Revelando secretos

Sam Ruskin



Descargos: Lo de siempre. No son de mi propiedad. No pretendo infringir Xena, la Princesa Guerrera en modo alguno. El hecho de que escriba sobre ellas es un acto de amor realizado con el máximo respeto por todos los que han participado en su creación. Mi vida ha mejorado desde que forman parte de ella.
Violencia/sexo: Bueno, qué. Esto trata de una Princesa Guerrera y de un puñetero dios de la guerra y ocurre durante uno de los períodos más sangrientos de la historia. Sexo... estooo... aaah... Nada que requiera hielo, pero probablemente nada tampoco que queráis leer a la abuela en voz alta. A menos que a la abuela no le importe el tema de dos mujeres que descubren que están enamoradas la una de la otra. Énfasis en lo de descubrir. No en actuar según ese descubrimiento.
Nota especial: Aquí se habla un poco de la violación y ése es un tema sobre el que algunas personas preferirían no leer nada. Sólo puedo deciros que, dadas las circunstancias de mi propia vida, JAMÁS se me ocurriría usar mal la palabra o el tema. No va a haber escenas gráficas al respecto que puedan causar desazón. Eso no es lo mío. Sólo quería avisaros de que la palabra y la amenaza están ahí.
Comentarios: Podéis poneros en contacto conmigo por correo electrónico en: SamRuskin6@hotmail.com. Tratad de ser amables, pero si creéis que es un asco, sois libres de decírmelo. Escucharé e intentaré hacerlo mejor la próxima vez.
Ésta es la secuela de En sus sueños. Sería muy conveniente que antes leyerais eso.
Ah, sí. Soy una mujer. Qué cosa. Y esta versión ha sido revisada por mí misma. No hay grandes cambios. Sólo un poco de limpieza. Gracias y ahora... que disfrutéis.

Título original: Telling Secrets. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Cómodamente arropada en la ligera manta, Gabrielle empezó a despertarse. Sonrió cuando una manita suave le tocó el estómago. Cuando volvió la cabeza hacia la caricia, vio que había un color rosáceo en el cielo que ascendía junto con el sol. Eva se había acurrucado junto a uno de los cuerpos que tanto quería y ahora estaba depositando un "beso" lleno de babas en el ombligo de Gabrielle. Levantando al paquetito, la bardo sonrió.

—¿Crees que le podrías enseñar a tu madre a hacer eso? ¿No? Ya me parecía a mí que no.

La nariz de la bardo se arrugó al reírse suavemente.

—Mmmm. Vamos a lavarte y dejemos que la temible guerrera duerma. ¿Qué te parece?

Dándole un beso a Eva en la frente, Gabrielle abrazó amorosamente al bebé que tanto quería.

—¿Sabes? Escuchas muy bien, Evita. Por no decir que eres la única alma viviente a la que puedo decirle que estoy enamorada de tu madre. Pero no se lo dirás, ¿eh? ¿Me lo prometes?

—¿Decirle qué? —preguntó Xena, estirándose y quejándose.

Gabrielle se giró tan deprisa que Eva se agarró a un mechón de pelo.

—¡Aaay! Lo siento, Evita, no quería asustarte. ¿Estás bien, tesoro?

—Claro. Ella está bien. Lo que tiene agarrado en esos puñitos son tus guedejas rubias, no las suyas. —Xena apenas podía contener la risa al ver a su hija aferrada a los mechones de pelo de la bardo—. Ven, cariño. Ven con mamá.

—¡Eh! Que esa mano está pegada a algo, por si no lo has notado.

Gabrielle besó la manita, al tiempo que la apartaba delicadamente de su pelo.

—Puedes quedarte con el pelo, Evita. ¿Qué importancia tiene una cabeza calva entre amigas? ¿Verdad? —Se inclinó para poder susurrar al oído del bebé—: Pero acuérdate de guardar nuestro secreto.

Una mano mojada agarró la nariz de la bardo, al tiempo que una mejilla cercana recibía generosamente otra buena dosis de baba de bebé.

—Supongo que eso quiere decir que sí —se rió Gabrielle.

