ni siquiera se la oía respirar. Yo todavía me estremecía por el recuerdo de sus caricias. Jamás voy a poder mirarla de la misma forma, pensé. ¿Qué Hades voy a hacer? Si la dejo, eso la destruirá. Si me quedo, me volveré loca.

A mediodía llegamos a un pequeño lago y casi me postré para dar gracias al dios que había decidido apiadarse de nosotras.

—Xena, mira, un lago. ¿Podríamos, por favor, nadar un poco? —le pregunté a la guerrera, algo vacilante. Suspiró y se pasó las manos por los cabellos negros como el ébano. El sol hizo brillar los reflejos rojizos y solté una exclamación al ver cómo, incluso tras pasar medio día en pleno calor, la princesa guerrera seguía siendo increíblemente bella. Debió de oírme, porque la cabeza de Xena se volvió para mirarme.

—¿Qué pasa, Gabrielle? Y sí, podemos nadar un poco. Hace calor y Argo necesita descansar.

—Eres preciosa —contesté simplemente, sin poder creerme del todo que lo estaba diciendo.

—Ya me lo has dicho. En numerosas ocasiones. ¿Ésta es especial? ¿O es que has encontrado otro alijo de pan de nueces "especial"? —La risa bailaba en el rabillo de sus ojos. Continuamos hacia el lago. ¿Por qué parece que siempre tenemos más intimidad cuando hay agua cerca?, me pregunté en silencio.

El lago estaba tranquilo y tenía un aspecto muy tentador. Solté mi vara con un suspiro audible. Mi zurrón y mi ropa no tardaron en seguir a la vara y me metí en las aguas frescas y cristalinas, recreándome en la sensación sedosa de las ligeras olas al acariciar mi piel calentada por el sol. Xena me siguió después de asegurarse de que Argo estaba a gusto mordisqueando las hierbas que había cerca de la orilla. Con unas pocas brazadas cortas pero potentes, llegó a mi lado.

—Esto es una maravilla —comenté cuando su cabeza rompió la superficie del agua junto a mi hombro.

—Estoy absolutamente de acuerdo.

—Xena, yo... lamento muchísimo cómo me comporté anoche. No te lo merecías.

—Tonterías, Gabrielle, no debería meterme en tu vida privada. —Sus ojos miraban a todas partes menos a mí.

Ya no lo soporto más. Esto se va a acabar ahora mismo.

—No, Xena, tienes todo el derecho a meterte. Sobre todo en este caso. —Respirando hondo para cobrar fuerzas y rezando para que cuando terminara Xena todavía quisiera seguir en el mismo país que yo, por no decir desnuda y en el mismo lago que yo, empecé a contarle la verdad. Toda la verdad—. Xena, anoche, ayer en realidad, cuando resultaste herida, ocurrió algo, algo que me avergüenza reconocer que me gustó.

—Gabrielle, no tienes por qué hacer esto.

—Sí, creo que sí tengo que hacerlo. Si no lo hago, no creo que pueda vivir conmigo misma o contigo.

—Está bien, adelante.

—Bueno, cuando te despertaste la primera vez, no eras tú misma. No parabas de asegurar que eras otra persona.

—¿En serio? ¿Quién decía que era? —Despertado su interés, se mantuvo a flote en el agua.

—Ah, pues asegurabas ser una mujer llamada Lilith y que tu último recuerdo era el de César ordenando que te rompieran las piernas. —Dejé que las palabras salieran libremente de mi boca—. Al principio, creí que estabas jugando conmigo, poniéndome a prueba, si quieres... pero luego me di cuenta de que no era ningún juego. Te creías de verdad que eras Lilith.

—¿De verdad? Uhm. —Su ceja izquierda, siempre muy expresiva, no me defraudó. Salió disparada hacia arriba, intentando unirse al nacimiento del pelo.

—Sí. Y eso no es todo. Verás, anoche hiciste la cena. Debo decir además que fue la cosa más rica que has hecho nunca.

—Gracias, creo.

—Déjame terminar. El caso es que después de cenar tú... ahm... propusiste que compartiéramos las mantas. —No lo pude evitar, me puse colorada hasta las raíces del pelo.

—Gabrielle, no sé por qué compartir la cama contigo hace que te pongas tan colorada. A menudo compartimos la cama o el dormitorio. —Ahora había una sonrisa sardónica en los labios de la guerrera—. No entiendo por qué no me contaste esto anoche.

—No he acabado. Es lo que ocurrió después de que nos fuéramos a dormir lo que me está causando tal dilema moral que no he conseguido quitármelo de la cabeza.

