Tras el resplandor

Sam Ruskin



Descargos: Lo de siempre. No son de mi propiedad. No pretendo infringir Xena, la Princesa Guerrera en modo alguno. El hecho de que escriba sobre ellas es un acto de amor realizado con el máximo respeto por todos los que han participado en su creación. Mi vida ha mejorado desde que forman parte de ella. Adoro a estas mujeres y la serie. La imitación es la forma más sincera de adulación. He dicho.
Lo que se debería leer primero: Bueno, me han dicho que este relato "podría" ir solo. Sin embargo, es la tercera parte de una historia que empezó con En sus sueños y que iba seguida de Revelando secretos. Podría venir bien leer esos relatos primero. Lo que queráis. Os diré que En sus sueños fue mi primer fanfic y que me pasé mucho tiempo sin publicarlo porque pensé que no le iba a gustar a nadie. Juzgad vosotros mismos si tenía razón o no.
Sexo/violencia: Mm-mm. En este relato la violencia es en forma de amenazas, pero está ahí. ¿Sexo? Venga. Ésta es una historia sobre dos mujeres que se quieren en todos los sentidos. Bueno, supongo que debería decir que es una historia tipo "primera vez". La temperatura... estooo... sube bastante. Si sois menores de edad o esto es ilegal donde vivís, seguid navegando. Ahí fuera hay muchas historias para vosotros. Ésta no es una de ellas.
Comentarios: Sois libres de compartir vuestras ideas/sentimientos/opiniones conmigo. Si creéis que es lo peor que habéis leído en vuestra vida, no me importa que os ahorréis los comentarios. Si así y todo os empeñáis, adelante. Podéis poneros en contacto conmigo en: SamRuskin6@hotmail.com.
Gracias por leer y que disfrutéis...

Título original: After the Glitter. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Sólo quedaron flotando unas cuantas chispas rosas y doradas y sólo el tiempo que tardaron en posarse en el suelo. El sol ya había salido del todo y Eva dormía profundamente, bien arropada en el petate de la bardo. Lo que había sido una acogedora hoguera ahora era poco más que un montón de brasas prometedoras. Justo al otro lado del claro, se oía el gorgoteo de un pequeño arroyo. Los pequeños animales se ocupaban de sus asuntos cotidianos y una amplia familia de seres alados saludaba el día con una canción. Una ligera brisa traía el aroma del lago cercano, recogiendo a su paso la fragancia de los jazmines.

Gabrielle sonrió al darse cuenta de que la guerrera aún la estrechaba entre sus fuertes brazos. Colocando delicadamente las manos sobre los antebrazos que rodeaban cómodamente la cintura de la bardo, la reina amazona se volvió ligeramente. Unos cálidos ojos verdes como el musgo capturaron los ojos azules celestes de cierta Princesa Guerrera.

—Tengo entendido —sonrió la menuda rubia—, que dijiste algo sobre acabar con mis dudas.

La alta heroína enarcó una ceja, pero no pudo evitar la sonrisa que iluminó su cara morena.

—¿Eso dije?

—Mmmmmm. —Gabrielle le echó una sonrisa que habría podido detener un carro de carreras en un coliseo romano.

Apartando a la bardo lo suficiente como para poder darle la vuelta del todo, Xena se encaró con ella.

—Eso dije, ¿eh?

Deslizando las pequeñas manos por los fuertes brazos y los tensos músculos del cuello hasta hundirlas en el cabello oscuro, la bardo enarcó su propia ceja.

—Sí, Xena. Eso dijiste. Así que dime, oh gran Princesa Guerrera. ¿Se parece esto a lo que tenías pensado?

Xena empezó a responder. De verdad que sí. Pero el amor de su vida se había puesto de puntillas y había capturado la boca de la guerrera con la suya. La menuda bardo había calculado la captura a la perfección, pues Xena acababa de abrir la boca para hablar. Extendiendo las pequeñas pero fuertes manos por entre el cabello oscuro, Gabrielle apretó la boca de su alma gemela contra la suya. Deslizando su lengua hambrienta junto a la de Xena, la bardo no pudo acallar el gemido sensual que se le escapó de entre los acalorados labios.

—Mmmm. Oh, dioses. Mmmmm.