Xena se arregló la camisa de dormir para acomodar a su hija y emprendió la tarea de dar el pecho a Eva. Cuando la niña estaba ya dispuesta y mamando, Xena levantó la mirada. La suave luz de la mañana acariciaba la cara de Gabrielle, algo que Xena temía que ella nunca podría hacer. Al menos no de la forma en que deseaba acariciar esa cara.

Los cálidos ojos verdes miraban a Eva con tal amor y ternura que Xena tuvo que apartar la mirada, no fuera a ser que las lágrimas traicionaran su secreto. Fingiendo estirar el brazo derecho, se enjugó las lágrimas recién nacidas y se volvió hacia su queridísima amiga.

—Bueno, Gabrielle, ¿qué te gustaría hacer hoy?

Gabrielle no oyó ni una palabra. Estaba completamente embelesada mirando a Eva en el pecho de su madre. El bebé hacía unos ruidos adorables y había levantado una manita para acariciar el pecho que no estaba usando en ese momento. Se había apretado contra su madre y Gabrielle no recordaba haber visto nada más hermoso en toda su vida.

—¿Gabrielle?

—¿Mmmm? —Levantando la mirada, se sintió avergonzada de haber sido pillada observando un momento tan personal—. Lo siento, Xena. No te he oído. ¿Qué has dicho?

—Es mona, ¿verdad? —Xena no pudo evitar sonreír.

—Sí, sí que lo es. Más que mona, pero... bueno...

Ahora nerviosa, Xena levantó una ceja.

—¿Bueno qué? ¿Qué pasa?

—Es que tú eres tan guapa, Xena. —Tomó aire. Maldición, ya la he hecho—. Quiero decir... Oh, por Hades, Xena. ¿Por qué me tendría que dar corte? Seguro que a estas alturas ya sabes que me pareces guapa, ¿no?

Ahora le tocó a la guerrera sonrojarse.

—Pues, yo... o sea... Sí, supongo que sí, pero...

Sentada en el suelo junto a las dos personas que lo eran todo para ella, Gabrielle tomó aire profundamente.

—¿Xena?

—Sí.

—No creo que te haya visto nunca tan feliz. Tan contenta. Tan en paz como cuando estás dando de mamar a Evita. ¿Es así como te sientes?

Xena se frotó la mejilla con la mano derecha y se tomó un momento para pensar antes de contestar.

—Nunca lo había pensado, pero sí, creo que así es como me siento. Contenta. En paz. Feliz. Sí, así es como me siento cuando doy de mamar a Evita.

Alargando la mano para tocar la pierna de Gabrielle, miró a los ojos de esmeralda de su amiga.

—Pero ése no es el único momento en que soy feliz. Gabrielle: contenta, en paz, feliz... estas palabras no formaban parte siquiera de mi mundo. Entonces entraste tú en mi vida. me haces feliz, Gabrielle. Muy feliz. ¿Es que no lo sabes ya?

Con cuidado, Xena movió a Eva para que pudiera terminar de desayunar en el otro pecho. Por un momento creyó ver algo en los ojos de Gabrielle. No, se dijo a sí misma. Las ganas que tienes. Vuelve a la realidad, Princesa Guerrera, antes de que te oiga pensar y te dé una bofetada.

—Xena, yo...

De repente, apareció Artemisa. Sin bolas de luz ni fanfarrias. Se quedó allí en silencio. Erguida, orgullosa y paciente, esperando a que la vieran. No tardaron mucho.

—¡Por los dioses! Lo siento, Artemisa. ¿Qué ocurre? ¿Les ha pasado algo a las amazonas?

—Respira, Gabrielle —sonrió Artemisa. Una vez más recordó por qué esta mujer increíble era su Elegida.

—Bueno, caray. No es que aparezcas tan a menudo y... vale, respiro. Ahora, ¿qué les ha pasado a mis hermanas amazonas? Es eso, ¿verdad? Por favor, no me digas que he perdido a alguien más.

Xena había terminado de dar el pecho a Eva, que ahora dormía, y la acostó cómodamente en el petate de Gabrielle. Colocó una mano suavemente en el hombro derecho de la bardo, para llamarle la atención. Mirando a los preocupados ojos verdes, sonrió para asegurarle a su amiga que todo iba a ir bien.