—¿Dilema moral? ¿Qué quieres decir? —Echó la cabeza a un lado, con una expresión inquisitiva en esos rasgos que me resultaban tan arrebatadores. Mi guerrera no me estaba poniendo las cosas nada fáciles.

—Xena, tú... —Se me quebró la voz y me miré las manos—. Tú me besaste. Apasionadamente. Y yo... yo quería que lo hicieras. —Se me empezaron a saltar las lágrimas de los ojos y me volví para ocultar mi vergüenza—. Pero no quería que lo hicieras en ese momento, sabes. Así que me puse a rezar fervorosamente pidiendo ayuda y entonces apareció Artemisa y me dijo que estabas poseída por un demonio... —Seguí contándole lo ocurrido la noche anterior. Mis lágrimas hacían ruiditos ligeros al caer al agua y, durante toda la historia, Xena guardó silencio—. El caso es que cuando Artemisa te curó y se marchó, te despertaste y yo no podía enfrentarme a lo que había pasado... no podía enfrentarme a mis sentimientos.

—Oh. —Y silencio. Un silencio mortalmente largo.

—Xena —sollocé, incapaz de seguir ocultando mis lágrimas, temores o sentimientos—, te amo. Te deseo. Te necesito. Desde hace mucho tiempo. —Me volví para mirarla, sin que nada me importara ya. Sólo quería acabar con la agonía de mi corazón—. Lo único que quiero saber, lo único que necesito saber —pedí, prácticamente susurrando—, es por qué me besaste cuando estabas en el cuerpo de Autólicus.

Silencio. Todavía nada, salvo silencio. Mi alma se hizo pedazos. Mi corazón murió. Agaché la cabeza. Me volví para alejarme vadeando. Y entonces:

—Porque te quiero más de lo que estoy dispuesta a reconocer, incluso ante mí misma. —La voz de Xena era como un graznido, pero para mí era el sonido más dulce que había oído jamás. Me giré en redondo y allí estaba mi guerrera, de pie en el agua, con las olas acariciándole los pechos, la cara bañada en lágrimas y una expresión en sus ojos que no había visto nunca. Miedo. Miedo total.

—Xena... —Di un paso hacia ella—. ¿Tú... me amas? —Intenté con todas mis fuerzas que la esperanza no me abrumara.

—Sí. Gabrielle, te amo. Tú eres mi corazón, mi luz, mi alma. Todo. Tú eres todo lo que soy. Todo lo que necesito. Todo lo que deseo. Y estaba demasiado ciega para ver... no, no puedo decir eso. Sabía que me querías. Lo sabía y así y todo tenía demasiado... demasiado miedo para hacer algo al respecto. —Levantó la vista y me miró a los ojos, y por primera vez vi en ellos el amor que sentía por mí—. ¿Puedes perdonar a esta vieja señora de la guerra por ser una absoluta cretina?

—Oh, Xena. Te perdonaría cualquier cosa, si eso quisiera decir que puedo seguir contigo. —Le alargué la mano. Vacilando, la aceptó y tiró de mí, muy despacio, hacia ella. La sensación del agua era como un millón de besos, pero no era nada comparado con el beso que Xena y yo nos dimos, allí de pie y desnudas, llorando y abiertas la una a la otra por primera vez en todo el largo tiempo que llevábamos juntas. Sus labios eran suaves, pero fuertes. Sus brazos me rodeaban, me sostenían, me sujetaban y me protegían, y yo me derretí. No quiero que este momento termine jamás. Sin embargo, terminó. Y entonces volvió a besarme. Esta vez fue un beso de fuego. Sentí el calor que me atravesaba el cuerpo y supe que nunca más volvería a dormir fría y sola. Mi princesa guerrera era verdaderamente mía.

Nos separamos y apoyé la cabeza en el hombro de Xena, con un suspiro de felicidad absoluta.

—¿Xena?

—¿Sí, amor mío?

—He oído en algún sitio que en otra época la gente creía que el aire era mágico y que cuando dos amantes se besaban, sus almas se hacían una sola. ¿Tú crees que eso es cierto? —Levanté la cabeza para mirarla a los ojos de zafiro.

—No lo sé. Lo que sí sé es que, antes de que aparecieras, yo era una mujer con media alma. Ahora, estoy completa. —Sus labios capturaron de nuevo los míos y sus fuertes brazos me levantaron y me llevaron hasta la orilla.

Gracias, Artemisa, susurré en el silencio de mi corazón.

:De nada, pequeña bardo. Recuerda que la verdad del amor siempre triunfará sobre las mentiras de la lujuria:


FIN


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