Pócimas

Sam Ruskin



Descargos: Aquí viene lo de siempre. Los personajes no son míos. No pretendo infringir ningún derecho de autor y no obtengo beneficio económico alguno con esto. Mi uso de los personajes es un acto de amor, respeto y admiración por mi parte y espero que como tal sea considerado.
El personaje de Mamá Rue, aunque se inspira en cierta canción, es creación de mi musa y yo. Quien quiera utilizarlo (aunque eso sea muy improbable) debería tener la cortesía de preguntarme primero. Yo os mostraría el mismo respeto.
No hace falta añadir más advertencias ni renuncias, salvo para decir que cualquier cosa que escribo con X y G da por supuesto que el amor que se tienen va más allá de la amistad.
Bueno, espero que os divirtáis. Esto no es lo que suelo escribir. Creo que mi musa me estaba tomando el pelo por mis gustos musicales. ¿Qué os parece? Me podéis escribir a: SamRuskin6@hotmail.com

Título original: Potions. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Hola. Me llaman Mamá Rue. Soy la señora del tatuaje dorado. Aunque estoy segura de que algunos pondrían en duda lo de señora. El tatuaje me lo hice cuando era una pipiola e intentaba impresionar a una amazona que había venido de visita. Funcionó, pero ésa es otra historia. La gente acude a mí con sus problemas. Casi siempre, sus problemas están más que relacionados con el amor. O, más bien, con la falta del mismo. A decir verdad, generalmente se trata más de lujuria que de amor, pero la mayoría de la gente no está dispuesta a reconocerlo. Ni siquiera a sí mismos.

No soy una hechicera. No soy una chamana ni una bruja. Por supuesto, es posible que hayáis oído otra cosa. Así es la vida, ¿no? En realidad, soy más bien una alquimista, con alma de sanadora. Sanadora de corazones. Y a veces, si tengo mucha suerte, de mentes.

La mayoría de los que viven por aquí no tienen ni idea de lo que es un alquimista ni lo que hace. Un idiota empezó a propagar el cuento, hace ya tiempo, de que convertíamos el plomo en oro. Gran madre de Zeus, qué cretino. Tuve que recoger los bártulos y mudarme a cinco aldeas distintas antes de que se calmaran los ánimos. ¿Quién habría imaginado que había tanto plomo en Grecia?

Hoy día, en el cartel de mi tienda ya no pone Alquimista. No estoy dispuesta a correr riesgos. No. Esta vieja no. Quemé ese cartel, vaya si lo hice. En el nuevo pone Pócimas. Puede que no sea tan atractivo, pero sigue trayendo gente a mi puerta. Gente que paga. No imbéciles cargados de plomo que quieren convertir en oro por una tajada de los beneficios. En cualquier caso, así es cómo conocí a Joxer. Joxer el Grande. No me tires los estantes de la risa, amigo. Así es como se hacía llamar el muchacho. Sólo que no se sentía tan grande cuando entró en mi tienda. Nunca se sienten así. Eso es bueno para mí, por supuesto. ¿Por qué si no querrían comprar una pócima?


—¿Te puedo ayudar en algo, joven? —pregunté a la persona extrañamente ataviada que contemplaba la fila de frascos del polvoriento estante. Miró a su alrededor como para asegurarse de que no había nadie más en la tienda—. Estamos totalmente solos por ahora —le aseguré.

—Oh. Bueno... yo... o sea, lo que quiero decir es que... —Miró otra vez a su alrededor—. ¿Tú eres Mamá Rue? —Sus ojos tímidos pasaban de mí a los frascos, de ahí al suelo y vuelta.

—Así es como me llama la mayoría de la gente, sí. —Le quité el frasco de la mano justo cuando se le iba a caer.

—Oh. Lo... lo siento... yo... tú vendes pociones. ¿Verdad?

Señalé el cartel que estaba encima de la puerta.

—Eso podríamos decir. Sí. ¿Qué clase de poción necesitas, joven? Problemas con tu amada, ¿verdad?

Normalmente dejo que los clientes se tomen su tiempo para decirme lo que necesitan, pero éste me estaba poniendo nerviosa. Me daba cuenta de que cuanto más tiempo pasara en mi tienda, más peligro corrían mis pócimas y mis estantes. Lo único que se movía más que sus ojos preocupados eran sus manos torpes. Me di cuenta de inmediato de que este cliente podría salirme caro.