—Gabrielle, sea lo que sea, nos ocuparemos de ello. ¿Vale?

Artemisa observó, con gran interés, la relajación inmediata de los músculos de los hombros de la bardo y notó que se le había aflojado la mandíbula.

—Vale, Xena. Tienes razón. Sea lo que sea, lo superaremos. Artemisa...

A la izquierda de Artemisa el aire se iluminó con un millar de chispas rosas, plateadas y doradas. Artemisa puso los ojos en blanco. El resplandor se desvaneció y apareció Afrodita.

—Siento llegar tarde.

—Más te vale sentirlo. Acababa de conseguir que Gabrielle volviera a respirar y llegas tú con tu maldito espectáculo de luz y color. ¿Pero qué os pasa a algunos? ¿Por qué todo ese...? Olvídalo. No tenemos mucho tiempo y lo estamos perdiendo.

Gabrielle miró a Xena, que levantó la ceja y encogió sus poderosos hombros. Juntas, se volvieron para mirar a las inoportunas diosas.

—Oye, cielín. Siento llegar tarde, pero tuve una interrupción.

Al oír esto, Artemisa frunció el ceño preocupada.

—Afrodita, ¿no sería...?

—Sí, y sospecha de nosotras. No tenemos mucho tiempo, así que será mejor que las advirtamos y como que nos demos el piro de aquí.

—¡¿Advertirnos?! Artemisa, ¿qué está pasando? —Xena había rodeado ahora los hombros de la bardo con gesto protector. Y no estaba dispuesta a soltarla.

—Escucha, Xena. Ares ha dicho que tienes parte de la costilla de Cronos. ¿Es eso cierto? Y por todo lo que más quieras, dime que sí, por favor.

¡Por el Tártaro! ¿Artemisa quería que tuviera la costilla? Ahora hasta a Xena le costaba respirar. Asintió.

—Bien. No la pierdas de vista. —Volviéndose a la bardo, habló con más dulzura—. Gabrielle, hace tiempo que todos sabemos lo de Ares y su violación...

—Eeepaaaa. Tranqui, Arti. Violación es una palabra feísima. —Afrodita no podía discutir su veracidad, pero le daba horror que se usara en una misma frase con el nombre de su hermano.

—Claro que lo es. Y es la correcta. Y tú lo sabes. Ahora calla para que podamos hacer esto. —Artemisa acarició la mano de Gabrielle y miró a los ojos azules de la guerrera—. Como he dicho, todos sabemos desde hace tiempo que nuestro hermano entra en los sueños de las mujeres mortales y... lo siento, Dita, las viola. No sabíamos que planeaba... gracias, Xena. Si lo hubiera sabido, te habría ahorrado ese enfrentamiento y habría matado a ese cabrón inmortal con mis propias manos. Es que con eso de que Zeus ya no está, Ares anda un poco descontrolado.

—¿Disculpa? ¿Un poco descontrolado? —La diosa del amor parecía atípicamente seria.

—Vale. Está muy descontrolado. Y ha preparado un plan maligno para destruiros a las dos, de una vez por todas.

—Mirad, Ares sabe dónde encontrarme. Si me quiere, decidle que adelante; pero a Gabrielle dejadla fuera de esto. —Xena estrechó más a su amiga.

Artemisa sonrió.

—No, Xena. Quiere destruiros a las dos, y su plan, por lo que sabemos, es horrible. Ese maldito dios de la guerra con exceso de desarrollo hormonal ya no se conforma con matar simplemente a una de vosotras o incluso a las dos. Ha planeado algo que está convencido de que os destruirá a cada una, en lo más profundo de vuestro ser. Luego, planea mataros, mientras cada una ve cómo sufre la otra. Se enfadó de verdad cuando impediste que se divirtiera con mi Elegida. Por eso estaré siempre en deuda contigo, Xena. No me lo esperaba en absoluto. Lo siento, Gabrielle. Yo jamás habría permitido que Ares te violara. Espero que me creas.

Xena nunca había visto a Artemisa tan angustiada y preocupada por los sentimientos de un mortal. Ni siquiera de una amazona. Intentó hacer una recapitulación de los hechos.