Las grandes manos de Xena encontraron el prieto trasero de Gabrielle y levantaron a la bardo, moviéndose hasta apoyarse en un árbol cercano. La guerrera se dio la vuelta, apoyando su propia espalda en la áspera corteza, al tiempo que apretaba con fuerza el cuerpo de la mujer más baja contra el suyo.

Acariciando las mejillas bronceadas y una fuerte mandíbula, las manos de Gabrielle empezaron a explorar. Rodeando las caderas enfundadas en cuero con sus poderosos muslos, la bardo descubrió que el árbol le impedía rodearlas del todo y juntar las piernas como había esperado.

—Maldición —masculló.

Estrujando el trasero que hasta entonces sólo había soñado con tocar, Xena sonrió.

—Espera, amor. ¿Qué tal ahora?

Al sentir unas manos delicadas que apretaban las plantas de sus pies contra la parte trasera de unos muslos musculosos y ligeramente doblados, Gabrielle soltó un ruido a medias entre un gemido y un gruñido. El ligero movimiento también había separado más las piernas de la bardo, apretándola tanto contra la guerrera que notaba el calor húmedo.

—Dioses, Xena.

Gabrielle aspiró la lengua de Xena hasta tenerla totalmente en la boca y la succionó apasionadamente, sin ser consciente de que sus caderas seguían el mismo ritmo en otra parte.

Fue en este momento tan sumamente inoportuno cuando cierta niña decidió que tenía hambre. Y, como os podrá decir cualquiera que haya estado cerca de un bebé hambriento, no le dio ningún apuro hacerse oír.

La guerrera y la bardo se quejaron y gimotearon al unísono. Luego se rieron entre dientes. No dejaban de captar el humor de la situación en la que estaban. Con todo, cuando los vidriosos ojos azules se encontraron con los nublados ojos verdes, sus labios y lenguas se juntaron, casi con frenesí. Unas manos fuertes atrajeron el firme trasero hacia unas caderas en movimiento.

—¡BUAAAAA! ¡¡¡BUAAAAAAA!!! —Un paquetito mojado y hambriento interrumpió los jadeos, exigiendo ser oído. Y se le oyó. Hasta los conejos y las ardillas salieron corriendo ante aquellos chillidos.

—Dioses —gimió la guerrera—. Tardo cinco puñeteros años en conseguir tenerte entre mis brazos y ahora tengo que dejar que otra persona me chupe los pechos.

—¡Eh! —advirtió la bardo—. ¡Ni lo pienses siquiera!

Gabrielle había recogido a Eva y estaba cambiando a la pequeña aguafiestas. Xena se colocó bien la túnica de cuero y se acercó a las dos personas que más adoraba.

Cogiendo en brazos al todavía ruidoso bebé, la alta mamá guerrera se acercó al mismo árbol y se sentó, apoyándose en su fuerza. Xena se bajó la túnica del pecho y echó a un lado la camisa, destapando un pecho lleno de leche. Gabrielle tragó, incapaz de apartar la mirada. El deseo manifiesto en los ojos de su alma gemela obligó a la morena heroína a apretar los muslos con fuerza. El ligero movimiento no pasó desapercibido a la reina de las amazonas, que sonrió mirando a los ojos azorados de la guerrera.

—¿Es culpa mía que sea aquí donde come? —preguntó Xena con una ceja enarcada.

—Bueno. —Gabrielle se sentó junto a las dos personas sin las cuales no podía vivir—. Tú asegúrate de que nadie más cena ahí. Asegúrate bien. —La apasionada bardo alzó las dos cejas enfáticamente.

Xena se echó a reír. Antes de que a Gabrielle se le ocurriera decir nada más, el silencio se llenó de fuertes chupeteos y cesaron todos los lloros.

—Nunca pensé que vería a nadie con un apetito tan grande como el tuyo —dijo Xena con una sonrisa suficiente.

Gabrielle se incorporó de rodillas junto a la madre lactante y se acercó mucho a la cara de Xena.

—Todavía no has visto nada, mi amor.

Xena tragó. Bien fuerte. Los ojos de Gabrielle miraron relucientes a los azules que tanto adoraba. Unos suaves dedos acariciaron las mejillas bronceadas al tiempo que unos labios aún más suaves rozaban la mandíbula y la oreja de la guerrera.