—Sí. Mi ama... no... no... no exactamente. O sea... no es... no... ella...

Rescaté otro frasco de elixir y le hice un gesto para que se sentara. Pareció agradecer la invitación. Intenté sonsacarle qué era lo que quería de mi tienda.

—¿Problemas con las mujeres? ¿O con una mujer en concreto? Señor...

—Joxer. Joxer el Grande —dijo con una reverencia historiada que estaba tan fuera de lugar como una abeja en invierno.

—Encantada de conocerte, Joxer. Ahora, ¿qué tal si le dices a Mamá Rue lo que necesitas?

Se movió incómodo, pero sonrió.

—No tengo problemas con las mujeres. Bueno, con algunas mujeres. —Carraspeó—. Bueno, soy... sí... soy bastante desastre con las tías. He sido así desde que tenía cinco o seis años. Pero... bueno... hay una mujer... es... ahm... —Se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas y apartó la mirada rápidamente.

Le di unas palmaditas en el hombro cubierto de cosas extrañas.

—Sabes, Joxer. Si no te importa que te lo diga, llamar tías a las mujeres es posible que no te ayude para nada. —Lo observé mientras se secaba la cara y asentía, indicando que lo entendía—. Así que quieres una pócima para que esta mujer de la que hablas se dé cuenta de que existes. ¿Es eso?

Levantó la mirada, pensando.

—No. Sabe que existo. Es que piensa que soy un idiota. —Volvió a mirar por la tienda—. Ella cree que no lo sé, pero lo sé. El problema es... que soy un idiota. ¿Tienes una pócima para eso? —Se rió suavemente, pero era una risa dolorida.

Hice un leve gesto negativo con la cabeza.

—Lo siento, mi joven amigo. Sentirse idiota por amor es algo para lo que no tengo ninguna pócima. —Esperé a que volviera a mirarme a los ojos—. Dices que esta mujer ya sabe que existes. ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Qué es lo que deseas que haga una pócima por ti, Joxer el Grande?

—¿Puedes... o sea... hay una pócima que haga... que me ame?

—¿Una pócima de amor, quieres decir?

Asintió. Enarqué las cejas y meneé la cabeza con una mezcla de pena, comprensión y compasión.

—Mi joven y enamorado amigo, no existe una pócima para hacer que alguien te ame. Eso va en contra de la ley del Olimpo. La misma diosa Afrodita lo prohíbe. Me han dicho que ni siquiera ella haría una cosa así.

Se me quedó mirando, claramente estupefacto.

—¿La ley del Olimpo? Nunca he oído hablar de una cosa así.

—Eso es porque nunca la has violado. Considérate afortunado.

Empezó a levantarse, mirando una vez más por mi pequeña tienda. Me puse detrás de él y le apreté el hombro con la mano, obligándolo a sentarse de nuevo.

—¿Qué...?

—No tengo ninguna pócima para hacer que tu amada te quiera, Joxer. Pero tengo algo que creo que te gustará también.

Pareció esperanzado.

—¿En serio? ¿El qué?

Le sonreí y me volví hacia el estante más apartado. Tras encontrar lo que buscaba, me agaché para coger el frasco dorado. Regresé despacio con él, le guiñé un ojo e hice un signo en el aire con la mano derecha.

—Ahora mismo vuelvo —dije riendo.

El aspirante a guerrero no me quitó los ojos de encima mientras me dirigía a la zona especial de trabajo del rincón.

—Tardaré un minuto en mezclarlo bien aquí en el fregadero —expliqué lo que hacía y mezclé rápidamente la pócima especial. Cogiendo el frasco más pequeño que contenía el elixir mezclado, volví donde estaba sentado. Entregué al joven, ahora fascinado, el pequeño frasco marrón y le advertí—: Sabe bastante mal. Te convendría taparte la nariz antes de beberlo.

Asintió. Cerrando los ojos, se apretó la nariz con los dedos y se bebió el contenido entero.

—Puajjj —se quejó—. Qué asco. ¿Qué era?

Echándome a reír, le recordé:

—Ya te dije que sabía mal, ¿no?

—Dijiste bastante mal. Esa cosa supera con creces cualquier idea de bastante. ¿Qué es?

Recogí el frasco vacío.