—Vale. Si lo he entendido bien, Ares planea hacernos algo horrible a cada una mientras la otra se ve obligada a soportarlo, sin poder hacer nada. Por los dioses, es que no aprende. No hay forma de que le vaya a permitir hacer daño a Gabrielle y creo que todas sabemos lo que tiene pensado hacerle. Os juro que le cortaré...

Artemisa se rió entre dientes.

—Como se atreva a respirarle siquiera encima, Xena, yo misma lo sujetaré por ti.

Subida de ceja. Gabrielle se rió con disimulo y se estremeció al mismo tiempo.

—¿Me toca ya?

—Te toca, diosa del amor. Pero esta vez nada de versos. Ve al grano antes de que nos pille.

—Vale. Vamos allá. Arti y yo hemos averiguado que sólo hay una manera de que podáis derrotar a Ares sin matarlo. Ojo, a estas alturas no es que nos opongamos a que lo matéis. El problema es que para cuando Xena esté lo bastante cerca como para matarlo, él podría... bueno, ni lo pensemos. Gabrielle. Xena. Existe un poder en el mundo más fuerte que Ares. Más fuerte que cualquiera de los dioses, la verdad. Incluso más fuerte que todos nosotros juntos. Las dos lo sabéis. Lo que no sabéis es cómo controlar y usar ese poder.

—A ver si lo adivino —dijo Xena sardónicamente—. Afrodita está aquí, así que debemos de estar hablando del amor. Bueno, Gabrielle, tú siempre has dicho que el amor era la respuesta. —La sonrisa que dirigió a la bardo era tierna, pero absolutamente seria.

—Lo es. Pero no es tan sencillo. Para derrotar a Ares y su maléfico plan... y debemos deciros que algunos de los otros lo están ayudando porque piensan que no tienen nada que perder, con esto del crepúsculo y tal. Para derrotar a Ares esta vez necesitaréis todo vuestro amor y tendréis que dirigirlo.

Xena y Gabrielle se miraron entre sí, desconcertadísimas.

—Mirad, Afrodita y yo esperábamos poder daros todo el tiempo que necesitarais para resolver esto por vuestra cuenta; pero es que ya no hay tiempo. Siento tener que quitar el romanticismo al asunto.

—¿Eh? —Una palabra, dos voces.

—¡Díselo, diosa del amor, o se lo digo yo!

Vale. Cómo odio esto. Sabes que lo odio, Artemisa. Xena. Gabrielle. Por favor, escuchad y... no os enfadéis. En justicia, deberíais poder tomaros todo el tiempo que os haga falta para decidiros a confesaros la una a la otra lo que sentís de verdad.

Dos bocas se abrieron de par en par y tragaron aire, intentando desesperadamente llenar dos pares de pulmones.

—Sí, bueno, pues a veces la vida es un asco y Ares me las va a pagar por esto aunque sea lo último que haga. En cualquier caso, sólo podéis derrotar a Ares a través del poder de vuestro amor y si seguís fingiendo que no os queréis, ganará con toda seguridad.

—¿Fingiendo que no nos queremos? ¿De qué hablas? Gabrielle sabe que la quiero. ¿A que sí?

—Por supuesto. Tú sabes que te quiero, ¿verdad?

Afrodita miró a Artemisa y suspiró. Artemisa asintió y la apremió para que continuara.

—Lo siento. Señoras, ahora tenéis que superar los miedos o Ares os violará a cada una mientras obliga a la otra a mirar y...

Xena abrazó a Gabrielle con tanta fuerza que la bardo hizo un gesto de dolor; al mismo tiempo, tenía la mandíbula tan apretada que le palpitaban las sienes.

—¡Por el gran Zeus! ¡Arti! ¿Es que tenías que decirles eso?

—Sigue, Afrodita. Se nos agota el tiempo y a mí se me agota la paciencia.

—Todas sabemos que os queréis. Pero esta vez con eso no basta. No porque el amor no sea suficiente, sino porque el miedo y la duda anulan gran parte del poder del amor. ¿Xena?

Tragó con fuerza, como si supiera lo que estaba a punto de decir.

—¿Sí?