—Te quiero, Xena. Creo que siempre te he querido. —Los ojos de esmeralda se posaron en la niña que mamaba y sonrieron. Levantando la vista, la belleza rubia miró a su amor con aire inquisitivo—. ¿Xena?

—¿Mmmm?

—¿Te molestaría que te besara ahora? O sea... ¿con Evita mamando y eso? —Gabrielle intentaba disimular su azoramiento y su necesidad, pero la guerrera percibió ambas emociones. En más de un sentido.

Dejando caer el otro lado de su camisa hasta la cintura, Xena cambió a Eva al otro pecho donde se reanudó la succión. Una vez acomodada su hija, Xena alargó la mano libre para tocar la cara abatida de Gabrielle.

—Ven aquí.

—Pero y si... —La frase de la bardo quedó interrumpida por la penetrante lengua de la guerrera.

Tras largos minutos amándose y explorándose la boca mutuamente, se separaron para dejar que entrara aire en sus pulmones. Pero los dedos de la guerrera siguieron enredados en el pelo corto y espeso de la bardo. Tenía que respirar, razonó Xena en silencio, pero no tenía por qué soltarla. Y no tenía por qué dejar de mirar al amor de su vida. Ya no. Ni nunca más. Por fin podía contemplar a la menuda belleza hasta hartarse. Y sabía que eso no ocurriría nunca.

—Te quiero, Gabrielle. Te quiero tanto. Estoy tan enamorada de ti que me ha llegado a doler por dentro.

Gabrielle sonrió y acarició tiernamente los labios de Xena con los suyos.

—Recuérdame que les dé las gracias a Artemisa y Afrodita por conseguir que mi alta guerrera hable conmigo —le tomó el pelo.

—¿Es que no sabes por qué antes nunca hablaba mucho contigo?

—¿Eh? —Gabrielle levantó los ojos del punto del cuello de Xena que estaba acariciando con la lengua—. ¿Ez que hay una dazón?

Xena soltó una risilla sofocada al oír la extraña forma de hablar.

—¿Te diviertes, Gabrielle?

Los ojos verdes rieron a la luz del sol. Al notar que la guerrera se acercaba más a las atenciones de su lengua, sonrió.

—¿Y mmmmm tú mmmmm no?

Luego, con cierto brillo en los ojos, empezó a succionar el cuello de Xena donde notaba el pulso.

—Oh, dioses —farfulló Xena al tiempo que se movía ligeramente contra el árbol.

Gabrielle rozó varias veces el pulso con la punta de la lengua antes de deslizarla hacia abajo. Xena gimió y se reclinó, levantando un poco más los pechos. La bardo volvió a sonreír contra la cálida carne y su lengua bajó aún más, deteniéndose al llegar al comienzo del pecho libre de Xena.

—Ya ha terminado con éste. ¿Verdad?

—Oh, dioseeeees —fue lo único que consiguió decir la guerrera al notar que la lengua caliente de la bardo empezaba a rodear su pecho dolorido.

Con cuidado de no molestar al bebé que seguía mamando, Gabrielle se sentó a horcajadas sobre la guerrera reclinada al tiempo que seguía trazando círculos lentos, cálidos y húmedos. Al cabo de lo que a la agitada Princesa Guerrera le pareció casi una eternidad, la bardo acarició el rígido pezón con la lengua.

—Mmmmm. Qué gusto, Xena. ¿Puedo?

—Dioses, sí, Gabrielle. ¡Hazlo!

Sin necesidad de más invitaciones, Gabrielle se metió en la boca ardiente todo lo que pudo del abultado pecho y empezó a succionarlo, apasionadamente. La sensación de Xena empujando para hundirse más en su boca provocó unas pulsaciones entre las piernas de la bardo como no había sentido jamás. Casi le dio miedo. Notó que ella misma empujaba rápida y firmemente su propio cuerpo contra el de Xena. La sensación dejó aturdida a la mujer menuda y paró en seco todo movimiento, al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Xena supo al instante lo que había pasado. Eva, loados fueran los dioses, había terminado de mamar y se había quedado dormida pegada al pecho de su madre.

—¿Gabrielle? Cariño, no pasa nada. Mírame.

Unos ojos tímidos y desconcertados se apartaron del pecho todavía mojado. Xena acarició la cara de su alma gemela con el dorso de la mano. Haciendo un gesto con la cabeza para señalar a Eva, dirigió la mirada a los petates. Gabrielle comprendió y se levantó, cogiendo al bebé en sus fuertes brazos.

