El tiempo está de mi parte

Stacia Seaman



Descargos: Si fueran mías, ahora mismo estaría en mi yate.
Nada de violencia, lenguaje soez ni sexo, ¡lo siento! Pero el relato trata de dos mujeres que están muy enamoradas.
Como siempre, la mitad del mérito corresponde a Faithful por obligarme a expresar lo que pienso, corregir mis errores y enfrentarse a todos los correos que le paso.
stacia_seaman@hotmail.com.

Título original: Time Is on My Side. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Estoy sentada junto al fuego, afilando mi espada. El ruido familiar de la piedra sobre el acero me calma los nervios. Al mirar a través de las llamas, sólo veo oscuridad donde antes se sentaba Gabrielle: me resbala una lágrima por la mejilla cuando me acuerdo de esos ojos verdes y ese sedoso pelo rubio. Me la seco con rabia.

Lo siento, Xena, pero así son las cosas. Me voy a casa.

Con un largo suspiro, recojo mis cosas y me tumbo. Sin embargo, no logro dormir. Siempre he sabido que podría llegar un día en que te dieras cuenta de que la violencia que formaba tanta parte de nuestra vida te estaba ahogando, destruyendo, pero con mi arrogancia de siempre, di por supuesto que nuestro amor lo superaría. Tu fe en mí siempre ha sido muy fuerte, incluso cuando yo misma ya no creía en mi propia bondad. Me pongo de lado y trato de despejarme la mente.

Sabes que te quiero, pero es que eso no basta. Necesito huir de toda esta... muerte.

Miro las estrellas y sonrío por los recuerdos que me traen. He tardado un poco, pero me he vuelto a acostumbrar a estar sola. Ya casi no noto el silencio. He recorrido mucho territorio, he visitado a algunos viejos amigos, y cuando me han preguntado por ti, les he dicho que estabas visitando a tu familia. Es la verdad, a fin de cuentas, y sé que volverás. Ya te has ido dos veces, y siempre has vuelto. Una fina nube pasa flotando por delante de la luna y me incorporo, pues sé que esta noche no voy a dormir.

Esta vez no voy a volver, Xena. Ya no puedo con esto.

Atizo las brasas y pongo un poco de agua al fuego para calentarla. Me he asegurado de que las amazonas sepan dónde estoy, pero me he aguantado las ganas de pasar por Potedaia. Es evidente que necesitas tiempo para aclararte, y yo tengo mucho tiempo. Presionarte sólo empeoraría las cosas. Sabes que te quiero. Quieres seguir el camino del amor, y sé que ese camino te conducirá de vuelta a mí. Me preparo una infusión de hierbas y echo el agua caliente en mi taza.

Por favor, respeta mi decisión, Xena. No intentes seguirme.

Soplo un poco el té, para enfriarlo algo antes de beber un sorbito. Cuánto has crecido en estos tres años desde que te conozco. Apenas veo ya a la joven aldeana en la mujer preciosa y segura de sí misma en que te has convertido. Recuerdo el olor a sol de tu pelo cuando te abrazaba mientras tú te ibas quedando dormida. Casi lo huelo ahora. Las hierbas del té han hecho su trabajo y ahora me estoy quedando traspuesta.

Pero... por favor, recuerda tu promesa. No cedas a la oscuridad.

Me cambio de postura, tratando de ponerme cómoda. No tienes por qué dudar de mí, Gabrielle, mientras tú estés a salvo. La rabia que me llenó durante tantos años ha desaparecido, sustituida por las cálidas sensaciones del amor y de saber que soy parte de algo. Estas sensaciones salen de mi interior, de un lugar que había dado por muerto. Tú me has salvado, Gabrielle, y tanto si te gusta como si no, eres parte de mí. Volverás. Es sólo cuestión de tiempo. Por fin me sumo en un sueño intranquilo.


Horas —o minutos— después, me despierto al oír voces apagadas. Intento incorporarme, pero unos brazos fuertes me lo impiden.

—¿Qué quieres, Xena? ¿Te traigo algo? —El mundo va cobrando forma: contemplo unos preocupados ojos azules al tiempo que Hércules me aparta el pelo de la cara.

—¿Ya está aquí? —Mi voz es débil.

Miro a Iolaus, quien hace un gesto negativo con la cabeza.

—No, Xena, no está aquí.

—Vendrá. —Lo sé con la misma certeza con que conozco mi propio corazón—. Es sólo cuestión de tiempo.

Veo la mirada rápida que intercambian mis amigos.

—Xena —dice Hércules con delicadeza—, no va a llegar. Esos asaltantes...

—Vendrá. —Lo digo con toda la fuerza que puedo—. Lee su carta. Está en camino.

Sonrío dulcemente a Hércules, intentando borrarle la tristeza y el agotamiento del rostro. Digo, suavemente:

—Va a volver. Ya lo verás. Sólo tengo que darle más tiempo.

Iolaus le hace un gesto con la cabeza a Hércules.

—¿Qué tal si intentas dormir un poco ahora, Xena? —Me empuja con cuidado para que me tumbe en las pieles de dormir—. Podemos hablar de esto más tarde.

Estoy cansada, cansadísima: necesito dormir. Ella no tardará en llegar. Aferrando los restos astillados de la vara amazona, cierro los ojos.

La esperaré para siempre.

Vendrá. El tiempo está de nuestra parte.


FIN


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