—Tienes miedo de decirle a Gabrielle que estás enamorada de ella porque dudas de que ella comparta tus sentimientos y temes que te rechace y luego te deje. ¿Es ésa la idea general?

Soltándose del abrazo de la guerrera, para poder girarse y mirarla, Gabrielle se echó a temblar.

—¿Es eso cierto, Xena?

Si unos gélidos ojos azules pudieran matar a un dios, la pobre Afrodita habría caído muerta sobre sus relucientes chispas. Artemisa tampoco dejó de notar la mirada y dejó estupefacta hasta a Gabrielle al coger la mano de Afrodita.

Dando golpecitos con el pie enfundado en su correspondiente bota, Gabrielle también estaba asestando sus propias miradas asesinas.

—¿Y bien, Xena? Te he hecho una pregunta, Princesa Guerrera. ¡¿Es eso cierto?!

Tras un minúsculo gesto de asentimiento y otro buen trago de saliva, la ex señora de la guerra supo que más le valía contestar a la bardo.

—Venga, Gabrielle, no te enfades. Por favor. Te doy mi palabra de que jamás me habría dejado llevar por esos sentimientos. Yo...

—¿¡QUEEEE!?

Las dos diosas intercambiaron miradas astutas, pero ni Xena ni Gabrielle se dieron cuenta.

Las lágrimas empezaron a caer en torrente por las acaloradas mejillas de la guerrera. No hizo el menor esfuerzo por secárselas.

—Gabrielle, sé que estás enfadada y no te culpo. Si quieres marcharte, yo...

¿Marcharme? ¿Por qué Tártaro iba a querer marcharme?

—Bueno, yo... o sea... Es decir, yo sé que tú no...

Agarrando de un brazo a la figura en retirada, Gabrielle se sorbió sus propias lágrimas, que resbalaban rápidamente por su cara, luchando por recuperar el control.

—Xena, quédate quieta. ¿Por favor? ¿Crees que no te quiero? No. Espera. No quiero decir eso. ¿Xena? Crees que no estoy enamorada de ti. ¿Es eso correcto? Y como no estoy enamorada de ti... o eso crees... piensas que no sólo voy a rechazar tus sentimientos sino que te voy a dejar. ¿Es eso lo que piensas?

Xena intentó soltarse. Ambas cejas se alzaron disparadas por la sorpresa cuando la bardo plantó los dos pies y aguantó el tipo... y a su guerrera.

—Gabrielle. Suéltame. ¿Por favor?

—¡Ni hablar, cariño!

Glub.

—¿Cariño? —Una sonrisa desconcertada pero satisfecha.

—Sí, bueno, de eso podemos hablar más tarde. No te voy a soltar. Jamás. Xena, ¿cómo es posible que una persona tan inteligente sea tan boba?

—¿Eh?

Estoy enamorada de ti, Xena. Creo que siempre lo he estado. Vale. Tal vez no siempre, pero sí desde hace mucho tiempo. Por las pelotas de Hades, Xena. Durante los dos últimos años he vivido con el terror de que pudiera hablar dormida durante uno de mis sueños... aaah, quiero decir... oh, olvídalo. Digamos que tenía miedo de que mi secreto quedara revelado al amparo de la noche.

La alta guerrera se inclinó para mirar directamente a los cautivadores ojos de la bardo.

—¿Estás enamorada de mí? Eh, espera un momento. ¿Qué clase de sueños...?

Artemisa sonrió, soltando la mano de Afrodita.

—Lo siento, señoras, pero no tenemos tiempo de compartir sueños eróticos en este momento.

Ahora le tocó a Gabrielle levantar las cejas.

—¿Cómo sabías que eran eróticos...? Maldición.

Afrodita y Artemisa se echaron a reír.

—Gabrielle, todos lo sabíamos. Cielos, niña, lo sabían todos los dioses y prácticamente el mundo entero. Sólo Xena y tú os negabais tercamente a ver las ondas en el agua. Desgraciadamente, ahora mismo tenemos cosas más urgentes de las que hablar.

Xena se colocó detrás de Gabrielle y rodeó la pequeña cintura de la bardo con sus fuertes brazos.

—Como cómo detener el maléfico plan que se le ha ocurrido esta vez al dios de la guerra.

