¿Pura felicidad?

Sam Ruskin y Debbie McLain



SamRuskin6@hotmail.com

Título original: Pure Bliss? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


La exuberante alfombra verde del claro que había encontrado Xena dio la bienvenida a la guerrera y a la bardo, así como a la pequeña. El intenso olor a vegetación del bosque cercano llegaba flotando en la brisa ligera y oían el chapoteo del agua en la orilla del lago, que no se veía. Después de descargar sus cosas y acomodar a Argo, Xena se dispuso a hacer la cosa más apremiante que tenía en mente: dar de comer a Eva y ponerla a dormir. Quería a la niña más que a su vida, pero, por los dioses, ya era suficiente. Esta noche deseaba a su bardo y la deseaba muchísimo.

Gabrielle encontró leña a poca distancia y encendió una hoguera, sin dilación. Mostró los odres de agua a Xena y la alta guerrera hizo un gesto de comprensión. Por ahora, toda va bien, pensaron las dos. Eva eligió ese preciso momento para soltar un gorgoteo. A la ex señora de la guerra le sonó extrañamente a una risita.

Cuando todavía no había pasado una marca completa, sus oídos siempre alerta captaron un extraño ruido húmedo. Pasándose a la niña que mamaba al otro pecho, Xena se volvió y vio a una bardo furiosa y empapada hasta los huesos que enarcaba una ceja con gesto amenazador.

—Oh-oh —le susurró la guerrera al bebé, que soltaba ruidos de chupeteo.

—No creas que no he oído ese "oh", doña Sé-Hacer-Muchas-Cosas-y-Susurrar-No-Es-Una-de-Ellas.

Glub. Unos ojos azules miraron en silencio a otros de igual color. Xena quería saber qué había ocurrido. Quería saberlo de verdad. Pero no lo suficiente como para enfrentarse a una Gabrielle furiosa. No. Para nada. No hay que cabrear a la sexy, pequeña... uuy, menos mal que no ha oído eso... sexy, talentosa y bella bardo. Eso es, la guerrera se felicitó mentalmente. Ya le estaba pillando el truco.

—Sí. Me he caído. ¿Vale?

La menuda rubia se dispuso a calentar el agua para una infusión y a preparar los ingredientes para un buen estofado de venado con lo que había recogido, así como con la inacabable provisión de todas las cosas necesarias, guardadas en la alforja milagrosa de Argo.

Xena quería levantarse y reunirse con su amante. Se moría por coger a Gabrielle entre sus brazos y demostrarle cuánto echaba de menos su compañera guerrera los momentos íntimos que ya no parecían tener nunca. Observando a la temblorosa bardo, la Princesa Guerrera pensó que a la reina amazona le vendría bien entrar en calor. ¿Tal vez un masaje de cuerpo completo? Lento, a fondo y acompañado de paso de un montón de besos profundos. Eso era lo que quería hacer. Pero, por desgracia, tenía a esta máquina de mamar pegada al pezón y no podía moverse, al menos por ahora.

Cuando el estofado estuvo hirviendo adecuadamente, Gabrielle buscó una camisa. La encontró y la tiró encima del petate y luego emprendió la tarea de despegarse el cuero mojado de su cuerpo prieto. La irritada rubia intentó quitarse el corpiño tirando de él, pero el cuero se pone muy cariñoso cuando está mojado, como notó la empapada bardo, con un suspiro. No, lo iba a tener que hacer de la manera difícil. Al oír el claro glub procedente del otro lado del fuego, sonrió por dentro. Ah, esto puede ser divertido, después de todo, pensó. Dando la espalda a su fuerte amante, Gabrielle se desató los cordones de cuero con ostentación. En ese momento, se podría haber soltado fácilmente el corpiño y haberlo dejado caer sobre el petate, pero ¿qué tiene eso de divertido?, pensó riendo por dentro. Ah, no, iba a hacer sufrir a cierta máquina de hacer leche. Echando los brazos hacia atrás de manera que sus firmes pechos se echaran hacia delante y resultaran bien visibles, gimió al despegarse el material cruzado de la carne. Fue un acto dramático porque liberó los pechos firmes y rosados de su prisión y los dejó a merced del fresco aire nocturno. Como es natural, los dos pezones rosas se pusieron firmes y presentaron armas de inmediato. Las manos cálidas y pequeñas se abrieron y cubrieron la carne fría con sus palmas calientes y firmes. Los dedos se estiraron para acariciar y masajear.