Cuando Eva volvió a quedar bien abrigada y segura en el petate de Gabrielle, Xena besó al bebé en la frente. Cogiendo a su amor de la mano con ternura, Xena regresó al árbol. Esta vez la guerrera se llevó a rastras su propio petate y lo colocó en el suelo debajo de ellas. Se volvió a colocar como antes y tiró de la mano de la bardo, indicando que ella debía hacer lo mismo. Gabrielle sonrió y volvió a sentarse a horcajadas encima de su guerrera. Sólo que tuvo cuidado de colocarse más cerca de las rodillas de Xena que de las caderas.

—Oh, no, no, no, mi dulce amor. Eso no puede ser. —Meneando la cabeza ligeramente, Xena deslizó las fuertes manos por el trasero de Gabrielle y lo agarró con firmeza.

La bardo miró a los ojos a su alma gemela y sonrió. Era una sonrisa casi tímida, pero el amor y el deseo resultaban inconfundibles. Xena cerró los ojos un momento y tomó aliento con fuerza.

—¿Gabrielle? Lo que sentiste antes... lo que sentimos antes... ¿no te ha gustado?

Esto era lo que había temido durante tanto tiempo. Al menos en parte. Que la bardo en realidad no quisiera amarla de esta forma. El dolor y la inseguridad le revolvían el estómago, pero se trataba de Gabrielle y se las arreglaría para mantener el control.

La bardo vio algo en esos ojos azules y el examen la distrajo, por el momento.

Xena se esforzó por impedir que le temblara la voz.

—No pasa nada, Gabrielle. No cambia nada. Te quiero con todo mi corazón y toda mi alma. No tenemos que hacer el amor si no quieres.

Le había salido más deprisa y más entrecortado de lo que la guerrera esperaba, pero estaba intentando decirlo sin venirse abajo.

Poco a poco, las palabras calaron. Gabrielle frunció el ceño. Sus ojos se movieron de un lado a otro mientras intentaba reconstruir las palabras en su cabeza. Cuando las tuvo colocadas, su mente las repasó velozmente. Los ojos verdes se pusieron como platos. Se le cortó la respiración.

—¡Xena! ¿Acabas de decir que no quieres hacer el amor conmigo?

Los ojos azules se abrieron aún más que los verdes que los miraban fijamente.

—¿¡Qué!? ¡Hades, no, Gabrielle! He dicho que no tenemos que hacerlo si no quieres. Hace unos minutos parecías muy asustada por lo que estaba pasando y no quiero obligarte a nada que no desees. Dioses. Creías que no quería hacer el amor contigo. Madre de Zeus, mujer. Llevo casi desde siempre queriendo hacer el amor contigo.

—¿Sí? —Gabrielle subió por los poderosos muslos hasta pegarse estrechamente a Xena—. ¿Tú creías que lo que ha pasado hace un momento era porque yo no quería hacer el amor contigo?

—Pues sí. Parecías tan asustada y... no sé... asqueada. —Xena se esforzó por contener las ardientes lágrimas.

Tocando la cara que amaba por encima de cualquier otra, Gabrielle secó las lágrimas casi antes de que cayeran.

—Estaba asustada, cariño. Pero no por el motivo que crees. Y nunca... nunca, ¿me oyes?... nunca me he sentido asqueada por la idea de hacer el amor contigo. Es sólo que... bueno, me da un poco de vergüenza. —Gabrielle empezó a cubrir la cara de Xena de besos ligerísimos.

—Gabrielle. Cielo. Me puedes decir cualquier cosa. Entre nosotras no hay nada de qué avergonzarse. Mmmm. —Xena sintió que la lengua de la bardo le penetraba la boca antes de poder decir la última palabra.

—Vale. Cuando antes estábamos... cuando yo estaba... eeeh... ¿besándote el pecho y chupándote? —La ardorosa bardo localizó de nuevo el pecho aún al aire como para demostrar lo que estaba diciendo.

—Sí, oh dioses. Digo, ¿sí? —La guerrera empezó a tocar suavemente el firme trasero que tenía bajo los dedos, mientras la bardo juntaba aún más su cuerpo al suyo.