—La Pócima de Lujuria número nueve —contesté.

¡¿Qué?! —gritó—. ¿Qué has dicho? ¿Has dicho lujuria? Lo has dicho. ¡Has dicho Pócima de Lujuria! ¿Para qué querría yo...? Lujuria... pócima de lujuria... oh, dioses... ésta me va a matar... no... matar es demasiado poco... me va a echar de comer a los peces... los peces más grandes... en pedacitos ensangrentados... oh, dioses... oh, dioses...

El hombre parecía poseído y volví a mirar el frasco. Quité el corcho y olí los vapores que quedaban para asegurarme de que le había dado la pócima correcta. Sí. Era la pócima de lujuria. No un elixir de locura. Lo miré mientras daba vueltas por la tienda, retorciéndose las manos sudorosas y mascullando todo tipo de cosas horribles por lo bajo. Por fin, no pude aguantar más.

—Joxer. —Lo agarré del brazo y lo obligué a mirarme—. ¡Joxer! ¿Tienes miedo de tu amada? ¿Crees que te va a hacer daño? No me dijiste que tu amada era una guerrera, Joxer.

—No lo es. Bueno, no lo era... no... o sea... no es de Gabby de quien tengo miedo... aunque... oye... ¡no me dijiste que era una pócima de lujuria! ¿Por qué me has dado una pócima de lujuria? ¿Y qué efecto va a tener? —Pareció quedarse profundamente pensativo un momento y luego fue presa de nuevo de un miedo que le mudó por completo el color de la cara—. Me va a matar. Es que lo sé. Dioses. Seguro que me da con el chakram. Que me corta la cabeza. Eso es lo que va a hacer. Me cortará la cabeza con el chakram... a menos que... ¿y si descubre que era una pócima de lujuria? Gran madre de Zeus... sólo espero que de verdad apunte a mi cabeza... —Y entonces se desmayó.

Aparté la vista del hombre caído cuando oí que se abría la puerta de la tienda. Era casi mediodía, pero alrededor de la figura que estaba en el umbral no se colaba ni un rayo de luz. Sonreí, al saber muy bien quién estaba tapando el sol.

—¿Qué tienes ahí, Mamá Rue? —La alta guerrera cruzó el suelo de tierra hasta donde estaba yo arrodillada. Mirando al hombre desmayado, enarcó esa ceja suya y meneó la cabeza—. ¿Otra vez la Pócima de Lujuria número nueve, Rue? —Xena casi soltó una carcajada.

Le pasé el frasco vacío. Quitó el corcho y olió. Poniendo los ojos en blanco y estremeciéndose, devolvió rápidamente el tapón a su posición original.

—¿Cómo consigues que este té huela tan mal? ¿Sabe tan horrible como huele? No. Espera. No contestes. No quiero saberlo. —Volvió a mirar a su amigo, que seguía durmiendo a mis pies—. Pobre Joxer. Lo siento, viejo amigo, pero tenía que darte una lección. Estabas volviendo loca a Gabrielle con esas miradas tuyas de cordero degollado.

—Xena, se ha puesto de verdad muy mal cuando le dije que era una pócima de lujuria. Empezó a farfullar que alguien iba a matarlo. Luego se puso a rezar a los dioses y a hablar de lo que alguien iba a hacer con un chakram. Que lo iba a echar de comer a los peces. Que le iba a cortar el cuerpo en lonchas y taquitos. Tú no sabrás nada de eso, ¿verdad, alta, morena y mortífera?

La ceja se alzó.

—¿Yo?

—Sí, tú. Tú eres la única que conozco que utiliza un chakram. Al menos por aquí. Cuando acepté darle una lección a este joven, no me dijiste que era de ti de quien estaba enamorado.

La Princesa Guerrera se atragantó y se agarró al estante para sostenerse el cuerpo, que le temblaba por el ataque de risa.

—¡¡No!! ¡¿De mí?! No... Mamá Rue... es de Gabrielle... —Se sujetaba los costados, casi sin aliento, y no oyó que la puerta se abría y cerraba—. Joxer no está enamorado de mí. Está enamorado de Gabrielle. Por desgracia para aquí don Grande... yo también. Y le está amargando la existencia al amor de mi vida, así que...

—¿Qué has dicho, Xena? —preguntó la atractiva rubia acercándose a la guerrera—. ¿Ése es... Joxer? Hola, Mamá Rue. ¿Qué le ha pasado a Joxer? —La reina amazona se agachó para darme un beso en la mejilla—. Y no creas que me he olvidado de ti, alta, morena y tramposa. ¿Te he oído bien hace un momento? No. Espera. Si te he oído bien, prefiero que me lo vuelvas a decir cuando estemos a solas... ¿qué te parece en el campamento esta noche? ¿Mmmmm, princesa guerrera?

Xena tragó con un ruido ahogado. Abrió y cerró los ojos tres veces y asintió.

—Eso pensaba yo. —La mujer más menuda se acercó más a la mujer vestida de cuero que ahora estaba sentada en el suelo al lado de su amigo caído—. De hecho, es por lo que rezaba, pero podemos hablar de eso más tarde, ¿verdad?

Otro ruido ahogado, seguido de más asentimiento.

—¿Otra vez la Pócima de Lujuria número nueve, Rue? —Gabrielle sacudió un dedo virtuoso ante mi cara.

—No le ha hecho mal, Gabrielle. ¿Cómo iba a saber yo que el hombre se iba a caer redondo? Pues sí que, Joxer el Grande —intenté defenderme a mí misma y a mi pequeña tienda.

—Sí, Gabrielle. Sólo intentábamos ayudar. Tú sabes que te ha estado desquiciando con... —La guerrera se calló. Había quedado atrapada por la mirada fulminante de unos implacables ojos verdes.

Joxer se despertó y levantó la mirada. Al ver a Xena sentada a su lado, volvió a desmayarse. Gabrielle nos miró a los tres en el suelo. Joxer dormía como un bebé en el regazo de una anciana que tal vez (o tal vez no) vendía pócimas. Xena, la valiente Princesa Guerrera, tragó una vez más cuando sus ojos azules se encontraron con los verdes. Por fin, la reina amazona no pudo seguir aguantando. Su risa melodiosa resonó por toda la tienda.

—La Pócima de Lujuria número nueve. Dioses, lo que habría dado por ver la cara que ha puesto.

Joxer empezó a roncar, haciendo que todas nos riéramos aún más.

—Rue, ¿funciona siempre? Me refiero a la pócima de lujuria. Xena dice que no es más que té con un poco de abracadabra que haces.

Salí de debajo de mi más reciente cliente y Xena me ayudó a levantarme.

—Sí, Gabrielle. Funciona siempre. Pero eso es sólo porque la uso con clientes muy especiales. Como Joxer. Por desgracia, hay mucha gente a la que de verdad le gustaría la idea de una pócima de lujuria. Para las personas como tu amigo... bueno, simplemente los ayuda a comprenderse a sí mismos y lo que sienten un poco mejor.

—¿Pero se pondrá bien? —preguntó.

—Ah, claro. De verdad que no sabía que se iba a desmayar. Parecía más aterrorizado de lo que le iba a hacer Xena cuando descubriera que había usado una pócima de lujuria contigo que de otra cosa. Dormirá un rato y estará bien. Bueno, estará como siempre.

Todas nos echamos a reír otra vez.

—¿Entonces te ocuparás de que no le pase nada? —preguntó. Le dije que sí. Los ojos verdes miraron entornados a los ojos azules asombrosamente parecidos a los de una niña—. Pues volvamos al campamento, guerrera. Creo que tenías algo que decirme. ¿Verdad?

Otro ruido ahogado.

—Verdad. Sabes, Gabrielle. Puede que éste no sea el momento más adecuado para esta conversación concreta... —murmuró Xena nerviosa.

Los ojos verdes fulminaron a los azules con la mirada.

—Ni lo pienses, Xena. Lo has dicho. Te he oído. Se acabó el subtexto. ¿Entendido?

—Entendido.

Mientras las veía salir de la aldea, pensé: Rue, nadie se creerá esto jamás. Ni por un instante. No pude evitar reírme por lo bajo. La mitad del mundo conocido tiembla al oír su nombre y sólo había hecho falta una pequeña bardo para hacerle hincar la rodilla. Me pregunté si alguna vez llegarían a tener esa conversación, pero luego recordé esos decididos ojos verdes y el ruido ahogado y suplicante de la guerrera. Sí, sonreí por dentro, la tendrán. Como dijo la bardo: se acabó el subtexto.

FIN


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