Mientras, una guerrera muy acalorada se agitaba y movía, intentando ponerse cómoda apoyada en el árbol, sin perder de vista ni por un momento al objeto reluciente de su deseo hambriento, con el que se le hacía la boca agua.

Gabrielle estaba disfrutando tanto de los sonidos que oía detrás de ella que ni siquiera fue consciente del gemido provocativo que surgió de sus propios labios cuando el fresco aire nocturno acarició su cuerpo necesitado y deseoso.

Frissssshh. Crac. Frisssssshh. La bardo medio desnuda se volvió bruscamente hacia su cena. El estofado de venado se estaba derramando sobre las llamas, que prendían la salsa, haciéndola sisear, crepitar y estallar, amenazando con destruir una comida estupenda. Esto era inaceptable.

—¡Por el culo de Hades! —masculló la menuda rubia al tiempo que corría a salvar su cena. La visión de una comida perfecta en peligro había adormecido por un momento los sentidos de la pequeña guerrera. Se olvidó por completo de que estaba desnuda de la cintura para arriba. No así el estofado siseante, crepitante y restallante. Cuando se agachó para retirar la tapa, parte del líquido en ebullición salió disparada y se pegó a la carne suave y cremosa—. ¡Yaaaay! ¡Aay! Ay, qué dolor. —Los ojos verdes se llenaron de lágrimas y tiró de golpe la tapa a las llamas.

Como ya había puesto a Eva a dormir, Xena se levantó de un salto y en menos de un segundo tenía a su amante en sus brazos. Como buena sanadora que era, Xena sabía que la quemadura necesitaba humedad en ese mismo instante. Deteniéndose sólo el tiempo suficiente para que sus claros ojos azules atraparan y amaran a los de color verde esmeralda, inmediatamente aplicó una cálida humedad a la zona dañada. Se metió el pecho entero de la bardo en la boca y acarició la carne quemada con su lengua curativa.

—Xena, no tienes por qué hacer eso. En serio, es... Oh, dioses.

Justo cuando a Gabrielle se le aflojaron las rodillas por el placer que le estaba dando la boca de su amante, Xena estrechó con fuerza a la bardo contra su cuerpo. La reina amazona se fundió en el abrazo de su amante y empujó con el pecho dañado para meterlo más en la boca de Xena. Con un raudo movimiento, la Princesa Guerrera levantó en brazos a la gimoteante amazona. Gabrielle enredó sus manos pequeñas en las oscuras guedejas y rodeó las caderas de su amante con sus fuertes piernas. Echando un rápido vistazo hacia los petates, ambas mujeres se sintieron aliviadas al ver a una niña que seguía dormida. Xena se puso a acariciar las firmes nalgas de la bardo y tiró más de la rubia para pegarla a ella. Una pasión ardiente crecía en el interior del alma de la morena guerrera mientras lamía y chupaba el pecho de su alma gemela. Gabrielle había conseguido deslizarse hacia abajo lo suficiente para apretar su sexo contra el de Xena con un ritmo que se iba acelerando rápidamente.

—Mm... Ohhh... Gaabrieeeelle. Qué gusto. Cómo te deseo.

Sin necesidad de mayores estímulos, la pequeña bardo se dejó caer de rodillas y tiró de su alta amante hasta bajarla al suelo con ella. Sus labios calientes e hinchados estaban a punto de tocarse con una necesidad imperiosa que llevaba semanas acumulándose.

—¡¡¡BUAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!!

Paralizadas en el sitio, con una distancia menor de una pluma entre sus labios y lenguas hambrientos, las dos gimieron. Gabrielle cerró los ojos, tratando de controlar la agonía de lo que sabía que estaba a punto de pasar. Xena gruñó, cruzó la distancia para darle un beso que dejaba mucho que desear con respecto a lo que esperaba y luego corrió hasta la niña vociferante.

—Por los dioses, Xena —se oyó el lloriqueo en forma casi de susurro de la temblorosa bardo de Potedaia. Tras respirar hondo varias veces, consiguió decir—: ¿Qué ha pasado? ¿Eva está bien?

Apartando los molestos bichos de la cara del bebé, la reciente madre se quejó.

Ella sí, pero yo te aseguro que no. —Lo pasmoso era que, como bebé que era, Eva se había dado la vuelta y se había vuelto a quedar dormida sin más. Xena sonrió—. Bueno, ¿por dónde íbamos?

Su mirada se posó en su amante medio desnuda. Dejó que sus ojos azules se llenaran del deseo y la pasión que sólo Gabrielle podía satisfacer. Gabrielle chilló de sorpresa cuando Xena la levantó con sus poderosos brazos, dejando que sus manos grandes y fuertes masajearan con delicadeza el firme trasero de su amada bardo. Sus bocas se encontraron con un beso ardiente y sus lenguas bailaron e hicieron el amor en las cálidas cavernas del deleite puro. La rubia rodeó el cuerpo de su compañera con las piernas mientras sus lenguas seguían entrelazadas. Xena depositó despacio y suavemente a su amor en el petate de debajo. La respiración se les entrecortó cuando Xena se colocó entre las piernas de su amante a la espera. Las caderas de Gabrielle se alzaron para recibir a su hermosa compañera.

—Sí, Xena. Por favor. Sí, amor mío.

La luna brillaba en lo alto y las estrellas bailaban en el cielo. ¿Qué mejor entorno podía tener una persona para hacer el amor eternamente con el amor de su vida? Esto fue lo que pensaron las dos al emprender de verdad el suave movimiento de empujones deslizantes.

—Mmmmmm. Oh. Oh...

Los gemidos amorosos se fundían con tal perfección que resultaba imposible saber dónde terminaba una voz y empezaba la otra. El ritmo de su balanceo había empezado a acelerarse cuando empezó a caer agua del cielo. Despacio, Xena depositó tiernos besos por el cuello de su esposa y bajó hasta un pecho primero y luego el otro. La respiración de Gabrielle cada vez era más trabajosa y acelerada. Con cada beso y cada caricia la alta belleza oía los agradables gemidos de su amante. Las dos lenguas, a las que se les habían negado estos placeres durante demasiado tiempo, suplicaban entrar en el cielo, con la esperanza de que el ángel de dentro quisiera bailar.

—Sí, Xena. Por los dioses, cómo te he echado de menos. Te amo... No pares.

—Mm. Gabrielle. Creo que nos está lloviendo encima.

Sin hacer caso de lo que ella misma acababa de decir, Xena prosiguió su asalto lenta pero deliberadamente. La reina amazona rodeó del todo las caderas de su esposa con sus musculosas piernas, las fijó y empezó a acelerar el ritmo al tiempo que notaba que las piernas de su amante empezaban a temblar por el inminente orgasmo. Sentir a Xena así de cerca siempre hacía caer a la bardo por el precipicio y clavó los dedos en el prieto trasero de Xena cuando las dos se acercaron a su mutua meta. Justo cuando el mundo estaba a punto de tambalearse, los cielos se abrieron y la empezó a caer un diluvio.

—Dioses. Gabrielle, tenemos que proteger a Evita de la lluvia.

—Nooooooooo. ¡No te atrevas a parar!

La Princesa Guerrera, dolorosamente excitada, corrió a poner a la niña a refugio de la lluvia, que estaba dejando empapada a la bardo, una vez más... y en más de un sentido. Xena sintió un estremecimiento por todo el cuerpo al ver la expresión de frustración inimaginable en el rostro de su esposa. El suelo tembló y Xena estaba convencida de que era a causa de la fuerza con que su amante acababa de golpearlo. Observó mientras su esposa se esforzaba por ponerse en pie, quejándose y maldiciendo con cada movimiento. Xena tragó con fuerza y se inclinó sobre la niña.

—Oh, Evita. Tienes que dormirte de verdad o si no tu otra mamá nos va a matar a las dos.

La guerrera se quedó mirando mientras su alterada esposa corría por el campamento, sin parar de mascullar por lo bajo.

—Fíjate. Ahora al estofado le ha caído lluvia dentro. Estupendo. Es estupendo. Un estofado de venado en perfectas condiciones se convierte en sopa de lluvia. Y mira a la pobre Argo. Lo siento, chica. A ti tampoco te hemos dado de comer todavía, ¿verdad? —La yegua dorada relinchó como si respondiera y asintió con la cabeza, animando a la parlanchina bardo a continuar—. Genial, simplemente genial. ¿Pero qué les he hecho yo a los dioses para merecer esto? Vale. Soy la rubia molesta. Eso lo entiendo. No me gusta, pero lo entiendo. Por una vez, no siempre, ojo, sólo por una vez, me gustaría que las cosas me salieran bien.