—Pues yo... dioses, Xena, lo que estás haciendo me está volviendo loca.

Xena había empezado a convertir el masaje en un suave ritmo en el que apretaba a la bardo contra ella al tiempo que ella misma respondía a cada apretón con un suave empujón. Supo incluso antes de que su tímida bardo dijera nada que el placer era mutuo por el movimiento de los músculos contra las fuertes manos.

—¿Esto te gusta, amor?

Meciéndose con más fuerza contra la guerrera, Gabrielle se metió un lóbulo en la boca ardiente.

—Oh, sí. Mucho. ¿Xena?

Deslizándose hacia abajo lo suficiente para que las embestidas de la bardo dieran en el blanco, Xena empujó con más fuerza.

—¿Mmmmm?

Trazando círculos con la lengua sobre el firme pecho de Xena, Gabrielle descubrió una combinación de deslizamiento y embestida que le gustaba especialmente.

—¡Xena!

Ahora las caderas de la guerrera apenas se posaban en el suelo con cada empujón. Notaba que sus pubis se frotaban y deslizaban el uno contra el otro y empezó a tener dificultades para respirar.

Gabrielle bajó la mano rápidamente y apartó su propia camisa, agradecida de no haberse parado a ponerse las bragas. El movimiento tuvo la ventaja añadida de destapar también a su amante.

—¡Santa Afrodita, Gabrielle! No pares.

—No te preocupes. Más fuerte, Xena. Aaah. ¡Xena! ¡Dioses!

—Sí, Gabrielle. Oh, nena, sí. Madre de Zeus, voy a perder el control.

—Por favor, Xena. ¿Por favor? ¡Hazlo! Pierde el control. Ámame, Xena. Dioses, sí. Más fuerte. Más fuerte, amor. Sí, así. Aaah. Xena. Xena, te... te... ¡te quiero, Xena!

Aferrando el firme, sudoroso y musculoso trasero de la bardo, Xena explotó.

—¡Gaaabbrriiieeeellllle! Te... quiero. Te quiero. Te quiero.

Al mismo tiempo, Gabrielle se sintió estallar en una oleada de placer inimaginable y en su cerebro pareció explotar una luz.

—¡Xeeeennnnnaaa! Xeeennna, te quiero. Oh, dioses, cuánto lo siento, Pérdicas. Xena. Xena, te quiero. Siempre has sido tú. Siempre, amor mío. Siempre.

Abrazándose estrechamente la una a la otra, esperaron a que los pulmones se llenaran y el corazón se calmara un poco. Cuando notó que podía respirar de nuevo, Xena habló.

—¿Gabrielle? Sabías que me querías cuando te casaste con Pérdicas, ¿verdad?

La bardo asintió en silencio.

—Lo siento, Xena. No creía que tú pudieras llegar a desearme jamás. Eso es lo que me dio miedo antes. La sensación. El puro placer. Nunca lo sentí con... bueno, sólo cuando imaginaba que estaba con... o sea... maldición.

—No pasa nada. Yo también imaginaba siempre que estaba contigo.

—¿Sí? —preguntó la bardo.

—Sí. ¿Gabrielle?

—¿Mmmm?

El azul cristalino miró hondamente al verde esmeralda.

—¿Te casas conmigo?

—Vuelve a pedírmelo.

—¿Cuándo? —preguntó Xena.

—Ahora, por supuesto. No creerás que quiero esperar, ¿verdad?

Xena soltó una risita.

—No estaba segura.

Gabrielle pegó un manotazo juguetón en la tripa de la guerrera.

—¿Y bien? Estoy esperando.

—Cierto. ¿Te quieres casar conmigo, Gabrielle?

—Oh, sí —fue lo único que dijo la menuda rubia antes de tumbar a la guerrera en el suelo y demostrarle a Xena que a veces las acciones valen más que mil palabras. Incluso para una bardo.


Entre las nubes, justo encima de los árboles, las diosas sonrieron.

—Bueno, Dita. ¿Crees que ya saben cómo utilizar el poder pleno de ese amor? ¿El que necesitarán para vencer al cretino de nuestro hermano?

Afrodita sonrió.

—Oh, sí. Lo saben, Arti, nena, lo saben. Sólo que no saben que lo saben. Pero lo sabrán. Lo sabrán.


FIN


Continuación: Juntas por fin


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades