Contemplando las estrellas

Sam Ruskin



Descargos: Lo de siempre. Los personajes no son míos. De hecho, no creo que sean ya "propiedad" de nadie. Han superado todo eso. Sin embargo, reconozco que alguien tiene derechos sobre ellos. Yo sólo los tomo prestados y mis beneficios son intangibles.
Nota: Como es lógico, sé que esto jamás aparecerá en televisión. Ja, así es la vida. Pero estaba pensando en la forma en que los poderes supremos han escrito la serie desde el principio, me refiero a la relación entre nuestras protagonistas. No les importa que pensemos que X y G son amantes, almas gemelas en todos los sentidos. Qué diablos, hasta meten a veces guiños y subtexto para animarnos. Sin embargo, también quieren conservar a los espectadores que prefieren seguir con su cabeza de mente estrecha metida por su culo metafórico. Una lástima... la actitud, no los espectadores.
Nota especial: Esto acabó cobrando vida propia en cuanto puse los dedos sobre el teclado. Sólo tenía pensado escribir unos pocos párrafos y en principio ni había pensado en Afrodita. Pero bueno, mi musa tenía otras ideas y he aprendido a "no enfrentarme a la musa". :-))
Bueno. Estaba pensando en las cosas que no llegamos a ver y se me empezó a formar una escena en la mente. Vale. Vale. Calma. No se formó. Fue cosa de la musa. ¿Vale? Me alegró el corazón y pensé que os la iba... está bien... que os la íbamos a enseñar. Espero que disfrutéis del viaje.
La escena es familiar. La conocéis bien. Una de esas maravillosas escenas al amor de la lumbre. Ya sabéis cuáles. Ésas que transcurren con calma, contemplando las estrellas.
Sobre el poema: Es mío y se titula Cuando las almas gemelas se encuentran. Si queréis leerlo entero, está publicado en Xenaeyes.
Ahora, escuchad: En este relato son amantes. No hay nada gráfico, pero si os molesta, pasad a otra cosa. Si no es legal donde estáis o sois menores de edad, buscad otra cosa.
Se me pueden enviar comentarios a: SamRuskin6@hotmail.com

Título original: Stargazing Soulmates. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Los petates estaban colocados el uno al lado del otro. Así venía haciéndose desde hacía ya bastante tiempo y se hacía sin preguntar ni vacilar. Las brasas del fuego se estaban apagando, pero todavía daban calor suficiente, pues en el aire sólo había una ligerísima helada. Argo descansaba junto al arroyo a pocos saltos de distancia. Eva probablemente estaba acostada en su propio campamento, tras haberse unido a Virgilio en el nuevo empeño de éste por escribir las crónicas de los seguidores de Eli y protegerlos. Al recordar esa pequeña escena, Xena se echó a reír en voz alta.

Gabrielle se volvió.

—¿Qué te hace tanta gracia?

Xena meneó levemente la cabeza y sonrió.

—Me estaba acordando de la cara de Virgilio cuando Eva le preguntó si podía ir con él.

—Mmmmm. Yo ya había visto esa cara. Parece que fue hace una vida.

Xena frunció el entrecejo.

—¿Sí? ¿Cuándo...? Ah, no, mi pequeña bardo. Yo no...

—¡No soy pequeña! Y ya lo creo que pusiste esa cara. La expresión que tenías cuando te pedí ir contigo era lo más parecido que verás nunca.

La guerrera reflexionó sobre esto mientras recordaba una vez más la escena con Eva y Virgilio.

—Mmmmm. Bueno, pues ha dejado que vaya con él. No parecía muy contento, pero se lo ha permitido. Eso querrá decir algo. ¿No?

Gabrielle dio unas palmaditas a Xena en la pierna.

—Creo que el hecho de que Eva le dijera: "Muy bien. Iré por mi cuenta. Por el mismo camino y al mismo tiempo", puede haber influido en esa decisión. Además, ¿le viste los ojos cuando la vio con ese chico del pueblo?

—Mmmm. ¿Tú crees?

—Yo diría que ha picado. Sólo que el pobre todavía no lo sabe.

—Yo ya he pasado por eso.

Un manotazo de la bardo.

—Oye. ¡Sonríe cuando digas eso!

Xena cogió rápidamente a Gabrielle entre sus brazos y la miró a los ojos de esmeralda.

—Sonrío. Ya lo creo que sonrío.

Poco después, Xena colocó la espada y el chakram con cuidado al lado del petate. Gabrielle la observaba con una sonrisa en la comisura de los labios.

—¿Cansada? —le preguntó a la guerrera.

—Un poco —reconoció Xena—. ¿Y tú?

—Sí, un poco. —Gabrielle se unió a su compañera de viajes y se tumbó en el petate.

Xena se estiró y se puso las manos detrás de la cabeza.

—Echo de menos a Eva. —El suspiro fue casi inaudible. Gabrielle lo sintió, más que oírlo. Se acercó, apoyando la rubia cabeza en el espacio que había bajo el hombro izquierdo de Xena.

—Está bien. Lo sabes. ¿Verdad? —Puso la mano con delicadeza sobre los abdominales de Xena.

Xena sacó las manos de debajo de la cabeza, arrimando más a Gabrielle. En silencio, cogió la pequeña mano de la bardo con su mano más grande. Gabrielle levantó la vista y miró a los claros ojos azules.

—Yo también la echo de menos.

—¿Gabrielle?

—¿Sí?

—¿Te acuerdas del día en que nos conocimos?

Una risita.

—Lo dirás en broma. ¿No? ¿No estábamos ahora...?

La sonrisa compitió en brillo con las estrellas.

—Vale. Creo que ya sabía que te acordabas. Una pregunta retórica, ¿vale?

—Una pregunta re... Xena, ¿te has estado escapando a Atenas?

Un ligero manotazo en el muslo de Gabrielle.

—¿Quieres hablar o no?

La mano ofensora recibió una tierna caricia.

—Perdón. Sí, me acuerdo de aquel día. Cambió mi vida para siempre.

—Y la mía. De hecho, me salvó la vida.

Gabrielle se alzó para mirar a su amiga a los ojos.

—¿Que te salvó la vida? Xena, me salvaste a mí, ¿recuerdas?

La guerrera meneó ligeramente la cabeza y continuó.

—Fue de pura chiripa, Gabrielle. Un milagro de la oportunidad. Estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. O eso creí durante mucho tiempo.

—¿Eh?

—Gabrielle, ¿me estás diciendo que nunca te diste cuenta de por qué estaba allí aquel día? ¿Por qué no llevaba la armadura y había enterrado mis armas? Soy una guerrera, Gabrielle. ¿Por qué crees tú que hice eso?

—Supongo que nunca lo he pensado. La única vez que he oído que un guerrero haga eso es cuando... ¡Dioses del Olimpo, Xena! ¡¿Te ibas a quitar la vida?! —Gabrielle se echó a temblar, dándose cuenta por fin de lo cerca que había estado de perder a su alma gemela antes incluso de haberse encontrado.

Los cálidos ojos azules miraron a los llorosos ojos verdes.

—Vamos, vamos. No pasa nada.

Por encima del crepitar del fuego se oía una respiración agitada.

—Xena, podría haberte perdido... antes de llegar a conocerte —Ahora su alma gemela lloraba sin tapujos.

La guerrera estrechó a la bardo entre sus brazos.

—No, eso no iba a ocurrir. Me di cuenta hace mucho tiempo. Alguien se aseguró de ello. Alguien a quien entonces ni siquiera conocíamos. Alguien a quien siempre lamentaré haber hecho daño.

Los húmedos ojos verdes miraron a los sonrientes ojos azules.

—No me lo digas. Un dios, ¿verdad?

Una sonrisa algo forzada de medio lado.

—Pues sí.

—¿Me vas a decir quién?

—Supongo.

Un pequeño manotazo.

—¡Xena!

La mano ofensora fue capturada y besada con ternura.

—Afrodita. Gabrielle, Afrodita me hizo perder tiempo aquel día. En realidad, no llegó a una marca completa. Pero acabé en ese claro justo cuando tú me necesitabas.

—Xena, no irás a decirme después de todo este tiempo que estás convencida de que nuestra relación no es más que un... conjuro. ¡No me vas a decir eso! ¿Verdad?

Xena casi veía la mirada acerada de los ojos verdes a la luz de la luna. Sacudiendo los cabellos oscuros a la luz cambiante del fuego, abrazó otra vez a la bardo.

—Claro que no. Afrodita no nos hizo ningún conjuro, Gabrielle. Me lo prometió y jamás me ha mentido. Es una diosa en la que siempre he podido confiar y yo he matado a la única persona que poseía su corazón como tú posees el mío. Lo lamento profundamente.

—Lo sé. —La bardo acarició la mejilla de la guerrera y le secó una lágrima—. ¿Qué te dijo Afrodita, Xena?

—Fue después de que nos descongeláramos, ¿sabes? Pero antes del... bueno, vino a mí aquella tarde que tú estabas visitando a Joxer y Meg. Estaba llorando y dijo que su familia no iba a detenerse. Me dijo que le había suplicado a Atenea. Estaba hecha polvo, Gabrielle. No quería que lo hicieran. Pero eran su familia. Sé que lo que ocurrió la llenó de dolor, pero se mantuvo firme y se negó a volverse en contra nuestra. —Apretó la pequeña mano de Gabrielle.

—Lo sé, Xena. Es decir, siempre he sabido más o menos que le caíamos bien a Afrodita.

—Sí. Sólo que era más que eso.

—¿Mmmm?

—Mmmm. Me dijo que en los tiempos en que yo obedecía a Ares, Zeus la llevó aparte y le dijo que yo estaba sirviendo a un dios que no me correspondía. Le dijo que tenía un alma gemela que me estaba esperando. Que me necesitaba y que si no nos encontrábamos, el mundo entero cambiaría para siempre.

—Caray.

—Sí. Eso es lo que dijo Afrodita también. Dijo que Zeus le mostró tu imagen y que te quiso desde el primer instante en que te vio. Sólo de acordarse de ti aquel día se echó a reír. Tenía una risa maravillosa, Gabrielle. Me confesó que hizo que Argo perdiera una herradura aquel día, lo cual hizo que yo llegara a aquel claro en el momento justo.

—¿Pero cómo podía saber...?

—¿Que te salvaría? Yo también me lo pregunté.

—¿Y...?

—Dijo que nunca le cupo la menor duda de que te salvaría. Ni de que te amaría.

—Xena, ¿ella no haría...?

La alta guerrera miró profundamente a los ojos de la bardo.

—No. Dijo que jamás tuvo que hacer nada más. Y no lo hizo... bueno, salvo por aquello de la obsesión y lo del pergamino, pero me aseguró que eso era otra cosa. Sólo temporal.

Las dos se echaron a reír.

Gabrielle dijo suavemente:

—A ver si lo he entendido. Zeus le dijo a Afrodita que tú no estabas destinada a estar con Ares... Que éramos almas gemelas... Que si alguien no intervenía, nunca nos encontraríamos y que eso cambiaría el mundo. Xena, Zeus debía de saber que estabas a punto de matarte...

—Bueno, Gabrielle, aparte de todo lo que fuera, era el rey de los dioses.

—Ah, sí. Bueno... así que Afrodita no nos lanzó un rayo ni nada. ¿Se limitó a ponernos en el sitio adecuado en el momento adecuado y a esperar que todo saliera bien?

—Sí. Salvo que tal y como lo contó, nunca hubo la menor duda.

—Pero Xena... no te ofendas... pero hemos hecho muchas cosas a lo largo de los años para... bueno... para fastidar las cosas. Es decir, las dos hemos cometido errores terribles. Nos hemos hecho daño mutuamente. Casi nos hemos perdido la una a la otra. En más de una ocasión, amor mío.

—Sí. Pero no nos hemos perdido, amor. Y nunca nos perderemos. Afrodita lo sabía.

—¿Tú crees?

—Sí, lo creo. Gabrielle, incluso al final de todo, Afrodita se mantuvo a nuestro lado. Tú estabas inconsciente, así que no lo recuerdas, pero fue Afrodita la que te apartó del peligro. Nos llevó al Olimpo. Incluso se enfrentó a Atenea, más de una vez: le dijo que tú eras su amiga. Me lo contó ella misma. Afrodita te quería. Nunca lo olvides. La diosa del amor, Gabrielle, la mismísima diosa del amor te estrechó contra su corazón y te llamó "amiga". —La cara bronceada de Xena estaba bañada en lágrimas—. Ojalá estuviera aquí ahora. Nunca quise hacerle daño.

—Lo sé, Xena, y por lo que sé de Dita, tengo que creer que ella también lo sabe.

Xena se secó los ojos, se puso los fuertes brazos debajo de la cabeza y miró hacia el cielo. Las estrellas les hacían guiños. Gabrielle se echó de nuevo, con la cabeza firmemente plantada sobre el pecho de la guerrera.

—Esta noche son una preciosidad, ¿verdad? —Gabrielle señaló hacia los cielos. Pero los ojos azules de Xena no estaban posados allí. En absoluto.

—Una preciosidad... Sí, una preciosidad.

—¿Xena?

—¿Sííííí?

—Afrodita siempre me cayó bien. Ahora además le estaré siempre agradecida.

—Te quiero, Gabrielle. Siempre te he querido. Siempre te querré.

—Te quiero, Xena. Juntas para siempre, me parece a mí.

—¿Te parece?

Una risita.

—Lo sé.

—¿Gabrielle?

—¿Sí, Xena?

Se oyó un leve movimiento y el brillo de las estrellas pareció aumentar. Hubo un suave roce y un crujido de hojas cuando las mantas cambiaron de posición.

Una voz ronca.

—Mm... mm... Ga... ¿Gabrielllle?

Durante largo rato se oyó el tranquilo crepitar del fuego. Luego un delicado movimiento mezclado con suaves suspiros. Respiración algo jadeante. La sonrisa seductora era casi audible.

—¿Sí, Xena? Oohhhhh... ¡Dulce Afrodita!... Mmm... síííí. Xennaaa.


Creyendo que las dos atareadas almas gemelas no las percibían, unas chispas rosas y doradas flotaban por encima de los árboles de alrededor. Afrodita sonreía.

—¡Bonita maniobra, chatita! ¡Buenas manos, nena guerrera! ¿Juntas para siempre? Bueno, ¡espero gritarlo a los cuatro vientos! —Afrodita se enjugó una lágrima reluciente—. ¿Quién lo habría pensado? Ese pequeñísimo acto de desinterés... poner tu amistad por encima de mi propia vida... me salvó. Parece que se puede matar a todos los dioses del Olimpo, pero no se puede matar al amor. ¿Cómo no me di cuenta? ¿Seré tonta? Miguel lo sabe, vosotras dos sois la prueba viviente de ello. Tal vez os lo cuente algún día. Uuy. Me llama alguien. Hasta luego...


—¿Xena? ¿Has oído algo? —Gabrielle, para desilusión de Xena, había dejado de moverse.

Esforzándose mucho por animar a su alma gemela a seguir con lo que estaba haciendo, Xena dijo, algo jadeante:

—Sólo el ruido de nuestros corazones palpitantes, amor mío.

Risitas.

—Xena, sé que he oído algo.

Al ver que iba a tener que ocuparse de la distracción de la bardo, la guerrera decidió que la distancia más corta entre dos puntos era una línea recta. En este caso: la verdad.

—Tesoro, es Afrodita. Estaba admirando nuestra técnica. —Un grito sofocado seguido del resplandor de la cara colorada de la bardo. Xena intentó tranquilizar a su amante—. Tranquila. Ya se ha ido.

—¡Dioses! ¡Qué corte!

Una risa grave.

—Ah, no sé yo. Parecía muy impresionada.

Unas manos pequeñas aferraron la garganta de la guerrera.

—Eso no tiene gracia, Princesa Guerrera. Sólo por eso... —Gabrielle empezó a bajarse de su amante.

—Perdona, amor. No te vayas... por favor.

Un hurra por el poder de convicción del azul cristalino. Unos ojos verdes como el mar chispearon alegres, dejando a Orión en vergüenza. Las brasas estaban frías como una piedra mucho antes de que las almas gemelas se quedaran dormidas. Dos cuerpos estaban tan entrelazados que formaban una sola silueta.

...La tierra misma puede desaparecer,
Los dioses pueden morir
Y las montañas caer...
Pero cuando el temblor y la ruina acaben,
La guerrera y la bardo quedarán en pie, unidas.

En algún punto de la infinita extensión del universo, Afrodita sonrió.


FIN


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