—¿Y de qué sirve que Xena sepa que estoy enamorada de ella? No es que me queje, cuidado.

—No, Gabrielle. Que Xena no lo supiera y que no lo supieras. Ahora las dos sabéis que os queréis totalmente y sin reservas. Piénsalo un momento, Gabrielle. Sabes lo que siente Xena de verdad y ella sabe lo que tú sientes de verdad. Ahora que sabéis todo esto y ciertas cosas están bien entre las dos...

—Más que bien —intervino Xena.

Afrodita volvía a relucir en tonos rosas y dorados.

Artemisa prosiguió:

—Piensa, Gabrielle. ¿Aún sientes el miedo? ¿Te queda alguna sensación de duda?

—No. No, ya no siento ese miedo. ¿Duda? Mmmm. Todo esto ha sido tan rápido, Artemisa. No te voy a mentir. Todavía siento algo de duda.

Inclinándose hacia delante hasta que sus labios estuvieron junto a un tentador lóbulo, Xena susurró:

—Creo que puedo disipar esa duda si estas dos se largan de aquí y nos dejan tener un momento a solas.

Un hormigueo recorrió la espalda de Gabrielle al tiempo que se apoyaba en su susurrante guerrera.

—Casi hemos terminado, Princesa Guerrera. Entonces podrás emplear el método que quieras para acabar con las dudas de mi Elegida. Adelante, Afrodita, díselo.

—Nosotras, Arti y yo, ya nos hemos saltado un montón de normas al obligaros a revelar vuestros auténticos sentimientos antes de que estuvierais listas. Hemos podido hacerlo sólo porque Zeus nos dijo hace mucho tiempo que las dos erais almas gemelas e intocables para los dioses.

—¿Qué? ¿Zeus lo sabía? Pero espera un momento, por Zeus. ¿Intocables para los dioses? ¿Entonces qué hace Ares intentando que Xena tenga un hijo suyo? —gritó una bardo muy cabreada.

—¿O violando a Gabrielle? ¿Y cómo cree que se va a salir con la suya con este nuevo plan si somos "intocables para los dioses"?

Con un resplandor más brillante ahora, Afrodita miró a Artemisa.

—Tenemos que largarnos de aquí. Como ya mismo.

—Vale. Se sale con la suya porque Zeus está muerto y Hera ha desaparecido y los demás están demasiado preocupados por sí mismos para que les importe lo que haga.

—¿Entonces cómo nos da nuestro mutuo amor el poder para derrotarlo? Y nada de respuestas crípticas. Parece que estáis a punto de salir huyendo en cualquier momento y necesitamos saber qué hacer. —La perfecta sincronización de sus gestos de asentimiento reveló a las diosas que Xena hablaba por las dos.

Afrodita suspiró.

—Lo siento, nena guerrera. Eso no os lo puedo decir. Lo único que puedo decir es que tenías razón, Gabrielle. El amor es la fuerza más poderosa del universo. ¿Por qué creéis que mi hermanito se ha empeñado tanto en separaros?

Cuatro hombros. Un solo encogimiento.

—Escuchad. El amor que las auténticas almas gemelas unidas de por vida sienten la una por la otra es tan poderoso que abarca todas las vidas, todas las creencias, todos los dioses y todas las eternidades. Vosotras sois las almas gemelas más auténticas y más únicas. Zeus lo sabía. Ares lo sabe. Recordad, cada una de vosotras ya ha roto por la otra las cadenas mismas de la muerte en más de una ocasión. Ése es el poder del amor que sentís la una por la otra y Ares no tiene la menor posibilidad ante eso.

—Artemisa, haz algo. Todavía no sabemos cómo protegernos de Ares. —Gabrielle veía que empezaban a desvanecerse y se estaba poniendo muy nerviosa.

—Lo sabréis. Xena, cuento contigo. Se acabaron las dudas, guerrera. Te ama. Siempre te ha amado. En todos los sentidos. No dejes que Ares...

Cuando Afrodita y Artemisa ya estaban desapareciendo de su vista, Xena les gritó:

—No te preocupes. Jamás la dejaré, Artemisa. Jamás.


FIN


Continuación: Tras el resplandor


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