Argo y Xena se quedaron mirando mientras una bardo muy furiosa, desnuda, excitada, insatisfecha, mojada y deliciosamente desnuda gritaba a los cielos. Entre las gotas de lluvia parecían brillar pequeñas chispas.

—Soy tu elegida. ¿Por qué yo? ¿Acaso no hago todo lo que se me pide? ¿Y bien? ¿No lo hago?

Gabrielle pegó un salto cuando de repente Artemisa apareció a su lado. Antes de que la bardo pudiera enfrentarse a su patrona, cayeron más chispas relucientes al suelo y Afrodita se materializó con su habitual fanfarria.

—Tranqui, Brie, nena —le ordenó la diosa del amor.

—Oh, Dita, cállate —la regañó su hermana.

Xena le susurró a Eva, que estaba dormida:

—Oh-oh, Evita. Cuando empiezan a aparecer los dioses, es que vas a tener graves problemas.

—¿Por qué no os traéis a toda vuestra inmortal familia? ¡Total, como no estábamos haciendo nada!

Ares se unió a ellas.

—Vaya. ¿Habéis oído? La rubita tiene genio.

—Sí —gimió Xena—, vaya si lo tiene.

—Que te jodan, dios de la guerra. —La bardo estaba cabreada y no tenía la menor intención de mostrarse agradable con este dios concreto en este momento concreto.

—Mm, cielo. Puede que ésa no sea la cosa más adecuada que decir en estos momentos, amor —advirtió Xena. Gabrielle le echó una mirada que hizo callar de inmediato a la guerrera.

—No. Jódete tú. —Ares le devolvió el ataque verbal, a meros centímetros del fuego verde.

—Apártate de mi cara, Ares. —La pequeña y furiosa bardo guerrera se puso la camisa de dormir todavía empapada—. Pero decidme... ¿cuál de vosotros ha hecho esto? ¡¿O habéis sido todos vosotros los que habéis echado a perder nuestra velada romántica de esta manera?!

Percibiendo el peligro, Xena intentó calmar a su esposa. Eva se echó a llorar de nuevo al tiempo que un olor espantoso se alzaba por el aire, llenando el claro. Ares se apartó, arrugando la cara. Afrodita sonrió y Artemisa sorprendió a todo el mundo al tomar el control de la situación. Cogió a la niña que se había ensuciado, le cambió el pañal sucio y se puso a acunarla hasta que volvió a quedarse dormida. El silencio que las rodeaba hizo que Artemisa levantara la mirada.

¡¿¡Qué!?! Soy virgen, no idiota.

Antes de poder decir una palabra, Ares se vio arrinconado contra un árbol por una Princesa Guerrera furiosa, frustrada y que echaba humo, a la que se unió la diosa del amor en persona. El dios de la guerra alzó una mano, deteniendo la lluvia al instante.

—Me largo de aquí. —Y desapareció.

Con ternura, Afrodita rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo. La diosa del amor nunca había ocultado su cariño por la menuda rubia y comprendía muy bien la presente situación.

—Bueeenooo, nenas. Esto es lo que vamos a hacer. —Mirando profundamente a los doloridos y hambrientos ojos verdes, la diosa del amor lanzó unas chispas por el aire y cuando bajaron flotando hasta el suelo, el claro empapado de lluvia, cubierto de estofado y con aroma a caca se transformó en un paraíso para amantes.

Artemisa se levantó, sujetando a Eva, que estaba bien acurrucada en sus brazos, y fue al lado de su hermana.

—Elegida. Guerrera. Acabáis de conseguir a las dos canguros más caras del mundo conocido.

La ceja de Xena subió hasta el nacimiento del pelo. Gabrielle miró a su alta amante, llena de expectación. La guerrera se encogió de hombros, sonrió y asintió.

—Chaíto —dijo Afrodita, riendo.

—Hasta mañana —dijo Artemisa suavemente, haciendo una mueca a la cabeza loca de su hermana. Y tan súbitamente como habían aparecido, se fueron y los sonidos más bellos, aunque no los únicos, que se oyeron en el claro fueron los de dos corazones palpitantes y la respiración acelerada que prometía volver a estremecerse muy pronto. Sí, muy, muy pronto... y hasta altas horas de la noche.

Y así fue cómo lo que había amenazado con ser un completo desastre se transformó en pura felicidad.


FIN


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